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«Ni pediatras, ni médicos»: prevenir el abuso sexual infantil desde los adultos que rodean a un niño

«Ni psicólogos, ni amigos, ni hermanos, / Ni psiquiatras, ni médicos, ni novios. / ni pediatras, ni veterinarios»

Esta enumeración es de «La música me está salvando», del segundo disco de la trilogía. En la canción es una rabieta gloriosa: el protagonista repasa a todo el mundo que no le ha servido de nada, de los psiquiatras a Esperanza Gracia, de rezar de rodillas en El Rosario a los ayunos milagrosos, y concluye que solo la música le está sacando del hoyo. Es exagerada a propósito. Tiene veterinarios. Tiene un político honrado que no existe.

Pero hay una palabra en esa lista que se me queda clavada cada vez que la leo: pediatras. Los adultos que ven a un niño de cerca. Los que le miden, le pesan, le preguntan. Y al lado, médicos, hermanos, amigos. La lista de la gente que podría haber visto algo.

Este texto no es sobre mí, aunque empiece en una canción mía. Es para los adultos que rodean a un niño o a una niña: padres, madres, abuelas, tíos, profesores, entrenadores, monitores de campamento, pediatras, vecinos. Sobre cómo prevenir el abuso sexual infantil, cómo reconocer señales, cómo escuchar si un niño cuenta algo y qué dice la ley española. Lo escribo como letrista, compositor y productor musical. No soy profesional de la infancia. Lo que cito de la ley está comprobado en el BOE. Lo que no sé, no lo invento.

Por qué escribo esto

He contado en público, sin detalles y sin nombres, que en mi infancia hubo acoso y abuso. Lo hice en «La bomba de relojería», un texto sobre cómo lo que pasa de pequeño estalla de adulto. No voy a añadir nada aquí. Lo que es mío se queda donde lo dejé.

Lo que sí puedo hacer es mirar hacia delante. Pensar en los niños de hoy y en los adultos que los rodean. Y decir algo que me parece importante: el abuso sexual infantil se previene sobre todo desde fuera del niño. No se puede pedir a una criatura de siete años que se proteja sola. Son los mayores los que tienen que construir alrededor un sitio donde sea difícil hacer daño y fácil contarlo.

Mi forma de digerir lo vivido fue escribir, con una psicóloga al lado y con un diagnóstico que llegó a los 41 años y que expliqué en «Diagnóstico a los 41». Este texto es otra forma de lo mismo: poner algo útil donde antes había silencio.

Lo que hay que saber primero

Hay ideas sobre el abuso sexual infantil que conviene quitarse de la cabeza cuanto antes, porque protegen al agresor y no al niño.

La primera es la del desconocido con gabardina. Las organizaciones de infancia repiten desde hace años que, en la mayoría de los casos, quien abusa es alguien del entorno del niño: alguien de la familia, de la escuela, del club, de los amigos de la familia. Alguien de confianza. Por eso el abuso es tan difícil de ver: ocurre dentro de relaciones que parecen normales.

La segunda es que el niño lo contaría. Muchas veces no lo cuenta, o lo cuenta tarde, o lo cuenta a medias para ver qué pasa. Porque no tiene palabras, porque le han dicho que es un secreto, porque tiene miedo de romper la familia, porque cree que es culpa suya o porque, sencillamente, no sabe que lo que le pasa no debería pasar.

La tercera es que se notaría. A veces se nota y a veces no. No hay una señal única que lo pruebe todo.

Y hay una cuarta que quiero desmontar con especial cuidado, porque me toca de cerca: la mentira que relaciona la homosexualidad con el abuso de menores. Es falsa. Se ha usado durante décadas para atacar a hombres gais, para echar a profesores de su trabajo y para impedir que personas LGTBI adoptaran. La orientación sexual de un adulto no tiene nada que ver con que sea o no un agresor. Repetir ese bulo no protege a ningún niño. Solo hace que miremos en el sitio equivocado.

Los adultos de la lista

Vuelvo a la canción. Psicólogos, psiquiatras, médicos, pediatras, hermanos, amigos. Si hiciera hoy la versión seria de esa lista, añadiría profesores, entrenadores, monitores, catequistas, abuelos, vecinos y cualquiera que pase tiempo con niños.

La ley española ya ha hecho esa lista, y con más precisión que yo. La Ley Orgánica 8/2021, de protección integral a la infancia y la adolescencia frente a la violencia, que todo el mundo conoce como LOPIVI, establece dos deberes que me parecen fundamentales.

El primero está en su artículo 15 y es para toda la ciudadanía: cualquier persona que advierta indicios de una situación de violencia ejercida sobre un menor está obligada a comunicarlo de forma inmediata a la autoridad competente y, si los hechos pudieran ser delito, a las fuerzas de seguridad, a la fiscalía o al juzgado, sin perjuicio de prestar la atención inmediata que la víctima necesite. No dice «si estás seguro». Dice «indicios».

El segundo está en el artículo 16 y se llama deber de comunicación cualificado. Es especialmente exigible a quienes, por su cargo, profesión u oficio, tienen encomendada la asistencia, el cuidado, la enseñanza o la protección de niños. La ley nombra expresamente al personal cualificado de los centros sanitarios, los centros escolares, los centros de deporte y ocio, los centros de protección a la infancia y los servicios sociales. Ahí están los pediatras de mi canción, aunque la canción no lo supiera.

La regla de Kiko y otras formas de hablar con niños

¿Cómo se habla de esto con un niño sin asustarle? Hay materiales muy buenos, y uno de los más conocidos en Europa es la campaña «Uno de cada cinco» del Consejo de Europa, que popularizó la llamada regla de Kiko: un cuento sencillo para explicar a los niños pequeños que nadie debe tocarles en las partes del cuerpo que cubre la ropa interior, que su cuerpo es suyo y que hay secretos buenos y secretos malos.

Me parece de lo más sensato que he leído sobre prevención, porque no habla de monstruos. Habla de cosas que un niño puede entender:

  • Tu cuerpo es tuyo. Puedes decir que no a un beso o a un abrazo, incluso de la tía abuela.
  • Los nombres de verdad. Enseñar los nombres correctos de las partes del cuerpo da al niño palabras para contar.
  • Secretos buenos y malos. Un secreto bueno es una sorpresa de cumpleaños que se acaba desvelando. Un secreto malo te hace sentir mal y alguien te pide que no lo cuentes nunca. Esos se cuentan siempre.
  • Adultos de confianza. Que el niño sepa a quién puede acudir, y que sean al menos dos o tres personas distintas.
  • Nunca es culpa tuya. Pase lo que pase.

No hace falta una gran charla. Funciona mejor en pequeñas conversaciones, a la hora del baño, en el coche, al leer un cuento. Igual que se enseña a cruzar la calle.

Señales que merecen atención

Lo digo con toda la cautela del mundo: ninguna de estas señales prueba nada por sí sola. Muchas pueden deberse a otras cosas, desde un cambio de colegio hasta un divorcio. Pero cuando aparecen varias, o de golpe, o acompañadas de algo que el niño dice, merece la pena prestar atención y consultar con un profesional.

  • Cambios bruscos de comportamiento: un niño alegre que se encierra, uno tranquilo que se vuelve agresivo.
  • Miedo o rechazo intenso a una persona concreta o a un lugar concreto.
  • Conocimientos o conductas sexuales que no corresponden a su edad.
  • Problemas de sueño, pesadillas, volver a mojar la cama cuando ya no lo hacía.
  • Dolores o molestias físicas que no tienen otra explicación.
  • Regalos, dinero o privilegios de un adulto sin motivo claro, y un «secreto» entre ellos.
  • Un adulto que busca constantemente estar a solas con el niño o que se salta las normas de la familia.

La última señal es sobre el adulto, no sobre el niño. Y me parece la más útil. Muchas veces lo que se ve antes no es el daño, sino la preparación: el adulto que se gana la confianza de todos, que se ofrece siempre para cuidar, que regala mucho, que aísla.

Si un niño te cuenta algo

Este es el momento más importante de todo el texto. Si un niño o una niña te cuenta algo, o empieza a contarlo, lo que hagas en los minutos siguientes puede marcar su vida. No hace falta ser experto. Hace falta no estropearlo.

  • Créele. Escucha con calma. Lo peor que puede oír es «eso no puede ser» o «¿estás seguro?».
  • No le interrogues. No hagas preguntas detalladas ni le pidas que lo repita muchas veces. Eso le corresponde a profesionales formados, y un interrogatorio casero puede perjudicar después al proceso.
  • No te escandalices delante. Aunque por dentro estés hecho pedazos, el niño necesita ver a un adulto que aguanta.
  • Dile que ha hecho bien en contarlo y que no es culpa suya.
  • No le prometas guardar el secreto. Explícale que vas a contárselo a personas que pueden ayudar.
  • Apunta después, con sus palabras exactas, lo que te dijo, cuándo y dónde.
  • Comunícalo. A los servicios sociales, a la policía o a la fiscalía, como dice la ley. Si hay peligro inmediato, al 112.

La LOPIVI, en su artículo 11, habla del derecho de los niños víctimas a ser escuchados con todas las garantías y sin límite de edad. Esa escucha empieza en el sofá de casa, mucho antes de un juzgado.

Cuidar a quien descubre

Hay una figura de la que se habla poco: el adulto que se entera. La madre a la que su hija le cuenta algo en el coche. La profesora que lee una redacción y se queda helada. El abuelo que ve una foto en el móvil del nieto. Ese adulto también recibe un golpe enorme, y muchas veces tiene que actuar mientras se le derrumba el suelo.

Si eres tú, permítete pedir ayuda para ti. El teléfono de ANAR para familias y centros escolares, el 600 50 51 52, está pensado justamente para adultos que necesitan orientación sobre un menor. No tienes que saber qué hacer. Tienes que saber a quién preguntar.

Y no te castigues por no haberlo visto antes. Los agresores son buenos escondiéndose. Lo que importa es lo que haces desde el momento en que lo sabes.

Lo que se ha hecho en los colegios y en los clubes

Hay dos medidas de la LOPIVI que conviene conocer porque se pueden pedir. La primera es que todos los centros educativos donde estudien menores, sea cual sea su titularidad, deben tener un coordinador o coordinadora de bienestar y protección del alumnado (artículo 35). Si eres padre o madre, pregunta en tu colegio quién es. Si no lo saben, ya sabes algo.

La segunda es el requisito del artículo 57: para trabajar o hacer actividades que impliquen contacto habitual con menores, es obligatorio no haber sido condenado por delitos contra la libertad e indemnidad sexuales ni por trata, y acreditarlo con una certificación negativa del Registro Central de Delincuentes Sexuales y de Trata de Seres Humanos. Si llevas a tu hija a un campamento o a tu hijo a un club, es razonable preguntar si su personal la tiene.

En «¿Qué te molesta, que tus hijos vean un beso?» hablé de la diversidad en la escuela y del llamado pin parental. Hay una conexión que no siempre se ve: la educación afectivo-sexual adaptada a cada edad, esa que algunos quieren sacar de las aulas, es una de las herramientas de prevención más sencillas que existen. Un niño que sabe que su cuerpo es suyo y que tiene palabras para contarlo está mejor protegido.

Normas sencillas que hacen un sitio más seguro

Muchos clubes, escuelas de música, parroquias y campamentos ya trabajan con políticas de protección. Si llevas a un niño a uno de esos sitios, o si trabajas en uno, hay normas muy simples que se repiten en casi todas las guías y que no ofenden a nadie que trabaje bien:

  • Que nunca haya un adulto a solas con un niño en un espacio cerrado sin que nadie más sepa dónde están. Puertas abiertas o, mejor aún, dos adultos.
  • Que los mensajes entre monitores y menores vayan por canales del grupo o con las familias en copia, nunca por privado.
  • Que haya una persona de referencia a la que niños y familias puedan acudir si algo les incomoda, y que todo el mundo sepa quién es.
  • Que las fotos de los niños no circulen sin permiso ni fuera de los canales del centro.
  • Que las sospechas se tomen en serio aunque apunten a la persona más querida del club.

Estas normas protegen también a los adultos honrados. Un entrenador que nunca se queda a solas con un chaval no tiene nada que temer de un malentendido. Quien protesta mucho por tener que cumplirlas está diciendo algo, aunque no lo sepa.

Niños y adolescentes LGTBI: un cuidado extra

Escribo desde una web LGTBI y no puedo dejar de decirlo. Un adolescente que todavía no ha contado en casa que le gustan los chicos, o una niña trans cuya familia no la acompaña, puede ser más fácil de aislar. Si no puede hablar en casa de quién es, tampoco va a contar en casa que un adulto le está mandando mensajes, o que alguien de internet le ha ofrecido «entenderle» como nadie.

No tengo una cifra que poner aquí y no la voy a inventar. Lo que sé es lo que cualquier persona LGTBI reconoce: el secreto de quién eres y el secreto de lo que te pasa se pueden mezclar, y un agresor sabe aprovechar ese nudo.

La protección, en este caso, pasa por algo que no tiene nada de técnico. Que en casa se pueda hablar de todo. En «Me da igual si es chica, chico, trans o neutral» escribí sobre las familias que acompañan. Una familia que acompaña es también una familia a la que se le cuenta lo que pasa.

Internet también es una habitación

Hoy muchos agresores no necesitan estar en la misma casa. Llegan por un videojuego, una red social o un chat. Se ganan la confianza poco a poco, piden una foto, luego otra, y después amenazan con difundirlas. A eso se le llama grooming, y en España está castigado en el Código Penal.

La LOPIVI añade en su artículo 19 que cualquier persona que vea en internet contenidos que constituyan una forma de violencia contra un menor está obligada a comunicarlo a la autoridad. Si tu hijo o tu alumno te enseña algo así, no lo reenvíes ni lo borres sin más: haz capturas, guarda la dirección y comunícalo.

En «Treinta insultos al despertar» hablé del acoso por redes entre adultos y de la línea 017 de INCIBE, que también atiende a familias y menores con dudas de seguridad digital.

Para los adultos que lo vivieron de niños

Si estás leyendo esto y lo que te pasó de pequeño te vuelve ahora, quiero decirte algo que me hubiera gustado oír antes: no hay un plazo para empezar a hablar. Hay personas que lo cuentan a los veinte, a los cuarenta o a los setenta.

La ley también ha cambiado en eso. El artículo 132 del Código Penal establece que, en los delitos contra la libertad sexual cometidos contra menores de dieciocho años, el plazo de prescripción no empieza a contar hasta que la víctima cumple treinta y cinco años. No te digo lo que tienes que hacer con eso. Te digo que existe y que, si un día quieres saber si tu caso entra, un abogado o una asociación especializada pueden orientarte.

Y sobre todo, no estás obligado a contar nada a nadie para que tu dolor sea real. Yo elegí contar muy poco y en mis términos. Me ayudó la terapia, y le di las gracias a mi psicóloga en «Gracias a mi psicóloga». Me ayudó escribir. Y me ayudó entender, como decía la canción, que la música me estaba salvando. En «La música me está salvando: ansiedad, tristeza y respiro» conté cómo.

Lo que la canción no dice

«La música me está salvando» termina con un tono triunfal: la música me ha llevado al cielo, y a ti te está dejando por los suelos. Es una canción de revancha contra un ex, no contra nadie de mi infancia. Pero me gusta pensar que esa lista del principio, la de los que no salvaron, se puede reescribir.

Imagino una versión en la que los psicólogos sí escuchan. En la que el pediatra pregunta con delicadeza cuando algo no cuadra. En la que el hermano mayor cree. En la que el amigo de la familia que se ofrecía siempre para cuidar no consigue quedarse a solas con nadie, porque los adultos de alrededor saben lo que significa eso.

Esa canción no la he escrito. La escriben cada día miles de personas que trabajan con niños y que se toman en serio una frase de un niño. Ojalá llegue el día en que no haga falta que la música salve a nadie porque los mayores ya lo hayan hecho a tiempo.

A quién llamar

  • Fundación ANAR: 900 20 20 10. Gratuito, confidencial, a cualquier hora, para niños y adolescentes. Y para adultos preocupados por un menor, el 600 50 51 52.
  • 112: si un menor está en peligro ahora mismo.
  • 091 / 062: Policía Nacional y Guardia Civil, para denunciar.
  • 017: INCIBE, ayuda en ciberseguridad para menores, familias y educadores.
  • 024: si eres adulto y lo que viviste de niño te está desbordando hoy.
  • 717 003 717: Teléfono de la Esperanza.
  • Fuera de España: en findahelpline.com encontrarás la línea de ayuda de tu país.

En «Salud mental sin tabú» están todos los textos de la serie. Quién soy y por qué escribo sobre esto, en sobre mí. Y la letra de la canción, como todas, en letras.

Preguntas frecuentes

¿Estoy obligado a comunicar una sospecha de abuso a un menor? Sí. El artículo 15 de la Ley Orgánica 8/2021 (LOPIVI) obliga a toda persona que advierta indicios de violencia sobre un menor a comunicarlo de inmediato a la autoridad competente y, si puede ser delito, a la policía, la fiscalía o el juzgado. Para profesionales sanitarios, educativos, de deporte y ocio y de servicios sociales el deber es cualificado (artículo 16).

¿Qué hago si un niño me cuenta que alguien le ha hecho daño? Créele, escucha con calma, no le interrogues, dile que ha hecho bien en contarlo y que no es culpa suya, no le prometas guardar el secreto, apunta sus palabras y comunícalo a servicios sociales, policía o fiscalía. Si hay peligro inmediato, llama al 112.

¿Cuándo prescribe el abuso sexual cometido contra un menor? Según el artículo 132 del Código Penal, en los delitos contra la libertad sexual cometidos contra menores de dieciocho años el plazo de prescripción se cuenta desde que la víctima cumple treinta y cinco años.

¿Qué es la regla de Kiko? Es un recurso de la campaña «Uno de cada cinco» del Consejo de Europa para explicar a los niños pequeños que nadie debe tocarles en las partes del cuerpo que cubre la ropa interior, que su cuerpo es suyo y que los secretos que hacen sentir mal se cuentan.

¿Hay relación entre ser homosexual y abusar de menores? No. Es un bulo que se ha usado para discriminar a las personas LGTBI. La orientación sexual de un adulto no indica si es o no un agresor.

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