
Por Mike Sain't Louis ·
Sangre invisible: «Como en la matanza de Texas» y por qué nadie cree a quien pide ayuda
Un tipo con el pelo negro peinado hacia atrás, barba de varios días y la mirada fija en la cámara sostiene una motosierra apoyada en el hombro. Lleva la camisa abierta, un delantal de carnicero lleno de manchas y la piel salpicada de rojo. Detrás hay una casa de madera vieja con el porche torcido, un molino de viento de los de rancho, árboles secos y un cielo rojo con el sol hundiéndose en el horizonte. Las letras del título están en rojo sangre, con ese aire de póster de videoclub de terror que alquilabas a escondidas.
Esa es la portada de «Como en la matanza de Texas». Y tiene una trampa. Porque si escuchas la canción, enseguida ves que la persona que habla no es el de la motosierra. Es la víctima. El monstruo de la letra no lleva motosierra, ni delantal, ni nada que se vea. Y esa es justo la idea que quiero contar aquí.
La canción está en «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer disco de la trilogía. Su ficha en el blog ya retrata al vampiro emocional que la protagoniza, y en otro texto del blog ya expliqué por qué hablo tanto del desamor con películas de terror. Aquí quiero centrarme en otra cosa, en lo que pasa al final de la canción: el momento en que la víctima pide ayuda y nadie la cree. O peor, la creen un rato y luego dejan de creerla.
El monstruo que no se ve
En las películas de terror de los setenta, el monstruo se ve. Lleva una máscara, una motosierra, un cuchillo enorme. Sabes quién es desde la primera escena. El miedo viene de no saber cuándo va a aparecer, pero nunca de no saber quién es.
En la canción pasa lo contrario. El vampiro emocional entra en el bar arrastrando cadenas y con una sonrisa forzada, sí, pero esas cadenas no las ve nadie más que la persona que habla. Para los demás es un tipo simpático que saluda. La letra lo dice muy claro: lleva una máscara de inocencia, difícil de sospechar. No hay colmillos. No hay capa. Hay encanto.
Y eso es mucho más terrorífico que cualquier motosierra. Porque al de la motosierra lo puedes señalar. Al otro no. Cuando intentas explicar lo que te está haciendo, los demás miran al tipo simpático del bar y piensan que exageras. La portada, con su carnicero manchado de sangre, es la versión fácil del monstruo. La letra es la versión difícil.
Cadenas en el bar
Vuelvo al primer verso, porque la escena de entrada tiene más miga de la que parece. El vampiro arrastra sus cadenas por el bar. Y las cadenas, en el cine y en los cuentos, son cosa de fantasmas. El espectro que vaga por el castillo arrastrando hierros, el muerto que no descansa.
Me gusta que la canción mezcle las dos criaturas. Es vampiro porque chupa, pero entra como fantasma, con su ruido de cadenas y su sonrisa forzada. Y el sitio por el que se pasea no es un castillo, es un bar. Para mucha gente del colectivo, el bar es el lugar donde se socializa, donde se liga, donde se encuentra a los suyos. Que el monstruo se mueva justo por ahí lo hace mucho más cercano.
No hace falta irse a Transilvania. El vampiro está en la barra de tu bar de siempre, pidiendo otra ronda, saludando a todo el mundo. Y solo tú oyes las cadenas, mientras los demás se ríen de sus chistes y le invitan a la siguiente copa.
Muerde sin sangrar
Hay un verso al principio que lo resume todo. «Muerdes sin sangrar, pero dejas cicatriz». Es una frase que me parece de las más precisas de mi catálogo para hablar de cierto tipo de daño.

Un mordisco que no sangra no se puede enseñar. No hay herida abierta, no hay venda, no hay marca que puedas fotografiar para el parte. Y sin embargo la cicatriz queda. La notas tú cada vez que alguien te habla con un tono parecido, cada vez que vuelves a ese bar, cada vez que alguien nuevo te sonríe y te descubres desconfiando.
Ese tipo de daño es el que más cuesta contar. Si alguien te pega, tienes un moratón. Si alguien te manipula durante meses, lo que tienes es una sensación. Y las sensaciones, por mucho que pesen, se pueden discutir. Siempre hay alguien dispuesto a decirte que lo has entendido mal, que él no es así, que a lo mejor eres tú.
La prueba del delito
Más adelante la letra vuelve a la misma idea con otra imagen, todavía más clara. Habla de sangre invisible y dice que «no hay prueba del delito ni un charco que limpiar». Y justo antes, de forma muy irónica, la víctima suelta un qué diversión, soy fácil de atrapar.
Me hace gracia esa ironía porque es la de alguien que ya está harto. Es el sarcasmo de quien lo ha intentado explicar muchas veces y se ha encontrado siempre con la misma cara de escepticismo. Qué diversión. Sí, claro. Me ha atrapado el más simpático del bar y encima no tengo pruebas.
La ausencia de charco es la clave de toda la canción. En una película de terror, la escena del crimen está llena de sangre y la policía llega, mira y entiende. Aquí no hay escena del crimen. La víctima tiene que convencer a los demás de algo que no se ve. Y eso, la canción lo sabe, es una batalla que casi siempre se pierde.
La esperanza convertida en sal
Hay una imagen en el estribillo largo que me parece de las más bonitas de la letra, a pesar de lo que cuenta. El vampiro se alimenta de esperanza y la convierte en sal. Y cada lágrima robada es un trofeo más.
La sal es lo que queda cuando el agua se evapora. Es lo que se seca en la cara después de llorar. Y también es lo que se echa en las heridas para que escuezan. Convertir la esperanza en sal es eso: coger lo mejor que tiene alguien, sus ganas, sus ilusiones, lo que todavía espera de la relación, y dejarlo reducido a un resto amargo que pica.
Y luego están los trofeos. Las lágrimas como colección. Es una imagen muy de depredador, de cazador que cuelga cabezas en la pared. Al vampiro no le basta con hacer daño, necesita guardarlo, exhibirlo, contarlo. La canción no lo dice así, pero yo me imagino una estantería llena de frasquitos de lágrimas, cada una con su nombre. Y me da más miedo que cualquier motosierra.
Corre gritando y nadie contesta
Y entonces llega la escena final, la que da título a la canción. La letra se convierte en guion de cine. La víctima va corriendo, gritando, buscando ayuda, como en La matanza de Texas. Y nadie contesta.
Cualquiera que haya visto la película original de 1974 se acuerda de esa sensación. La chica que consigue escapar corre por el campo de noche, grita, llama a puertas, y la ayuda no llega. O peor, llega y no es lo que parece. En la película, cuando por fin encuentra a alguien en una gasolinera, el hombre que la atiende resulta ser de la familia de los asesinos.
La canción coge esa estructura y la traslada a una historia de manipulación. Tú corres contando lo que te pasa, a tus amigos, a tu familia, a quien te quiera escuchar. Y muchas veces nadie contesta. No porque sean malos, sino porque no entienden. Porque lo que cuentas no tiene charco. Porque el que te ha hecho daño les cae bien.
Por fin alguien te abre la puerta
Pero la canción no se queda ahí. Le da a la víctima un pequeño momento de esperanza. Por fin alguien le abre la puerta. Le explica su historia, tan cruda, le despeja las dudas. Y ese alguien le hace caso. Le dice que lo siente mucho, muchacho. Y el buen hombre va a llamar a la policía.

Es un tramo de la letra que me emociona porque describe algo muy concreto: el alivio de que alguien te crea. Después de tanto correr sin respuesta, aparece una persona que escucha, que no duda, que dice lo siento. A veces eso es lo único que necesita alguien que ha pasado por algo así. No que le solucionen nada. Solo que le crean.
Y la letra le pone un nombre muy bonito a esa persona: el buen hombre. No un héroe, no un salvador, no un policía. Un buen hombre. Alguien normal que abre la puerta y escucha. Me parece una figura preciosa, y por eso duele tanto lo que viene después.
Y entonces llega el vampiro detrás
Porque, como dice la letra, pasa lo que pasa siempre en las películas, sobre todo en las de terror. Llega el vampiro emocional detrás. Y le quita al buen hombre también la energía.
Esta es, para mí, la escena más terrible de la canción, aunque esté escrita casi en tono de comedia. El vampiro no tiene que atacar a la víctima otra vez. Le basta con aparecer y ganarse al que la estaba ayudando. Con su encanto, con su sonrisa, con su versión de los hechos. Y el buen hombre, que hace un minuto decía lo siento mucho, ahora está vacío también.
Quien haya vivido algo parecido sabe que esto pasa. Cuentas lo que te ha hecho alguien, encuentras por fin a una persona que te escucha, y a la semana esa persona está tomándose algo con él. O te dice que a lo mejor deberías hablarlo con calma. O que él le ha contado otra cosa. El vampiro no solo se alimenta de ti. Se alimenta de tus apoyos.
De nada sirve la policía
Y llega el grito. «¡De nada sirve la policía!». Es una frase que suena a chiste, a final de película de serie B, y al mismo tiempo es amarguísima.
No la leo como una frase contra la policía en concreto. La leo como una frase contra la idea de que siempre hay alguien con autoridad que va a venir a poner las cosas en su sitio. En las películas de terror, la policía llega tarde o no llega. Y en las historias de manipulación pasa algo parecido: no hay ninguna institución que pueda arreglar un daño que no se ve. No hay denuncia para que te hayan vaciado por dentro.
Eso no quiere decir que no haya que pedir ayuda. Al contrario. Pero la canción es honesta con una cosa que casi nadie dice abiertamente: que a veces pides ayuda y la ayuda no basta. Y que eso no es culpa tuya.
Menuda ironía
La canción termina con una imagen que es casi un cartel: «él con cara de alegría y yo en plena agonía», con esa rima facilona que la hace todavía más cruel. Y luego un último te lo he dicho muchas veces, eres un vampiro emocional.

Esa rima me encanta porque es exactamente la injusticia de la que habla toda la canción. El que hace daño sale contento. El que lo recibe se queda destrozado. Y además la gente ve la cara de alegría del uno y la agonía del otro y saca sus conclusiones. El que está tranquilo parece el sensato. El que está mal parece el exagerado.
Por eso el final no es una victoria. Es una constatación. Te lo he dicho muchas veces. Es lo que dice alguien que ya no espera que le hagan caso, pero que se niega a callarse. Y para mí eso es una forma de resistencia. Aunque nadie te crea, sigues diciendo lo que es.
La promesa de justicia
Hay una parte de la canción que va en otra dirección y que no quiero olvidar. A mitad de letra, la víctima anuncia que cada ciclo tiene su final, que el vampiro se va a ahogar en su propio juego, que las sombras que invoca le van a devorar y que su imperio de dolor va a explotar.
Es la parte de la letra que más se parece a una maldición. Y me gusta que esté ahí, porque equilibra el final. La escena de la casa y la policía es pesimista: nadie te salva. Pero esta estrofa dice otra cosa: puede que nadie te salve, pero esto no dura para siempre. El vampiro también tiene su final.
No sé si eso es verdad en la vida real. La canción tampoco lo sabe, solo lo desea. Pero en una historia donde todo el mundo duda de la víctima, que ella misma tenga claro que el ciclo se acaba ya es algo. Es lo que se dice uno a sí mismo para aguantar. Este tío no va a durar siempre. Y yo sí.
Elegir al más débil
Hay un verso que pasa rápido pero que explica mucho. El vampiro selecciona al más débil y empieza a atacar. No elige al azar. Elige.
Y aquí la canción toca algo que me parece importante para mucha gente del colectivo. Los manipuladores tienen un olfato finísimo para la gente que está sola, que acaba de llegar a una ciudad, que todavía no ha salido del armario con su familia, que tiene la autoestima por los suelos después de una ruptura. Buscan a quien tenga menos gente alrededor para contrastar. A quien sea más fácil aislar.
No lo digo para culpar a nadie de haber caído. Lo digo justo por lo contrario. Si te ha pasado, no es porque fueras tonto. Es porque alguien te eligió precisamente cuando estabas más expuesto. Y la canción, al poner ese verso, le quita a la víctima la culpa y se la devuelve al que la tiene.
El de la motosierra no es el malo
Vuelvo a la portada para cerrar el círculo. El tipo de la motosierra, con su delantal manchado y su casa de rancho detrás. Al principio parece el villano. Pero cuanto más escuchas la canción, más claro tienes que no lo es. El villano de verdad no saldría nunca en una portada así. Saldría sonriendo en un bar, con una copa en la mano.

Hay otra lectura que me gusta todavía más. A lo mejor el de la motosierra es la víctima, harta, al final de todo. El que ha corrido gritando, el que ha llamado a puertas, el que ha visto cómo el vampiro le quitaba hasta al buen hombre. Y que ahora mira a cámara manchado de rojo, con cara de no tener ya nada que perder. No como amenaza, sino como imagen de lo que hace contigo una historia así: te deja hecho un cuadro.
Me gusta esa ambigüedad. En las películas de terror, la última chica que queda viva suele acabar cubierta de sangre. No es la asesina. Es la superviviente. Y a lo mejor eso es lo que muestra la portada.
Terror camp para contar algo serio
Todo esto lo cuenta la canción con un tono que no es solemne. Hay exclamaciones, rimas fáciles, ironía, un qué decepción que parece sacado de una serie de sobremesa. Es terror camp. Y lo he dicho otras veces: el camp no es un chiste aunque te rías.
Creo que hay cosas que solo se pueden contar así. Si escribiera una canción seria y triste sobre que nadie te cree cuando te manipulan, a lo mejor no la escucharía nadie. O la escucharían con la cara de póquer con la que se escucha un sermón. En cambio, si la vistes de película de motosierra, con su gasolinera, su buen hombre y su vampiro, la gente se ríe. Y mientras se ríe, se le queda dentro la idea.
En mi catálogo hay mucha gente así, de esa que vacía a los demás. Está el de «El narcisista», el de «Perverso narcisista», y la canción que lleva directamente el nombre de «Vampiro emocional». Si te interesa la parte más cómica de la galería, tengo una pequeña tipología cómica de exnovios. Y si lo que necesitas es el después, está el día de la liberación y el día siguiente.
Para quien no fue creído
«Como en la matanza de Texas» es para quien alguna vez contó algo y no le creyeron. Para quien vio cómo el que le hizo daño se ganaba a sus amigos. Para quien encontró por fin a un buen hombre que le escuchó y luego lo perdió también. Para quien tiene cicatrices de mordiscos que no sangraron.
También es para los buenos hombres. Para quien alguna vez abrió la puerta a alguien que corría gritando. Por si sirve de aviso: cuando llegue el simpático detrás, con su sonrisa y su versión, acuérdate de la cara del que llegó primero.
Y es para quien todavía está dentro. Para quien lee esto y reconoce al tipo simpático del bar, las cadenas que solo oye él, la esperanza convertida en sal. No sé si una canción puede sacar a nadie de ahí. Probablemente no. Pero a lo mejor sirve para algo más pequeño y más útil: para que esa persona sepa que no se lo está inventando. Que lo que le pasa tiene nombre, que le ha pasado a más gente y que hay quien lo ha contado con motosierras y rimas tontas para que se entienda. A veces lo primero que necesitas para pedir ayuda es saber que lo tuyo es real. Y si nadie más te lo dice, que te lo diga una canción.
Y es, por supuesto, para escucharla con la luz encendida.
Como letrista, esta es de las canciones de las que más orgulloso estoy de la primera época. Me presento como «el primer cantautor IA» porque la música y las voces las hago con inteligencia artificial, pero la decisión de meter una gasolinera de película de terror en una canción sobre la manipulación es mía. Y creo que es de las buenas.
Preguntas frecuentes
¿En qué disco está «Como en la matanza de Texas»? En «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer disco de la trilogía GAYFOLK de Mike Sain't Louis.
¿De qué habla «Como en la matanza de Texas»? De un vampiro emocional, alguien que manipula y vacía a los demás sin dejar pruebas. La parte final cuenta, como si fuera una película de terror, cómo la víctima pide ayuda, nadie contesta y, cuando por fin alguien la cree, el vampiro llega detrás y se gana también a esa persona.
¿Por qué se llama así? Por la escena final, en la que la víctima corre gritando y buscando ayuda como en la película La matanza de Texas, y nadie contesta.
¿Qué aparece en la portada? Un hombre manchado de rojo con delantal de carnicero y una motosierra al hombro, delante de una casa de madera vieja, un molino de viento y un cielo rojo, con estética de póster de cine de terror.
¿Quién hizo la canción? La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La música y las voces se hicieron con herramientas de inteligencia artificial.