
Por Mike Sain't Louis ·
«La envidia mata»: Ovidio, Dante, Cervantes y Unamuno leídos con «Dientes, dientes»
«Ten cuidado que la envidia mata». Así empieza «Dientes, dientes», sin preámbulo, sin estrofa de calentamiento, con un aviso que suena a cartel de obra: peligro, material inflamable. Está escrito como se escriben las advertencias, en una sola línea y sin adornos. Y cuanto más vuelvo a esa frase, más me doy cuenta de que no inventé nada. La literatura lleva más de dos mil años diciendo exactamente eso, con hexámetros latinos, con tercetos encadenados, con prosa de La Mancha y con novelas de Salamanca.
Sobre la canción en sí, sobre el estribillo como escudo y sobre cómo se responde a quien te vigila, ya escribí en «Este es el procedimiento». Hoy quiero hacer otra cosa: coger el primer verso y llevarlo de paseo por la biblioteca. Visitar la casa que Ovidio le construyó a la Envidia, asomarme a la cornisa donde Dante sienta a los envidiosos con los párpados cosidos, volver a la primera pelea entre hermanos, escuchar a Don Quijote regañando a Sancho y sentarme un rato con el pobre Joaquín Monegro, el protagonista de Unamuno que se pasa la vida entera mirando a su amigo.
No es un tratado. Es una lectura de letrista, de alguien que escribe canciones y que de vez en cuando se pregunta de dónde vienen las palabras que usa. Y la envidia es una palabra con mucha historia detrás.
Una palabra que mira mal
Empiezo por la etimología, porque en este caso lo explica casi todo. «Envidia» viene del latín invidia, y esa palabra sale del verbo invidere, que se puede entender como mirar contra alguien, mirar con malos ojos, echarle el ojo encima. La envidia, en su raíz, es una manera de mirar. No es un pensamiento ni un plan: es una mirada torcida que se queda clavada en lo que tiene otra persona.
Por eso tiene tanto sentido que la cultura popular la haya juntado con el mal de ojo. El aojamiento, esa idea antigua de que alguien puede hacerte daño solo con mirarte fijamente y con deseo, es la envidia convertida en superstición. Hay amuletos contra el ojo por todo el Mediterráneo: manos, ojos azules de cristal, cuernos, lazos rojos en la cuna. Todos responden a la misma intuición. Hay miradas que pesan.
Y fíjate en la segunda estrofa de la canción: «Me controlas cada movimiento». No dice «me odias» ni «me insultas». Dice que me controlas, que me sigues con los ojos. La envidia de la letra es una envidia que vigila, que lleva la cuenta, que está pendiente. Es la vieja invidia latina con móvil y con wifi. Mira, mira y mira, y en cada vistazo se le agria un poco más el gesto.
Lo curioso es que la respuesta de la canción también es visual. «Dientes, dientes». Frente a la mirada torcida, una sonrisa enseñando los dientes. Frente al ojo que pesa, la boca que se abre. Es un duelo de caras. Y eso, aunque parezca muy de hoy, es muy antiguo.
La casa de la Envidia, según Ovidio
En el libro segundo de las Metamorfosis, Ovidio cuenta una historia que me parece de las más terroríficas de toda la literatura clásica. Minerva, enfadada con una joven ateniense llamada Aglauros, decide castigarla y va a buscar a la Envidia a su casa. Y Ovidio se detiene a describir esa casa con un detalle que da escalofríos.
Es una vivienda escondida en el fondo de un valle, sin sol, donde no sopla el viento, llena de una niebla fría y perezosa. Ahí dentro, cuando la diosa empuja la puerta, encuentra a la Envidia comiendo carne de víbora, que es, dice el poeta, el alimento de sus vicios. Está pálida, flaca, con la mirada siempre de lado, los dientes oscuros, el pecho verde de bilis y la lengua empapada de veneno. No sonríe nunca, salvo cuando ve sufrir a alguien. No duerme, porque las preocupaciones la desvelan. Ve los éxitos de los demás y se consume. Y lo más terrible: mientras hace daño, también se lo hace a sí misma. Es su propio castigo.
Leo esa descripción y pienso en el verso de la canción que dice «Tanta envidia debe ser un sufrimiento». Ovidio lo había escrito hace dos mil años. La Envidia de las Metamorfosis no disfruta. Se roe por dentro. Come serpientes porque no sabe comer otra cosa. Su casa no tiene ventanas porque no soporta ver la luz que entra en las casas de los demás.
Lo que le pasa a Aglauros El final del episodio es igual de duro. La Envidia toca a Aglauros, le llena el pecho de espinas y le pone delante, día y noche, la felicidad de su hermana. Aglauros empieza a consumirse. Se sienta en el umbral para impedir el paso a un dios que viene a visitar a la hermana, y el dios, harto, la convierte en piedra. Y Ovidio añade un detalle precioso y cruel: la estatua no queda blanca, sino manchada, porque la mente de Aglauros ya se había oscurecido antes de que el cuerpo se endureciera.
La envidia, en esta historia, petrifica. Te deja quieto en la puerta de la vida de otro, bloqueando el paso, sin entrar ni salir. Te convierte en una estatua que vigila. Y ahí vuelve otra vez la letra: alguien que controla cada movimiento ajeno está, en el fondo, sin moverse él. Está sentado en el umbral, como Aglauros, mirando hacia dentro de una casa que no es la suya.
Los ojos cosidos de Dante
Pasamos de Roma a Florencia, del siglo I al siglo XIV. En el episodio XIII del Purgatorio, Dante y Virgilio llegan a la segunda cornisa de la montaña, donde purgan su culpa los envidiosos. Y el castigo que imagina Dante es tan sencillo como estremecedor: los envidiosos están sentados contra la roca, vestidos con un cilicio áspero del color de la piedra, apoyados unos en otros, y tienen los párpados cosidos con un alambre de hierro.

Es lo que en la Divina comedia se llama contrapasso: la pena se parece al pecado. Quien pecó con los ojos, mirando con malos ojos la suerte ajena, ahora no puede ver nada. El alambre cierra lo que en vida se abrió demasiado. No es una venganza; en el Purgatorio las penas sirven para curar. Los ojos cosidos son una especie de reposo forzado de la mirada. Como si el poema dijera: descansa de mirar a los demás, que te estaba matando.
«Savia non fui» En esa cornisa Dante conversa con una mujer de Siena llamada Sapia, y ella le dice unos versos que son de lo más honesto que he leído sobre la envidia:
«Savia non fui, avvegna che Sapìa / fossi chiamata, e fui de li altrui danni / più lieta assai che di ventura mia».
En castellano, más o menos: no fui sabia, aunque me llamaba Sapia, y me alegraron mucho más los daños de los otros que mi propia suerte. Esa es la definición perfecta. La persona envidiosa no se alegra tanto de lo que le va bien a ella como de lo que les va mal a los demás. Su felicidad depende de la desgracia ajena. Es una alegría prestada y podrida.
Sapia aparece enseguida al leer el estribillo de la canción: «que es lo que les jode, que es lo que les duele». La letra da por hecho que hay gente a la que le duele verte bien. Y Dante, con toda su teología, confirma el diagnóstico. Hay quien sufre con tu sonrisa. No por nada que hayas hecho, sino porque existe.
El primer envidioso de la historia
Si seguimos tirando del hilo, llegamos al principio de todo. En el capítulo cuarto del Génesis, Caín y Abel presentan sus ofrendas. Dios mira con agrado la de Abel y no la de Caín. Y el texto dice que a Caín se le cayó la cara, que se le ensombreció el semblante. Ahí está otra vez la cara. Antes del crimen hay un gesto que cambia. La envidia empieza en el rostro.
Lo que viene después es conocido: Caín lleva a su hermano al campo y lo mata. Y cuando le preguntan dónde está Abel, contesta con una de las frases más frías de la Biblia: «¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?». La envidia, en el primer relato que la cuenta, mata literalmente. «Ten cuidado que la envidia mata» no es una exageración de estribillo. Es casi una paráfrasis.
En la misma Biblia, el libro de los Proverbios tiene un versículo que me encanta por lo físico que es. En la traducción de Reina-Valera dice: «El corazón apacible es vida de la carne; mas la envidia es carcoma de los huesos». Carcoma. Ese bichito que se come la madera por dentro sin que se note, hasta que un día la silla se rompe. La envidia no destroza desde fuera: horada desde dentro. Y lo que horada son los huesos de quien la siente.
Hablando de la Biblia, ya escribí en «La conviertes en sal» sobre la mujer de Lot, otra figura que se queda petrificada por mirar hacia atrás. Es interesante cómo en estos relatos antiguos la mirada siempre tiene consecuencias. Mirar demasiado, mirar mal, mirar lo que no debías. Hay una relación muy vieja entre los ojos y el castigo.
«Raíz de infinitos males», según Cervantes
Ahora me voy a La Mancha. En el capítulo octavo de la segunda parte del Quijote, mientras caballero y escudero van camino del Toboso, Don Quijote suelta una exclamación que se ha citado mil veces: «¡Oh envidia, raíz de infinitos males y carcoma de las virtudes!». Fíjate en que vuelve la carcoma. Cervantes conocía los Proverbios, como todo el mundo en su época, y recoge la imagen.

Y Don Quijote sigue: le explica a Sancho que los demás vicios tienen algún placer escondido, algo que los hace atractivos aunque sean malos, pero que la envidia no trae más que disgustos, rencores y rabias. Es el único pecado sin premio. La gula al menos te da el gusto de comer, la pereza el gusto de no hacer nada. La envidia no te da nada. Solo amargura.
Me gusta mucho esta idea porque desmonta la imagen del envidioso como alguien poderoso. Desde fuera, quien te vigila y te critica puede parecer fuerte, peligroso, temible. Cervantes, a través de su caballero loco y lúcido, lo pone en su sitio: es alguien que sufre. Alguien que ha elegido el único vicio que no compensa ni siquiera un poquito.
La envidia y la comparación Hay otra cosa en el Quijote que me parece útil. Toda la novela está llena de gente que se compara: hidalgos que quieren ser caballeros, labradores que quieren ser gobernadores, escritores que se pelean por la fama. Cervantes sabía bien lo que era la rivalidad literaria; su época estaba llena de sátiras y de pullas entre poetas. La envidia, en ese mundo, no era un monstruo mitológico, sino algo cotidiano, de mesa de taberna y de corrillo.
Eso conecta con el registro de «Dientes, dientes», que no es épico sino de barrio. «No me vengas con tu falsedad barata». Barata. No es una tragedia griega, es una mezquindad de saldo. Y creo que esa es una de las verdades más incómodas sobre la envidia: casi siempre es pequeña, de comentario por lo bajo, de mirada de reojo en el ascensor. Pequeña, pero carcome.
Unamuno y la novela del envidioso
Si hay un libro en castellano dedicado entero a la envidia, es Abel Sánchez, de Miguel de Unamuno, publicado en 1917 con el subtítulo «Una historia de pasión». Es una reescritura moderna de Caín y Abel. Joaquín Monegro, médico, y Abel Sánchez, pintor, son amigos desde la infancia. Abel es simpático, tiene éxito sin esforzarse demasiado y se casa con Helena, de quien Joaquín estaba enamorado. Y Joaquín pasa el resto de su vida devorado por la envidia.
Lo genial de la novela es que está contada en buena parte desde dentro del envidioso. Joaquín escribe una confesión. Sabe lo que le pasa, lo analiza, lo odia, y aun así no puede dejar de sentirlo. No es un villano de película, es un hombre inteligente y desgraciado que se da cuenta de que su vida entera ha girado alrededor de otra persona. Ha vivido mirando a Abel. Su propia vida, sus logros, su familia, todo queda en segundo plano frente a esa obsesión.
El envidioso también es víctima de sí mismo Leer Abel Sánchez me ayuda a entender el verso «Debería ponerte en tratamiento». En la canción suena a pulla, y lo es. Pero tiene un fondo serio. La envidia que no se trabaja puede convertirse en una forma de sufrimiento crónico. Joaquín Monegro es médico y no consigue curarse. Unamuno no le da una salida fácil, y por eso la novela duele tanto.
No quiero convertir la canción en algo que no es. «Dientes, dientes» no pretende compadecer a quien envidia; es una respuesta con chulería, con purpurina y con orgullo. Pero leída junto a Unamuno gana una capa más. El «tanta envidia debe ser un sufrimiento» puede ser burla y verdad al mismo tiempo. Las dos cosas caben en la misma línea.
Oro, plata y una rata
Volvamos a la letra: «Yo soy el oro y tú no llegas ni a plata / Yo soy un ave fénix y tu eres una rata». Es un pareado de patio de colegio, de esos que se dicen con las manos en la cintura. Y es precisamente eso lo que me gusta: después de toda la solemnidad de Ovidio y de Dante, la canción baja al suelo y contesta como se contesta en la calle.
Pero hasta esa jerarquía de metales tiene raíces literarias. Hesíodo y luego Ovidio cuentan las edades del mundo como metales que se degradan: oro, plata, bronce, hierro. En la edad de oro no había guerra ni codicia. La envidia y la avaricia llegan cuando el metal empeora. Así que decir «yo soy el oro» es, sin querer, colocarse en la edad anterior a la envidia. Es una manera de decir: yo no juego a esto.
Y el fénix, del que ya hablé en «De la ceniza a la piel», es el animal que renace de sus cenizas, mientras que la rata es el animal que roe. Otra vez la carcoma, otra vez algo que come por dentro. La letra opone lo que resurge a lo que corroe. Es un bestiario mínimo, de dos animales, pero dice mucho.
Envidia no es lo mismo que celos
En el castellano de la calle mezclamos mucho «envidia» y «celos», y no son lo mismo. Los celos tienen que ver con el miedo a perder algo que consideras tuyo, normalmente un vínculo: la pareja, un amigo, el cariño de alguien. La envidia tiene que ver con desear lo que tiene otro, o con no soportar que lo tenga. En los celos hay tres personas; en la envidia, a veces, basta con dos y un escaparate.

Sobre los celos y el control en pareja ya hay un texto en este blog, «Te pongo a prueba», porque ahí la cosa puede volverse violencia y merece un tratamiento propio. «Dientes, dientes» habla de otra cosa: de alguien que no es tu pareja, que quizá ni siquiera es tu amigo, pero que te tiene en el punto de mira.
La distinción importa porque cambia la respuesta. Ante unos celos que controlan, lo importante es protegerse y pedir ayuda. Ante una envidia que critica desde lejos, a veces basta con no darle de comer. Y la mejor manera de no darle de comer es seguir con tu vida, que es justo lo que propone el estribillo.
La envidia que yo también siento
Sería muy fácil escribir este artículo como si la envidia fuera siempre cosa de los demás. Pero la literatura que he citado no lo permite. Sapia confiesa. Joaquín Monegro confiesa. Hasta Don Quijote, al exclamar contra la envidia, está hablando de algo que conoce. La envidia es una emoción humana, universal, y nadie está libre de ella.
Lo que sí podemos elegir es qué hacemos cuando aparece. Hay una expresión muy nuestra, «envidia sana», que los puristas critican porque dicen que la envidia nunca es sana. Puede que tengan razón en lo técnico. Pero la expresión apunta a algo verdadero: hay una manera de mirar lo que tiene otro que no te roe, sino que te inspira. Ver a alguien hacer algo bonito y pensar «yo también quiero intentarlo» no es lo mismo que pensar «ojalá le salga mal».
Una pequeña propuesta Si alguna vez notas esa carcoma, una cosa que puede servir es preguntarte qué te está diciendo. Muchas veces la envidia señala un deseo propio que no te has permitido. Si te pica el éxito de alguien en algo concreto, quizá es porque tú también quieres eso y no te has atrevido. En ese caso, la envidia puede convertirse en una brújula en vez de en un veneno. No es fácil, pero es posible.
Y si lo que notas es que te alegras del mal ajeno, como Sapia, quizá merece la pena pararse y mirar qué dolor propio hay debajo. A veces la envidia es solo tristeza con otro disfraz.
Por qué contestar con un estribillo
Escribo canciones para sacar fuera lo que siento. Eso es lo que hago desde hace tiempo y es lo que me ha ayudado en los momentos más duros. Una letra me permite coger algo que pesa por dentro, darle forma y dejarlo fuera, en un sitio donde puedo mirarlo. En «Mariposas en un cuaderno» conté cómo la escritura fue para mí una manera de respirar.
«Dientes, dientes» funciona así. La sensación de ser vigilado, de que alguien espera tu tropiezo, es incómoda y desgasta. Convertirla en un estribillo repetido, casi un mantra, le quita poder. Ya no es una amenaza difusa; es una canción que puedo poner en el coche y repetir en alto. Repetir una palabra hasta que deja de significar es una vieja técnica de conjuro. Lo hacen las nanas, lo hacen las oraciones, lo hacen los coros de los estadios.
En la tradición que he recorrido, la envidia se combate de muchas maneras: con amuletos, con penitencias, con sermones, con novelas. Yo propongo una más modesta: con un estribillo pegadizo y una sonrisa enseñando los dientes. Puede parecer poca cosa al lado de Dante. Pero a mí me sirve.
La sonrisa como gesto Hay algo muy físico en sonreír cuando te miran mal. No es poner buena cara por obligación ni tragarte lo que sientes. Es otra cosa: es negarte a darle a la otra persona la reacción que espera. La Envidia de Ovidio solo sonríe cuando ve dolor. Si no le das dolor, no tiene de qué alimentarse. Se queda en su casa sin sol comiendo serpientes.
Eso sí, sonreír no significa aguantarlo todo. Hay situaciones en las que la envidia se convierte en acoso, en control, en daño real. Ahí no basta un estribillo, y no hay que pedirle a una canción lo que no puede dar.
Cuando la mirada ajena se vuelve acoso
«Me controlas cada movimiento» puede ser una exageración simpática o puede ser una descripción literal. Si alguien te sigue, te vigila en redes, te manda mensajes que te asustan, te critica constantemente delante de otros o te hace sentir que no puedes moverte sin que lo sepa, eso ya no es solo envidia. Es una forma de acoso, y no tienes por qué soportarlo con una sonrisa.

En esos casos lo útil es guardar pruebas, contarlo a alguien de confianza y, si la situación lo requiere, pedir ayuda profesional o denunciar. Y si todo esto te está afectando hasta el punto de que notas que te hundes, conviene hablar con alguien cuanto antes. En España tienes la línea 024, que atiende de forma gratuita y a cualquier hora a quien tiene pensamientos de quitarse la vida y también a sus familiares y amistades. Si hay un peligro inmediato, el número es el 112. El Teléfono de la Esperanza, en el 717 003 717, ofrece escucha a personas en crisis emocional, y la Fundación ANAR, en el 900 20 20 10, atiende a niñas, niños y adolescentes. Si vives fuera de España, en findahelpline.com puedes buscar un servicio de tu país.
No es debilidad pedir ayuda. Es exactamente lo contrario de sentarse en el umbral como Aglauros.
Una tradición entera en un verso
Me fascina que una línea tan sencilla como «Ten cuidado que la envidia mata» pueda cargar con tanta historia. No hace falta tener a Ovidio ni a Dante en la mesa para escribir una línea así; basta una sensación concreta y las ganas de responderla con gracia. Pero las palabras traen su propio equipaje. «Envidia» lleva dentro el invidere latino, la casa sin sol, el alambre en los párpados, la carcoma de los Proverbios, la exclamación del Quijote y la confesión de Joaquín Monegro.
Es algo que aparece a menudo en otros textos de este blog, como el de Quevedo y el hielo abrasador o el de Pessoa y el poeta fingidor. Escribes desde lo tuyo y de repente descubres que estás dialogando con gente que escribió hace siglos. No porque los hayas copiado, sino porque las emociones son las mismas y el idioma las ha ido guardando.
Las máscaras y los refranes La envidia tiene primas cercanas en el catálogo del Planeta Gayfolk. La hipocresía, por ejemplo, que aparece en «Hipócritas» y en «La doble cara», donde se habla de las máscaras de hierro. El hipócrita y el envidioso suelen ir juntos: uno sonríe por delante y critica por detrás, el otro mira con malos ojos y disimula. A veces son la misma persona.
Y el refranero, que tiene respuesta para todo, también tiene la suya: «Si la envidia fuera tiña, ¡cuántos tiñosos habría!». Es un refrán cruel y gracioso, muy en la línea de la canción. Dice que la envidia está por todas partes, aunque no se vea. Sobre los refranes y las frases hechas que se cuelan en mis letras hay un texto entero: «A otra cosa, mariposón».
Cómo escuchar la canción después de leer esto
Si te apetece, prueba a escuchar «Dientes, dientes» pensando en esta galería de personajes. En el primer verso, la casa de la Envidia. En «me controlas cada movimiento», los ojos de Sapia antes de que se los cosieran. En «tanta envidia debe ser un sufrimiento», Joaquín Monegro escribiendo su confesión. En el estribillo, la sonrisa que deja sin comida a la mirada torcida.
La letra completa está en la sección de letras y el videoclip en la sección de vídeos. Es una canción corta, directa, de esas que se pegan. Y quizá, después de este paseo, la oigas con un poco más de fondo, como si detrás del pareado del oro y la plata hubiera una biblioteca entera asintiendo.
Porque eso es, al final, lo que me gusta de escribir: que una frase de barrio y un terceto florentino pueden decir lo mismo. La envidia mata. Ten cuidado. Y mientras tanto, dientes, dientes.
Preguntas frecuentes
¿De qué habla «Dientes, dientes»? Es una canción de Mike Sain't Louis, del primer disco de la trilogía GAYFOLK, que responde a la envidia y a quien vigila cada paso con una sonrisa. Su primer verso es «Ten cuidado que la envidia mata».
¿Qué obras literarias tratan la envidia? Este artículo comenta la casa de la Envidia en el libro II de las «Metamorfosis» de Ovidio, los envidiosos del episodio XIII del «Purgatorio» de Dante, el relato de Caín y Abel del Génesis, un versículo de los Proverbios, la exclamación de Don Quijote en el capítulo 8 de la segunda parte y la novela «Abel Sánchez» (1917) de Miguel de Unamuno.
¿De dónde viene la palabra «envidia»? Del latín «invidia», relacionada con el verbo «invidere», que se puede entender como mirar con malos ojos. Por eso la envidia se ha asociado desde antiguo con la mirada y con el mal de ojo.
¿Es lo mismo envidia que celos? No. Los celos tienen que ver con el miedo a perder un vínculo que se siente propio; la envidia, con desear lo que tiene otra persona o con no soportar que lo tenga.
¿Qué hago si la envidia de alguien se convierte en acoso? Guarda pruebas, cuéntalo a alguien de confianza y busca ayuda profesional o denuncia si hace falta. Si te sientes al límite, en España puedes llamar al 024, al 112 en caso de peligro inmediato, al Teléfono de la Esperanza (717 003 717) o a ANAR (900 20 20 10) si eres menor. Fuera de España, findahelpline.com.