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Lo que otros tiran: «En el basurero», la chaqueta rosa rota y el arte de la chatarra

Hay sitios a los que nadie va por gusto. Un vertedero es uno de ellos. Se llega en camión, de madrugada, con la carga ya decidida: lo que no sirve, lo que se rompió, lo que pasó de moda, lo que alguien un día quiso y otro día dejó de querer. Por eso me hace tanta gracia la portada de «En el basurero». Porque el hombre que aparece en ella no parece haber llegado en el camión. Parece haber elegido el sitio. Está sentado entre montañas de trastos como quien se sienta en el sofá de su casa, con las piernas abiertas, los brazos sueltos y la mirada fija en quien lo mira.

Aviso antes de seguir: los versos de este tema aún no se han hecho públicos, y su página de letras en gayfolkplanet.com promete que llegarán pronto. Mientras tanto no copio ni me saco de la manga una sola frase suya. Me quedo con lo que cualquiera puede comprobar: la imagen, el título, su número en el catálogo y el álbum que lo acoge. Con eso alcanza para un paseo largo entre desechos. Y te adelanto que no es un paseo triste.

Un cielo fucsia sobre la chatarra

Lo primero que golpea es el color. El cielo no es azul ni gris, como se espera de un descampado lleno de basura, sino de un fucsia que se va oscureciendo hacia el morado, con nubes rasgadas y un sol bajo, casi apagado, en la esquina izquierda. Es la hora en la que todo parece más bonito de lo que es. La hora de las fotos de boda en la playa y de los finales de película. Y aquí se la regalan a un vertedero.

Ese contraste es el primer gesto de la portada. Coger el sitio más feo de cualquier ciudad, el que se esconde detrás de las autovías y no sale en ninguna postal, y bañarlo con la luz más favorecedora posible. No para disimularlo: la chatarra sigue ahí, oxidada, amontonada, con sus cables y sus carcasas. Sino para mirarla con otros ojos. La luz no cambia lo que hay. Cambia cómo lo vemos.

El título, escrito en grandes letras rosas que parecen pintadas a brochazos, ocupa media imagen. «En el basurero». No dice «salir del basurero» ni «tirado en el basurero». Dice «en». Una preposición de lugar, tranquila, sin drama. Como quien dice «en casa», «en la playa», «en la cama». Estar en el basurero, en esta portada, es un estado. Y no está claro que sea un estado malo.

Una chaqueta rosa hecha jirones

El protagonista lleva una chaqueta rosa que ha vivido demasiado. Está deshilachada por todas partes: en los hombros, en los puños, en las solapas. Le cuelgan hilos como flecos, tiene agujeros, manchas, zonas donde el tejido ya casi no existe. Debajo, el pecho desnudo y tatuado, una cadena con un ancla, anillos en casi todos los dedos y pulseras en las muñecas. La cara, manchada de polvo o de grasa. El pelo, rizado y revuelto.

Podría parecer el retrato de alguien a quien le ha pasado algo malo. Y quizá lo sea. Pero la postura dice otra cosa. No hay vergüenza en ese cuerpo. Hay cansancio, puede, y una seriedad que impone. Pero también una especie de orgullo sucio, el de quien sabe que ha llegado hasta aquí con lo puesto y que lo puesto, aunque esté roto, sigue siendo suyo.

Me fascina que la chaqueta sea rosa. Al rosa le tocó, generación tras generación, el papel de marcar lo blando, lo cursi, lo afeminado. Un color que se supone que tiene que estar limpio, planchado, nuevo, de escaparate. Aquí el rosa aparece destrozado y, sin embargo, no pierde nada. Al contrario: gana. Un rosa roto tiene más historia que un rosa recién comprado. Se nota que ha bailado, que se ha caído, que se ha arrastrado por suelos que no eran suyos y que, aun así, sigue encima de los hombros de alguien.

El ancla del colgante tampoco me parece casual. Un ancla es lo que impide que el barco se vaya a la deriva. Es un símbolo viejo de los marineros, de la esperanza, de quedarse quieto cuando todo empuja a moverse. En medio de un paisaje de cosas abandonadas, alguien lleva al cuello el objeto que sirve precisamente para no perderse.

El coche rosa que nadie vino a buscar

A la izquierda, detrás del protagonista, asoma un coche antiguo con aire de los años cincuenta, también rosa, con el morro cromado, los faros redondos y la carrocería comida por el óxido. Está medio hundido entre los trastos, como si el vertedero se lo estuviera tragando poco a poco.

Fotogramas del videoclip oficial de «En el basurero», de Mike Sain't Louis

Ese coche tiene una carga que cualquiera reconoce. El gran coche americano rosa de aquellos años es casi un emblema del sueño de prosperidad: el éxito que se puede aparcar en la puerta. Elvis Presley le regaló a su madre, Gladys, un Cadillac rosa en 1955, y aquel coche acabó convertido en una pieza de museo en Graceland. Un objeto que pasó de ser un capricho a ser una reliquia.

En la portada, en cambio, el coche rosa no ha llegado al museo. Ha llegado al basurero. Es el mismo sueño, pero visto unas décadas después, cuando ya nadie lo quiere, cuando la pintura se ha levantado y el motor no arranca. Y me parece una imagen preciosa de lo que pasa con muchas promesas: lo que un día brilló en la puerta de casa acaba, tarde o temprano, en un descampado. No porque fuera falso, sino porque todo envejece.

Lo interesante es que el protagonista y el coche visten del mismo color. Hay una complicidad entre los dos. Ambos son rosas, ambos están gastados, ambos están ahí. Como si la portada dijera: a los dos nos tiraron, y aquí seguimos, combinados.

La tele que sigue encendida

A la derecha hay otra pieza que me tiene enamorado. Una televisión antigua, de esas con carcasa naranja y pantalla abombada, colocada sobre un montón de aparatos viejos. Y la pantalla está encendida. Brilla con una luz blanca y azulada, como si estuviera emitiendo algo, aunque no se ve el qué.

Una tele encendida en un vertedero es una imagen imposible, porque nadie la ha enchufado, y a la vez es una imagen muy poderosa. Recuerda a «WALL·E», la película de Pixar de 2008, en la que un pequeño robot pasa los días compactando basura en una Tierra abandonada y, por las noches, ve una y otra vez una vieja cinta de «Hello, Dolly!». En medio de la desolación, lo que le mantiene vivo es un musical, una canción, un baile. La basura alrededor y el brillo de un espectáculo en la pantalla.

Esa es, para mí, la idea más bonita de la portada. Lo desechado todavía quiere emitir. La tele no se resigna. Sigue intentando contar algo aunque ya no haya nadie sentado delante del sofá. Y quizá esa sea también la condición de muchos artistas: seguir enviando señal desde sitios donde nadie se espera que haya señal.

Lo que se tira y lo que se queda

Todos tenemos una relación íntima con la basura, aunque no lo pensemos. Cada día decidimos qué se queda y qué se va. El envase vacío, el papel arrugado, la camiseta con la mancha que ya no sale. Son decisiones pequeñas, casi automáticas. Pero hay otras que pesan más. Las cartas de alguien que se fue. El jersey que te regaló una ex pareja. Las fotos que no quieres ver y tampoco te atreves a romper.

Collage con un detalle de la carátula de «En el basurero» y las carátulas de «Ataúd de neón», «El descarte del narcisista», «Gofio de calcetín», «Light It Up»

Tirar algo es decidir que ya no forma parte de tu historia. Y por eso hay objetos que no se tiran nunca, aunque no sirvan. Y por eso hay otros que se tiran con rabia, como quien cierra una puerta de un portazo. El basurero es el sitio adonde van todas esas decisiones. Una montaña de finales.

Visto así, un vertedero es casi un archivo. Un archivo involuntario de lo que una sociedad ha dejado de querer. Si alguien excavara uno dentro de mil años, sabría más de nosotros por lo que tiramos que por lo que guardamos en las vitrinas. Los arqueólogos lo saben bien: muchas de las piezas más valiosas que se conocen de civilizaciones antiguas salieron de sus vertederos, de sus fosas de desechos, de los restos que nadie pensó que importaran.

El basurero como lugar de belleza

No soy el primero que mira la basura con cariño, ni mucho menos. Hay una tradición entera de artistas que han encontrado en lo desechado su materia prima. Ramón Gómez de la Serna dedicó en 1914 un libro entero a El Rastro de Madrid, ese mercado de domingo donde los objetos viejos encuentran segundas vidas. Lo escribió como quien pasea por un museo sin vitrinas, deteniéndose en cada cachivache como si guardara un secreto.

Agnès Varda rodó en el año 2000 «Los espigadores y la espigadora», un documental sobre la gente que recoge lo que otros dejan: patatas descartadas por su forma, fruta que no llegó al mercado, muebles abandonados en la calle. Varda se incluyó a sí misma en la película, filmando sus propias manos envejecidas, como si dijera que ella también era algo que el tiempo iba dejando a un lado. Y en 2010, el documental «Waste Land» siguió al artista brasileño Vik Muniz en Jardim Gramacho, uno de los mayores vertederos del mundo, a las afueras de Río de Janeiro, donde trabajó con los recicladores para convertir los desechos en grandes retratos. La película estuvo nominada al Óscar al mejor documental.

En todas esas obras hay una idea común: la basura no es lo contrario de la belleza. Es belleza que ha perdido su contexto. Una silla en un vertedero sigue siendo una silla. Solo le falta alguien que la vuelva a mirar.

Trash, camp y el orgullo de lo cutre

Dentro de la cultura queer, esa mirada tiene un nombre propio. En 1972, el director John Waters estrenó «Pink Flamingos», una película deliberadamente escandalosa en la que Divine competía por el título de «la persona más asquerosa del mundo». El escritor William S. Burroughs llegó a llamar a Waters «el papa de la basura», y él adoptó el apodo con orgullo. Lo cutre, lo exagerado, lo de mal gusto, convertido en bandera.

Unos años antes, en 1964, Susan Sontag había publicado sus «Notas sobre lo camp», donde describía una sensibilidad que disfruta de lo artificial, de lo excesivo, de lo que se toma tan en serio que acaba siendo divertido. En mi planeta, esa exageración no decora: protege. Por eso la escribí también entre neones funerarios en «Ataúd de neón».

La portada de «En el basurero» bebe de esas dos fuentes. Tiene el exceso de lo camp, con su cielo fucsia y su rosa por todas partes, y tiene el orgullo del trash, con su suciedad asumida y su chatarra a la vista. Pero no hay burla en ella. El protagonista no está posando para reírse de sí mismo. Está posando para decir que lo que otros consideran basura también puede ser un trono.

Cuando te tratan como basura

Hay otra lectura, más dura, que no quiero esquivar. A muchas personas LGTBI nos han hecho sentir basura alguna vez. En el colegio, en la familia, en el trabajo, en una relación. Hay palabras que se te pegan a la piel como la grasa de esta portada: sucio, raro, desviado, enfermo. Durante mucho tiempo, la sociedad trató la diferencia como algo que había que apartar, esconder, sacar de la vista. Como se aparta la basura.

Más fotogramas del videoclip oficial de «En el basurero», de Mike Sain't Louis

Y también hay relaciones que te dejan con esa sensación. Lo conté sin rodeos en «El descarte del narcisista», donde hay dos versos que encajan como una pieza de puzle con esta portada:

Como si hubiera sido el rollo de una noche Que usas o tiras a la basura

Ser descartado así, con indiferencia, como un objeto de usar y tirar, deja una marca. Te hace dudar de tu valor. Te hace preguntarte si de verdad eres eso que el otro decidió que eras. Y la respuesta, aunque cueste llegar a ella, es que no. Que la persona que te tiró no tiene la última palabra sobre lo que vales.

Me encanta que el hombre de la portada esté sentado y no tumbado. Que mire de frente. Que lleve la chaqueta rota con la misma dignidad con la que otro llevaría un esmoquin. Si te tiraron al basurero, al menos que te encuentren bien vestido.

Kintsugi para una chaqueta rosa

En Japón existe una técnica llamada kintsugi que consiste en reparar la cerámica rota con laca mezclada con polvo de oro. En lugar de esconder las grietas, se resaltan. La pieza reparada no vuelve a ser la de antes: es otra, con sus cicatrices doradas a la vista, y muchas veces se considera más valiosa que la original.

La chaqueta de la portada no está reparada. Pero creo que pide algo parecido. No pide que la tiren ni que la cambien por una nueva. Pide que se la mire entera, con sus rotos incluidos. Cada hilo suelto es un recuerdo. Cada agujero, una noche. Lo que en una tienda sería un defecto aquí es un currículum.

Me gusta pensar que todos llevamos una chaqueta así. Una prenda invisible que ha pasado por demasiado y que, sin embargo, seguimos poniéndonos cada mañana. No hace falta que esté perfecta. Basta con que sea nuestra.

Entre un calcetín y una bombilla

En el catálogo completo, este tema ocupa el puesto 145 entre 273. Lo precede «Gofio de calcetín», y lo sigue «Light It Up». La secuencia tiene su gracia. «Gofio de calcetín» habla de un ex que se quedó, literalmente, a la altura del calcetín, con un estribillo que no deja dudas:

No quiero otro novio cojín, El que tuve quedó a la altura de un calcetín.

Un calcetín es justo lo que acaba en el cubo de la ropa vieja. Y después de esa pareja descartada llega el vertedero, y después del vertedero, una canción cuyo título, en inglés, pide encender la luz. Del calcetín a la chatarra, y de la chatarra a la luz. Si alguien me pidiera resumir la idea de reconstruirse después de una ruptura en tres títulos, no lo haría mucho mejor.

Pertenece a «El día de la liberación», la tercera entrega de mi trilogía, y se siente allí como en casa. Liberarse también es dejar de tener miedo a los sitios donde te dijeron que pertenecías. Si me mandáis al basurero, me siento, me pongo cómodo y convierto el vertedero en un plató.

Un escenario hecho de desechos

Hay algo muy teatral en esta portada. La composición es la de un cartel de película: el título arriba, el nombre del artista debajo, el protagonista en primer plano y los decorados alrededor, cada uno con su papel. El coche a un lado, la tele al otro, el cielo como telón de fondo. Nada parece colocado al azar.

Y eso me hace pensar en cuántos escenarios se han montado con lo que había. Los primeros clubes queer en muchas ciudades fueron sótanos, almacenes, locales abandonados que alguien decoró con cuatro luces y mucha voluntad. Muchas actuaciones drag han nacido de vestidos de mercadillo, pelucas reutilizadas y lentejuelas cosidas a mano. La creatividad de quien no tiene presupuesto siempre ha sido una forma de resistencia.

En ese sentido, el basurero de la portada es también un homenaje. A todo lo que se construyó con lo que sobraba. A todos los escenarios improvisados. A todas las noches en las que la ropa no era nueva pero la actitud sí. Lo que otros tiran, aquí se convierte en decorado.

Mi propia relación con lo descartado

Escribo canciones desde los márgenes, y lo digo sin queja. Durante mucho tiempo, hacer música con inteligencia artificial ha sido mirado por mucha gente como algo de segunda categoría, algo que no merecía la pena escuchar. Hay quien despacha ese trabajo con una sola palabra antes de escuchar un minuto. Le di la vuelta con humor en un título que no necesita explicación, «Tus letras son basura», y en «Outsider radical», donde reivindico el sitio de quien está fuera.

Ficha de la canción «En el basurero» con su carátula: disco «El día de la liberación», letra y producción de Mike Sain't Louis

No me molesta del todo. Muchas de las cosas que hoy se admiran empezaron siendo despreciadas. Y si mi sitio es el basurero, voy a hacer de él el basurero más bonito del mundo, con el cielo más rosa y la tele siempre encendida. Lo que yo hago es escribir las letras, componer y dirigir la producción; las interpretaciones y la música se generan con inteligencia artificial. Esa combinación es la que me permite contar todo lo que llevo dentro. Y no pienso pedir perdón por las herramientas.

La música, además, es para mí una forma de cuidarme, y lo cuento en «La música me está salvando». Pero sé también que una canción no sustituye a la ayuda de verdad, y que a veces hace falta algo más que unos auriculares.

Si te sientes basura

Si alguna vez te has sentido tirado, descartado o sin valor, quiero que sepas que esa sensación no dice la verdad sobre ti. Dice algo sobre lo que te ha pasado, sobre cómo te han tratado, quizá sobre lo cansado que estás. Pero no es una definición. Nadie es basura.

Ponerle palabras ayuda: a una amiga, a un profesional, a alguien al otro lado del teléfono. Quien esté en España puede marcar el 024 a cualquier hora, sin coste y sin dar su nombre; ese número existe para las crisis y también para las noches en que todo pesa demasiado. Ante un riesgo inmediato, el 112. Desde otro país, la línea de crisis de allí o su teléfono de emergencias. Pedir ayuda no es rendirse. Es el primer paso para salir del vertedero.

Y si lo que te ha hecho sentir así es una relación, recuerda que tienes derecho a irte, a contarlo y a reconstruirte con calma. No hace falta tener la chaqueta nueva para empezar. Se puede empezar con la rota.

Una dedicatoria entre trastos

Para quien se ha sentido descartado alguna vez y ha decidido quedarse sentado con la cabeza alta. Para quien colecciona objetos que nadie quiere y les ve una belleza que los demás no ven. Para quien ha montado un escenario con lo que tenía a mano. Para quien lleva puesta una prenda rota que no piensa cambiar por nada del mundo.

Y a quien le gustan los atardeceres en sitios feos, de los coches viejos, de las teles de tubo y de los colores que no combinan con nada. Para los que van al Rastro un domingo sin intención de comprar y vuelven con un cachivache imposible bajo el brazo.

Hasta que aparezcan sus versos, el tema suena en Spotify y compañía, y lo tienes para bajártelo sin pagar ni darte de alta en mis descargas. El día que publique la letra, irá completa y sin retoques, con todos sus hilos sueltos.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «En el basurero»? La letra todavía no está publicada, así que este post no la cita. Lo que sí se puede leer es la portada: un hombre sentado entre chatarra con una chaqueta rosa destrozada, un coche rosa antiguo medio enterrado y una tele vieja encendida bajo un cielo fucsia. El post la lee como un elogio de lo que otros tiran.

¿En qué disco está? En «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía Gayfolk. Es la pista 145 de 273 en la lista de singles, entre «Gofio de calcetín» y «Light It Up».

¿Qué relación tiene con «El descarte del narcisista»? Las dos tocan la sensación de ser tratado como algo de usar y tirar. «El descarte del narcisista» lo dice con versos explícitos sobre la basura; la portada de «En el basurero» responde con una imagen de dignidad entre desechos.

¿Qué hago si me siento así? Habla con alguien. En España, el 024 atiende gratis y de forma confidencial las 24 horas, y en una emergencia está el 112. Fuera de España, busca la línea de crisis de tu país o el número de emergencias local.

¿Dónde se puede escuchar? En Spotify y en las demás plataformas, y se puede descargar gratis desde mikesaintlouis.com, sin registro ni pago.

¿Quién hace esta canción? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, que se presenta como el primer cantautor IA. Escribe las letras y dirige la producción; la música y las interpretaciones se generan con inteligencia artificial.

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