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«Y la conviertes en sal»: la sal, las lágrimas y la mujer de Lot en mis letras

Sal. Una palabra de tres letras que está en todas las cocinas de España, en el salero de la mesa del bar, en el paquete azul del Mercadona, en la bolsa que alguien lleva a la playa para echarle a la sandía. La sal es lo más barato y lo más común del mundo. Y en una de mis canciones es lo que queda cuando alguien te ha chupado la vida.

El verso está en «Como en la matanza de Texas», y lo copio tal como está en la letra publicada:

Te alimentas de esperanza y la conviertes en sal

Lo dice el estribillo a un vampiro emocional. No a un vampiro de película, con capa y colmillos, sino a uno de esos que se sientan en la barra del bar y sonríen al saludar. En «Sangre invisible» ya escribí sobre la parte de la canción que habla de pedir ayuda y que nadie te crea. Aquí quiero quedarme con un solo mineral. Con la sal. Porque cuando empecé a tirar de ese verso, me di cuenta de que la sal aparece en más letras del Planeta Gayfolk de lo que yo recordaba, y que cada vez significa algo distinto.

Una alquimia al revés

Los alquimistas de los libros querían convertir el plomo en oro. Lo barato en lo valioso. El vampiro de mi canción hace justo lo contrario: coge algo valioso, la esperanza, y lo convierte en algo que no sirve para nada. O que sirve para muy poco.

La esperanza es ligera. Es de esas cosas que se dicen con verbos de vuelo: se te sube, se te escapa, levanta. La sal pesa. Se queda en el fondo del vaso cuando se evapora el agua. Se pega a la piel después de un baño en el mar y pica. Convertir esperanza en sal es convertir algo que flota en algo que se hunde.

Y además es convertir algo dulce en algo salado. La esperanza tiene sabor a merienda de domingo, a primer mensaje, a primera cita. La sal tiene sabor a final. Hay una crueldad muy concreta en esa imagen: no basta con quitarte la ilusión, hay que dejarte en la boca el sabor contrario.

Cuando escribí el verso no tenía en la cabeza a ningún alquimista. Pero lo releo ahora y me parece que es la mejor descripción que he encontrado del trabajo de alguien que te quiere mal. No te deja vacío. Te deja lleno de otra cosa. De sal.

Cada lágrima robada

El verso siguiente lo explica todo sin explicar nada: «Cada lágrima robada, un trofeo más de tu maldad».

Las lágrimas son agua con sal. Eso lo aprendimos en el colegio, en la misma clase en la que nos enseñaron que el mar es salado y que la sangre también lo es un poco. Así que cuando la canción pone la sal y la lágrima una detrás de otra, está haciendo química, aunque parezca que hace poesía. La esperanza se convierte en sal, y la sal se convierte en lágrima. El vampiro se lleva la esperanza y te deja el llanto.

Y luego colecciona las lágrimas. Las roba, dice la letra, y las convierte en trofeos. Me imagino una vitrina de esas de los cazadores, con cabezas de ciervo en la pared, pero con frasquitos de lágrimas. Cada uno con su etiqueta. Cada uno con su fecha. Es una imagen de película de terror, claro, y la canción entera está construida como una película de terror, con su matanza y su víctima que corre gritando por la carretera. Pero detrás del terror de cartón hay algo muy real: hay personas que se alimentan de verte llorar.

No quiero ponerle nombre a nadie. Los personajes de mis letras son personajes, y el vampiro de esta canción es una figura, no un retrato. Pero quien haya estado con alguien así sabe exactamente de qué hablo. Del momento en que te das cuenta de que tu tristeza le sienta bien.

Sembrar de sal

Hay una expresión antigua que me vino a la cabeza mucho después de escribir la canción: sembrar de sal.

En la Biblia, en el libro de los Jueces, se cuenta que Abimelec, después de arrasar la ciudad de Siquem, la sembró de sal. Durante mucho tiempo se dijo también que los romanos habían hecho lo mismo con Cartago, para que no volviera a crecer nada, aunque los historiadores llevan años diciendo que eso es una leyenda que no aparece en las fuentes antiguas. Da igual que sea verdad o mentira: la imagen se quedó en la lengua. Sembrar de sal es asegurarse de que en un sitio no vuelva a crecer nada nunca.

Leída así, la canción da un poco más de miedo. El vampiro no solo te quita la esperanza: la convierte en lo único que impide que vuelva a crecer. Te deja la tierra salada. Y en la tierra salada no hay forma de plantar otra cosa.

Esto es lo que más tiempo me costó entender de las relaciones que me hicieron daño, de esas dos relaciones fallidas de las que hablo en otros textos. Que el daño no estaba solo en lo que pasaba, sino en lo que dejaba para después. La tierra salada. La dificultad de volver a confiar, de volver a ilusionarse, de volver a plantar algo sin pensar que se va a morir.

La mujer de Lot

Y luego está la sal más famosa de todas. La de la mujer que se convierte en estatua por mirar atrás.

La historia está en el Génesis. Lot y su familia huyen de Sodoma, que está a punto de ser destruida, y tienen una orden: no mirar atrás. La mujer de Lot mira. Y se convierte en una estatua de sal. La Biblia no le pone nombre. Es la mujer de Lot y ya.

Para una persona LGTBI, esa historia tiene su retranca. Sodoma es la ciudad de la que salió la palabra sodomita, que durante siglos sirvió para perseguir a hombres como yo. La ciudad castigada, la ciudad que hay que abandonar sin volver la cabeza. Y la única persona que siente algo por lo que deja atrás, la única que se gira, se queda petrificada para siempre.

No quiero hacer teología, que no es lo mío. Pero me interesa mucho esa figura, porque creo que habla de algo que me pasa al escribir. Escribir sobre lo que me hizo daño es mirar atrás. Todo el tiempo. Cada canción sobre un ex es un giro de cabeza hacia la ciudad que ardía. Y el peligro, claro, es quedarse allí. Convertirse en estatua. Que la mirada hacia atrás te congele.

En «La playa del Mal Pas» hay una frase que siempre leo pensando en esto: la letra dice que sigue volviendo a esa playa, aunque sea con la memoria. Volver con la memoria. Mirar atrás. Y, sin embargo, en esa canción no hay estatua: hay alguien que mira la playa desde lejos y sigue andando.

Mirar atrás sin quedarse quieto

Creo que la diferencia entre la mujer de Lot y una canción es el movimiento.

La mujer de Lot mira atrás y se para. Yo miro atrás y escribo. Y escribir es moverse. Es coger lo que ves cuando te giras y meterlo en una frase, en un estribillo, en una rima mala, en un chiste. Es transformar la mirada en algo que sale de ti y se va. La estatua se queda. La canción viaja.

Esto lo digo con cuidado, porque no quiero que suene a receta. Ha habido épocas en las que mirar atrás me ha dejado quieto, por mucho que escribiera. La escritura no es una vacuna. Pero cuando funciona, funciona así: me deja mirar sin quedarme pegado. Me deja ver la ciudad ardiendo y, a la vez, seguir caminando hacia otro sitio.

Si tuviera que explicar para qué me sirvieron las canciones en los peores momentos, diría eso. Que me dejaron mirar atrás sin convertirme en sal.

Ni una pizca de sal

La sal aparece también en otra letra, en un tono muy distinto. En «Ni un pimiento» hay un verso que dice: «El sufrimiento no vale ni una pizca de sal».

Aquí la sal ya no es el resto que deja un vampiro. Es una unidad de medida. La cosa más pequeña y más barata que se te ocurre. Una pizca. Lo que coges con dos dedos para echarle a la tortilla. Decir que el sufrimiento no vale ni eso es una forma de decir que no vale nada, que no merece la pena, que es un mal negocio.

Tiene gracia, porque la sal durante muchísimos siglos fue carísima. Hubo guerras por la sal, rutas comerciales enteras, impuestos que hacían temblar a los reyes. La explicación que se repite siempre dice que la palabra salario viene de la sal que se pagaba a los soldados romanos, aunque los filólogos discuten si fue exactamente así. Sea como sea, la sal fue riqueza. Y ahora es lo que vale menos en el súper.

Me gusta que mi canción use la sal en ese sentido de calderilla. Es muy de barrio. Muy de abuela que dice que algo no vale ni un pimiento, ni un duro, ni una pizca de sal. Y es muy de Planeta Gayfolk eso de medir el dolor con cosas de cocina.

Un poco de gracia y otra de sal

Y luego, para que no todo sea tragedia, la sal más bonita. La de «Verde», una rumba, que en un momento dice: «Un poco de gracia y otra de sal».

En español, la sal tiene otro oficio además de mineral: es gracia. Tener salero, ser salado, ser una salada. Una persona con sal es una persona con chispa, con arte, con ese algo que hace reír. Lola Flores tenía sal. Las abuelas de Cádiz tienen sal. Y cuando se dice de un chiste que es de sal gorda, se está diciendo que es un chiste grueso, de los que no se andan con finuras.

Ahí está la clave de todo este texto, lo descubrí escribiéndolo. La sal que deja el vampiro y la sal de la rumba son la misma palabra. La sal de las lágrimas y la sal del salero. El llanto y la gracia salen del mismo mineral.

Y eso, para mí, es casi una poética. Es lo que hago en casi todas mis canciones. Coger la sal de las lágrimas y convertirla en sal de chiste. No borrar el llanto, sino darle la vuelta, como quien coge el salero del drama y lo usa para aliñar una ensalada de risas. Que es, por cierto, la misma ensalada de la que hablo en «Un invitado VIP cortando cebolla», cuando el que llora por la calle dice que viene de cortar cebolla.

Salado a un lado del mar y al otro

Hay un detalle de la palabra que me encanta y que descubrí hablando con gente de fuera. En España, si dices que alguien es muy salado, le estás echando un piropo: tiene gracia, tiene chispa, te hace reír. Pero en buena parte de América Latina, estar salado significa tener mala suerte. Estar gafado. Que todo te salga torcido. En México, en el Caribe, en varios países de Sudamérica, a alguien le dicen que está salado cuando encadena una desgracia detrás de otra, y salar a alguien es echarle el mal fario.

Así que la misma palabra, a un lado y al otro del Atlántico, significa ser gracioso y ser desgraciado. Y yo, que me paso la vida escribiendo canciones en las que la desgracia se cuenta con gracia, no puedo imaginar una palabra que me represente mejor. Soy salado en las dos acepciones. Me han pasado cosas de salado de las de allí, y las cuento como un salado de los de aquí.

Pienso en esto cada vez que alguien me pregunta por qué me río de cosas tan serias. Porque la sal no elige. Es la misma en la lágrima y en el chiste, la misma en la mala suerte y en el salero. Lo único que cambia es quién la mira y desde dónde. Una canción puede ser las dos cosas a la vez, y las mías casi siempre lo son. Hay quien escucha «Como en la matanza de Texas» y se ríe con la escena del buen hombre que llama a la policía y se queda sin energía. Hay quien la escucha y se le encoge el estómago. Las dos personas tienen razón.

Creo que, de algún modo, esto también es el Planeta Gayfolk. Un sitio donde las palabras significan dos cosas a la vez y nadie te obliga a elegir una. Donde mariposa es un insulto y un bicho precioso, donde marica es un dardo y una firma, y donde salado es tener mala suerte y tener arte. El planeta no tiene diccionario oficial. Tiene un salero encima de la mesa y cada uno se sirve lo que necesita.

La sal gorda como forma de decir

Mis letras tienen mucha sal gorda. Lo sé, y no pido perdón. Hay insultos con nombre de pueblo, hay almorranas, hay pollas, hay chonis en cruceros y narcisistas de saldo. Hay quien me lo ha echado en cara: que si tanta burrada, que si tanta exageración.

Pero la sal gorda tiene una ventaja sobre la sal fina. Se ve. Se nota en la boca. No te la puedes saltar. Cuando cuento algo que me dolió con un chiste de sal gorda, el que escucha no puede hacer como que no lo ha oído. Se ríe, o se escandaliza, o las dos cosas. Pero no pasa de largo.

En «El narcisista» hay un lanzallamas y un corazón congelado, y esa exageración es también sal gorda. No existe ningún lanzallamas. Lo que existe es la sensación de haberlo intentado todo con alguien que no se derretía. La exageración es la forma más honesta que tengo de contar el tamaño de algo que, contado en tamaño real, nadie se creería.

Así que cuando digo que escribir me ayudó a sacar lo que sentía, quiero decir esto. No lo saqué con fórmulas suaves ni con palabras de terapia. Lo saqué a puñados, como se echa la sal gorda al agua de la pasta. Y el agua, de pronto, hirvió.

Lo que queda cuando el agua se va

Hay una imagen física que me ayuda a pensar en todo esto. Las salinas.

En la costa de Alicante, muy cerca de los sitios donde transcurren tantas de mis letras, hay salinas: balsas poco profundas donde se deja el agua del mar al sol hasta que se evapora y queda la sal. Las de Santa Pola, la laguna rosa de Torrevieja. Paisajes planos, que deslumbran, con flamencos de patas largas. Desde la carretera parecen nieve en pleno verano.

Lo que pasa en una salina es lento. El agua se va, gota a gota, y lo que queda es un cristal. Algo sólido, blanco, que se puede coger con la mano y guardar.

Creo que las canciones hacen eso con las lágrimas. Las lágrimas son agua. Se van, se secan, se olvidan. Pero si las dejas al sol el tiempo suficiente, si las escribes, queda algo. Un cristal. Una frase. Un estribillo que se puede guardar y volver a escuchar. Lo que lloré se evaporó hace tiempo. La sal de esas lágrimas está en las letras.

No es una imagen alegre del todo. La sal sigue siendo sal: pica, seca, no deja crecer cosas. Pero también conserva. Por eso se salaban los jamones, el bacalao, las sardinas de las latas. La sal es lo que impide que algo se pudra. Y quizá por eso me ha servido tanto escribir: porque me ha dejado conservar lo vivido sin que se me pudriera dentro.

Sal en la herida

Hay una última expresión que no podía dejar fuera: echar sal en la herida.

Es lo que hace alguien cuando, encima de hacerte daño, te lo recuerda. Cuando te dice que exageras, que no fue para tanto, que lo tuyo es teatro. Escuece el doble. Y en las canciones sobre narcisistas del Planeta Gayfolk eso pasa mucho: el daño y, después, la versión de la historia en la que el malo eres tú.

Pero hay algo curioso con la sal en las heridas, y es que antiguamente se usaba para limpiarlas. Escocía, sí, pero desinfectaba. Los marineros se curaban las heridas con agua de mar. No recomiendo hacerlo, que para eso están los botiquines y los centros de salud. Pero como metáfora me sirve: hay dolores que hay que mirar de frente aunque escuezan, porque si no se tapan y se infectan.

Escribir canciones sobre lo que me hizo daño ha sido muchas veces echarme sal en la herida yo solo. Escuece. Pero luego la herida cierra mejor.

Si la sal te está pesando

Si al leer esto te has visto en el sitio del que se queda con la tierra salada, si alguien te ha convertido la esperanza en otra cosa, no tienes por qué cargar con ello en silencio. En esta web tengo una serie sobre salud mental con más información, y estos son los teléfonos que conviene tener a mano:

  • 024: la línea de atención a la conducta suicida y a las crisis emocionales en España. No cuesta nada, no queda en la factura y contestan de día y de noche, también por chat.
  • 112: para cualquier emergencia en la que haya un peligro inmediato.
  • 717 003 717: el Teléfono de la Esperanza, con gente que escucha en los momentos de crisis.
  • 900 20 20 10: la Fundación ANAR, para menores de edad y para los adultos de su entorno.
  • findahelpline.com: si estás fuera de España, ahí encuentras la línea de tu país.

El salero del planeta

En el Planeta Gayfolk hay mucha sal. Hay sal de mar en las playas de Benidorm, sal de lágrimas en las canciones de ruptura, sal de chiste en las rumbas y las coplas, sal de vampiro en las de terror. Si algún día alguien hiciera un mapa del planeta, yo pondría un salero en el centro, como esas figuras gigantes que hay en las rotondas de los pueblos.

Porque al final es eso. Una misma palabra para el llanto y para la gracia. Un mismo mineral para lo que te quitan y para lo que te ayuda a seguir. El vampiro me convirtió la esperanza en sal. Yo cogí la sal y le eché a las canciones. Y en esa lista de lo que me ayuda a respirar que ya escribí alguna vez, la sal está ahora del otro lado.

Un poco de gracia y otra de sal. Así se aliña lo que duele.

Preguntas frecuentes

¿En qué canción aparece «Te alimentas de esperanza y la conviertes en sal»? En «Como en la matanza de Texas», del primer disco de la trilogía GAYFOLK, «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk». El verso forma parte del estribillo y está dirigido a un vampiro emocional.

¿Qué otras letras de Mike Sain't Louis hablan de la sal? «Ni un pimiento» dice que «El sufrimiento no vale ni una pizca de sal» y la rumba «Verde» pide «Un poco de gracia y otra de sal». La primera usa la sal como medida de lo que no vale nada; la segunda, como sinónimo de gracia y salero.

¿Qué tiene que ver la mujer de Lot con las canciones? Es una imagen del Génesis: la mujer que se convierte en estatua de sal por mirar atrás al huir de Sodoma. El texto la usa para hablar de escribir sobre el pasado sin quedarse paralizado en él.

¿Quién escribe las letras? Las letras son de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical. La música y la interpretación vocal se hacen con inteligencia artificial.

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