
Por Mike Sain't Louis ·
«Este es el procedimiento»: «Dientes, dientes» y cómo se responde a quien te vigila
Un hombre con el pelo negro de punta, barba cerrada y cejas fruncidas mira a cámara con cara de pocos amigos. Lleva sobre los hombros un abrigo enorme de plumas negras y rojas, abierto sobre el pecho tatuado, y detrás de él todo arde: llamas naranjas que suben por los dos lados hasta perderse en el negro. Abajo, en letras gruesas y gastadas, «DIENTES,» en blanco y «DIENTES» en rojo.
Es la portada de «Dientes, dientes», y me hace mucha gracia porque el hombre de la foto no está enseñando los dientes. Está serio. Muy serio. Con un abrigo de plumas que parece de ave fénix y un incendio detrás. La sonrisa que da título a la canción no aparece en la imagen. Aparece el fuego del que sale quien la pone.
La canción está en «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer disco de la trilogía, y en la lista completa de singles es el número 246. Su ficha en el blog ya explica la sonrisa como arma contra la envidia. Aquí quiero fijarme en otra cosa: en la persona envidiosa que vigila cada paso, y en esa palabra tan rara para una canción que aparece en mitad de la segunda estrofa: procedimiento. Porque «Dientes, dientes» es menos una actitud que un protocolo.
Una frase que ya era de todos
Antes de que fuera estribillo, «dientes, dientes, que es lo que les jode» ya era una frase de dominio público. Se hizo célebre en boca de Isabel Pantoja delante de las cámaras de la prensa del corazón y desde entonces media España la usa como consigna: a quien te quiere ver mal, se le contesta con una sonrisa.
Me interesa mucho cómo funcionan esas frases. Nacen en un sitio muy concreto, un posado, una salida de juzgado, un plató, y en pocos años ya no pertenecen a nadie. Las dice tu tía en la boda, tu compañera de piso cuando se cruza con su ex, el camarero cuando el cliente pesado se va. Se convierten en refrán.
Lo que hace la canción es coger ese refrán moderno y tratarlo como lo que es: una herramienta. Algo que se puede usar una y otra vez, que tiene sus pasos y sus efectos. El estribillo no explica la frase. La ejecuta.
El que vigila
La segunda estrofa tiene un verso que me parece la clave de toda la canción: «Me controlas cada movimiento».
La envidia que describe «Dientes, dientes» no es la que se siente en silencio y se queda dentro. Es la que vigila. La que mira tus historias, se entera de dónde has estado, comenta lo que haces, cuenta lo que has dicho. Es una envidia con prismáticos.
Todos conocemos a alguien así. A veces es un compañero de trabajo que siempre sabe a qué hora has llegado. A veces es alguien del grupo de amigos que te pregunta por todo con un interés un poco excesivo. A veces es un ex que no te habla pero lo ve todo. La forma cambia. El gesto es el mismo: estar pendiente de tu vida más que de la suya.
Y lo interesante es que esa vigilancia ya es una forma de confesión. Nadie controla cada movimiento de alguien que no le importa. Si te miran tanto, es porque algo tuyo les pesa.
Debería ponerte en tratamiento
La segunda estrofa empieza casi como una consulta médica: debería ponerte en tratamiento. Tanta envidia debe ser un sufrimiento.

Me encanta ese giro, porque cambia por completo la posición de quien habla. Ya no es la víctima de la envidia. Es el médico. Mira al envidioso desde arriba, con la bata puesta, y le diagnostica. Pobre. Eso tiene que doler.
Hay algo muy camp en esa compasión fingida. No es compasión de verdad, claro. Es una forma muy fina de humillar. En lugar de enfadarte con quien te tiene manía, le compadeces. Y la compasión, cuando no la has pedido, escuece más que un insulto.
Pero también hay algo de verdad en el diagnóstico. La envidia sostenida en el tiempo es agotadora para quien la siente. Pasarte el día pendiente de lo que hace otro, comparando, contando, rumiando, es un trabajo a jornada completa. Quien envidia así sufre. La canción lo dice con sorna, pero lo dice.
¡Don’t worry!
Y justo después del diagnóstico llega una frase en inglés, con exclamación y todo: ¡Don’t worry! Este es el procedimiento.
Es mi momento favorito de la letra. Esa mezcla de idiomas en mitad de una estrofa castiza tiene un aire de azafata de vuelo, de enfermera de serie americana, de alguien que te explica con una sonrisa profesional lo que va a pasar a continuación. No se preocupe. Todo está bajo control. Esto es lo que hacemos siempre.
Y el procedimiento es el estribillo. Dientes, dientes.
Lo que me gusta de llamarlo procedimiento es que le quita toda la emoción al asunto. No es una reacción. No es un arrebato. Es lo que se hace, igual que hay un protocolo para un incendio o para una evacuación. Cuando aparece el envidioso, no piensas, no te alteras, no discutes. Aplicas el procedimiento.
El procedimiento, paso a paso
Si tuviera que escribir el protocolo de «Dientes, dientes» como si fuera un cartel de emergencia pegado detrás de la puerta, sería algo así.
Primero, identificar. Ten cuidado que la envidia mata, dice la canción en su primer verso. Hay que saber reconocerla. No toda crítica es envidia, pero la que vigila cada movimiento sí suele serlo.
Segundo, no comprar la mercancía. No me vengas con tu falsedad barata. La envidia muchas veces llega disfrazada de preocupación, de consejo, de broma. Hay que verle la etiqueta del precio.
Tercero, colocarse. Yo soy el oro y tú no llegas ni a plata. No por soberbia, sino para no olvidar dónde está cada uno.
Cuarto, sonreír. Dientes, dientes.
Y quinto, dejar que la sonrisa haga su trabajo: así su rabia muere, así su odio no muerde.
Es un protocolo muy sencillo. Lo difícil, como con todos los protocolos, es acordarse de aplicarlo cuando el humo ya está entrando por debajo de la puerta.
Ten cuidado que la envidia mata
La canción empieza con un aviso: ten cuidado que la envidia mata.
Es una frase que tiene algo de abuela, de dicho de pueblo. Y es ambigua, que es lo que me gusta. ¿A quién mata la envidia? ¿Al envidiado, porque el envidioso le hace daño? ¿O al envidioso, porque se consume por dentro?
La letra no lo aclara, y creo que las dos lecturas valen. El envidioso puede hacer mucho daño: chismes, zancadillas, comentarios por la espalda. Pero también se hace daño a sí mismo. La envidia que vigila cada movimiento de otro es una forma de no vivir tu propia vida.
Ese primer verso, además, marca el tono. No empieza con una queja ni con un lamento. Empieza con una advertencia, casi una amenaza educada. Ojo, que esto mata. Y a partir de ahí, la persona que habla no se va a dejar matar.
Falsedad barata
El segundo verso es un rechazo: no me vengas con tu falsedad barata.

Me hace gracia lo de barata. Falsa, vale. Pero además de mala calidad. Se le nota. Es la falsedad del que te felicita con la boca pequeña, del que te da dos besos y luego te despelleja en el grupo de WhatsApp, del que te dice «qué bien te veo» con un tono que significa exactamente lo contrario.
Hay falsedades muy elaboradas, muy bien hechas, que cuesta detectar. La de esta canción no es de esas. Es de mercadillo. Y por eso mismo la persona que habla la rechaza sin más: ni me la vendas, que se te ve el hilo.
Oro y plata
Luego viene la primera de las dos comparaciones del disco que más me gustan: yo soy el oro y tú no llegas ni a plata.
Es una frase de podio. De medallero olímpico. Y lo cruel no es que el otro sea plata, que ya sería quedar segundo. Es que no llega ni a plata. Ni siquiera está en el podio. Es cuarto, quinto, quién sabe.
Me parece una forma muy gráfica de explicar algo que pasa mucho con la envidia: el envidioso no compite contigo de verdad. Compite con una idea de ti. Y mientras tanto, tú ni sabías que había carrera. Para quien tiene envidia, la vida es una competición permanente. Para quien la sufre, muchas veces es simplemente su vida.
La canción, eso sí, acepta el juego. Si hay que poner medallas, que quede claro quién tiene el oro.
El ave fénix y la rata
Y la comparación que más gracia me hace de todo el primer disco: yo soy un ave fénix y tú eres una rata.
El ave fénix es el pájaro mitológico que arde y renace de sus cenizas. Es la imagen clásica de quien ha caído y se ha levantado. De quien ha pasado por el fuego y ha salido entero, o más entero que antes. Y la portada, con ese abrigo de plumas negras y rojas y el incendio detrás, es pura ave fénix.
Frente a eso, una rata. No un pájaro rival, no otro animal majestuoso. Una rata. El bicho que vive en las alcantarillas, que roe, que se esconde, que aparece cuando no miras.
La desproporción es lo que hace reír. Si la comparación fuera más equilibrada, sería un insulto normal. Así, es una caricatura. Y las caricaturas, como la sonrisa del estribillo, desarman mucho mejor que una contestación seria.
Lo que les jode, lo que les duele
El estribillo tiene cuatro versos y cada uno hace una cosa distinta.
Los dos primeros explican por qué funciona la sonrisa: es lo que les jode, es lo que les duele. Quien te envidia espera verte mal. Espera la cara larga, el enfado, la respuesta airada. Si en lugar de eso le sonríes, le quitas lo que había venido a buscar.
Los dos siguientes explican qué consigue: así su rabia muere, así su odio no muerde. Es casi un conjuro. La sonrisa no solo molesta al envidioso: le desactiva. Su rabia se queda sin combustible. Su odio, sin dientes.
Me gusta ese juego final con la palabra. Tú enseñas los dientes, y al envidioso se le quedan sin morder los suyos. La canción convierte la sonrisa en una especie de escudo dental. Dientes contra dientes, y ganan los tuyos.
Repetir hasta que no signifique nada
La palabra «dientes» sale muchísimas veces en la canción. Dos por verso, cuatro versos por estribillo, dos estribillos. Es una repetición que acaba vaciando la palabra.

Eso pasa con las palabras que se repiten mucho: dejan de significar y se convierten en sonido. Dientes, dientes, dientes, dientes. Al final ya no piensas en dientes. Piensas en un ritmo, en un golpe, en algo que se marca con el pie.
Y me parece adecuado para una canción que va de un procedimiento. Los protocolos se repiten hasta que se hacen automáticos. Hasta que no tienes que pensar en ellos. La repetición del estribillo es eso: un entrenamiento. Para que, cuando llegue el envidioso, la sonrisa salga sola.
Sonreír no es aguantar
Hay una lectura de «Dientes, dientes» que me gustaría evitar: la de que hay que sonreír y tragar. Poner buena cara a todo, no molestar, aguantar lo que te echen.
No va de eso. La sonrisa de la canción no es la del que se calla para no hacer ruido. Es la del que se calla porque ya ha decidido que el otro no merece la discusión. Son dos silencios muy distintos. El primero te come por dentro. El segundo te deja ligera.
La diferencia está en todo lo que rodea al estribillo. Antes de sonreír, la persona que habla ha avisado de que la envidia mata, ha rechazado la falsedad barata, se ha colocado en el oro y ha mandado al otro a la alcantarilla. Ha dicho todo lo que tenía que decir. La sonrisa no sustituye a esas palabras: llega después, como el punto final.
Por eso la canción no es un manual de sumisión. Es al revés. Sonreír, aquí, es una forma de poner un límite sin levantar la voz.
La envidia que viene de cerca
La canción no dice quién es el envidioso, y me parece bien. Pero hay algo en el tono, en ese control de cada movimiento, que hace pensar en alguien cercano. No en un desconocido de internet. En alguien que tiene acceso a tu vida.
La envidia que más duele suele venir de cerca. Del grupo de amigos, de la familia, del trabajo, del ambiente. En los espacios pequeños, donde todo el mundo se conoce, cualquier cosa que te salga bien se nota mucho. Un ligue, un trabajo nuevo, unas fotos de vacaciones, un poco de atención. Y siempre hay alguien que lo lleva peor de lo que dice.
Lo complicado de esa envidia cercana es que no puedes cortarla del todo. Vas a seguir viendo a esa persona en las cenas, en la oficina, en el bar de siempre. No hay bloqueo que valga. Y para eso sirve precisamente el procedimiento: para convivir con ella sin que te amargue.
Cuando la sonrisa no basta
Me gusta ser honesto con lo que puede y no puede hacer una canción. «Dientes, dientes» propone una respuesta muy eficaz para la envidia de baja intensidad: el comentario, la mirada, el chisme. Para eso, la sonrisa funciona de maravilla.
Pero hay envidias que van más allá. Que se convierten en acoso, en sabotaje, en daño real. Ahí la sonrisa no es suficiente, y la canción tampoco pretende que lo sea. Hay momentos en los que hay que alejarse, hablar con alguien, pedir ayuda o cortar del todo.
Lo digo porque no me gustaría que nadie escuchara esta canción y pensara que tiene que aguantar con buena cara cualquier cosa. El procedimiento es para el día a día. Para las emergencias de verdad, hay otros protocolos.
Un estribillo para el espejo
Hay otra forma de usar «Dientes, dientes» que no tiene nada que ver con el envidioso. Usarla delante del espejo.

Antes de salir de casa en un día malo, cuando sabes que te vas a cruzar con alguien que te mira de reojo, el estribillo funciona casi como un ensayo. Te miras, te colocas, enseñas los dientes. Lo practicas. Igual que un actor repasa el texto antes de salir a escena.
Y tiene algo de entrenamiento para la autoestima. Repetir que eres el oro, que eres un ave fénix, aunque ese día no te lo creas del todo, va dejando poso. No es magia. Es costumbre. Las frases que te dices por la mañana acaban siendo las que te sostienen por la tarde.
A lo mejor por eso el estribillo se repite tanto. No solo para que el envidioso lo oiga. También para que lo oigas tú. Y para que, a fuerza de oírlo tantas veces, un buen día te pilles sonriendo sin haberlo ensayado antes.
Una canción sin víctima
Hay muchas canciones sobre la envidia y la mayoría están escritas desde el dolor. Me han hecho daño, me han criticado, no entiendo por qué.
«Dientes, dientes» está escrita desde el otro lado. Aquí nadie llora. La persona que habla sabe que la envidian, sabe por qué, sabe lo que siente el otro y sabe lo que tiene que hacer. No hay ni un solo verso de duda.
Me parece importante que existan canciones así, sobre todo para gente LGTBI, que tantas veces ha tenido que aguantar miradas, comentarios y vigilancia. No todas las canciones tienen que ser de herida. Algunas tienen que ser de armadura. Y esta es de las segundas.
La portada: el fuego y las plumas
Vuelvo a la portada, porque creo que cuenta la canción de una forma muy distinta a la letra.
La letra es chulería y sonrisa. La portada es seriedad y fuego. El hombre no sonríe, mira con el ceño fruncido. Detrás de él arde todo. Y lleva ese abrigo de plumas negras y rojas que es, sin decirlo, el ave fénix del primer verso.
Creo que la portada enseña lo que hay detrás de la sonrisa. Para poder sonreír así al envidioso, primero has tenido que salir del fuego. La chulería del estribillo no es ingenua: es la de alguien que ya ha ardido y ha vuelto. Y por eso no le afecta tanto la rabia de una rata.
Entre un huevo y unos hipócritas
En la lista de singles, «Dientes, dientes» va justo después de «Esta es la composición nutricional de un huevo» y justo antes de «Hipócritas». Me hace gracia ese vecindario: un título que parece sacado de un manual de nutrición, una canción-protocolo contra la envidia y, detrás, otra dedicada a quienes esconden lo peor detrás de una sonrisa falsa.
Esa última vecindad me parece especialmente bonita. En «Dientes, dientes» la sonrisa es un escudo honesto. En «Hipócritas», la sonrisa es una careta. Son dos usos opuestos del mismo gesto, uno detrás del otro.
Para quien tiene a alguien mirando
«Dientes, dientes» es para quien tiene a alguien pendiente de cada paso. Para quien sabe que hay un compañero, una cuñada, un ex o un conocido que mira, comenta y cuenta. Para quien está cansado de explicarse.
Y es para ponerla antes de entrar en la reunión, en la cena familiar o en la fiesta donde sabes que estará esa persona. Para repasar el procedimiento por el camino. Oro, no plata. Fénix, no rata. Y, cuando llegue el momento, dientes.
Como letrista, me encanta haber metido una frase de la prensa del corazón, una consulta médica y una azafata en la misma canción contra la envidia. Me presento como «el primer cantautor IA» porque la música y las voces las hago con inteligencia artificial, pero el procedimiento es mío. Si lo necesitas a mano, está en descargas, gratis.
Preguntas frecuentes
¿En qué disco está «Dientes, dientes»? En «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer disco de la trilogía GAYFOLK de Mike Sain't Louis. En la lista completa de singles es el número 246.
¿De qué habla «Dientes, dientes»? De la envidia de alguien que controla cada movimiento de la persona que habla, y de la respuesta que propone la canción: no entrar al trapo, recordar quién es quién y contestar con una sonrisa.
¿De dónde viene la expresión «dientes, dientes»? Es una frase muy popular en España que se hizo célebre en boca de Isabel Pantoja ante las cámaras de la prensa del corazón, como forma de responder con una sonrisa a quien te quiere ver mal.
¿Qué aparece en la portada? Un hombre serio con barba y un abrigo de plumas negras y rojas, con llamas detrás y el título en letras blancas y rojas.
¿Quién hizo la canción? La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La música y las voces se hicieron con herramientas de inteligencia artificial.