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La foto de la cartera: «Una ilusión», el acantilado y la palabra que no se traduce

Hay fotografías que no se enmarcan. Se guardan. Van en la cartera, detrás del DNI, dobladas por la mitad, y con los años se les rompen las esquinas, se les cuartea la superficie y se les borra un poco el color. No las sacamos para enseñarlas. Las sacamos, de vez en cuando, para mirarlas a solas. La portada de «Una ilusión» tiene exactamente ese aspecto: el de una foto que alguien ha llevado encima demasiado tiempo.

Un apunte antes de empezar: los versos de este tema no se han publicado todavía. Su ficha de letras en gayfolkplanet.com avisa de que llegarán, y aquí no voy a copiar ni a imaginar ninguno. Me apoyo en lo que está a la vista: la imagen, el título, su número dentro del catálogo y el álbum en el que se encuentra. Y en una palabra, «ilusión», que da para mucho más de lo que parece.

Una foto con los bordes rotos

Lo primero que llama la atención no es el protagonista, sino el soporte. La imagen entera está tratada como una copia antigua: bordes blancos irregulares, mordidos, con grietas finas que atraviesan el cielo y el mar como las arrugas de un papel muy manoseado. Es una foto que ha vivido. Que se ha mojado, que se ha doblado, que ha pasado de un bolsillo a otro.

Ese marco gastado cambia por completo la lectura. No estamos viendo una escena en presente. Estamos viendo un recuerdo. Algo que pasó, o que alguien quiere creer que pasó, y que se conserva a pesar del deterioro. Cuando una foto llega a ese estado es porque se ha mirado mucho. Nadie desgasta las imágenes que no le importan.

Y aquí empieza el juego con el título. Una ilusión puede ser eso: lo que guardas en la cartera porque te mantiene en pie. Pero una ilusión también puede ser algo que nunca existió del todo, una imagen que fabricamos y a la que nos aferramos. La foto gastada sirve para las dos cosas.

Un traje morado frente al mar

En la imagen, un hombre está sentado en lo alto de un acantilado, con el mar a su derecha y el cielo nublado encima. Lleva un traje de cuadros en tonos morados y ciruela, de buena hechura, con la chaqueta abierta y nada debajo: el pecho desnudo, cubierto de tatuajes, con un corazón grande dibujado en el centro. Tiene barba cuidada, un tupé perfecto, alto y peinado hacia atrás.

Pero lo que define la imagen es el gesto. Los ojos cerrados, la cabeza un poco inclinada, la boca apretada. Es el gesto de alguien que está conteniendo algo. Una pena, unas lágrimas, un recuerdo que duele. El contraste es brutal: todo en su aspecto dice cuidado, esmero, presencia, y todo en su cara dice derrota.

Me interesa mucho ese contraste. Cuántas veces nos arreglamos precisamente cuando peor estamos. El traje bonito, el pelo impecable, el perfume. Como si la ropa pudiera sostener lo que por dentro se está cayendo. A veces funciona. A veces es la única armadura disponible. Y a veces, como en esta portada, la armadura está puesta pero el cuerpo ya se ha rendido debajo.

El morado tampoco es casual. Es el color del luto en algunas tradiciones, el de la Semana Santa en España, el de los nazarenos y la penitencia. Y es también, desde hace décadas, un color asociado al feminismo y a la diversidad. Un traje morado es elegante, es raro, es llamativo. Es un color que no pasa desapercibido, llevado por alguien que, en este momento, preferiría desaparecer.

Un corazón tatuado a la vista

Hay otro detalle que tiene su peso. Sobre el pecho desnudo, justo en el centro, el protagonista lleva tatuado un corazón grande, de trazo oscuro, rodeado de otros dibujos que se pierden bajo la chaqueta. Con la camisa ausente, ese corazón queda expuesto, a la vista de cualquiera, mientras la cara se cierra.

Fotogramas del videoclip oficial de «Una ilusión», de Mike Sain't Louis

Es una imagen casi literal de una expresión que usamos mucho: llevar el corazón a flor de piel. Aquí lo lleva tatuado, es decir, para siempre. No es algo que se pueda tapar con una sonrisa o esconder bajo una corbata. Está ahí, grabado en la piel, aunque el resto del cuerpo intente disimular.

Los tatuajes de corazón tienen una larga historia popular: los marineros se los hacían con el nombre de su madre o de un amor en el puerto, y durante décadas fueron casi una declaración pública de lealtad. Llevar un corazón tatuado es decir que alguien o algo te importó tanto que decidiste que no se borrara. Y quizá por eso duele tanto mirarlo cuando ese alguien ya no está. La tinta no sabe de rupturas.

El castillo en ruinas sobre el acantilado

Al fondo, en lo alto del acantilado, se distinguen los restos de un castillo o una torre. Ruinas de piedra recortadas contra un cielo cargado de nubes, con una franja de luz cálida en el horizonte, como si el sol estuviera a punto de irse o acabara de intentar salir.

Las ruinas junto al mar son un tópico romántico de primer orden. Los pintores del siglo XIX las adoraban. Caspar David Friedrich pintó entre 1808 y 1810 «El monje junto al mar», una figura diminuta de espaldas frente a un mar y un cielo inmensos, y hacia 1818 «El caminante sobre el mar de nubes», con un hombre de espaldas contemplando un paisaje que lo supera. En esas obras, la naturaleza es tan grande que el ser humano solo puede quedarse quieto y sentir.

La portada de «Una ilusión» se parece a esas pinturas, pero con una diferencia importante: el protagonista no nos da la espalda. Está de frente, a la vista, con los ojos cerrados. No contempla el paisaje. Se ha encerrado dentro de sí mismo, de espaldas al mar que tiene al lado. El castillo en ruinas, detrás, es casi un espejo: algo que fue grande y fuerte, y que el tiempo ha dejado en piedras sueltas.

Un castillo en ruinas también es una imagen clásica de los sueños rotos. En español decimos «hacer castillos en el aire» para hablar de planes que no tienen base. Aquí el castillo no está en el aire, está sobre roca. Pero está igual de roto. Quizá es la forma visual de decir que una ilusión, por muy sólida que pareciera, también se puede derrumbar.

La palabra que no se traduce

Ahora, el título. «Ilusión» es una de esas palabras del español que traen de cabeza a los traductores. En inglés, «illusion» significa sobre todo engaño, espejismo, percepción falsa. En español también, pero además significa algo luminoso: la esperanza alegre de que algo bueno ocurra, el entusiasmo de lo que está por venir. «Me hace mucha ilusión» no tiene un equivalente exacto en inglés. «Tengo ilusión por este proyecto» tampoco. Hay que dar rodeos: excitement, hope, looking forward to.

Esa doble cara es fascinante. Con la misma palabra nombramos lo que nos engaña y lo que nos ilusiona. Como si el idioma supiera que la frontera entre la esperanza y el espejismo es muy fina. Que todo lo que esperamos con alegría podría resultar, al final, una ilusión en el otro sentido. Y que, aun así, merece la pena esperarlo.

El título de este single dice «una ilusión», en singular y con artículo indeterminado. No «la ilusión», no «mis ilusiones». Una. Como quien dice que solo le queda una, o que solo necesita una. Y la portada, con sus ojos cerrados, deja abierta la pregunta: ¿la está guardando o la acaba de perder?

Me hace ilusión

Antes de entrar en lo oscuro, quiero quedarme un momento en la parte luminosa de la palabra. En España, la expresión «me hace ilusión» se usa para casi todo lo bueno: una visita, un regalo, un viaje, una llamada inesperada. Tiene algo infantil y limpio. Se dice con los ojos brillantes.

Collage con un detalle de la carátula de «Una ilusión» y las carátulas de «Con el taconeo», «No me aparece una ilusión», «La música me está salvando», «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk»

Si hay una noche que representa la ilusión en este país, es la del 5 de enero. La víspera de Reyes, millones de niños dejan los zapatos junto a la ventana, agua para los camellos y algo de comer para los Magos, y se van a dormir incapaces de cerrar los ojos de los nervios. Esa mezcla de espera, de fe y de impaciencia es exactamente lo que el español llama ilusión. Y es curioso: está construida sobre algo que, años después, el niño descubre que no era lo que parecía. Una ilusión en los dos sentidos a la vez, y sin embargo una de las memorias más felices que muchos guardamos.

Quizá por eso la palabra nos resulta tan querida. Porque aprendimos a la vez que las ilusiones pueden ser un engaño y que pueden hacernos inmensamente felices. Y que ambas cosas no se excluyen.

¿Qué es la vida? Una ilusión

En 1635, Pedro Calderón de la Barca publicó «La vida es sueño», y en ella el príncipe Segismundo, encerrado en una torre desde niño, pronuncia uno de los monólogos más famosos del teatro en español:

¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción, y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.

Ahí la palabra aparece en su sentido más inquietante: la vida entera como engaño, como algo que no sabemos si es real. Segismundo duda de todo porque le han hecho dudar de todo. Lo han sacado de su encierro, lo han hecho rey por un día y lo han devuelto a la torre diciéndole que lo había soñado.

Me parece significativo que el personaje más famoso que pregunta qué es la vida y responde «una ilusión» sea alguien encerrado en una torre. Como el castillo en ruinas de la portada. Como la habitación de la que no se quiere salir. Las ilusiones, en ambos sentidos, crecen mucho en el encierro.

Espejismos sobre el mar

Hay un fenómeno óptico que cuadra con este paisaje de acantilado. Se llama fata morgana, en honor al hada Morgana de las leyendas artúricas, y es un tipo de espejismo que se ve sobre todo en el mar: capas de aire a distinta temperatura curvan la luz y hacen aparecer en el horizonte barcos flotando, ciudades que no existen, acantilados imposibles. Durante siglos, los marineros juraron haber visto cosas que no estaban.

Me gusta pensar que el hombre de la portada, si abriera los ojos, quizá vería en el horizonte una fata morgana. Algo bello y falso. O quizá algo real que él cree falso. Porque una de las cosas más difíciles cuando estás mal es confiar en lo que ves. A veces lo bueno que tienes delante te parece un espejismo, y lo malo que imaginas te parece la única verdad.

El arte de engañar con permiso

Hay un oficio entero dedicado a las ilusiones: el de los magos, a los que en español llamamos también ilusionistas. El francés Jean-Eugène Robert-Houdin, en el siglo XIX, es considerado uno de los padres de la magia moderna, el que sacó los trucos de las ferias y los llevó a teatros elegantes, con frac y buenos modales. Tanto lo admiraba un joven Erik Weisz que adoptó un nombre artístico en su honor: Harry Houdini.

Más fotogramas del videoclip oficial de «Una ilusión», de Mike Sain't Louis

Lo bonito de la magia es que es un engaño pactado. El público sabe que le están engañando y paga precisamente por eso. Nadie sale de un espectáculo de ilusionismo enfadado porque la mujer no estaba de verdad partida en dos. Sale maravillado. Durante una hora hemos aceptado que lo imposible ocurra delante de nuestros ojos, sabiendo que no es real.

Hay ilusiones así en la vida que también merecen la pena. La ilusión de un primer amor, que quizá no dure. La ilusión de un proyecto que tal vez no salga. La ilusión de una canción que todavía no tiene letra. No hace falta que sean ciertas para que nos hagan bien mientras duran. El problema no es tener ilusiones. El problema llega cuando alguien las usa para engañarnos sin nuestro permiso.

Eso último lo conozco bien, y lo he escrito más de una vez. Pero también he aprendido a mirar el pasado sin quedarme atrapado en él, algo de lo que hablo en «Contra la nostalgia». Una foto vieja puede ser un ancla o un trampolín. Depende de cómo la mires.

El vecino que no encuentra ninguna

En el catálogo completo, este tema ocupa el puesto 23 de 273. Lo precede «Con el taconeo», del que escribí en «La misma tarima». Y lo sigue una canción de título casi idéntico: «No me aparece una ilusión».

Ese vecino sí tiene letra publicada, y es de las más crudas que he escrito sobre el bajón. Empieza así:

No me apetece salir de la habitación No encuentro la fuerza, la motivación

Y su estribillo vuelve una y otra vez a la misma frase: «No me aparece una ilusión». Ya analicé esa repetición, hecha casi solo de negaciones, en «Una canción hecha de noes».

Juntas, las dos canciones forman un díptico extraño. Una se titula con lo que se tiene, o se tuvo, o se espera: una ilusión. La otra, con lo que falta: ninguna aparece. Una al lado de la otra en la lista, como dos fotos de la misma persona en días distintos. No sé si es una secuencia o un vaivén. Probablemente las dos cosas, porque así es como funciona el ánimo: no en línea recta, sino en oleaje.

Cuando no aparece ninguna

Perder la ilusión por todo tiene nombre en psicología: anhedonia, la incapacidad de sentir placer o interés por cosas que antes lo daban. Es uno de los síntomas centrales de la depresión. No es pereza, no es falta de carácter, no es «ponerse las pilas». Es un estado en el que el cerebro deja de responder a lo que antes lo encendía. La comida no sabe, la música no emociona, los planes no apetecen.

Lo traigo aquí porque la palabra «ilusión» está en el centro de esa experiencia. Cuando alguien dice «no tengo ilusión por nada», no está siendo dramático. Puede estar describiendo un síntoma. Y merece que se le tome en serio.

La buena noticia es que la anhedonia, como la depresión, se puede tratar. Con terapia, a veces con medicación, con tiempo y acompañamiento. No hay que esperar a tocar fondo para pedir ayuda. Basta con notar que llevas semanas sin ilusión por nada para que merezca la pena hablarlo con tu médico de cabecera o con un profesional de la salud mental.

Si te reconoces en la foto

Si te ves en esa portada, con los ojos cerrados, bien vestido por fuera y roto por dentro, no tienes que seguir así a solas. Díselo a alguien. Una frase basta: «no estoy bien». En España, el 024 está disponible todo el día, todos los días, de forma gratuita y confidencial, para quien atraviesa un momento muy difícil o tiene pensamientos de hacerse daño. Si hay peligro inmediato, llama al 112. Si estás fuera de España, consulta la línea de crisis de tu país o marca su número de emergencias.

Ficha de la canción «Una ilusión» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

A mí la música me acompaña mucho en esos tramos, y lo cuento en «La música me está salvando». Pero una canción es compañía, no tratamiento. Si lo necesitas, pide las dos cosas.

Guardar una sola

Vuelvo a la cartera. A esa foto que no se enseña. Me gusta pensar que todos llevamos una, aunque no sea de papel. Una imagen, un recuerdo, una promesa, una persona. Algo pequeño que sacamos en los días malos para recordar que hubo días buenos, o que puede haberlos.

Hay quien guarda la foto de un abuelo que ya no está, la de un verano en el pueblo, la de una tarde concreta en la que todo pareció posible. Hay quien guarda una entrada de concierto, un billete de tren, una servilleta con un número de teléfono escrito a boli. Objetos sin valor para nadie más, que para su dueño valen exactamente lo que pesa una esperanza. Cuando los perdemos en una mudanza, nos duele de una forma desproporcionada, y con razón: no hemos perdido un papel, hemos perdido una prueba de que algo bueno existió.

En el mundo de las pantallas, esa foto de la cartera ha cambiado de sitio. Ahora vive en la galería del móvil, entre miles de capturas, y se nos aparece sin avisar cuando la aplicación decide recordarnos qué hacíamos tal día como hoy hace cinco años. Pero el gesto sigue siendo el mismo: buscarla a solas, mirarla un rato y volver a guardarla.

No hace falta tener muchas. El título lo dice: una. Una sola ilusión puede bastar para levantarse por la mañana. Un viaje pendiente, un perro que te espera, una canción que todavía no has escrito, un amigo que te va a llamar el jueves. Cosas pequeñas. Cuando la tristeza lo cubre todo, las ilusiones grandes asustan. Las pequeñas se dejan llevar en el bolsillo.

No es la primera vez que una portada mía contradice en luz lo que la letra cuenta a oscuras; ese juego lo desmonté en «La foto que no es el final». Aquí ocurre algo parecido, pero al revés: la imagen es triste y el título, en su sentido más común, es una promesa.

Y si un día la foto se rompe del todo, se puede hacer otra. Las ilusiones también se renuevan. No es traición a la antigua. Es seguir vivo.

Para quien la escuche con la casa en silencio

Para quien guarda una foto que ya no se atreve a mirar. Para quien se pone el mejor traje en el peor día. Para quien ha perdido la ilusión y está esperando a que vuelva. Para quien todavía tiene una y la protege como puede.

Y para quien ama los paisajes de acantilado, los castillos en ruinas, el teatro del Siglo de Oro y las palabras que no se dejan traducir. Para quien sabe que la elegancia y la tristeza a veces se visten igual.

El álbum que acoge este tema es «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo de mi trilogía, un título que ya es en sí mismo una ilusión en los dos sentidos. Hasta que se publiquen sus versos, puedes escucharlo en las plataformas y bajarlo sin coste ni registro en mi página de descargas. Cuando llegue la letra, la subiré entera, tal y como es, sin retocar ni una esquina de la foto.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Una ilusión»? La letra todavía no está publicada, así que este post no la cita. La portada muestra a un hombre con traje morado de cuadros, ojos cerrados, sentado en un acantilado frente al mar, con un castillo en ruinas al fondo y la imagen tratada como una foto antigua gastada. El post lee el título desde los dos sentidos de «ilusión».

¿Qué relación tiene con «No me aparece una ilusión»? Son pistas vecinas en la lista de singles: «Una ilusión» es la 23 y «No me aparece una ilusión», la 24. Una nombra la ilusión que se guarda o se espera; la otra, publicada con letra, describe un bajón en el que no aparece ninguna.

¿En qué disco está? En «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo disco de la trilogía Gayfolk. Es la pista 23 de 273, entre «Con el taconeo» y «No me aparece una ilusión».

¿Por qué «ilusión» es difícil de traducir? Porque en español significa a la vez engaño o espejismo y esperanza alegre de que algo bueno pase. En inglés, «illusion» solo recoge el primer sentido.

¿Qué hago si he perdido la ilusión por todo? Si dura semanas, háblalo con tu médico o con un profesional de la salud mental: puede ser un síntoma tratable. En España, el 024 atiende gratis las 24 horas y ante un peligro inmediato está el 112. Fuera de España, busca la línea de crisis de tu país.

¿Quién hace esta canción? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, que se presenta como el primer cantautor IA. Escribe las letras y dirige la producción; la música y las interpretaciones se generan con inteligencia artificial.

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