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Taaaanto: estirar una vocal hasta que duela, la gramática secreta de «Karma»

Nueve aes. Las he contado con el dedo en la pantalla, como quien cuenta las monedas del parking: t, a, a, a, a, a, a, a, a, a, n, t, o. Así está escrita la palabra «tanto» en la letra de «Karma». No es una errata. No se me quedó el dedo pegado a la tecla mientras veía Pasapalabra. Lo escribí así porque esa palabra, en ese sitio, no cabía en cinco letras.

Si me corriges la ortografía, te la acepto en un currículum. En una canción, no.

Este texto va de eso: de las vocales largas, de las letras repetidas, de esa ortografía de mensaje de WhatsApp a las tres de la mañana que aparece en muchas de mis canciones y que a más de uno le pone nervioso. Y lo cuento desde «Karma», que es probablemente el sitio donde más lejos llevé el truco. La ficha de «Karma» ya explica de qué va la canción y por qué esa palabra tiene la paciencia de quien sabe esperar. Aquí no voy a repetir el argumento. Aquí me voy a meter en la tipografía, que es un sitio más pequeño y más raro, como el baño de un bar de Malasaña.

Que todo llega, y se llama

El estribillo es una frase de tres renglones y un grito. Lo copio tal cual, con sus mayúsculas y sus aes, porque si lo limpio deja de ser lo que es:

«Que todo llega, / y se llama / KAAAAAARMAAAAAA»

Fíjate en la arquitectura. Primero, «que todo llega», que es una frase de abuela en la puerta del ambulatorio, de vecina con el carro de la compra, de tía en la boda cuando ve pasar al exmarido de su sobrina con la nueva. Es una frase de toda la vida, y por eso funciona: no la he inventado yo, la he heredado. Después, «y se llama», que es una pausa. Un redoble. Lo que hace el presentador de Saber y ganar antes de decir si la respuesta es correcta. Y entonces llega el nombre, y el nombre no se dice: se suelta. Con seis aes en la primera sílaba y seis más en la segunda.

Una palabra normal ocupa un segundo. Esta ocupa lo que tarda en enfriarse un café.

Lo bonito de escribirlo así es que la página ya trae las instrucciones. Cualquiera que lea esa letra, aunque no haya oído nunca la canción, sabe que esa palabra no se pronuncia como en una clase de yoga del centro cívico. Se estira. Se arrastra. Se convierte en una sirena de ambulancia que viene de lejos y que tú oyes acercarse sin poder hacer nada. Que es, por cierto, exactamente lo que hace el karma según la canción: viene de lejos, tú lo oyes, no puedes hacer nada.

La forma imita al contenido. Nadie me lo enseñó en ninguna academia. Está en cualquier patio de colegio.

La ortografía de la urgencia

Hay gente que escribe «holaaaaa» en el móvil y gente que jamás en la vida lo haría. Piensa en lo que sientes cuando alguien te contesta «vale.» con punto final: angustia, sospecha, ganas de llamar a tu amiga para que te interprete el mensaje como si fuera una carta del tarot. Y piensa en lo que sientes cuando te llega «valeeee». Respiras. Esa diferencia, que en un diccionario no existe, en una conversación lo es todo.

Las canciones de radio casi nunca la usan por escrito. Las letras que se imprimen en los libretos de los discos, o las que salen en las webs de letras, suelen venir planchadas, como camisa de comunión. Tú oyes a alguien alargar una vocal durante cuatro compases, y luego vas a la letra y pone «amor», con sus cuatro letras de siempre, como si nada. Se pierde información. Se pierde, sobre todo, el chiste o la herida que había en ese alargamiento.

Yo decidí no planchar. Si en mi cabeza la palabra se estira, en el papel se estira. Si en mi cabeza va en mayúsculas, va en mayúsculas. Es una ortografía de la urgencia, de lo que no se puede decir en tono normal sin mentir un poco.

Y aquí viene un detalle de mi forma de trabajar que conviene decir claro para que nadie se confunda. Yo escribo las letras. Mías, de principio a fin, sin inteligencia artificial. La música y las voces de mis canciones están hechas con herramientas de IA, como Suno. No pongo yo la garganta: soy letrista, compositor y productor. Así que, para mí, la letra escrita es también una partitura de emociones. Es lo único que controlo con mis manos de principio a fin, y por eso la cargo de señales. Las aes de más son una de esas señales. Le dicen al que la lea, y al que la produzca, dónde está el peso.

No sé si todo el mundo las entiende igual. Sé que yo las escribo con intención.

Seis aes y seis aes

Volvamos a la palabra. KAAAAAARMAAAAAA. He dicho que son seis y seis, y es verdad: seis aes después de la ka, seis aes después de la eme. Lo podría haber hecho asimétrico, con más en la segunda sílaba para que la palabra cayera como cae una persiana. No lo hice. La dejé simétrica, como un columpio que sube y baja con el mismo impulso.

Fotogramas del videoclip oficial de «Karma», de Mike Sain't Louis

Aquí te puedo contar lo que pensaba, pero no te voy a engañar diciendo que hice un estudio. No medí nada con regla. Lo que sí sé es que, cuando la miro en la página, la veo como una balanza de mercado, de las antiguas, con los dos platillos a la misma altura. Lo que das y lo que te vuelve. Seis y seis. Puede que sea casualidad. Puede que el subconsciente sea mejor letrista que yo. Las dos cosas me valen.

Lo que tengo clarísimo es que no la quería en minúsculas. Una palabra así en minúsculas es un tatuaje de muñeca en una despedida de soltera en Benidorm. En mayúsculas es un rótulo de neón. Y el karma, en esta canción, tiene que entrar como entra la Guardia Civil en un capítulo de Caso cerrado: dando una patada a la puerta.

Y duele taaaaaaaaanto

La otra palabra estirada de la canción es la que abría este texto. La copio con sus compañeras, para que se vea el sitio exacto donde está:

«Esto es peor que día tras día / te den un puñetazo, / y duele / taaaaaaaaanto, / taaaaaaaaanto.»

Aquí la vocal larga no es un grito. Es un quejido. Es la diferencia entre la persona que te grita en el portal y la persona que se queda sentada en el escalón con las llaves en la mano sin abrir.

Lo que me hace gracia, y a la vez me parte un poco, es que «tanto» es una palabra de medir. Es un adverbio de cantidad. Sirve para decir «me he comido tantas croquetas que no puedo ni moverme» o «te quiero tanto que no lo explico». Y en la canción se usa justo para lo que no se puede medir: el dolor de un puñetazo que llega cada día. Entonces, como el adverbio no da la talla, lo inflo. Le meto nueve aes, como quien le pone aire a una colchoneta en la playa de la Malvarrosa a pulmón hasta marearse.

Nueve aes es un número feo. Ni redondo ni simétrico. Me gusta así. El dolor tampoco es simétrico.

Y repetida dos veces. «Taaaaaaaaanto, / taaaaaaaaanto.» La segunda vez ya no informa de nada nuevo. La segunda vez es para que te quedes ahí. Para que no pases de página. Es el gesto de alguien que te coge del brazo cuando te ibas a levantar de la mesa y te dice «no, espera, que no he terminado».

El puñetazo con horario

Hay otra cosa que hace la canción antes de estirar nada, y es repetir. La primera frase no aparece una vez: aparece tres veces seguidas al empezar.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «Y no me acordaba cuánto dolía que te den un puñetazo al día.» de «Karma»
«Y no me acordaba cuánto dolía / que te den un puñetazo al día.»

Tres veces. Igual que el despertador que pones a las 7:00, a las 7:05 y a las 7:10 porque te conoces. La repetición es la vocal larga de la frase entera. Si alargar una letra estira una palabra, repetir una línea estira un recuerdo.

Esta frase no la inventé para esta canción. Viene de otra, de «Un puñetazo al día», y en la web lo cuento: «Karma» recoge el tramo final de aquella historia y lo convierte en canción propia. Y existe además una versión alternativa de «Karma», así que la misma cuenta pendiente tiene varias puertas. Es como cuando cuentas un disgusto a tu madre, luego a tu hermana y luego a la de la frutería, y en cada versión cambian los adjetivos pero el puñetazo es el mismo.

Lo que me interesa aquí es otra cosa: «no me acordaba». Es una confesión pequeña y muy humillante. Quiere decir que lo había olvidado. Que pensaba que ya estaba. Que había vuelto a hacer la compra, a ir al gimnasio, a contestar los audios. Y de repente algo te lo recuerda y caes en la cuenta de que el cuerpo llevaba la cuenta aunque tú no.

Eso no es un chiste. Eso es lo más serio que tiene la canción.

Pensaba que estaba superado

Justo después de ese golpe viene un verso que todos hemos dicho alguna vez con la boca pequeña: pensaba que eso era parte del pasado y ya estaba superado. Lo parafraseo en vez de copiarlo porque lo importante está en la idea, no en la rima. Es la frase de quien se ha comprado un libro de autoayuda en el aeropuerto y se lo ha leído entero en el vuelo a Tenerife.

«Superado» es una palabra de examen. Aprobado, suspendido, superado. Como si el desamor fuera el teórico del carnet de conducir y ya tuvieras la L puesta en el cristal de atrás. Mi letra la usa para que se caiga. Porque la siguiente cosa que pasa no es una sesión de terapia ni un amanecer en la playa: es un recado con muy mala leche. Y luego vuelve el estribillo con su KAAAAAARMAAAAAA. Superado, dice. Ya.

Me río de mí antes que nadie. ¿Superado? Eso lo dice todo el mundo antes del segundo vermú.

Una familia de vocales largas

«Karma» no está sola. Si vas a las letras y te pones a buscar, encuentras una familia entera de palabras estiradas, cada una con su carácter. Y como esto va de técnica, toca compararlas.

En «Un invitado VIP cortando cebolla» hay una vuelta a los infiernos con tantas oes que la palabra parece un túnel:

«Hoy es mi vuelta a los infiernoooooooos»

Ahí la vocal larga es teatral. Es la entrada de una diva en un musical de la Gran Vía. Bajas por la escalera, se encienden los focos, haces el gesto de abanico. Las oes son la cola del vestido.

En «El narcisista» está el «frozeeeeeeeeen», que es otra cosa: es una palabra inglesa, de película de Disney, estirada hasta que se vuelve ridícula. Lo has intentado hasta con un lanzallamas, dice la letra, y la cosa sigue congelada. La vocal larga ahí es burla. Es el gesto de poner los ojos en blanco.

Y luego está la de «Karma», que es la más sencilla de todas. Ni túnel ni Disney. Una palabra de dos sílabas que se convierte en sirena. Si las pongo en fila, me sale un pequeño diccionario de usos:

  • la vocal larga de diva, que baja por la escalera del infierno;
  • la vocal larga de burla, que pone los ojos en blanco delante de un corazón congelado;
  • la vocal larga de quejido, la de «taaaanto», que se sienta en el escalón con las llaves;
  • la vocal larga de sentencia, la de KAAAARMA, que llega con la sirena puesta;
  • y la vocal larga de cariño, la del «holaaaa» del móvil, que no está en ninguna canción mía pero que me ha salvado más de una tarde de domingo.

No es casualidad que use tanto el recurso. Tampoco es un plan maestro. Es mi manera de hablar, trasladada al papel.

Por qué no lo escribo bien

Ya sé lo que piensa más de uno al ver esas aes: «escribe bien, que pareces un crío». Y lo entiendo. Hay gente a la que una palabra mal escrita le produce el mismo picor que a mí un «vale.» con punto. Tienen su derecho.

Collage con un detalle de la carátula de «Karma» y las carátulas de «Un puñetazo al dia», «Karma (Versión Alternativa)», «Un invitado VIP cortando cebolla», «El narcisista»

Pero en una letra, «bien escrito» significa otra cosa. Significa escrito para que se entienda lo que de verdad pasa. Si yo escribo «karma» en minúsculas y con sus cinco letras de diccionario, estoy mintiendo sobre lo que ocurre en esa canción. Estoy fingiendo que la palabra se dice con calma, como quien pide el turno en la carnicería. Y no se dice con calma.

Hay un texto en esta misma web sobre la exageración en el habla cotidiana española que va muy de la mano de esto. Los españoles no decimos «estoy cansado». Decimos «estoy muerta», «no puedo más», «me quiero morir», «me tiro por la ventana». Exageramos para ser exactos. Las vocales largas son la versión ortográfica de esa exageración. Son el «me muero» escrito con letras.

Y si eso me hace parecer un crío, pues mira: un crío que lleva su propio sello, que es lo más parecido a montarte tú solo el cumpleaños con piñata incluida.

Escribir una sirena

No guardo un manual de cómo se hace esto, y no te voy a inventar uno. Lo que sí puedo hacer es desmontar la frase al revés, como quien desmonta un mueble de IKEA para ver por qué le sobran tornillos.

Quítale todo y queda la frase plana: «que todo llega y se llama karma». Así, en una línea, con su punto final. Léela en alto en tu cocina mientras se calienta el microondas. Suena a calendario de Mr. Wonderful. Suena a consejo de tu cuñado en la sobremesa, con el palillo en la boca. Es verdad, pero no muerde.

Ahora pártela. «Que todo llega, / y se llama / karma.» Ya hay pausa. Ya hay redoble. La frase deja de ser un consejo y se convierte en una pequeña escena: alguien se prepara para decir un nombre.

Ahora súbela a mayúsculas. KARMA. Ya no es un nombre: es un rótulo.

Y ahora estírala. Con pocas aes parece una errata. Con demasiadas parece un gato pisando el teclado. En algún punto del medio aparece la sirena, y la página dice exactamente lo que quiere decir. En la letra publicada son seis y seis. No me pidas que te justifique el número con una teoría. Te diría una mentira bonita y no me apetece.

Es como echar sal en las lentejas de tu madre: con cuidado, que luego no hay vuelta atrás.

La paciencia también se escribe

Hay una paradoja en esta canción que me gusta mucho. El karma, en la letra, es la cosa más paciente del mundo. No corre. No se enfada. No manda mensajes a las cuatro de la madrugada. Espera. Y sin embargo, cuando llega, llega gritando, con todas las aes del mundo.

Es como esas señoras que no dicen nada en toda la comida de Navidad, aguantan los comentarios del cuñado, aguantan el turrón duro, aguantan la discusión del fútbol, y en el café sueltan una frase que deja a toda la mesa callada hasta Reyes. La paciencia y el estallido son la misma persona en dos momentos distintos.

Las vocales largas sirven para eso. Para que el estallido se note. Si el karma llegara de puntillas, como un susurro de anuncio de colonia, nadie se enteraría. Y la canción quiere que se entere todo el bloque.

Hay otro post en este blog sobre cómo se escribe un estribillo que se ríe de ti y contigo, y ahí está la otra cara de esto. Un estribillo como el de «Karma» es una frase que se ríe del otro, sí, pero también se ríe un poco de mí, del que la escribe, porque reconoce que no tengo más arma que esperar. No voy a hacer nada. No voy a mandar a nadie. Me voy a sentar y voy a dejar que llegue. Es la venganza de alguien que no sabe vengarse.

Y eso, si lo piensas, es un poco tierno.

Leerla en la página

Si nunca has leído una letra mía mientras suena la canción, te recomiendo el experimento. Hay una guía en el blog sobre cómo leer una letra mientras la escuchas, y «Karma» es un buen sitio para probarla. Tienes la letra en gayfolkplanet.com, con todas sus aes, y la canción en las plataformas desde la lista de singles.

Ficha de la canción «Karma» con su carátula: disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Lo que vas a notar es que la página va un paso por delante del sonido. Ves las aes antes de oírlas. Ves las mayúsculas antes del golpe. Es como leer el guion de una película de miedo mientras la ves: sabes que el asesino está detrás de la puerta, y aun así das un respingo.

Eso es lo que me interesa. Que leer y escuchar sean dos placeres distintos, y que se alimenten. En la página, la palabra se ve larga. En el oído, se siente larga. Y en algún sitio entre los dos, tú te acuerdas de alguien que te dio un puñetazo al día durante demasiado tiempo.

Un truco de patio de colegio

No me voy a poner académico. El alargamiento de vocales es un truco de patio de colegio. Es el «maaaaamááá» que se oye en cualquier parque de Móstoles a las siete de la tarde. Es el «gooooool» de cualquier locutor de radio en un domingo de liga. Es el «siiiiií» de una concursante de Operación Triunfo cuando la eligen para la gala. Lo hemos oído toda la vida y lo hemos hecho toda la vida.

Por eso no me da vergüenza usarlo en una letra. Al revés. Me parece un recurso de barrio, de la calle, de los que no salen en los talleres de escritura donde te enseñan a no repetir palabras y a buscar sinónimos en el diccionario. Mi forma de escribir viene más del patio que del taller.

Hay letristas que buscan la palabra exacta. Yo, muchas veces, busco la palabra de siempre y la estiro hasta que dice algo nuevo.

Lo que no se estira

Ahora, una cosa importante: no todo se estira. Si estirara todas las palabras, la letra sería un chicle que nadie se podría tragar. En «Karma» solo hay dos palabras alargadas: el nombre y el «tanto». El resto está escrito a palo seco, frase corta y punto. «Que todo llega.» «Y duele.» «Y se llama.»

Esa austeridad es la que hace que las aes destaquen. Es como el pintalabios rojo: si te pintas de rojo los ojos, las uñas, el pelo, los zapatos y el bolso de Primark, ya no se ve el pintalabios. Si todo lo demás es neutro, la boca se ve desde la otra punta de la discoteca.

Y si en alguna letra mía me pasé estirando y la palabra perdió la gracia, que cada uno elija cuál. Yo no pienso señalarla.

La mirada desde la trilogía

«Karma» está en el primer disco de la trilogía, *Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK*. Es un disco con muchas cuentas pendientes, muchos ex, mucho narcisista, mucho WhatsApp leído sin contestar y mucha copla reciclada. Y en ese paisaje, «Karma» funciona casi como un mantra. Una palabra que se repite y se repite hasta que cambia de significado.

Porque al principio de la canción, «karma» suena a amenaza. A mitad, suena a consuelo. Y al final, de tanto repetirla, ya suena a otra cosa: a cansancio, a una especie de canción de cuna rara para dormir un rencor. Si vas a la página de Planeta Gayfolk de esta web, verás que ese disco abre todo el universo. Y que esta palabra, con sus aes de más, es una de sus puertas.

No te digo cuál es la buena. Cada uno entra por la que le pilla más cerca.

Seis aes contra un puñetazo

Para terminar sin moraleja (que me tengo prohibidas las moralejas y la de este texto ya la he gastado arriba), te dejo una imagen.

Un puñetazo al día durante mucho tiempo es una cosa enorme que se disfraza de pequeña. Cada golpe, por separado, parece poca cosa. Lo terrible es la suma. Y yo, que no sé pegar, que no voy a pegar a nadie y que de violento tengo lo que un pitufo, lo único que tengo para contestar a esa suma es una palabra muy larga.

KAAAAAARMAAAAAA.

Seis aes y seis aes. Mi única arma. Mi rótulo de neón. Mi sirena de ambulancia que viene de lejos. Y si no llega nunca, por lo menos me habré quedado a gusto escribiéndola.

Preguntas frecuentes

¿Por qué la letra de «Karma» tiene tantas aes? Porque Mike Sain't Louis escribe las vocales largas a propósito. En «Karma» la palabra del estribillo aparece como «KAAAAAARMAAAAAA» y el «tanto» de las estrofas con nueve aes, para marcar en la página dónde se estira y dónde pesa cada palabra.

¿Quién escribió «Karma»? La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, escrita sin inteligencia artificial. La música y las voces están hechas con herramientas de IA como Suno.

¿En qué disco está «Karma»? En Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK, el primer disco de la trilogía GAYFOLK. Tiene una versión alternativa y está emparentada con «Un puñetazo al día».

¿Dónde se puede leer la letra completa? En gayfolkplanet.com/letras/karma, con su ortografía original, y la ficha de la canción está en mikesaintlouis.com/blog/karma.

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