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De usar y tirar: Trasto viejo, el punto limpio y las personas tratadas como muebles

Hay letras que se explican con párrafos y letras que se explican con una sola palabra repetida hasta el agotamiento. Trasto viejo es de las segundas. Casi no tiene frases completas. Tiene una palabra, un puñado de adjetivos y un recorrido que va del uso al vertedero. Y con eso le basta para contar una historia que cualquiera que haya salido de una relación difícil reconoce al instante.

En la ficha de la canción ya hablé de la doble lectura, de si el trasto es quien sufre o quien por fin queda retratado, y de su forma de cantinela de patio. Aquí quiero hacer otra cosa. Quiero mirar la canción desde el lado de los objetos: qué hacemos con lo que ya no queremos, cómo lo tiramos, dónde lo dejamos, y qué pasa cuando aplicamos esa misma lógica a una persona. La letra completa está publicada y es cortísima, así que merece la pena leerla antes de seguir.

El inventario de una palabra

Lo primero que llama la atención es la economía. La letra no describe al trasto con detalles. No dice de qué color es, ni qué forma tiene, ni de dónde salió. Solo le va colgando etiquetas. El estribillo lo resume en una sola tirada:

«Trasto viejo, tirado, olvidado»

Y a eso se suman guarro, inútil, usado, acabado. Cada etiqueta es un paso más hacia la basura.

Es como el inventario que hace alguien cuando vacía un piso. No hay tiempo para la nostalgia. Se mira el objeto, se le pone una palabra y se decide su destino. Esto sirve, esto no. Esto se queda, esto baja a la calle.

Esa frialdad es justo lo que da miedo. Porque los adjetivos que se le cuelgan al trasto son los mismos que alguien puede acabar sintiendo sobre sí mismo después de una relación en la que lo han tratado como un objeto. Usado. Inútil. Olvidado. Son palabras de mueble, pero duelen como palabras de persona.

Del salón a la acera

Todos conocemos el recorrido de un mueble viejo. Primero está en el salón, en su sitio, cumpliendo su función. Luego empieza a estorbar. Se arrincona en una habitación, en un trastero, en el fondo de un armario. Y un día alguien decide que ya está, que no hay sitio para él, y lo baja a la calle.

En Madrid ese momento tiene su imagen inconfundible: el sofá, el colchón o la mesilla esperando junto al contenedor. A veces durante días. El Ayuntamiento tiene un servicio para recoger muebles y enseres, y existen los puntos limpios para llevar lo que no cabe en la basura normal. Pero el paisaje del trasto abandonado en la acera forma parte de la ciudad tanto como las terrazas.

La canción recorre exactamente ese camino, solo que comprimido en unos pocos versos. Del uso al abandono, del abandono al vertedero. No hay estación intermedia. No hay un intento de arreglarlo ni de regalarlo a alguien que lo aproveche. Directo al contenedor.

El contenedor más apartado

Hay un detalle de la letra que me parece una pequeña obra de crueldad cotidiana. El trasto no se deja en cualquier sitio. Se deja en el contenedor más apartado.

«Contenedor más apartado»

Esa elección dice muchísimo de quien tira. No basta con deshacerse del objeto. Hay que alejarlo, ponerlo donde no se vea, donde no haya que cruzárselo al bajar a por el pan. Es la diferencia entre tirar algo y querer olvidarlo.

En una relación, ese contenedor apartado tiene muchas formas. El bloqueo en todas las redes. El cambio de bar de siempre. La versión de la historia que se cuenta a los amigos comunes para que nadie pregunte. Alejar a alguien del propio paisaje para no tener que ver lo que se le ha hecho.

Lo que molesta y lo que apesta

La letra añade dos razones para tirar el trasto: molesta y apesta. Son dos verbos muy distintos. Molestar es ocupar un sitio que otro quiere. Apestar es contaminar el ambiente.

Fotogramas del videoclip oficial de «Trasto Viejo», de Mike Sain't Louis

Cuando un objeto molesta, el problema es de espacio. Cuando apesta, el problema es de convivencia. Y en las relaciones pasan las dos cosas. Hay personas a las que se aparta porque estorban en los planes de otro, y hay personas a las que se aparta acusándolas de envenenar el ambiente, aunque el olor venga de otra parte.

Me interesa esa segunda posibilidad. Quien tira algo porque apesta rara vez se pregunta por qué apesta. Quizá estuvo mal guardado. Quizá nadie lo cuidó. Quizá se estropeó justo por el trato que recibió. La canción no lo dice, pero deja la sospecha flotando.

Usar y tirar

Vivimos en la cultura del usar y tirar. Maquinillas de afeitar, vasos de plástico, ropa que se estropea en tres lavados, móviles que dejan de actualizarse al cabo de pocos años. Nos hemos acostumbrado a que las cosas tengan fecha de caducidad y a sustituirlas en lugar de repararlas.

Hay quien sostiene que esa lógica se ha colado también en los afectos. Las aplicaciones de citas, con su catálogo infinito de perfiles, facilitan la sensación de que siempre hay otro disponible, más nuevo, más reluciente. Si algo falla, se desliza el dedo y se pasa al siguiente.

Trasto viejo no hace un discurso sobre esto, pero lo encarna. Es la canción de alguien que ha sido tratado como un producto con fecha de caducidad. Usado mientras servía, tirado cuando dejó de servir. Y lo cuenta con el mismo vocabulario seco con el que se habla de un electrodoméstico.

La obsolescencia programada del amor

Existe un concepto que todo el mundo conoce aunque no sepa explicarlo bien: la obsolescencia programada. La idea de que algunos productos se diseñan para durar poco, para que haya que comprar otro. El ejemplo clásico es el de las bombillas, cuyos fabricantes llegaron a ponerse de acuerdo hace un siglo para limitar su duración.

Aplicado a las relaciones, el concepto da escalofríos. Hay vínculos que parecen diseñados para caducar. Desde el principio, una de las partes sabe que aquello tiene fecha de fin, que solo le interesa mientras le dé algo. La otra parte no lo sabe. Pone ilusión, tiempo, energía. Y un día se entera de que nunca estuvo en la lista de lo que se queda.

Esa es, para mí, la lectura más dolorosa de Trasto viejo. No la de un objeto que se estropea por el uso, sino la de uno que siempre estuvo destinado al vertedero, aunque durante un tiempo pareciera ocupar el mejor sitio del salón.

La fase del descarte

Quien haya leído un poco sobre relaciones con personas narcisistas conoce el esquema que se suele describir en tres fases: idealización, devaluación y descarte. Primero te ponen en un pedestal. Luego te van restando valor poco a poco. Y al final te tiran, muchas veces de golpe y sin explicación.

Trasto viejo parece la banda sonora de esa última fase. El descarte no se vive como una ruptura entre iguales, sino como lo que le pasa a un objeto. No hay conversación, no hay despedida. Hay un traslado al contenedor más apartado. Y quien es descartado se queda con la sensación de que, de verdad, no valía nada.

En el catálogo hay una canción que lleva esa fase en el título, El descarte del narcisista, y otra que dibuja al personaje entero, El narcisista. Trasto viejo es la versión sin explicaciones, la que solo deja la lista de etiquetas que el descartado se lleva puestas.

Etiquetas que se quedan pegadas

Lo más peligroso de las palabras que la letra repite es que se pegan. Si alguien te repite muchas veces que eres un trasto, acabas mirándote como un trasto. Es un mecanismo que se conoce bien en las relaciones de maltrato psicológico: la persona que lo sufre interioriza la mirada de quien la desprecia.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «Trasto viejo, tirado, olvidado, Abandonado, utilizado» de «Trasto Viejo»

Por eso la estructura de la canción, que machaca las mismas palabras una y otra vez, es tan eficaz. Imita el martilleo. Cuando la escuchas, sientes el peso de cada adjetivo cayendo encima del anterior. No es una descripción. Es una acumulación.

Y sin embargo, hay algo liberador en meterlo todo en una canción. Nombrar las etiquetas es el primer paso para despegarlas. Mientras están dentro de la cabeza, parecen verdades. Cuando se dicen en una letra, se ven como lo que son: palabras que alguien te puso encima.

La otra lectura: el ex como mueble

Como ya conté en la ficha, la canción admite una lectura inversa. El trasto puede ser el ex. La persona que por fin ve con claridad a quien la hizo daño y lo coloca donde le corresponde: en la acera, junto al contenedor, con su olor y su inutilidad.

En esa lectura, la canción es una limpieza a fondo. Una de esas tardes en que decides que ya está bien de guardar cosas que no sirven. Las fotos, los regalos, la sudadera que te dejó. Todo a una bolsa, la bolsa a la calle y la calle lo más lejos posible.

Me gusta que las dos lecturas convivan. Porque en la vida real pasan las dos cosas, muchas veces en el mismo proceso. Primero te sientes el trasto. Y un día, sin saber muy bien cómo, te das cuenta de que el trasto era el otro.

Ordenar la casa, ordenar la cabeza

En los últimos años se ha puesto de moda una manera de ordenar la casa que consiste en coger cada objeto y preguntarse si te hace feliz. Si la respuesta es no, se agradece su servicio y se deja ir. La idea se hizo famosa gracias a la japonesa Marie Kondo, que convirtió el orden doméstico en un fenómeno mundial.

Hay algo de eso en la segunda lectura de Trasto viejo, aunque con mucha menos delicadeza. Aquí no hay agradecimientos. Aquí hay un trasto guarro e inútil que va al vertedero. Pero el gesto de fondo es el mismo: soltar lo que pesa para que la casa respire.

Ordenar la casa y ordenar la cabeza se parecen mucho. Las dos cosas requieren decidir qué se queda y qué se va. Y en las dos el momento más difícil no es tirar, sino reconocer que algo que un día ocupó el centro del salón ya no tiene sitio.

Un disco para soltar

La canción pertenece a El día de la liberación, un disco cuyo título ya lo dice todo. La canción que le da nombre celebra el día en que por fin dejan de sangrar las heridas y queda claro quién ha ganado. Trasto viejo es un paso de ese camino, el momento de bajar la basura.

Collage con un detalle de la carátula de «Trasto Viejo» y las carátulas de «El Descarte del Narcisista», «El Narcisista», «El Día de la Liberación», «Tus Letras Son Basura»

En el mismo disco está Tus letras son basura, que juega con la palabra basura desde otro lado: el de quien responde a los que despreciaron lo que escribía. Basura, trasto, vertedero. El disco tiene un vocabulario de residuos que no es casual. Hablar de liberación es hablar de todo lo que se deja atrás.

Me gusta pensar en el disco como en una mudanza. Hay canciones que empaquetan, canciones que tiran y canciones que estrenan casa. Trasto viejo es claramente de las que tiran. Y como en toda mudanza, tirar es lo que más cuesta y lo que más alivia. Cuando bajas la última bolsa y vuelves a subir, la casa parece más grande. No porque haya cambiado nada, sino porque por fin hay aire donde antes había cosas que ya no te pertenecían. Esa sensación de espacio recuperado es la que me gustaría que dejara la canción.

La cantinela como arma

La repetición tiene una larga tradición en la música popular. Las canciones infantiles, los cánticos de estadio, las retahílas de los juegos de patio. Repetir una palabra la vacía de significado y, al mismo tiempo, la carga de energía.

En Trasto viejo, la repetición funciona como un conjuro. La palabra trasto aparece tantas veces que deja de ser una palabra y se convierte en un ritmo. Y ese ritmo es fácil de recordar, fácil de corear, fácil de usar. Es una canción que se pega, y eso la convierte en herramienta. Te la puedes poner cuando necesites recordarte que algo, o alguien, ya no tiene sitio en tu vida.

No hace falta poesía para todo. A veces una palabra fea dicha muchas veces es más eficaz que cien metáforas. Es una lección que he aprendido escribiendo letras: lo directo, cuando acierta, llega antes que lo elaborado.

El último adjetivo

El estribillo termina siempre en el mismo sitio, y no es casual. Después de toda la lista de insultos de mueble, la última palabra cambia de registro:

«Abandonado, utilizado»

Guarro, inútil o viejo son palabras que describen el estado del objeto. Abandonado y utilizado describen lo que alguien le ha hecho. Ahí hay un sujeto escondido. Nadie se abandona solo y nadie se utiliza a sí mismo. Con esas dos palabras, la canción deja de hablar del trasto y empieza a hablar de quien lo tiró.

Ese giro gramatical tan pequeño es, para mí, la clave de la letra. Durante casi todo el estribillo parece que la culpa es del objeto, por estar sucio, por no servir, por haberse hecho viejo. Y en la última línea se cuela la verdad: alguien lo usó y alguien lo dejó tirado. El trasto no se hizo trasto solo.

Vertedero, contenedor, trastero

La letra maneja un vocabulario muy concreto de lugares para lo que sobra. El vertedero, el contenedor, y uno que no aparece pero flota alrededor: el trastero. Cada uno es una etapa distinta del abandono.

El trastero es la sala de espera. Ahí van las cosas que ya no usamos pero que todavía no nos atrevemos a tirar. Las bicis estáticas, los regalos feos, las cajas de mudanzas que nunca se abrieron. Mucha gente tiene relaciones en modo trastero: no las vive, pero tampoco las suelta, por si acaso.

El contenedor es la decisión. Bajar algo a la calle significa que ya no hay vuelta atrás, o casi. Y el vertedero es el final del recorrido, el sitio donde nadie va a rescatar nada. La canción se salta el trastero y va directa a las dos últimas etapas. No hay sala de espera para este trasto. Y eso, según cómo lo leas, es una crueldad o un alivio.

Lo que dice una palabra de barrio

Trasto es una palabra con mucha vida en el castellano de la calle. No solo se dice de los objetos. Se le dice a un niño que no para quieto, con cariño: «eres un trasto». Se dice de un coche que da más problemas que soluciones. Y se dice, con desprecio, de una persona que ya no sirve para nada.

Ficha de la canción «Trasto Viejo» con su carátula: disco «El día de la liberación», letra y producción de Mike Sain't Louis

Esa variedad de usos hace que la palabra funcione muy bien en una canción. Tiene un punto entrañable que la hace menos brutal que otros insultos, y a la vez un fondo de desprecio que no se puede ignorar. Cuando la letra la repite con todos esos adjetivos detrás, el cariño desaparece y solo queda el desprecio.

Me gusta escribir con palabras así, que todo el mundo usa sin pensar y que, puestas en el sitio justo, revelan todo lo que llevan dentro. Es una de las cosas que más disfruto de escribir en el castellano de barrio: las palabras ya vienen cargadas de historia.

Lo que el trasto sabe

Hay un último pensamiento que me gusta dejar caer. Los objetos viejos guardan memoria. El sofá recuerda las tardes de películas, la mesa recuerda las cenas, el colchón recuerda las noches buenas y las malas. Por eso a veces cuesta tanto tirarlos. No tiramos un mueble, tiramos lo que vivimos con él.

Quien trata a una persona como un trasto también intenta tirar esa memoria. Quiere deshacerse de lo vivido para no tener que responder por ello. Si el trasto desaparece en el contenedor más apartado, nadie preguntará qué pasó en ese salón.

Pero la memoria no se va con el mueble. Se queda en quien lo vivió. Y esa memoria, contada en una letra, es la que acaba devolviendo la pregunta a quien tiró el trasto. La canción, al final, es el trasto hablando. Y un trasto que habla ya no es un trasto.

Restaurar

Hay un final que la canción no cuenta pero que me gusta imaginar. No todos los trastos se quedan en el vertedero. Hay gente que recorre las aceras buscando muebles abandonados, se los lleva a casa, los lija, los pinta y les da una segunda vida. Una silla que alguien tiró acaba siendo la favorita de otra persona.

Esa es mi lectura más esperanzadora. Si alguna vez te has sentido como el trasto de la canción, piensa que los muebles viejos también se restauran. Que la persona que te tiró no era la única que podía verte. Que hay ojos capaces de mirar una pieza arañada y ver todo lo que todavía puede ser.

No lo digo para endulzar la canción, que es dura y debe serlo. Lo digo porque, después del vertedero, la vida sigue. Y muchas veces lo mejor que te ha pasado empieza justo cuando alguien decidió que ya no servías.

Para quién es esta canción

Para quien alguna vez se ha sentido utilizado y luego dejado en la acera. Para quien está en plena limpieza de su vida y necesita una banda sonora para bajar las bolsas. Para quien ha descubierto que el trasto era el otro.

Y para quien disfruta de las letras mínimas, las que con cuatro palabras repetidas dicen más que una carta de tres páginas.

Cómo escucharla

La canción está en la página de singles y en todas las plataformas, y se puede descargar desde la sección de descargas. Escúchala un día de limpieza, con las ventanas abiertas y las bolsas preparadas.

Como letrista, compositor y productor musical, me interesa mucho comprobar cuánto se puede contar con muy poco. La música y las interpretaciones se generan con inteligencia artificial, pero la sensación de haber sido tratado como un mueble, y la de quitártela de encima, son de lo más humano que conozco.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata Trasto viejo? De un objeto que se usa, se abandona y acaba en el contenedor más apartado. La letra lo describe solo con adjetivos (usado, inútil, viejo, abandonado) y deja abierto si el trasto es alguien maltratado y descartado o un ex que por fin queda retratado.

¿A qué disco pertenece? A El día de la liberación, un disco sobre dejar atrás relaciones dañinas, en el que también están El día de la liberación y Tus letras son basura.

¿Tiene relación con el narcisismo? La canción no lo nombra, pero encaja con lo que se suele llamar la fase de descarte en las relaciones con personas narcisistas, un tema que aparece en otras canciones del catálogo como El descarte del narcisista.

¿Quién hace esta canción? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical que se presenta como «el primer cantautor IA»: escribe las letras y dirige la producción, y la música y las interpretaciones vocales se generan con inteligencia artificial.

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