
Por Mike Sain't Louis ·
El karma no tiene prisa: por qué escribí dos veces la misma cuenta pendiente
Un puñetazo al día. Así, con la regularidad de la barra de pan o del café de máquina de la oficina. Ese es el punto de partida, y no lo he elegido por bonito.
La primera línea de «Karma (Versión Alternativa)» dice esto:
«Y no me acordaba cuánto dolía / que te den un puñetazo al día.»
Y la repito. Una, dos, tres veces. Sin estrofa de presentación, sin «érase una vez», sin una guitarrita que te prepare. Entras a la canción y ya te están pegando. Es lo más parecido que sé hacer a lo que pasa en la vida real cuando un recuerdo te asalta en la cola del Mercadona: no avisa, no pide permiso, no espera a que hayas dejado la cesta en el suelo.
Este texto no va a repetir lo que ya cuenta la ficha de la canción. Aquí quiero hablar de otra cosa. De por qué una misma cuenta pendiente me pidió más de una canción, de por qué confío en el karma en lugar de en mis propias manos, y de por qué meto mojo y gofio en una letra que va de dolor. Que parece que no, pero las tres cosas están muy relacionadas.
La misma herida, otra mañana
En el primer disco de la trilogía, *Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK*, hay una «Karma» y hay esta «Versión Alternativa». Y anda cerca otra hermana, «Un puñetazo al día», que ya en el título te dice de qué pie cojea. Si alguien piensa que me repito, tiene razón. Me repito. Igual que se repite una persona que ha salido de una relación que le dejó tocado: le cuenta lo mismo a su hermana el lunes, a su amiga el miércoles, a la psicóloga el viernes y al camarero del bar de abajo el sábado, y cada vez lo cuenta un poco distinto.
Ahí está el asunto. No es la misma historia contada igual. Es la misma historia contada por alguien que ese día se ha levantado con otro cuerpo.
Hay mañanas de rabia, en las que te pondrías a escribir con un mechero en la mano. Hay tardes de cansancio, en las que solo te sale decir «qué pesadez, otra vez esto». Y hay noches de guasa, en las que el mismo trauma te parece de sainete y te ríes sola en el sofá con el móvil en la mano. Las tres cosas son verdad. Las tres caben en una misma persona. Y una canción, si es honesta, no tiene por qué elegir una sola y tirar las otras a la basura.
Una de las reglas que tengo colgadas en mi página de «Sobre» dice que una canción guardada en un cajón no le sirve a nadie. Yo le añadiría una coletilla de andar por casa: una herida guardada en un cajón tampoco. Se pudre. Huele. Y cuando abres el cajón un año después, el olor es peor que el que había al principio.
Así que saco las dos. Que el oyente elija cuál le pega con su día. O que se ponga las dos seguidas, que hay gente para todo y yo soy de esa gente.
No voy a contarte aquí, nota por nota, qué cambia en la producción de una a otra. Primero, porque eso se escucha mejor que se lee. Y segundo, porque lo mío es la letra: la música y las voces de Planeta Gayfolk se hacen con herramientas de inteligencia artificial como Suno, y lo que yo pongo encima de la mesa son las palabras, la idea, el título, la portada, la decisión de qué sale y qué no. Lo explico con más calma en qué es mío en una canción hecha con IA. Aquí me basta con decir que la letra es la misma, y que eso ya es una declaración.
Lo que creía superado
Hay un verso en medio de la canción que para mí es el centro de gravedad. Lo que la sostiene. Todo lo demás gira alrededor:

«Pensaba que eso era parte del pasado / y ya estaba superado.»
Superado. Qué palabra tan de taza de desayuno. Superado, como si fuera un nivel del Candy Crush. Como si la vida te diera una medallita con confeti y una musiquilla: «¡Enhorabuena! Has superado a tu ex. Siguiente pantalla».
Pues no funciona así. Yo por lo menos no conozco a nadie a quien le haya funcionado así. Lo que pasa de verdad es que un día estás estupendo, te has comprado unas zapatillas nuevas, te ha dicho la vecina que tienes buena cara, y de repente un perfume en el metro, una canción en la radio del taxi, un anuncio de vuelos baratos a Tenerife o una foto que te enseña el algoritmo te devuelve a la casilla de salida. Y la casilla de salida no es un sitio neutro. La casilla de salida tiene un tío dentro dándote un puñetazo. Todos los días.
Por eso la letra dice que eso, que te den uno al día, es lo que no recordaba. No el puñetazo suelto. El hábito. La rutina del daño, que es lo que nadie ve desde fuera porque desde fuera solo se ven las cenas, los cumpleaños, las paellas de los domingos, las fotos con filtro en la playa.
Cuando algo te hace daño una vez, lo recuerdas como un accidente. Cuando te hace daño cada día, lo olvidas. Se convierte en el ruido de fondo, como el zumbido de la nevera, que solo notas cuando se apaga. Y cuando por fin se apaga, el silencio es tan raro que casi lo echas de menos.
Eso es lo que más miedo me da de todo esto. Que uno pueda acostumbrarse.
El karma como forma de no mancharme las manos
Y entonces llega el estribillo, que es una sola palabra estirada como un chicle de fresa en la boca de un niño de siete años:
KAAAAAARMAAAAAA.
Ya sé que alargar vocales es una de mis manías. Lo hago en «El narcisista» con aquel «frozeeeen» y lo hago aquí. Me gusta porque convierte una palabra seria, casi de libro de autoayuda del aeropuerto, en un grito de patio de vecinas. El karma dicho así no suena a monje tibetano. Suena a Rociíto en un plató a las once de la noche. Suena a amenaza cariñosa de tu tía: «tú sigue así, que ya verás».
Y aquí viene la parte que quiero dejar clara, porque se malinterpreta mucho. Pedir que llegue el karma no es lo mismo que pedir venganza. Es casi lo contrario.
Cuando yo digo «que todo llega, y se llama karma», lo que estoy diciendo es: no voy a ser yo. No voy a gastar mi tiempo ni mi dinero en devolverte nada. No voy a hacerte la cama, ni a rayarte el coche, ni a escribirle a tu nuevo ligue de Grindr para contarle con quién se está metiendo. Que lo haga el universo, que tiene más tiempo libre que yo y mejor puntería.
El karma, en la canción, es una delegación de funciones. Una gestoría. Yo dejo el expediente en la ventanilla y me voy a merendar.
Ya sé que la idea es una ingenuidad. Ya sé que hay gente que hace daño toda la vida y se muere en una cama con vistas al mar, rodeada de nietos que le hacen la pelota. No soy tonto. Bueno, a veces sí, pero no en esto. Lo que pasa es que una canción no es un informe de la Policía. Una canción es el sitio donde puedes decir lo que necesitas creer para seguir adelante, aunque sepas que no siempre se cumple.
Y lo que yo necesitaba creer era esto: que yo no tengo que encargarme.
Hay una diferencia enorme entre la letra de esta canción y la de «Escupiré sobre tu tumba», que está en el mismo disco. En aquella, la fantasía es de serie B, con escopeta y explosión incluidas, y quien narra se pone en la piel de una heroína de película de venganza. En «Karma» no hay heroína. Hay alguien que ha recibido un golpe que no esperaba y que, en lugar de coger una escopeta, se sienta a esperar. Son dos maneras de sobrevivir a lo mismo, y yo he tenido días de las dos.
Mojo, gofio y otras armas de cocina
Y de repente, a mitad de la canción, el puñetazo se vuelve guasa. Porque no sé estar serio mucho rato. Porque si estoy serio mucho rato me pongo a llorar, y para llorar ya tengo la ducha.

La letra se dirige a alguien con un apodo que ya conocen los que han escuchado otras canciones del planeta: el marrano de El Médano. Y le da un consejo de salud sexual con ingredientes de la cocina canaria:
«por mí como si lo metes en mojo / o mejor gofio, lo que prefieras.»
Me río cada vez que lo leo. Y lo escribí yo, que ya tiene delito.
Te cuento por qué funciona, o por qué creo que funciona. El mojo y el gofio son cosas de casa. De la abuela, del mercado, de la mesa del domingo. Son lo contrario del glamour. Nadie va a una boda de famosos y pide gofio. Nadie hace un anuncio de perfume con un cuenco de mojo picón. Y meter esos dos ingredientes en una frase sobre el pito de un ex es rebajarlo. Bajarlo del pedestal en el que él mismo se había subido. Dejarlo a la altura de una papa arrugada.
Es una técnica que uso mucho: cuando alguien se cree un dios, le pongo en las manos un objeto ridículo. Un táper. Unos calcetines de rombos. Una bolsa de gofio. Y ya no hay dios que valga. Hay un señor con una bolsa de gofio. Ya lo hice con el gofio en otra canción, «Gofio de calcetín», y no me arrepiento de reincidir.
Después viene una línea que habla de cómo practica el sexo esa persona, sin protección y con cierto descuido, y ahí la broma tiene filo. No es una broma blanca. Es un dardo con destinatario. Y lo dejo así, sin explicar más, porque si explico un chiste lo mato, y este prefiero que siga vivo y dando guerra.
Sobre si se puede hacer humor gay con esta mala leche sin hacer daño a nadie que no se lo merezca, ya escribí un texto entero, hacer humor gay sin hacer daño. Mi regla es sencilla: el chiste apunta hacia arriba o hacia quien te ha hecho daño, nunca hacia quien ya está en el suelo. El marrano de El Médano no está en el suelo. Se subió él solito a un pedestal, y desde ahí arriba un poco de gofio en la cabeza no le va a hacer ningún daño.
Por qué repito tanto (y por qué no pido perdón)
Si lees la letra entera en la página de Letras, verás que es corta y que vuelve sobre sí misma una y otra vez. El estribillo aparece no sé cuántas veces. El verso del puñetazo, otras tantas. Habrá quien piense, con muy buena intención, que eso es pereza. Que una letra tiene que avanzar, contar algo nuevo en cada estrofa, tener su planteamiento, nudo y desenlace como una redacción de cuarto de la ESO.

Y yo digo: depende.
Hay canciones que avanzan como una novela. Y hay canciones que dan vueltas como un pensamiento obsesivo. Esta es de las segundas, y tiene que serlo. Porque así funciona la cabeza cuando algo te ha herido. No avanza. Gira. Vuelve a la misma frase a las tres de la mañana. Vuelve a la misma escena en la ducha. Vuelve a la misma pregunta mientras friegas los platos. ¿Cómo no me acordaba de lo que dolía?
Si la letra avanzara de forma ordenada, mentiría. Diría que el dolor tiene estructura, y no la tiene. Tiene bucle.
Y luego está lo otro, lo que aprendí con los años de publicar casi sin parar: la repetición es lo que hace que una frase se quede. Nadie se acuerda de la estrofa número tres de una canción del verano. Todo el mundo se acuerda del estribillo. Y yo quiero que lo que se quede sea esto: que todo llega. Que si te han hecho daño a diario, alguien, en algún sitio, va a tener que pagar la factura. Aunque no seas tú quien la cobre.
El marrano de El Médano, otra vez
Alguien que me lea por primera vez se preguntará por qué este señor aparece en tantas letras. Y es una pregunta justa.
La respuesta corta es que hay personas que te dan para un disco. La respuesta larga es que escribir una y otra vez sobre la misma figura es una forma de desgastarla. Como cuando repites una palabra muchas veces y deja de significar nada. «Marrano de El Médano, marrano de El Médano, marrano de El Médano». A la décima vez ya no es una persona. Es un personaje. Un muñeco de feria al que le tiras pelotas. Y eso, para quien ha sufrido, es una liberación: pasar de víctima de alguien a autor de su caricatura.
No digo su nombre. No hace falta. El apodo basta, y además el apodo es mío. Lo he inventado yo, lo he registrado yo en mis letras, lo he convertido en marca de la casa. Él tendrá su nombre de pila, su DNI y su perfil con foto de gimnasio. Pero en mis canciones es el marrano de El Médano, y de ahí no sale.
Me pasa con muchos de mis ex, y lo cuento en la pequeña tipología cómica de exnovios: cuando les pongo un apodo, dejan de mandar en mi cabeza. El apodo es una jaula pequeñita, de esas de hámster, con su ruedecita y todo. Ahí dentro pueden correr lo que quieran.
Del chiste al suelo
Ahora voy a decir algo sin guasa, y luego vuelvo a la guasa, que es donde mejor me muevo.
Detrás de una canción como esta hay algo que no tiene ninguna gracia. Que alguien te haga daño con regularidad, como quien ficha en el trabajo, no es un chiste. Que lo normalices hasta el punto de olvidar lo que dolía tampoco. Y que, cuando ya te crees a salvo, una tontería te devuelva al centro del ring, menos.
Escribo con humor porque es la única manera que tengo de mirarlo de frente sin apartar la cara. Pero el humor no borra nada. Solo lo hace soportable durante tres minutos.
Si estás en ese punto, en el de los puñetazos diarios, no necesitas una canción. Necesitas salir de ahí, y contárselo a alguien que te crea. Las canciones vienen después. Las canciones son para cuando ya estás al otro lado de la puerta y te das la vuelta para mirarla.
Lo digo una vez y no lo repito, que no quiero ponerme en plan folleto del centro de salud. Pero había que decirlo, porque una canción como esta puede llegarle a alguien que todavía está dentro, un martes cualquiera, con los cascos puestos en el autobús de la línea 27. Y a esa persona no le sirve de nada que yo sea gracioso. Le sirve que alguien le diga que lo que vive tiene nombre, que no es normal, y que se puede salir aunque ahora mismo la puerta parezca pintada en la pared.
Ya está. Vuelvo.
Una portada con el título en la frente
Una de las cosas que me tomo en serio es que cada single salga con su imagen. Es otra de las reglas de la casa: ningún single sale sin su portada y su videoclip, y la estética se piensa a la vez que la letra. Puedes ver cómo encajan unas con otras en la sección de singles, con todas las portadas en fila, que es como mejor se entienden.

La de esta versión es en blanco y negro, sin un solo color que distraiga. Un hombre con tupé, barba, la camisa abierta y el pecho tatuado mira hacia un lado, como quien oye su nombre en la otra punta del bar y decide no girarse. A la izquierda, en mayúsculas gordas, KARMA, y debajo, en letra pequeña, «(Versión alternativa)». Nada más. Ni neón, ni purpurina, ni chihuahuas. En un catálogo tan pluma como el mío, una portada tan sobria es casi un grito. Y me parece bien que lo sea: el karma no necesita lentejuelas, le basta con mirarte de reojo.
En una «versión alternativa», además, la imagen tiene una misión extra: que sepas a qué familia pertenece sin confundirla con su hermana. Para quien entra por primera vez en un catálogo con cientos de títulos, eso importa mucho. Si no, se pierde.
Con doscientos setenta y tres singles en la calle, uno acaba teniendo un problema de archivo más que de inspiración. Pero eso es otro tema y otro artículo.
Lo que no le pido al karma
Hay cosas que el karma no tiene que hacer por mí, porque las tengo que hacer yo.
No le pido que me devuelva los años. No le pido que me cure las ganas de mirar su perfil a las dos de la mañana. No le pido que me quite la vergüenza de haber aguantado tanto. No le pido que me borre las fotos de la nube. Esas cuatro cosas, si hay que arreglarlas, las arreglo yo, con mis manos y con mi tiempo.
Al karma solo le pido una cosa. Que llegue. A su ritmo, sin prisa, como el autobús de los domingos. Pero que llegue.
Y mientras tanto, yo sigo a lo mío. Escribiendo, publicando, haciendo portadas, discutiendo con la máquina para que el estribillo suene como lo tengo en la cabeza, leyendo comentarios de gente que me dice que lo mío es basura y contestando con otra canción, que es como mejor contesto. Que es mucho más divertido que esperar sentado en la puerta de nadie.
Escúchalas en pareja
Si nunca has escuchado ninguna de las dos, te propongo un orden. Primero la «Karma» original. Después esta versión alternativa. Y luego, si te queda cuerpo, «Un puñetazo al día», que viene a ser la resaca de las dos anteriores.
No te voy a decir qué vas a sentir en cada una, porque eso depende de tu día y de tu ex. Pero te garantizo una cosa: a la tercera vez que oigas el «KAAAAAARMAAAAAA», te lo vas a llevar puesto a la ducha. Y vas a pensar en alguien. Y vas a sonreír un poco. Con mala leche, pero vas a sonreír.
Eso es todo lo que pretendo.
Bueno, eso y que el marrano de El Médano se entere. Que se va a enterar.
Preguntas frecuentes
¿Qué diferencia hay entre «Karma» y «Karma (Versión Alternativa)»? Las dos están en el primer disco de la trilogía, Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK, y comparten la misma cuenta pendiente. La versión alternativa abre directamente con el verso del puñetazo diario y lo repite tres veces. La mejor forma de notar la diferencia es escucharlas seguidas.
¿Quién es el «marrano de El Médano»? Es un apodo que uso en varias letras de Planeta Gayfolk para un personaje concreto de mis canciones. No doy su nombre: el apodo es suficiente y es mío.
¿Quién escribió la letra? La letra es mía, de Mike Sain't Louis. La música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial como Suno, y yo dirijo el tema de principio a fin con mi propio sello, MIKE SAIN'T LOUIS.
¿Dónde puedo leer la letra completa? En la ficha de la canción en mikesaintlouis.com y en la página de letras de gayfolkplanet.com, donde también tienes el enlace para escucharla en Spotify.