
Por Mike Sain't Louis ·
«La temporada enterita»: «Judith Bécker», las series de consuelo y los animales en los días de llorar
En el Mirador de Montepinar hay una psicóloga que atiende a todo el vecindario. Se llama Judith Bécker, la interpretó Cristina Castaño entre la tercera y la novena temporada de «La que se avecina», y es probablemente la terapeuta menos recomendable de la historia de la televisión española. Se enamora de quien no debe, se le cruzan los cables en mitad de una sesión, sale de una crisis para meterse en otra. Es un desastre maravilloso. Y, sin embargo, cuando se habla de ella, casi todo el mundo sonríe.
Mi canción «Judith Bécker» no va de la serie. Va de lo que pasa cuando, al final de un día de esos, lo único que te apetece es ponerla. La letra empieza así:
Hoy es uno de esos días que me llegan las ojeras al suelo de tanto llorar
Y sigue con una confesión que me parece de lo más honesto que he escrito:
Solo me apetece ver la temporada enterita Donde más salga Judith Bécker en La que se Avecina
Este texto es un diario sobre esa confesión. Sobre los refugios pequeños de los días de llorar: la serie que te sabes de memoria, el sofá, los animales que se te tumban encima. Y sobre la culpa absurda que a veces da necesitarlos.
Las ojeras por el suelo
«Me llegan las ojeras al suelo» es una exageración, claro. Pero es una exageración muy madrileña, de las de «estoy que no me tengo», «tengo una cara que me la piso». A mí me gusta exagerar en las letras porque la exageración, bien usada, dice la verdad más rápido que la descripción exacta. Nadie tiene literalmente las ojeras por el suelo. Pero todo el mundo que ha llorado mucho sabe a qué cara se refiere.
La segunda línea añade un detalle que siempre me parece importante: «después de trabajar». Es decir, la persona de la canción no se ha pasado el día en la cama. Ha ido a trabajar. Ha cumplido. Ha sostenido el día delante de los demás. Y luego, al llegar a casa, se ha desmoronado.
Eso pasa muchísimo con la depresión y con la ansiedad, y creo que se habla poco. Hay quien se imagina que una persona deprimida es alguien que no se levanta del sofá. A veces sí. Pero muchas veces es alguien que se levanta, se viste, va a la oficina, sonríe en la reunión, contesta los correos y, al cerrar la puerta de casa, se rompe. A mis 41 me diagnosticaron, entre otras cosas, depresión mayor y ansiedad; los cinco nombres están explicados en el texto del diagnóstico. Y sé bien que un diagnóstico así no siempre se ve desde fuera.
La temporada enterita
Y entonces llega el deseo, que es pequeño y concreto: la temporada enterita. No un episodio. La temporada. Con esa «enteriiiiiiiiitaaaaaaaaa» estirada hasta el infinito en la letra, como si el estiramiento de la vocal fuera también el estiramiento de la noche, de las horas en el sofá, del tiempo que uno necesita para recomponerse.
Me hace gracia que el deseo sea tan preciso. No dice «me apetece ver algo». Dice: la temporada donde más salga Judith Bécker. Es decir, quien lo dice conoce la serie tan bien que sabe qué temporada tiene más escenas de su personaje favorito. Eso no es ver la tele. Eso es volver a casa.
Hay una palabra en inglés para esto que se ha hecho popular en los últimos años: «comfort show», la serie de consuelo. Es esa serie que no ves para descubrir qué pasa, porque ya lo sabes, sino precisamente porque ya lo sabes. Algunos investigadores que estudian por qué la gente vuelve a ver lo mismo una y otra vez apuntan a una idea sencilla: lo conocido es previsible, y lo previsible tranquiliza. Cuando tu vida está patas arriba, saber exactamente qué va a decir Antonio Recio en la escena siguiente es una forma de control. Pequeña, absurda, pero real.
La culpa del sofá
Hay una culpa muy común en esos días: la sensación de que, si estás mal, lo que deberías hacer es algo productivo. Salir a correr. Leer un libro de autoayuda. Meditar. Llamar a un amigo. Cualquier cosa menos tumbarte a ver por enésima vez una serie de vecinos chillando.

Hay una frase interior que se repite, y que dice: «estás perdiendo el tiempo». Y lo dice justo en el momento en que menos fuerzas tienes para discutir con ella.
«Judith Bécker» discute con esa frase. La canción no pide perdón por querer la temporada enterita. Lo dice tal cual, con orgullo casi. Hoy es uno de esos días, y hoy lo que me apetece es esto. Punto. Y al ponerlo en una canción, con su melodía y su estribillo, se convierte en algo que se puede defender. Si es lo bastante importante como para tener una canción, quizá no es tan vergonzoso.
Descansar no es rendirse
Me sirve mucho distinguir dos cosas que se parecen por fuera: descansar y apagarse.
Descansar es lo que hace la persona de la canción. Ha tenido un día horrible, ha llorado, y se da un rato de algo que conoce y que le sienta bien. Es una pausa. Al día siguiente, probablemente, volverá a trabajar.
Apagarse es otra cosa. Es cuando la serie ya no es un refugio de un rato, sino el único sitio donde estás. Cuando pasan días y semanas sin que pase nada más. Cuando la temporada enterita se convierte en todas las temporadas, una y otra vez, para no tener que mirar nada. Ahí la serie ya no te está cuidando: te está escondiendo.
No siempre es fácil saber en cuál de las dos estás. Pero creo que la pregunta merece la pena hacérsela: ¿esto me está dando un respiro o me está tapando? Si es lo segundo, y dura, conviene contárselo a alguien. Una buena psicóloga me está ayudando a seguir adelante, y eso lo cuento en gracias a mi psicóloga. Es el tipo de pregunta que se trabaja mejor acompañado.
La terapeuta de la tele y la de verdad
Hay una ironía en la canción que me encanta y que no sé si todo el mundo pilla. En los días de llorar, lo que me apetece ver es a una psicóloga. Una psicóloga de ficción, desastrosa, que en la serie hace terapia de grupo con los vecinos en el salón y que acaba casi siempre peor que sus pacientes. Pero una psicóloga.
Me hace pensar en lo mucho que nos cuesta pedir ayuda de verdad, y en cómo a veces nos acercamos a ella de lado, con humor, a través de personajes. Reírse de una terapeuta de la tele es, de alguna manera, acercarse a la idea de la terapia sin tener que tomársela en serio todavía. Es un primer paso torcido.
Lo que quiero dejar claro es que no se parecen en nada. La terapia de verdad no es un sketch. No hay risas enlatadas, no hay giros de guion. Es trabajo lento, con una profesional que sabe lo que hace, en un espacio protegido. Si te ríes con Judith Bécker, ríete. Pero si llevas mucho tiempo con las ojeras por el suelo, busca a una psicóloga de las que no salen en la tele.
Mejor solo con mis animales
La segunda parte de la canción gira hacia otro sitio:

Para qué estar con parejas farsantes que siempre te engañan Mejor estar solo con mis animales que rodeado de gente falsa
Aquí ya no hablamos de la serie, sino de la compañía. Y la canción elige a los animales. Es una elección que entiendo muy bien. En las descripciones de mis canciones aparece a menudo una línea que dice «con mis chihuahuas, mi historia y mi verdad». Mis animales forman parte de mi vida y de mi universo. Y tengo una canción entera dedicada a uno de ellos, «El abrazo de Pitufo», donde escribí que Pitufo «no pregunta, no finge, no exige». Solo se acerca, me mira y se me tumba encima.
Ese «no pregunta, no finge, no exige» es justo lo que se necesita en un día de llorar. No quieres que nadie te pregunte qué te pasa, porque no tienes fuerzas para explicarlo. No quieres que nadie finja, porque los días malos detectas la falsedad a kilómetros. Y no quieres que nadie te exija nada, porque ya has dado todo lo que tenías en el trabajo. Un animal ofrece exactamente eso: presencia sin preguntas.
Hay bastante investigación sobre la relación entre los animales de compañía y el bienestar emocional. Los resultados no son mágicos ni iguales para todo el mundo, y los estudios a veces se contradicen. Pero mucha gente describe lo mismo que describe la canción: la calma de un cuerpo pequeño y caliente que se te acerca sin pedir nada. No cura una depresión. Pero acompaña.
Parejas farsantes y gente falsa
La palabra «farsantes» no está ahí por casualidad. Viví dos relaciones con personas que entendí después que eran narcisistas. Lo he contado en la serie de salud mental sin nombres y sin escenas, y así va a seguir. La canción, como todas las mías, habla de personajes; pero el cansancio que hay detrás de «parejas farsantes que siempre te engañan» es un cansancio que conozco.
Cuando alguien ha vivido relaciones así, es frecuente que la confianza en los demás quede tocada. Cuesta volver a creer en la gente. Y en ese contexto, elegir a los animales antes que a las personas tiene sentido: los animales no manipulan, no mienten, no te hacen dudar de lo que has visto con tus propios ojos.
Pero aquí quiero ser honesto conmigo mismo, que para eso es un diario. «Mejor estar solo con mis animales que rodeado de gente falsa» es una frase verdadera en un día de llorar. Como plan de vida, sería otra cosa. Porque no toda la gente es falsa. Y si dejo que esa frase se convierta en regla, me pierdo a la gente que sí vale la pena. Que la hay.
La diferencia entre refugio y encierro
Tengo otra canción que habla del encierro desde dentro: «Entre cuatro paredes», con su «no me apetece salir de la habitación». Si la pongo al lado de «Judith Bécker», veo dos caras de lo mismo.
En «Entre cuatro paredes», la habitación es una cárcel. No hay ilusión, no hay fuerza, no hay motivación. En «Judith Bécker», la casa es un refugio: hay una serie que te gusta, hay animales que te quieren, hay un deseo concreto. La diferencia no está en las paredes, que son las mismas. Está en si dentro hay algo que te sostiene o solo hay vacío.
El trastorno de evitación forma parte de mi diagnóstico, y por eso esta diferencia me importa tanto. Para alguien que tiende a evitar, quedarse en casa puede ser tanto un descanso necesario como una forma más de esconderse del mundo. Por eso la pregunta que propone esta canción, sin juzgar, es: hoy, ¿mi casa es refugio o es encierro? Si es refugio, se disfruta la temporada enterita. Si empieza a ser encierro, toca abrir una rendija: un mensaje, un paseo con los animales, una llamada.
Pasear al perro como puerta
Hablando de rendijas: tener animales tiene una ventaja práctica que no sale en la canción pero que conoce cualquiera que tenga perro. El perro hay que sacarlo. Llueva o no, estés como estés. Y ese paseo obligatorio, que algunos días parece una condena, es muchas veces lo único que te saca a la calle.

No digo que sea una solución. Digo que es una puerta. Un animal te da una razón para moverte que no depende de tus ganas. Y en los días en que las ganas no aparecen, una razón externa vale oro. Cinco minutos alrededor de la manzana, el aire en la cara, el vecino que saluda. Son cosas mínimas, pero rompen el bucle.
El humor como manta
«Judith Bécker» es una canción triste con un título de comedia. Y eso es muy mío. En mis letras el humor y el dolor van casi siempre de la mano: se pasa del chiste a la herida sin avisar.
En esta canción el humor funciona como una manta. No quita el frío de fuera, pero te tapa. Nombrar a un personaje de «La que se avecina» en mitad de una letra sobre llorar es una forma de rebajar el dramatismo, de decir: sí, estoy fatal, pero no tanto como para no poder reírme de mí mismo. Y esa capacidad de reírse de uno mismo, aunque sea un poco, puede funcionar como termómetro. Si llega un día en que ni la serie de siempre te arranca una sonrisa, y esos días se repiten, es una señal para pedir ayuda.
Ya escribí sobre la tele como diccionario en «Como diría Antonio Recio», donde hablaba de cómo uso frases de la televisión para nombrar el desamor. Aquí es otra cosa. Aquí la tele no es diccionario, es sofá. No la uso para decir, la uso para descansar.
Una lista de refugios pequeños
Si tuviera que hacer una lista de los refugios pequeños que aparecen en mi catálogo, sería algo así. La serie que te sabes de memoria, como en esta canción. El animal que se te tumba encima, como en «El abrazo de Pitufo». La pista de baile a media tarde, sin trasnochar, como en «La noche no es para mí». El mar imaginado de otras canciones del planeta. Y, por supuesto, la propia música: escribir, producir, escuchar.
Ninguno de estos refugios es un tratamiento. Pero todos tienen algo en común: son sitios donde uno puede estar mal sin tener que dar explicaciones. Y eso, en los días de llorar, es mucho. Planeta Gayfolk, al final, es un refugio grande hecho de muchos refugios pequeños. Por eso está lleno de sofás, mascotas, pistas de baile y series de Telecinco.
Permiso por escrito
Hace un tiempo escribí sobre el permiso para llorar. «Judith Bécker» es una canción que da otro permiso: el de cuidarse de una manera que no parece cuidado. Porque cuando pensamos en autocuidado pensamos en velas, mascarillas, yoga, zumos verdes. Y está bien. Pero el autocuidado también puede ser una temporada entera de una serie de vecinos, un perro encima de las piernas y un paquete de pañuelos.
Me parece importante decirlo porque mucha gente que lo está pasando mal se siente doblemente mal: por el malestar en sí y por no estar «gestionándolo bien». Como si hubiera una manera correcta de estar triste. No la hay. Lo que hay es lo que a ti te ayuda hoy, siempre que no te haga daño y que no se convierta en un sitio del que no puedes salir.
Una canción que se repite como un capítulo
Si escuchas la canción entera, notarás que casi no avanza. Las mismas frases vuelven una y otra vez: las ojeras, el trabajo, la temporada, los animales, la gente falsa. No hay puente dramático, no hay giro final. Es una letra en bucle.
Eso también es a propósito, o por lo menos así la entiendo hoy. Un día de llorar no tiene argumento. Se repite. Vuelves al mismo pensamiento, a la misma escena, a la misma pena, como quien vuelve a darle al botón de «siguiente episodio» sin mirar el título. La estructura de la canción imita esa noche: lo mismo, lo mismo, lo mismo, hasta que te duermes.
Y hay algo tranquilizador en eso. Una canción que no te exige atención, que puedes poner de fondo mientras lloras sin perderte nada importante, es también un refugio pequeño. Como la serie. Como el perro. Me gusta pensar que la propia canción puede ser la temporada enterita de alguien.
No es lo mismo estar solo que sentirse solo
La frase «mejor estar solo» me obliga a pensar en una distinción que me parece clave. Estar solo es una situación: no hay nadie más en casa. Sentirse solo es una emoción: notar que nadie te acompaña, aunque estés rodeado. La canción habla de estar solo, y lo elige. Y elegir estar solo un rato, con tu serie y tus animales, puede ser muy sano.

Lo que conviene vigilar es cuándo esa elección deja de ser elección. Ya escribí sobre la soledad no deseada y sobre la soledad que se nota más en mitad de la fiesta. La de «Judith Bécker» es otra: una soledad buscada, de un rato, con compañía de cuatro patas. Pero las tres viven en el mismo barrio, y a veces una se convierte en otra sin avisar.
Lo que me dejó la canción
Cuando pienso en «Judith Bécker», pienso en una canción que me reconcilia con mis noches pequeñas. Con los días que no tienen nada de épico, que no merecen una balada de despecho ni un himno de superación. Días que solo merecen sofá, serie y animales.
Una parte de mi proceso es aprender a valorar esos días. A no exigirme que cada momento malo se convierta en arte o en lección. A veces el día malo es solo un día malo, y lo único que hay que hacer es pasarlo lo mejor posible y acostarse. Mañana, si hay suerte, las ojeras ya no llegarán al suelo. Y si siguen llegando, habrá que contárselo a alguien.
Para quien hoy tiene las ojeras por el suelo
Si hoy has vuelto del trabajo y te has roto al cerrar la puerta, no estás haciendo nada mal. Ponte tu serie. Deja que tu animal se te acerque. Llora lo que tengas que llorar. No hace falta que lo conviertas en nada.
Pero si esto te pasa casi todos los días, si notas que la serie ya no te consuela, si llevas semanas sin ganas de nada, no te quedes ahí. Pide cita con tu médico de cabecera, cuéntaselo sin quitarle importancia, o busca un psicólogo sanitario. La ayuda existe y funciona.
Números para no quedarse solo
Una cosa más: hago letras, compongo y produzco, pero no soy sanitario, y estos apuntes no sustituyen a ninguna consulta.
En Madrid, las personas LGTBI tienen el servicio de información de COGAM (91 523 00 70, por las tardes) y la Línea Arcoíris de FELGTBI+ (91 360 46 05, de lunes a viernes por la mañana), donde orientan sin juzgar.
Y si hoy la cosa pasa de castaño oscuro, llama, aunque sea de madrugada:
- El 024 es el número público para cuando sientes que no puedes más o piensas en quitarte la vida: gratuito, confidencial y abierto siempre. También vale si solo necesitas desahogarte con alguien que sabe escuchar.
- El 112 es para cualquier emergencia, si tú u otra persona corréis peligro ya.
- El 717 003 717, Teléfono de la Esperanza, atiende con calma y sin prisas.
- El 900 20 20 10 es de la Fundación ANAR, para niños, niñas y adolescentes y para los adultos que se preocupan por ellos.
- Si no vives en España, busca tu línea gratuita en findahelpline.com.
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Preguntas frecuentes
¿Quién es Judith Bécker? Es un personaje de la serie «La que se avecina»: una psicóloga del vecindario, interpretada por Cristina Castaño entre la tercera y la novena temporada. En mi canción aparece como la serie de consuelo que apetece ver en un día de llorar.
¿Está mal ver la misma serie una y otra vez cuando estás triste? No tiene por qué. Lo conocido puede tranquilizar. Conviene fijarse en si es un respiro de un rato o una forma de no mirar nada durante semanas; en ese caso, mejor hablarlo con un profesional.
¿Los animales ayudan a sentirse mejor? Mucha gente siente calma y compañía con sus animales, y hay estudios que lo apoyan, aunque no son concluyentes para todo el mundo. Acompañan, pero no sustituyen a la ayuda profesional.