
Por Mike Sain't Louis ·
Los ancianos del vertedero: «Trasto viejo» verso a verso, del carrito por la carretera al sillón entre la basura
«Trasto viejo» gira alrededor de una palabra, no de una cara. Trasto. Una palabra corta, de dos sílabas, que en castellano sirve para un mueble cojo, para una tostadora que ya no tuesta y, cuando alguien se pone cruel, para una persona. La letra nunca aclara de cuál de las tres cosas habla. El videoclip, en cambio, lo decide desde el primer plano: el trasto tiene arrugas, pelo blanco y una manta sobre los hombros.
Hoy quiero ir despacio. Primero por la letra, verso a verso, porque aunque parezca una retahíla de insultos tiene un orden muy preciso. Y después por las imágenes, que convierten esa retahíla en algo que no esperaba que doliera tanto: una galería de mujeres y hombres mayores dejados en un vertedero, en una furgoneta, en una carretera, en una gasolinera de madrugada. Ya conté en otro artículo qué tiene de punto limpio esta canción. Esto es otra cosa: es mirar lo que de verdad pasa en el vídeo, fotograma a fotograma, y leer la letra al lado.
Cuatro palabras para empezar y ninguna es un verbo
La canción arranca así:
Trasto usado Trasto tirado En el Vertedero Más cercano
Fijaos en la gramática. No hay nadie que use ni nadie que tire. Hay un trasto y dos participios, «usado» y «tirado», que funcionan como etiquetas colgadas del cuello. El que usó y el que tiró no aparecen. Esa ausencia del culpable es lo primero que llama la atención: en esta letra las cosas le pasan al trasto, pero nunca se dice quién se las hace.
El orden de esos dos participios tampoco es casual. Primero «usado», después «tirado». Es la vida entera de un objeto en dos palabras: sirve, y cuando deja de servir, fuera. No hay una fase intermedia de reparación, de guardar en el trastero, de pensarlo dos veces. De usado se pasa a tirado en un salto de línea.
Y luego el destino: el vertedero «más cercano». Ese superlativo me hace gracia y me da pena a la vez. Quien tira el trasto no se toma la molestia de buscar un sitio adecuado. Lo deja en el primero que pilla, el que le queda a mano. Es la prisa de quien quiere quitarse algo de encima.
De «más cercano» a «más apartado»
La segunda mitad de la estrofa da la vuelta al superlativo:
Trasto que molesta Trasto que apesta Trasto dejado en el Contenedor más apartado
Aquí aparece por fin un verbo conjugado, dos en realidad, y los dos son del trasto: molesta, apesta. Ya no es solo un objeto pasivo, ahora incomoda. Huele. Ocupa. Y esa molestia justifica el cambio de destino: si antes valía el vertedero más cercano, ahora hay que llevarlo al contenedor más apartado.
Me gusta esa contradicción porque es muy humana. Al principio tiramos sin pensar, en lo que tenemos al lado. Pero cuando lo tirado empieza a recordarnos que existe, cuando molesta, lo alejamos más. No basta con deshacerse de él: hay que no volver a verlo. La letra va de cerca a lejos, y en ese viaje está todo lo que la canción quiere decir sobre el olvido.
Hay un detalle de escritura que me encanta releer: el verso «Trasto dejado en el» se corta en el artículo. La frase se queda colgando en «el», sin nombre, y el contenedor llega en la línea siguiente. Es un corte raro, casi torpe, y funciona. Así suena alguien que no termina la frase porque le da asco nombrar el sitio.
La rima pobre que hace de martillo
«Molesta» y «apesta». «Usado» y «tirado». «Cercano» y «apartado» casi. Son rimas fáciles, de las que en un taller de poesía te tacharían con rotulador rojo. Y sin embargo son las que esta letra pide. Una rima elaborada habría dado al trasto una dignidad que la letra le niega. Las rimas en -ado y en -esta son las de los partes, los inventarios, las listas de cosas para bajar a la calle.
Esa pobreza de recursos es la misma de la palabra central. «Trasto» se repite al comienzo de casi todas las líneas, como en una letanía al revés: en lugar de alabar, rebaja. En retórica eso se llama anáfora, y suele usarse para dar solemnidad. Aquí la solemnidad se vuelve contra el objeto. Cada vez que vuelve la palabra, el trasto vale un poco menos.
El estribillo: siete etiquetas y la última es la peor

Trasto guarro, trasto Inútil Trasto viejo, tirado, olvidado, Abandonado, utilizado
Parece escrito en un minuto, pero son siete adjetivos y participios, y su orden cuenta una historia. Empieza por lo superficial, lo que se ve: guarro. Sigue con la función: inútil. Después llega la edad: viejo. Y a partir de ahí todo son cosas que le han hecho al trasto: tirado, olvidado, abandonado, utilizado.
La lista podría haber terminado en «abandonado», que suena a final. Pero termina en «utilizado», y esa es la palabra que le da la vuelta a todo lo anterior. Si al trasto lo utilizaron, alguien sacó provecho de él antes de dejarlo. Ya no es solo un objeto que se estropeó por sí mismo; es algo que sirvió a otro y fue descartado cuando dejó de convenir. El estribillo empieza insultando al trasto y acaba acusando, sin nombrarlo, a quien lo usó.
Hay otra cosa en esa lista: la mayúscula de «Inútil». En la letra publicada está así, con la I grande en mitad del verso, y aquí la copio tal cual. No responde a ninguna regla ortográfica, pero leída ahora parece subrayar la palabra, como si la inutilidad fuera un título.
La segunda vuelta cambia tres palabras
Cuando la estrofa vuelve, no es idéntica:
Trasto inútil Trasto acabado Trasto arrojado
«Usado» se convierte en «inútil». «Tirado» se convierte en «acabado» y en «arrojado». Parece un cambio pequeño, pero va en una dirección clara: la segunda vez el trasto ya no tiene ni el recuerdo de haber servido. Antes era un objeto usado; ahora es un objeto inútil. Y «arrojado» es más violento que «tirado»: se tira una bolsa, se arroja una piedra. El gesto de deshacerse del trasto se ha vuelto más brusco.
Después de esos tres versos nuevos, el resto se repite: el vertedero más cercano, lo que molesta, lo que apesta, el contenedor más apartado. La canción gira en redondo, como un camión de la basura que hace siempre la misma ruta. Y en la versión publicada el estribillo vuelve una y otra vez hasta el final, cada vez más gastado.
Lo que el videoclip decide: el trasto es una persona mayor
Leída sola, la letra admite muchas lecturas. Puede ser alguien que se siente desechado por una pareja, o al revés, alguien que por fin ve a su ex como un mueble inservible. El videoclip cierra la puerta a casi todas y abre otra que la letra solo insinuaba con un adjetivo: la de la vejez.
Durante sus tres minutos y cuarenta y dos segundos, casi todos los personajes son mujeres y hombres mayores. No hay un solo joven en primer plano. No hay una pareja que discute ni un ex al que mirar. Hay ancianos en lugares donde nadie debería estar: un montón de escombros, una furgoneta oxidada, el arcén de una carretera, una gasolinera vacía. Son personajes inventados, sin nombre ni historia contada, y precisamente por eso funcionan como lo que dice el título: trastos viejos.
La operación es sencilla y brutal. La letra dice «viejo» como un adjetivo más entre siete. El vídeo lo convierte en el centro. Y todos los demás adjetivos, tirado, olvidado, abandonado, pasan a describir a personas. De repente «el contenedor más apartado» ya no es un contenedor. Es una residencia al final de una carretera, un pasillo largo, un descampado.
La sala vacía del principio
El vídeo empieza con el título, «TRASTO VIEJO», en letras blancas enormes sobre una imagen en blanco y negro de una sala larga con camas metálicas, ventanas al fondo y el suelo mojado, como recién fregado o inundado. Parece la planta de un hospital o de una residencia, pero no hay nadie. Solo camas vacías.
Es una forma muy clara de presentar el tema sin decirlo. Las camas están hechas para cuerpos que ya no están. Más adelante, hacia el segundo 46, vuelve a aparecer una sala parecida, esta vez en color, con el techo destrozado, placas caídas por el suelo y una luz rosada entrando por las ventanas. La misma idea, un poco más deteriorada: lo que fue un lugar de cuidados es ya un lugar abandonado.
Y casi al final, en torno al segundo 208, llega mi plano favorito: un pasillo de hospital en blanco y negro, muy largo, con las paredes llenas de retratos enmarcados de personas mayores, y al fondo unas figuras pequeñas que se alejan andando. Los retratos están ahí como en un museo, colgados, mirando, y las personas reales se van por el fondo. Es la canción entera en una sola imagen: el recuerdo enmarcado en la pared y la persona dejada al final del pasillo.
La mujer de la ventana y la mujer del camión
Después del título, la primera cara: una mujer mayor junto a una ventana por la que corre la lluvia, en blanco y negro, con una chaqueta de punto. Mira hacia fuera con una expresión que no es de llanto, sino de espera. Es un plano tranquilo, casi bonito, y me parece la mejor manera de empezar porque todavía no hay basura. Solo una mujer que espera algo que no llega.

El siguiente plano rompe esa calma. Otra mujer mayor, con un pañuelo en la cabeza, está de rodillas en mitad de un vertedero, con las manos juntas como si rezara o suplicara, y detrás de ella un camión volquete descarga más desperdicios. Si hay una imagen literal de «Trasto arrojado / En el vertedero / Más cercano», es esta. La mujer está entre lo que el camión tira, como si ella también hubiera llegado en la caja.
La mujer del plástico, que parece una novia y parece un fantasma
Uno de los personajes vuelve varias veces y es el que más se recuerda. Es una anciana delgada, envuelta en una lámina de plástico transparente que le cae desde la cabeza como un velo, de pie sobre la montaña de basura, de noche, con humo azul a su alrededor. A veces aparece quieta, en el segundo 22, mirando de frente. Otras, como hacia el segundo 40, abre los brazos y el plástico se despliega como unas alas, mientras detrás arden pequeños fuegos entre los desperdicios.
Ese plástico es, literalmente, basura: el envoltorio de algo, una bolsa, un film de embalar. Pero en el cuerpo de la mujer se convierte en un velo de novia, en una capa, en una mortaja. Al final del vídeo, entre los segundos 214 y 220, vuelve sentada sobre los escombros, sujetando el plástico, con el humo pasando del azul al naranja. Es como si en todo el clip fuera la única que se niega a desaparecer. La tiraron con lo demás y ella se ha hecho un vestido con lo que encontró.
No sé si es la imagen más triste o la más digna del vídeo. Creo que las dos cosas.
La furgoneta de las muñecas
Otro personaje vive, o duerme, dentro de una furgoneta vieja. La vemos por primera vez hacia el segundo 52: una mujer mayor tumbada en el asiento trasero, con un pijama azul de cuadros, la cabeza apoyada en la mano y una media sonrisa, rodeada de muñecas antiguas, de esas de plástico con ojos grandes. Por las ventanillas se ve lluvia y un paisaje gris.
Vuelve varias veces. Hacia el segundo 70 duerme sobre una almohada de flores, con las gafas a un lado y muñecas desperdigadas por el suelo de la furgoneta. En el 130 su cara aparece apretada contra el cristal de la ventanilla, con los ojos cerrados, entre dos muñecos que parecen mirarla. Y en el 202, ya hacia el final, está tumbada a lo largo, con fotos enmarcadas y más muñecas alrededor.
Las muñecas lo dicen todo sin decir nada. Son juguetes, cosas de la infancia, quizá de hijos o nietos que ya no están. Ella las ha guardado, las ha subido a la furgoneta, se ha rodeado de ellas como de una familia de plástico. Los trastos de la mujer acompañan a la mujer, a la que también han tratado como un trasto. Esa es la vuelta de tuerca del vídeo: los objetos viejos que nadie quiere son lo único que le queda a la persona vieja que nadie quiere.
El carrito por la carretera
Hacia el segundo 148 aparece una de las imágenes más sencillas y que más me impresionan. En blanco y negro, una anciana con falda oscura empuja un carrito de supermercado por una carretera recta, con postes de teléfono a los lados y un campo sin nada. En el carrito van peluches.
Unos segundos después, en el 154, el mismo plano en color: la misma mujer con una chaqueta gris, en mitad del asfalto, la línea amarilla bajo sus pies, montañas al fondo y el carrito lleno de ositos de peluche. Mira hacia un lado, como si no supiera muy bien hacia dónde ir.
Un carrito de supermercado es el símbolo universal de la persona que lo ha perdido todo y lleva su casa a cuestas. Y los peluches vuelven a la idea de la furgoneta: lo que esta mujer salva del naufragio son juguetes, cosas tiernas e inútiles. «Trasto inútil», dice la segunda estrofa. Pero el vídeo enseña que lo que para unos es inútil para otros es lo último que se sujeta.
El columpio y el bidón de fuego
Los hombres del vídeo tienen sus propios lugares. Hacia los segundos 87 y 93, en blanco y negro, un hombre mayor está sentado en un columpio de un parque infantil vacío, con otros columpios quietos a su lado y árboles al fondo. Un hombre mayor en un columpio es una imagen casi cómica, pero el plano no tiene nada de cómico. Es el parque donde no queda ningún niño, y un abuelo que sigue sentado ahí. Más adelante, en los segundos 135 y 141, lo vemos de cerca: un primer plano de su cara, con las cadenas del columpio a los lados, mirando directamente a cámara, muy serio.

Es una de las pocas veces que alguien en el vídeo nos mira. Y esa mirada tiene algo de reproche. Como si dijera: ¿y tú qué haces mirándome desde ahí?
El otro escenario masculino es una gasolinera de carretera al anochecer, con su marquesina iluminada en rojo y amarillo. En el segundo 100 un anciano se agacha a calentarse las manos en un bidón metálico donde arde un fuego. En el 166 otro hombre, con un abrigo largo de color camel, está de pie junto al bidón, inmóvil, mirando a cámara, con la gasolinera vacía detrás. Y en el 177 un anciano de pelo blanco extiende las manos sobre las llamas.
La gasolinera es un lugar de paso. Nadie vive allí. Se para, se reposta y se sigue. Que estos hombres estén quietos en un sitio hecho para no quedarse es la imagen exacta de lo que significa que te dejen atrás: todo el mundo pasa, y tú te quedas junto al bidón.
Los que miran la montaña de basura
Hay planos de grupo que funcionan como un coro. En el segundo 76, en blanco y negro, una pareja de ancianos está sentada entre dos montañas altísimas de chatarra, muy juntos, con el cielo nublado encima. En el 84, en color y al atardecer, varias personas mayores caminan de espaldas hacia un vertedero donde arden fuegos y sale humo negro. Entre los segundos 117 y 123 se repite la escena: figuras pequeñas andando entre las llamas y el humo.
Y en los segundos 184 y 189, en blanco y negro, tres cabezas blancas de espaldas, en primer término, contemplan una llanura enorme de desperdicios que llega hasta el horizonte. No hacen nada. Solo miran. Es como si estuvieran viendo el sitio adonde van a llevarlos.
El final: dos sillones en mitad de la basura
El vídeo no acaba con un rescate. No llega nadie a recoger a estos personajes. Pero tampoco acaba en la desesperación pura. En el segundo 196 vemos, en color, un vertedero inmenso con montañas al fondo y, en el centro, dos hombres mayores sentados en sillas, con unos sillones y sofás viejos desperdigados alrededor, como si alguien hubiera montado un salón en mitad de la basura. En el 213, otro plano parecido: dos ancianos acomodados en sendos sillones en medio de los desperdicios, uno junto al otro.
A mí ese final me reconcilia un poco con todo lo anterior. Los muebles que alguien tiró han servido para que dos personas que también fueron tiradas se sienten juntas. Han hecho un hogar con los trastos. No es un final feliz, pero es un final con compañía. Y eso, después de tres minutos de soledades, es mucho.
Por qué una letra tan corta para un vídeo tan largo
La letra de «Trasto viejo» se lee en treinta segundos. Tiene veintitrés líneas contando las del estribillo, y la mitad se repiten. Alguien me podría decir que es poca letra para una canción de casi cuatro minutos. Y es verdad. Pero es que la repetición es el tema.
Cuando una palabra se repite mucho, deja de significar. Los psicólogos tienen un nombre para eso, saciedad semántica, pero cualquiera lo ha experimentado diciendo su nombre veinte veces delante del espejo. En «Trasto viejo» pasa eso con la palabra «trasto»: a fuerza de oírla pierde su sentido de objeto y se queda pegada a quien la escucha. Al final de la canción ya no piensas en una tostadora. Piensas en una persona.
El videoclip aprovecha esa repetición para mostrar caras. Cada vez que vuelve la palabra, aparece alguien nuevo, o vuelve alguien que ya habíamos visto un poco más deteriorado. La letra no avanza, pero el vídeo sí: de la sala vacía al vertedero, del vertedero a la carretera, de la carretera a la gasolinera, y de ahí a los sillones del final.
La música, como en todo lo que publico, está hecha así: la letra y la producción son mías, y la música y la interpretación vocal están hechas con IA. Al escucharla con atención se nota que la palabra «trasto» no suena igual en cada vuelta: unas veces casi burlona, otras casi rota, sin que cambie ni una coma del texto.
Dónde vive esta canción en mi mundo
En la lista completa de mis canciones, «Trasto viejo» está entre «Los Javis» y «La noche no es para mí». Es una vecindad curiosa: antes, una canción de cultura pop y de gente que admiro; después, una de alguien que prefiere quedarse en casa a salir de noche. Y en medio, el contenedor.

Pero sus verdaderas hermanas están en otra parte. Una es «Envejecer», que mira la vejez desde el miedo propio, desde el espejo. «Trasto viejo» la mira desde fuera, desde lo que la sociedad hace con quien envejece. Otra es «En el basurero», con la que comparte escenario: allí el vertedero es un lugar donde también se encuentran cosas que otros tiraron, como cuento en la chaqueta rosa rota de su videoclip. Y la tercera es «Nadie hablará de mí cuando haya muerto», que lleva el olvido un paso más allá, hasta ese velatorio en el que uno se pone a contar las sillas.
Juntas forman una especie de trilogía secundaria dentro de Planeta Gayfolk: envejecer, ser desechado, ser olvidado. Vistos los vídeos uno detrás de otro, se nota que dan vueltas a lo mismo desde distintos ángulos.
Y no es casualidad que ese tema aparezca en un universo queer. Muchas personas LGTBI mayores de mi país vivieron la juventud con miedo y llegan a la vejez sin hijos que las cuiden, a veces sin la familia que las rechazó. El vídeo de «Trasto viejo» no habla de eso de forma explícita, sus personajes no tienen una identidad marcada, pero cuando lo miro pienso en esa generación. En los que abrieron camino y ahora nadie va a ver.
Lo que yo sé de sentirse un trasto
Hay una razón más personal por la que la lista del estribillo acaba en «utilizado». Durante veinte años estuve en dos relaciones con personas narcisistas. Cuando por fin se vio lo que eran, consiguieron poner a parte de mi gente en mi contra, y durante mucho tiempo me sentí exactamente como esa palabra: algo que había servido a otro y que, cuando dejó de convenir, fue apartado y además señalado como el que molestaba y apestaba.
Escribir canciones fue mi manera de contar mi versión. No con nombres, porque no los voy a dar nunca, sino con imágenes como esta: un objeto que se pasa de usado a tirado sin que nadie diga quién lo tiró. Hoy tengo diagnósticos que explican muchas cosas, como el estrés postraumático y la depresión (de cómo fue ponerles nombre a los 41 ya escribí), y estoy en tratamiento psiquiátrico y psicológico. Hubo un momento en que estuve muy cerca del final, y si cuento esto es porque salí, porque pedí ayuda y porque hay ayuda.
Si alguna vez te sientes como el trasto de esta canción, en España el 024 atiende gratis, a cualquier hora, a quien tiene pensamientos de suicidio y también a quien está preocupado por otra persona. En una urgencia, el 112. El Teléfono de la Esperanza está en el 717 003 717 y, si eres menor, la Fundación ANAR en el 900 20 20 10. Desde otros países, findahelpline.com te dice a quién llamar.
Y si conoces a alguien mayor que se parece a la mujer de la ventana, la que espera, a lo mejor no hace falta ningún teléfono. A lo mejor basta con ir a verla.
Los muebles viejos también se sientan juntos
Vuelvo al final del vídeo porque es la imagen con la que me quedo. Dos sillones en mitad de un vertedero, dos hombres sentados en ellos, una montaña al fondo. La letra no cambia, el estribillo sigue diciendo guarro, inútil, viejo, tirado, olvidado, abandonado, utilizado. Pero las imágenes ya no dicen lo mismo. Dicen que entre los trastos se puede hacer compañía.
Si quieres ver el videoclip completo, está en su página de Planeta Gayfolk. Míralo una vez con la letra delante y otra sin ella, solo mirando las caras. Te aseguro que la palabra «trasto» no te va a sonar igual.
Preguntas frecuentes
¿Quiénes aparecen en el videoclip de «Trasto viejo»? Casi solo personas mayores, todas inventadas: una mujer junto a una ventana con lluvia, otra de rodillas ante un camión que descarga basura, una anciana envuelta en un plástico transparente sobre un vertedero, una mujer que duerme en una furgoneta llena de muñecas, otra que empuja un carrito de supermercado con peluches por una carretera, un hombre en un columpio, varios hombres junto a un bidón de fuego en una gasolinera y, al final, dos ancianos sentados en sillones en mitad de la basura.
¿Cómo empieza y cómo termina el vídeo? Empieza con el título «TRASTO VIEJO» sobre una sala vacía de camas metálicas en blanco y negro, como de hospital o residencia. Hacia el final aparecen un pasillo lleno de retratos de personas mayores, la mujer del plástico con el humo pasando del azul al naranja y dos ancianos sentados en sillones viejos dentro del vertedero.
¿Qué significa la palabra «utilizado» al final del estribillo? Es la última de siete etiquetas (guarro, inútil, viejo, tirado, olvidado, abandonado, utilizado) y cambia el sentido de todas: si al trasto lo utilizaron, alguien sacó provecho de él antes de tirarlo. El estribillo empieza insultando al objeto y acaba señalando, sin nombrarlo, a quien lo usó.
¿Por qué la segunda estrofa es distinta de la primera? Porque cambia «usado» y «tirado» por «inútil», «acabado» y «arrojado». La segunda vez el trasto ya no conserva ni el recuerdo de haber servido, y el gesto de deshacerse de él es más brusco: se tira una bolsa, se arroja una piedra.
¿Quién hizo «Trasto viejo»? La letra y la producción son de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid. La música y la interpretación vocal están hechas con IA. Se publica en su sello, MIKE SAIN'T LOUIS.
¿Dónde pedir ayuda si me siento abandonado o desechado? En España, el 024 es gratuito, confidencial y funciona las 24 horas; en una emergencia, el 112. También están el Teléfono de la Esperanza (717 003 717) y, para menores, la Fundación ANAR (900 20 20 10). Fuera de España, findahelpline.com.