
Por Mike Sain't Louis ·
«No me acordaba cuánto dolía»: los disparadores del trauma, el golpe que vuelve sin avisar y «Karma»
«Karma» empieza sin presentación. Antes de que llegue el estribillo, antes de que aparezca ningún personaje, la letra repite tres veces la misma frase:
Y no me acordaba cuánto dolía que te den un puñetazo al día.
Tres veces. Sin variación. Sobre esa canción ya he escrito desde otros sitios: en «El karma no tiene prisa» conté por qué existe también una versión alternativa, y en «Taaaanto» me entretuve con las vocales estiradas. Hoy quiero quedarme con otra cosa, algo que no tiene que ver con la venganza ni con la ortografía, sino con el cuerpo: ese «no me acordaba».
Porque esa frase describe con mucha exactitud una experiencia que conoce cualquiera que haya pasado por un trauma. Crees que lo tienes controlado. Pasan meses, incluso años. Y de repente algo, a veces algo minúsculo, te devuelve de golpe al punto de partida, con la misma intensidad del primer día. No es que lo recuerdes: es que lo vuelves a sentir. A eso, en psicología, se le suele llamar disparador o desencadenante.
Qué es un disparador
Un disparador es un estímulo que, por algún parecido con una situación traumática, activa en el presente una respuesta que pertenece al pasado. Puede ser un olor, una canción, un sitio, una fecha, una forma de cerrar una puerta, un mensaje que empieza con «tenemos que hablar». La persona no está en peligro en ese momento, pero su cuerpo reacciona como si lo estuviera.
Los manuales de diagnóstico del trastorno de estrés postraumático describen justamente eso: malestar psicológico intenso y reacciones físicas marcadas cuando algo, de fuera o de dentro, recuerda o simboliza lo vivido. No es una exageración ni una debilidad de carácter. Es una forma de memoria que funciona distinto de la memoria normal.
Por qué el cuerpo va por delante Una de las cosas que más desconcierta de los disparadores es que la reacción llega antes que la explicación. Primero se acelera el corazón, se cierra la garganta, aparece el sudor o el nudo en el estómago, y solo después, a veces mucho después, entiendes qué lo ha provocado. Por eso la gente que lo vive a menudo dice que «se le fue la olla sin motivo». El motivo existía, pero no pasó por la parte del cerebro que pone palabras.
De ahí el «no me acordaba» de la canción. No se trata de un olvido corriente, como cuando no recuerdas dónde dejaste las llaves. Es más bien que la mente había archivado el dolor en un cajón, y el cuerpo guardaba una copia sin archivar. Cuando algo abre ese cajón, no sale un recuerdo ordenado con fecha y hora; sale la sensación entera, sin filtro.
Tipos de disparadores
No existe una lista universal, porque cada historia deja huellas distintas. Pero ayuda conocer las familias más habituales, aunque solo sea para reconocerlas cuando aparecen.
Los de fuera Son los que llegan por los sentidos: una calle concreta, una colonia, un tipo de música, un programa de televisión que veíais juntos, el sonido de una notificación. También las personas: alguien que se parece físicamente, alguien que usa las mismas expresiones, alguien que levanta el tono igual. Y las situaciones: una discusión, una mesa familiar tensa, que te interrumpan, que no te contesten.
Los de dentro Estos son más difíciles de detectar porque no hay nada visible que los provoque. El cansancio extremo, el hambre, una enfermedad, el insomnio, sentirse solo un domingo por la tarde. A veces una emoción concreta funciona como llave: sentir vergüenza, por ejemplo, puede reactivar todas las veces que te hicieron sentir así.
Los del calendario Hay fechas que el cuerpo recuerda aunque la cabeza no las tenga apuntadas: el mes en que todo se rompió, un cumpleaños, unas fiestas. Muchas personas notan que empeoran en determinadas épocas sin saber por qué, y solo al mirar atrás descubren que coinciden con un aniversario. Es algo tan frecuente que en la literatura clínica se habla de reacciones de aniversario.
Lo que creías superado
El verso que sigue en la canción lo dice todo:

Pensaba que eso era parte del pasado y ya estaba superado.
Me interesa mucho la palabra «superado», porque creo que nos han vendido una idea equivocada de lo que significa. Pensamos en la recuperación como en una escalera: subes un peldaño, luego otro, y nunca vuelves a bajar. Si bajas, has fracasado. Si algo te vuelve a doler, es que no lo habías superado de verdad.
La experiencia de casi todo el mundo que ha pasado por algo así es distinta. La recuperación se parece más a una espiral que a una escalera. Vuelves a pasar por sitios parecidos, pero cada vez desde un poco más arriba, con más herramientas, con menos tiempo de caída. Que un disparador te tumbe una tarde no borra los meses de avance. Solo indica que había una zona del mapa que todavía no habías recorrido.
Superar no es olvidar Hay una diferencia que conviene tener presente: superar no es dejar de recordar, sino que el recuerdo deje de mandar. Un dolor superado puede seguir ahí, puedes nombrarlo, contarlo, incluso escribir una canción sobre él. Lo que cambia es que ya no organiza tu vida, ya no decide por ti adónde vas, con quién hablas o qué evitas.
Por eso, cuando un disparador devuelve el golpe, es más justo no decirse «no he avanzado nada», sino algo como: «esto es un recuerdo que se ha despertado, no es el presente».
El puñetazo diario
La canción no habla de un golpe, sino de algo peor: «un puñetazo al día». Un daño con horario fijo, que no es un episodio aislado sino una costumbre.
Esto es importante para entender los disparadores en personas que han vivido relaciones de abuso prolongado. Cuando el daño es cotidiano, los disparadores también lo son. No hay un solo momento traumático que el cuerpo recuerde, sino cientos de pequeños momentos: el tono de una pregunta, una mirada en la cena, el silencio de después, la forma de dejar el móvil boca abajo. Cualquiera de ellos puede encenderse después, años más tarde, en un contexto que no tiene nada que ver.
Mi parte de esta historia No hablo de oídas. Mis dos relaciones largas, las dos con parejas narcisistas, se llevaron dos décadas enteras. Fueron veinte años de golpes que casi nunca dejaban marca, porque eran sobre todo desgaste. Y cuando por fin les vi la careta y lo conté, se adelantaron: buena parte de las personas que me querían acabó creyendo su relato y no el mío. Al daño de dentro se sumó la soledad de fuera.
Con el tiempo llegaron los nombres clínicos para lo que me pasaba. El estrés postraumático es uno de ellos; los demás (la depresión, la ansiedad, la fobia social y la evitación) los expliqué uno por uno en «Diagnóstico a los 41». Hoy sigo un tratamiento psiquiátrico y psicológico, y esa ayuda cuenta. Entender qué es un disparador sirve, entre otras cosas, para dejar de culparse por reaccionar como uno reacciona.
Componer fue el modo que encontré de dar mi versión de los hechos, y «Karma» forma parte de esa versión: un trozo de lo vivido puesto fuera de mí, donde se puede mirar.
La trampa de evitarlo todo
Cuando descubres qué cosas te disparan, la tentación más natural es evitarlas. Si una calle me hace daño, no paso por ella. Si una canción me hace daño, no la pongo. Si las reuniones familiares me desestabilizan, no voy. A corto plazo funciona: el malestar baja.

El problema es que la evitación, si se convierte en la única estrategia, va estrechando la vida. Hoy evitas una calle, mañana el barrio, pasado cualquier sitio donde pueda haber mucha gente. Y el miedo, en lugar de reducirse, se refuerza, porque nunca tiene la oportunidad de comprobar que esa calle, ahora, ya no es peligrosa.
Conozco esa trampa Hablo de esto con conocimiento de causa, porque la evitación forma parte de mi diagnóstico. Sé lo fácil que es convencerse de que quedarse en casa es protegerse. A veces lo es, y hay días en que es exactamente lo que hay que hacer. Pero cuando se convierte en norma, la casa deja de ser refugio y se convierte en otro desván.
Por eso los profesionales no suelen recomendar evitar todo, sino algo más fino: distinguir qué disparadores conviene esquivar por ahora (porque todavía no tienes recursos para enfrentarlos) y cuáles se pueden ir trabajando poco a poco, con acompañamiento, hasta que pierdan fuerza.
Qué puede ayudar en el momento
No soy terapeuta y no quiero dar consejos médicos. Lo que sí puedo hacer es contar algunas herramientas muy extendidas, que se enseñan en muchas consultas y guías de salud mental, y que a mucha gente le sirven para atravesar el pico de un disparador. Si estás en tratamiento, lo mejor es hablarlas con tu profesional.
Nombrarlo Decirse, incluso en alto, algo como «esto es un disparador». Parece poca cosa, pero ponerle nombre ayuda a separar el presente del pasado. No estás allí. Estás aquí. Lo que sientes es real, pero la amenaza no está en esta habitación.
Volver a los sentidos Una técnica muy conocida consiste en buscar a tu alrededor cinco cosas que puedas ver, cuatro que puedas tocar, tres que puedas oír, dos que puedas oler y una que puedas saborear. El objetivo no es distraerse, sino anclarse en el presente a través del cuerpo, que es justo el que se ha ido al pasado.
Respirar despacio Alargar la espiración, soltar el aire más despacio de lo que se toma, ayuda a que el cuerpo salga del modo alarma. No hace desaparecer la angustia de golpe, pero baja la intensidad lo suficiente como para poder pensar.
Llamar a alguien Tener a mano a una o dos personas a las que puedas escribir un «me ha pasado otra vez» sin tener que explicar nada más. No necesitan solucionar nada. Solo saber que estás ahí y que no estás solo con eso.
Qué puede ayudar a largo plazo
Para el trastorno de estrés postraumático existen tratamientos psicológicos con eficacia demostrada. La Organización Mundial de la Salud, en sus recomendaciones de 2013, señaló como tratamientos de elección la terapia cognitivo-conductual centrada en el trauma y la EMDR, una terapia que trabaja los recuerdos traumáticos mediante movimientos oculares u otra estimulación bilateral. No son las únicas opciones, y cada persona necesita un plan distinto, pero conviene saber que existen y que el trauma tiene tratamiento.
Ninguna de esas terapias promete borrar el pasado. Lo que buscan es que el recuerdo traumático se procese, que se integre en tu historia como algo que pasó, en lugar de seguir funcionando como algo que está pasando. Cuando eso ocurre, los disparadores no desaparecen del todo, pero pierden fuerza.
Un mapa propio Otra cosa que ayuda, y que se puede hacer en casa, es ir construyendo un mapa de tus disparadores. Una libreta, una nota en el móvil: qué ha pasado, dónde estabas, qué has sentido en el cuerpo, cuánto ha durado, qué te ha ayudado a salir. Con el tiempo empiezan a aparecer patrones. Descubres, por ejemplo, que el domingo por la tarde siempre es peor, o que cierta frase te descoloca. Y conocer el patrón ya es tenerlo un poco menos por sorpresa.
En «Gracias a mi psicóloga» escribí sobre lo que la terapia me ha dado y sobre cómo las canciones conviven con ella. No la sustituyen. La acompañan.
Escribir el disparador
Hay una herramienta que no está en las guías clínicas pero que en mi caso ha sido central: escribir. No para hacer literatura, sino para sacar fuera lo que el disparador ha removido.

Si lees «Karma» con esto en la cabeza, la estructura de la letra cobra sentido. Empieza con el golpe, repetido tres veces, como se repite una imagen intrusiva. Luego llega la constatación de lo que creías superado. Después aparece la rabia, con su humor gamberro y su sabor canario, con ese personaje inventado, el marrano de El Médano, al que la letra despacha entre mojo y gofio. Y en medio de todo, el estribillo que no pide venganza, sino que suelta: «Que todo llega, / y se llama / KAAAAAARMAAAAAA».
Soltar la cuenta pendiente Me gusta pensar en ese estribillo como una forma de dejar de cargar con la cuenta pendiente. Cuando algo te ha hecho mucho daño, una parte de ti quiere que el otro pague. Esa necesidad es comprensible, pero puede convertirse en otro puñetazo diario: estar pendiente de lo que le pasa, de si se ha dado cuenta, de si alguien le ha visto la careta. Dejarle el asunto al karma, sea lo que sea el karma para cada uno, es una manera de devolver ese peso a donde corresponde y quedarse con las manos libres.
Escribir una canción puede ser eso: convertir un disparador en una pieza con principio y final. El golpe sigue ahí, pero ahora está dentro de una forma. Y lo que tiene forma se puede mirar, se puede compartir, se puede cerrar.
La palabra que se ha gastado
En los últimos años, la palabra inglesa «trigger» y sus traducciones se han popularizado mucho, y no siempre para bien. Se usan a veces en tono de burla, como si «me ha disparado» quisiera decir «me ha molestado un poco» o «me he ofendido». Ese uso trivial hace daño a quien vive disparadores de verdad, porque le resta credibilidad justo cuando más la necesita.
Un disparador, en el sentido clínico, no es una opinión que no te gusta ni un comentario incómodo. Es una reacción involuntaria del sistema nervioso que puede incluir taquicardia, temblor, desconexión, imágenes que se imponen, la sensación de estar otra vez allí. Molestarse es una emoción normal y pasajera; un disparador puede dejarte fuera de juego el resto del día. Distinguirlos no es ser quisquilloso con el lenguaje: es tomarse en serio lo que le pasa a mucha gente.
Los avisos de contenido Por eso tienen sentido los avisos que algunos medios, libros o vídeos ponen al principio cuando van a tratar temas como el abuso, el suicidio o la violencia. No son censura ni sobreprotección. Son una forma de dejar que cada persona decida si quiere entrar en ese contenido ahora, más tarde o nunca. A quien no lo necesita, no le cuesta nada saltárselos. A quien sí, le permite prepararse.
Recuerdos que te sirve una pantalla
Hay un tipo de disparador muy propio de esta época: el que llega desde el móvil. Muchas aplicaciones de fotos y redes sociales tienen funciones que te enseñan automáticamente lo que publicaste hace uno, cinco o diez años. La idea es amable, pero para quien ha salido de una relación de abuso puede ser una emboscada: abres el teléfono un martes cualquiera y ahí está la foto de aquel viaje, con aquella persona, sonriendo.

Casi todas esas aplicaciones permiten desactivar esos recuerdos o esconder a personas y fechas concretas. Merece la pena dedicar un rato a revisarlo con calma, en un momento tranquilo, en lugar de esperar a que la pantalla decida por ti qué día toca remover. Lo mismo vale para silenciar perfiles, archivar conversaciones antiguas o sacar del móvil las fotos que todavía no puedes mirar, sin borrarlas si no estás preparado: guardarlas en otro sitio también es una opción.
No es huir, es elegir el momento Hacer esto no contradice lo que decía antes sobre la evitación. No se trata de no mirar nunca, sino de decidir tú cuándo mirar. Hay recuerdos que algún día querrás revisar, quizá en terapia, quizá a solas con una canción de fondo. La diferencia está en que seas tú quien abre el cajón.
Si estás cerca de alguien con disparadores
Si convives con alguien que ha pasado por un trauma, es probable que alguna vez le hayas visto reaccionar de una manera que no entiendes. Un enfado desproporcionado, un silencio repentino, una huida de una fiesta. Lo más útil que puedes hacer en ese momento casi nunca es pedir explicaciones. Es bajar el ritmo, ofrecer espacio o compañía (preguntando cuál de las dos), y dejar la conversación para más tarde.
Lo que no ayuda No ayuda decir «eso ya pasó», «tienes que olvidarlo» o «otra vez con lo mismo». La persona lo sabe. Precisamente lo que le duele es que su cuerpo no se haya enterado todavía. Tampoco ayuda tomárselo como algo personal. El disparador no habla de ti, habla de una herida anterior.
Y si la persona ha salido de una relación de abuso, recuerda que quizá su gente más cercana se puso de parte del otro. Ser alguien que sí la cree puede marcar una diferencia enorme. Sobre eso escribí también en «Hacer pasar al otro por loco».
Cuando el golpe es demasiado fuerte
Hay disparadores que se pasan en unos minutos y otros que tumban durante días. Si notas que te cuesta cada vez más salir, que dejas de dormir, de comer, de ver a gente, o que aparecen ideas de hacerte daño, no esperes a que se pase solo. No es un fracaso pedir ayuda; es parte del tratamiento.
Desde cualquier teléfono de España, el 024 conecta gratis y de día o de noche con profesionales preparados para hablar de ideas de suicidio, tanto si las tienes tú como si temes por otra persona. Ante una emergencia, marca el 112. Para una crisis en la que necesitas que alguien te escuche, existe el Teléfono de la Esperanza (717 003 717), y si eres menor, o te preocupa un menor, la Fundación ANAR responde en el 900 20 20 10. Si estás en otro país, findahelpline.com te ayuda a encontrar un servicio cercano. Yo también pedí ayuda, y hoy sigo en tratamiento: pedirla no te quita nada.
Para seguir leyendo
Si este tema te toca, hay otros textos de esta web que pueden acompañarte. En «Volver a confiar en alguien» repasé cómo aparece el verbo volver en mis letras, también cuando volver significa recaer. En «La bomba de relojería» hablé de las heridas de infancia que estallan de adulto. Y en «Salud mental sin tabú» reuní la serie completa con todos los recursos de ayuda. La letra entera de «Karma» está en la sección de letras, y su videoclip, con bailarines, abanicos y acordeón, en vídeos.
Tres veces, y luego otra cosa Vuelvo al principio. «Karma» repite su primer verso tres veces, pero luego sigue. No se queda atrapada en el golpe. Pasa a la constatación, a la rabia, al humor, al estribillo que suelta. Creo que eso es lo que me gustaría que se llevara quien lea esto: el disparador puede repetirse, puede volver a doler como el primer día, pero la canción no termina ahí. Hay más estrofas. Siempre hay más estrofas.
Preguntas frecuentes
¿Qué es un disparador emocional o del trauma? Es un estímulo externo (un lugar, un olor, una frase, una fecha) o interno (cansancio, una emoción, una sensación física) que, por su parecido con una experiencia traumática, activa en el presente una reacción emocional y física que pertenece al pasado.
¿Por qué vuelve el dolor si ya lo había superado? Porque la memoria traumática se guarda de forma distinta y puede reactivarse ante recordatorios. Que vuelva no significa que no se haya avanzado: la recuperación suele ser en espiral, no en línea recta.
¿De qué habla «Karma» de Mike Sain't Louis? «Karma», del disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», empieza con el verso «Y no me acordaba cuánto dolía / que te den un puñetazo al día» y habla de un daño que se creía superado y vuelve, con un estribillo que deja la cuenta pendiente en manos del karma.
¿Hay tratamiento para el estrés postraumático? Sí. La OMS recomendó en 2013 la terapia cognitivo-conductual centrada en el trauma y la EMDR como tratamientos de elección para el trastorno de estrés postraumático en adultos. Un profesional de la salud mental puede valorar cada caso.
¿Dónde pedir ayuda en España? En el 024 (gratuito y a cualquier hora), el 112 en emergencias, el Teléfono de la Esperanza (717 003 717) y la Fundación ANAR (900 20 20 10) para menores. Fuera de España, findahelpline.com.