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«Aburrimiento y soledad»: la soledad no deseada de los adultos LGTBI que ya no son jóvenes ni todavía mayores

«Todo el día de aquí para allá / Busco algún "leitmotiv" / Para saciar de golpe / Aburrimiento y soledad»

Son versos de «La noche no es para mí», del primer disco de la trilogía. El protagonista se pasa el día dando vueltas, sin rumbo, esperando que llegue la noche como si la noche fuera a arreglar algo. Pasan las dos de la mañana, el alcohol corre, todo alrededor cambia «aunque en el fondo sea igual», y al final vuelve el estribillo como una sentencia: la noche no es para mí.

Esa palabra, leitmotiv, entre comillas, me hace mucha gracia. Es una palabra de crítico de ópera metida en una letra de madrugada. Como si el protagonista supiera que le falta un motivo que se repita, algo que dé sentido a los días. Y como si supiera también que no lo va a encontrar en la pista.

Hoy quiero hablar de esa soledad. No la de los adolescentes que todavía no han salido del armario, ni la de las personas mayores que vuelven a meterse dentro al entrar en una residencia, que ya se han tratado en otros textos. Hablo de la soledad del medio. La de los treinta y muchos, los cuarenta, los cincuenta. La de quien ya ha salido, ya ha vivido, ya ha ido a mil fiestas, y un martes cualquiera descubre que no tiene a quién llamar. Escribo como letrista, compositor y productor musical, con datos verificados y sin inventar nada.

Una de cada tres

Empiezo por los números, porque ayudan a no sentirse raro. El Barómetro de la soledad no deseada en España 2024, promovido por la Fundación ONCE y la Fundación AXA dentro del Observatorio SoledadES, encuestó por teléfono a 2.900 personas mayores de edad. Su conclusión general: una de cada cinco personas, el 20,0 %, sufre soledad no deseada en España. Y dos de cada tres de ellas llevan así más de dos años.

Pero hay un dato que me hizo parar en seco. Según ese mismo barómetro, las personas LGTBI sufren una tasa de soledad no deseada quince puntos superior a la de las personas heterosexuales: un 34,4 % frente a un 19,3 %. Una de cada tres.

Una de cada tres. En un grupo de WhatsApp de nueve amigos del ambiente, tres se sienten solos. Probablemente no lo dicen. Probablemente mandan memes.

El barómetro dice también que la soledad no deseada está muy extendida entre la juventud y que la prevalencia baja con la edad hasta su punto más bajo entre los 55 y los 74 años. Eso podría hacernos pensar que la mediana edad es una zona tranquila. No lo es para todo el mundo. Y en nuestro caso, hay razones particulares.

La soledad del medio

¿Qué tiene de especial la soledad de un hombre gay o de una mujer lesbiana de cuarenta y tantos? Te cuento lo que he oído en cenas, barras y mensajes de madrugada, sin convertirlo en estadística.

  • El grupo se dispersa. Los amigos de los veinte se emparejan, se mudan a otra ciudad, tienen hijos o simplemente se cansan de salir. Lo que antes era un plan fijo de sábado se convierte en un «a ver si quedamos» que nunca llega.
  • La familia de origen no siempre está. Muchas personas LGTBI tienen relaciones frágiles con su familia de sangre. Cuando faltan los amigos, no hay un colchón detrás.
  • No hay hijos que tiren de una agenda. Cumpleaños infantiles, reuniones del colegio, grupos de padres. Para bien o para mal, eso conecta. Sin eso, nadie te obliga a ver gente.
  • El ambiente se hace joven. Las discotecas, los bares, las apps: todo parece pensado para veinteañeros. A partir de cierta edad, entrar en ciertos sitios da más soledad que quedarse en casa.
  • Ruptura y vuelta a empezar. Separarse a los cuarenta y cinco después de quince años con alguien significa, muchas veces, que los amigos eran de los dos y ahora no son de nadie.

Ninguna de estas cosas es una tragedia por sí sola. Juntas forman un paisaje que mucha gente conoce sin haberle puesto nombre.

La vergüenza de estar solo

Hay una capa de la soledad que casi nadie nombra: la vergüenza. Decir «estoy solo» a los veinte suena a etapa. Decirlo a los cuarenta y cinco suena, para mucha gente, a fracaso. Como si la soledad fuera una nota en el expediente que dice que no has sabido hacer amigos, ni mantener una pareja, ni construirte una vida.

Esa vergüenza hace que la soledad se esconda. Se maquilla con planes que no existen, con fotos de viajes, con un «muy liado, ya sabes» cuando alguien pregunta. Y cuanto más se esconde, más crece, porque nadie sabe que tiene que llamar.

En el ambiente gay, además, la vergüenza tiene un sabor particular. Llevamos años construyendo la imagen de una comunidad festiva, sociable, siempre rodeada de amigas. Es verdad en parte. Pero también es un escaparate. Detrás de cada grupo que sale en la foto del Orgullo hay alguien que no ha ido porque no tenía con quién.

Quitarle la vergüenza a la soledad es el primer paso para salir de ella. No es un defecto de fábrica. Es una circunstancia, y las circunstancias cambian.

Domingos por la tarde y fiestas de guardar

Pregunta a cualquier persona que se sienta sola cuáles son sus peores momentos y te dirá lo mismo: los domingos por la tarde, los puentes largos, agosto en la ciudad vacía, la Navidad. Los momentos en los que el calendario da por hecho que todo el mundo tiene a alguien.

Para muchas personas LGTBI, la Navidad tiene un peso añadido. Hay quien no va a casa porque allí no le aceptan, quien va y se pasa la cena escondiendo media vida, quien no tiene pareja con la que ir a ninguna parte. Las fiestas familiares pueden ser el momento más solitario del año aunque estés sentado a una mesa llena.

Una idea sencilla que he visto funcionar: organizar o buscar la cena de los que no tienen cena. Hay asociaciones y grupos de amigos que montan comidas de Navidad, de Nochevieja o de cualquier domingo para quien quiera venir. Si no existe en tu entorno, puede que seas tú quien la convoque. Seguramente no serás el único que la estaba esperando.

Quién te lleva al médico

Hay una pregunta que me parece la prueba del algodón de la soledad: si mañana te operan de algo pequeño, ¿quién te lleva y te trae? No para charlar. Para firmar el alta y acompañarte en el taxi.

A los veinte años la pregunta no se plantea. A los cincuenta sí. Y mucha gente LGTBI de esa edad, sin hijos, con la familia lejos o rota, no tiene una respuesta clara. Esa es la soledad práctica, la de los cuidados, y es tan importante como la emocional.

La buena noticia es que esa red se puede construir de forma deliberada. Amigos que acuerdan cuidarse. Vecinos con los que intercambiar llaves. Grupos que se organizan para acompañar. Lo que algunos llaman familia elegida no es una frase bonita. Es una lista de teléfonos a los que puedes llamar a las ocho de la mañana un día de quirófano.

Si no tienes esa lista, empieza por un nombre. Y ofrécete tú también. Quien cuida a alguien suele acabar teniendo a alguien que le cuida.

La noche no es para mí

Vuelvo a la canción, porque el título me parece una de las frases más honestas que he escrito. Durante años la noche fue el sitio donde las personas LGTBI nos encontrábamos. Era donde podías ser tú, donde estaban los tuyos, donde no hacía falta disimular. Los bares de ambiente fueron refugio cuando no había otro.

Pero la noche tiene una trampa para la soledad. Te promete compañía y a veces solo te da ruido. Estás rodeado de gente y no hablas con nadie. Bebes porque es lo que se hace. Vuelves a casa a las seis con la sensación de haber estado en todas partes y en ningún sitio.

En «Siempre apartado entre tanta gente» escribí sobre esa soledad que se nota más en la fiesta. Aquí quiero dar un paso más: si la noche no es para ti, no pasa nada. Hay otras horas. Y hay mucha gente LGTBI de tu edad que está pensando lo mismo, en su casa, un sábado a las once.

«Con quién pasar la noche»

Hay otro verso de la canción que me parece clave: «Busco con desesperación / Con quién pasar la noche». Leído rápido, suena a ligoteo. Leído despacio, es otra cosa. Es la búsqueda de compañía cuando no sabes buscarla de otra forma.

Las aplicaciones de ligar se han convertido para mucha gente en la única puerta de entrada a otras personas LGTBI. Y está bien para lo que sirven. Pero cuando la única manera de hablar con alguien es una conversación que empieza con una foto y acaba en una dirección, la soledad no se va. Se pospone.

No quiero hacer un sermón contra las apps, que cada cual las usa como quiere. Solo digo que confundir el deseo con la compañía es un error muy humano, y muy caro cuando dura años. Hay noches en las que lo que necesitas no es sexo. Es alguien que te pregunte qué tal el día.

La pareja no siempre es la respuesta

Cuando alguien de cuarenta y tantos dice que se siente solo, la respuesta automática de su entorno suele ser la misma: «Lo que necesitas es un novio». O una novia. Como si la pareja fuera el remedio universal contra la soledad.

No lo es. Una pareja puede acompañarte mucho, pero no puede ser tu única red. Las personas que lo apuestan todo a la relación se quedan sin nada cuando la relación se rompe, y además cargan a la pareja con un peso imposible: ser amigo, familia, confidente y plan de fin de semana a la vez.

Y hay algo más. Buscar pareja desde la soledad desesperada suele salir mal, porque eliges deprisa y aguantas lo que no deberías. Lo he visto muchas veces a mi alrededor. Primero amigos. Luego, si llega, lo demás.

Lo que la soledad hace al cuerpo y a la cabeza

El barómetro de SoledadES recoge algo que muchas personas notan sin datos: la soledad no deseada es más frecuente entre quienes perciben mala su salud, y la mitad de las personas con problemas de salud mental sufren soledad no deseada. También señala que la prevalencia es el doble entre quienes viven solos que entre quienes viven acompañados, y que el desempleo multiplica el riesgo, de forma muy marcada entre los 30 y los 55 años.

No es un juego de culpas. La soledad y el malestar se alimentan en los dos sentidos. Te sientes mal, sales menos. Sales menos, te sientes peor.

Lo sé por experiencia propia, aunque solo voy a contar lo que ya he contado. Tengo un diagnóstico que incluye fobia social y trastorno de evitación, y hablé de ello en otros textos de esta web. Para alguien así, la soledad no siempre es una elección y no siempre es una condena. Es un territorio en el que hay que aprender a moverse. En «Un castillo sin llave» escribí sobre la soledad que uno elige. Esta es la otra: la que no elegiste y pesa.

Soledad elegida y soledad no deseada

Conviene distinguir, porque se mezclan mucho. Hay personas que viven solas y están estupendamente. Que disfrutan de su casa, de su silencio, de sus perros. El protagonista de «Marica chill» lo dice con todo el descaro: «I don't need pareja pa' sentirme bien / Me bastan mis perros y mi eyeliner green». Eso no es soledad no deseada. Eso es una vida que funciona.

La soledad no deseada es otra cosa. Es la distancia entre las relaciones que tienes y las que te gustaría tener. Puedes tener pareja y sentirte solo. Puedes vivir rodeado de compañeros de piso y no tener a nadie con quien hablar de verdad. Puedes tener mil seguidores y ningún amigo al que llamar si te pones enfermo.

Esa distancia es lo que hay que mirar. No cuántas personas tienes alrededor, sino si alguna te conoce.

Lo digital que sí acompaña

He dicho que las apps de ligar no curan la soledad, y lo mantengo. Pero no todo lo digital es igual. Hay grupos de mensajería de asociaciones, foros de aficiones, clubes de lectura por videollamada y comunidades en línea que acaban convirtiéndose en quedadas reales. Para quien vive en un pueblo, tiene movilidad reducida o le cuesta mucho el primer contacto cara a cara, pueden ser una rampa de entrada.

El barómetro de SoledadES apunta que las relaciones sociales en línea son más frecuentes entre las personas que sufren soledad que entre las que no. No dice que lo digital cause soledad. Dice que quien está solo busca ahí. La pregunta útil es si eso que encuentras te acerca a personas concretas o te mantiene en una conversación infinita que no lleva a ningún sitio.

Mi regla, otra vez sin ciencia: si después de un mes en un grupo en línea no conoces el nombre real de nadie, busca otro grupo.

Salidas que no pasan por la barra

Aquí viene la parte práctica. No tengo recetas mágicas, pero sí ideas que he visto funcionar en gente de mi edad, y que coinciden con lo que recomiendan las organizaciones que trabajan con soledad.

  • Grupos con una actividad en medio. Es mucho más fácil hacer amigos haciendo algo que mirándose a los ojos. Clubs de lectura LGTBI, grupos de senderismo, equipos deportivos inclusivos, talleres de teatro, grupos de voluntariado. La actividad quita presión.
  • Asociaciones. Las asociaciones LGTBI tienen grupos por edades, por intereses, por barrios. En Madrid, COGAM organiza muchas actividades; en otras ciudades hay colectivos parecidos. No hace falta ser militante para ir.
  • Repetición. Un encuentro no hace una amistad. Diez sí empiezan a hacerla. Elige una cosa y ve muchas veces.
  • Ocio sin alcohol. No tienes que dejar de salir, pero sí puedes buscar planes donde la bebida no sea el centro: un café, un museo, una ruta, un cine.
  • Recuperar a la gente. Ese amigo con el que perdiste el contacto quizá está igual que tú. Un mensaje que diga «me he acordado de ti» cuesta menos que cualquier aplicación.
  • Pedir ayuda si la soledad viene con tristeza. Si llevas mucho tiempo solo y además no duermes, no disfrutas de nada o te cuesta levantarte, no es solo soledad. Merece una consulta.

En «La soledad de crear solo» conté cómo llevo yo la parte solitaria de mi trabajo. Hacer canciones es un oficio de habitación cerrada. He tenido que aprender a abrir la puerta.

La ciudad no lo arregla todo

Durante décadas, la receta para las personas LGTBI que se sentían solas era irse a la gran ciudad. Lo conté en «El qué dirán», a propósito de crecer en un pueblo. Y la gran ciudad cumplió para mucha gente: ofreció bares, asociaciones, anonimato, comunidad.

Pero el barómetro de SoledadES dice algo interesante: la prevalencia de la soledad no varía mucho entre lo urbano y lo rural. Lo que cambia es para quién. La soledad de la juventud es más alta en el campo y baja en las grandes ciudades; entre las personas mayores ocurre lo contrario.

Traducido a nuestro mundo: Madrid te puede salvar a los veinte y dejarte solo a los cincuenta. La ciudad no es una solución permanente. Es un sitio donde hay más puertas, pero las puertas hay que abrirlas.

Cuatro paredes y una ventana

Tengo otra canción que habla de quedarse dentro: «Entre cuatro paredes». La traigo porque la soledad de la mediana edad muchas veces se vive así, entre cuatro paredes, con la tele encendida y el móvil en la mano. Y porque las paredes también tienen ventanas.

Una ventana puede ser una llamada. Puede ser apuntarte a algo que te da pereza. Puede ser decirle a un amigo la verdad cuando te pregunta qué tal: «Pues regular, la verdad, me siento bastante solo». Esa frase da mucho miedo. Y muchas veces la respuesta es «yo también».

Para quien tiene un amigo solo

Si estás leyendo esto y piensas en alguien, este párrafo es para ti. Las personas que se sienten solas muchas veces no lo dicen, y cuando les propones un plan dicen que no. No te rindas a la primera. Ni a la segunda. Propón cosas pequeñas, concretas, con hora: «¿Te vienes el jueves a las siete a dar una vuelta?». Las invitaciones vagas no funcionan. Las concretas, a veces sí.

Y no hagas de la soledad de tu amigo un tema. No le preguntes cada vez si está mejor. Simplemente, cuenta con él.

Lo que me enseñó la noche

Escribí «La noche no es para mí» en el primer disco, y hoy la escucho de otra manera. Ya no la oigo como una queja, sino como una conclusión útil. Si la noche no es para ti, búscate el día. Si la barra no te da compañía, busca una mesa. Si el leitmotiv no aparece en la pista, a lo mejor aparece en un club de lectura un miércoles por la tarde, entre gente que tampoco sabía dónde buscarlo.

La soledad no se va de golpe. Se va como llegó: poco a poco, una persona cada vez.

Y si esta noche no es para ti, que sepas que hay mucha gente despierta pensando lo mismo.

Si la soledad pesa demasiado

  • 024: línea de atención a la conducta suicida y a quien está pasando una crisis, gratuita y a todas horas. No hace falta estar al límite para llamar.
  • 717 003 717: Teléfono de la Esperanza, para hablar cuando te sientes solo.
  • 913 604 605: Línea Arcoíris de la FELGTBI+, orientación para personas LGTBI.
  • 112: si hay un peligro inmediato.
  • 900 20 20 10: Fundación ANAR, si eres menor de edad o te preocupa un menor.
  • Fuera de España: findahelpline.com.

Más textos y recursos en «Salud mental sin tabú». Sobre la terapia que me ayudó, en «Gracias a mi psicóloga». Y todas las letras, en letras. Quién soy, en sobre mí.

Preguntas frecuentes

¿Cuántas personas LGTBI sufren soledad no deseada en España? Según el Barómetro de la soledad no deseada en España 2024 (Observatorio SoledadES, Fundación ONCE y Fundación AXA), el 34,4 % de las personas LGTBI, frente al 19,3 % de las heterosexuales. En la población general es el 20,0 %.

¿Qué diferencia hay entre estar solo y sentirse solo? Estar solo es una situación; la soledad no deseada es la distancia entre las relaciones que tienes y las que te gustaría tener. Se puede vivir solo y estar bien, o vivir acompañado y sentirse solo.

¿Qué puedo hacer si me siento solo a los cuarenta o cincuenta? Buscar actividades en grupo que se repitan, acercarte a asociaciones LGTBI, recuperar contactos antiguos, probar planes sin alcohol y consultar a un profesional si la soledad viene con tristeza persistente.

¿De qué disco es «La noche no es para mí»? Del primer disco de la trilogía GAYFOLK de Mike Sain't Louis, «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk». Mike es letrista, compositor y productor musical; la música y la interpretación se hacen con inteligencia artificial.

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