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La caja rosa: lo que se tira y lo que se queda cuando te vas de casa

Una caja rosa en el fondo de un cubo de basura. Dentro, trescientas fotos. Encima, quizá, una peladura de mandarina y el envoltorio de un yogur griego del Lidl. Nadie la saca. Nadie la vuelve a mirar. Se queda ahí, con su lazo o sin él, hasta que pasa el camión.

Esa es la imagen que se me quedó cuando terminé de escribir «El Impostor», y es la que me sigue persiguiendo cuando la releo. No los reproches, que los hay a puñados. No las frases gordas. La caja.

Este texto no va del señor que inspiró la canción. De él ya está todo dicho en la letra, y no voy a añadir ni una coma. Va de las cosas. De lo que se tira y lo que se queda cuando una pareja se acaba y uno de los dos tiene que hacer la mudanza con los ojos hinchados.

El inventario

Toda ruptura que dura más de un par de años termina con un inventario. Lo sabe cualquiera que haya vivido con alguien.

Tu sartén, mi sartén. El edredón nórdico que compramos juntos en el IKEA de Alcorcón un sábado de lluvia. La tostadora que era de su madre. Los libros, que nadie sabe ya de quién eran porque se mezclaron en la misma estantería hace cuatro mudanzas. El cargador del móvil, que siempre es del otro. El bote de cristal con monedas de unas vacaciones que nunca llegaron.

Hacer ese inventario es de lo más humillante que conozco. Te sientas en el suelo del salón, con bolsas de basura de las grandes, de las negras, y vas separando la vida en dos montones. Y cada objeto es una pequeña discusión. Esto lo pagué yo. Esto me lo regalaste. Esto lo elegimos juntos y ahora ninguno de los dos lo quiere.

Hay objetos que se reparten con frialdad de notario. Y hay objetos que no se pueden repartir, porque no son cosas: son pruebas.

La caja rosa era una prueba.

Trescientas fotos

Lo cuenta la letra con una precisión de atestado policial. «Tiré una caja / Con trescientas fotos / Que yo le había / Regalado al cubo / De la basura».

Trescientas. No unas cuantas, no un montón. Trescientas. Me gusta que la cifra esté ahí, redonda y absurda, porque es la cifra de quien se ha pasado años imprimiendo fotos en una época en la que ya nadie imprime fotos. Quien regala trescientas fotos en papel no regala un objeto. Regala horas. Horas en la tienda de revelado del centro comercial, horas eligiendo cuáles salen bien, horas metiéndolas en una caja de un color concreto, que en este caso es rosa, porque el rosa en mis canciones casi nunca es casual.

Y luego la caja acaba en la basura. Lo que me interesa del verso es el sujeto. Quien la tira es quien la regaló. No el otro, que se supone que era su dueño. El que la había regalado con ilusión es el que tiene que deshacerse de ella el último día en la casa. Como si el regalo volviera a su remitente con un sello de devolución.

Eso, para mí, es la ruptura entera en una sola acción. Tienes que tirar tú lo que diste, porque al otro ni siquiera le importa lo suficiente como para tirarlo.

Piénsalo un segundo con la cabeza fría, si es que se puede. Tirar algo es un gesto. Tiene algo de rabia, de decisión, de portazo. Si el otro hubiera tirado la caja, al menos habría sentido algo, aunque fuera asco o rencor. Pero no la tira él. La tira quien la regaló, y el otro mira. Y luego se va. La indiferencia es eso: no molestarse ni en destruir lo que te dieron.

Hay quien quema cartas en la playa de la Malvarrosa la noche de San Juan, hay quien rompe fotos a cachitos en el váter de casa de su madre. Son rituales feos, pero son rituales. Aquí no hay ritual. Hay un cubo.

Lo que nadie recoge

Pero el verso que de verdad me duele viene un poco después.

Fotogramas del videoclip oficial de «El Impostor», de Mike Sain't Louis

«Y cuando al final se / Fue, en la basura / Seguía la caja / Rosa que con / Tanta ilusión / Le había regalado».

Seguía. Esa palabra es la que me desarma cada vez. No hubo un último gesto. No hubo un «espera, que esto me lo llevo». No hubo ni siquiera un vistazo de reojo, de los que se ven en las películas, cuando el actor coge una foto del montón, la mira, suspira y la guarda en el bolsillo de la chaqueta. Nada. La caja seguía en la basura. Él se fue y la caja se quedó.

He escrito muchas canciones de desamor con chiste. En «La casa de los mil cadáveres» me comparo con una actriz de película de terror y me llamo tonto a mí mismo dos veces seguidas. Hay una tipología cómica de exnovios en este mismo blog, con sus categorías y sus subcategorías. Me río de mis ex porque me sale así. Pero con la caja rosa no hay chiste posible. Lo he intentado. Le he dado vueltas a ver si encontraba la manera de meterle una burrada, una marca, un nombre de programa de la tele.

No hay manera. Algunas imágenes no se dejan.

La forma de un atestado

«El Impostor» no tiene la forma de una canción normal. No hay estribillo que se repita como un martillo. Es una letra larguísima, casi recitada, que avanza a base de «porque». Porque esto, porque lo otro, porque aquello. Es un alegato, o un atestado, o la declaración de alguien que entra en una comisaría a las tres de la mañana y pide que le tomen nota de todo, de todo, que no se le escape nada al funcionario.

Empieza con una pregunta al público. «¿Queréis saber / Por qué / me enteré / después / de seis años / de que / nunca estuvo / enamorado de mí?». Fíjate en cómo está partida. Una palabra, dos, tres. Como quien habla llorando y tiene que coger aire entre cada trozo de la frase. Esa partición no la hice para que quedara bonita en la página. La hice porque así es como se dice una cosa así en voz alta. Por trozos.

Y luego vienen las pruebas. Pequeñas, domésticas, de las que no saldrían en un juicio pero que saben a verdad. Un selfie con filtro mientras el otro llevaba una semana llorando. Una línea de móvil que había que mantener operativa a toda costa. Un audio. Las vacaciones. La cama.

He escrito en otro sitio sobre escribir deprisa y escribir despacio. Esta letra es de las rápidas, de las que salen de golpe, como el que vacía un cajón boca abajo encima de la cama. Por eso tiene esa forma de enumeración interminable. No hubo tiempo para ordenar. Y no quise ordenarla después, porque ordenarla habría sido mentir un poco.

El selfie con filtro

De todas las pruebas, la que más me fascina como letrista es la del selfie.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «Escucha esta canción y dime si hay algo falso.» de «El Impostor»

No es la más grave. Hay cosas en la letra mucho más duras. Pero es la más visual, la más de nuestra época, la que alguien que lea la canción dentro de cincuenta años va a necesitar que le expliquen con una nota al pie.

Mientras uno lloraba, el otro se hacía una foto a sí mismo y le añadía un efecto. Un filtro. Las orejitas de perro, el brillo en la piel, el suavizado que te borra las ojeras. No sé cuál era, la letra no lo dice, y no me lo voy a inventar. Pero la imagen es devastadora en su pequeñez. Al lado, alguien con los ojos rojos. Delante del móvil, alguien preocupado por cómo le queda la luz.

Esto lo pongo junto a la caja rosa y se entiende todo. Uno imprime trescientas fotos de los dos. El otro se hace una foto de sí mismo. Uno guarda la memoria compartida en una caja. El otro guarda su cara en la nube. Son dos maneras de entender qué es una foto, y en el fondo dos maneras de entender qué es una pareja.

Los objetos que mienten

Hay otro detalle en la letra que tiene que ver con las cosas y que me parece muy fino, aunque lo escribiera sin pensarlo mucho.

Los «llantos forzados». El último día, mientras la caja caía en el cubo, se oían llantos. Pero la letra dice que eran forzados. Es decir: el llanto también puede ser un objeto. Algo que se saca del armario para la ocasión, como la vajilla buena en Nochebuena o el traje que solo te pones en los entierros.

Me interesa mucho esa idea, porque en mis canciones sobre narcisismo aparece una y otra vez. La emoción como atrezo. El llanto como decorado. En «El descarte del narcisista» le doy la vuelta y hablo de quien llora de verdad, a solas, sin entender nada. En «El Impostor» el llanto de verdad y el llanto de teatro están en la misma habitación, a dos metros de distancia, y la caja rosa es la única que no finge.

Una caja no puede mentir. Está o no está. Se recoge o se queda en la basura.

Una línea de móvil operativa

Hay otro objeto en la letra del que casi nadie se acuerda cuando habla de esta canción, y a mí me parece de los más reveladores. El móvil. O, para ser exactos, la línea del móvil.

La letra cuenta que, cuando quien la escribe ya se había marchado de casa, al otro solo le preocupaba una cosa: tener la línea operativa. No las fotos, no la caja, no las preguntas sin contestar. La línea. El contrato con la compañía, el número, la tarjeta SIM, el plan de datos.

Cuando lo releo me entra una risa muy triste. Porque es tan concreto, tan de oficina de Movistar con número de turno en la mano, que no se le habría ocurrido a nadie inventarlo. Es el tipo de detalle que solo sale de la vida. Seis años de pareja y, al final, la conversación importante es sobre quién paga la factura del teléfono y a nombre de quién está.

Pero tiene sentido, si lo piensas. El móvil era el lugar donde vivía la cara del otro. El selfie con filtro, las redes, la ventana hacia el resto del mundo. La caja rosa era el pasado de los dos. El móvil era el futuro de uno solo. Y uno de esos objetos acabó en la basura y el otro tenía que seguir funcionando a toda costa.

Ahí está la canción entera otra vez, en otro objeto. Me pasa mucho con las letras largas: cuando las desmontas, cada trozo repite la historia completa en pequeño, como esas muñecas rusas que se compran en los mercadillos de Navidad.

Lo que me llevé yo

Aquí tengo que ser honesto con algo. La canción cuenta lo que tiró quien la escribe, pero no cuenta lo que se llevó.

Collage con un detalle de la carátula de «El Impostor» y las carátulas de «La casa de los mil cadáveres», «El descarte del narcisista»

Y me parece bien que no lo cuente. Porque lo que te llevas de una casa después de seis años es tan poco y tan raro que no cabe en un verso. Una taza desportillada. Un imán de nevera de Benidorm. Una camiseta que todavía huele a su suavizante y que no te atreves a lavar ni a tirar. La llave que te olvidaste de devolver y que llevas en el llavero sin abrir ninguna puerta.

No sé cuáles fueron esas cosas en el caso de esta canción, y aunque lo supiera no lo pondría aquí, porque la letra no lo dice y yo me he propuesto no inventar nada. Pero sé que todo el mundo que ha salido de una casa con dos maletas y una bolsa del Mercadona tiene una lista así. Y que esa lista dice más de la relación que todas las discusiones juntas.

Lo que tiras habla de lo que diste. Lo que te llevas habla de lo que te queda.

La versión de cada día

La letra tiene una frase que suena casi a titular de periódico: que cada día hay una versión nueva.

No la voy a copiar con sus alrededores, porque ya he citado bastante, pero quiero quedarme con la idea. Una persona que cambia la historia según le convenga, que cada mañana se levanta con un relato distinto de lo que pasó. A esto, en otras canciones mías, le he puesto nombre. Luz de gas. Narcisismo. Manipulación. Aquí no hace falta el nombre, porque la letra lo enseña con hechos.

Y vuelvo a la caja. Frente a una historia que cambia cada día, la caja rosa es lo único fijo. Trescientas fotos que no se pueden reescribir. Puedes contar que nunca hubo amor, que el otro estaba majara, que había otra persona. Pero las fotos están ahí, en papel brillo, con sus fechas. Por eso, quizá, había que tirarlas. Porque eran la única versión que no cambiaba.

Del chiste a la orilla

Hay una parte de «El Impostor» de la que tengo que hablar con cuidado, sin adornos.

Hacia el final, la letra dice que quien la escribe estuvo como un zombi, a punto de hacer una locura en un acantilado. No le voy a poner chiste a eso. No le voy a poner marca, ni barrio, ni famoso.

Solo diré esto, porque es verdad para mucha gente que leerá esto: las rupturas largas, las de seis años y casa compartida, pueden llevarte a sitios muy oscuros. Si estás ahí, en ese acantilado o cerca, en España puedes llamar al 024, que es la línea de atención a la conducta suicida, a cualquier hora. No es una frase de folleto. Es un número de teléfono.

La canción existe porque quien la escribió salió de ahí. Con una caja menos.

La canción como caja nueva

Hay una cosa que entendí tarde y que tiene que ver con por qué publico canciones como esta.

Ficha de la canción «El Impostor» con su carátula: disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Una canción es también una caja. Guardas dentro lo que pasó, lo cierras con un título, le pones una portada y la dejas en algún sitio. La diferencia es que esta caja no se puede tirar a la basura. Está en Spotify, en YouTube, en la ficha de este blog. Si el otro quisiera deshacerse de ella, no podría. Y si yo quisiera, tampoco, porque ya la ha escuchado gente que no conozco.

Eso da miedo. Lo he contado en el texto sobre el miedo a publicar y en el de las canciones que casi no publico. Hay letras que escribo y dejo en el cajón semanas, dudando si las saco o no. Con las de ruptura la duda es siempre la misma: ¿esto es contar mi historia o es contar la de otro?

Mi respuesta, al menos con «El Impostor», es que la caja rosa era mía. Las trescientas fotos las regalé yo, según la letra. La ilusión era mía. Lo que cuento es lo que me pasó a mí con lo que yo di. No pongo nombre, no pongo dirección, no pongo foto. Pongo una caja en una basura, y eso le ha pasado a mucha más gente de la que se atreve a decirlo.

Una de las reglas de mi casa, la primera de las que tengo escritas en la página sobre mí, dice que una canción guardada en un cajón no le sirve a nadie. Con esta lo pensé mucho. Al final, la saqué del cajón y la metí en otra caja, una que ya no se puede tirar.

El reto del final

«El Impostor» termina con un desafío que me encanta por lo directo. «Escucha esta canción y dime si hay algo falso.»

Es la frase de quien ya ha dejado de esperar una explicación. Durante toda la letra se repite que nunca la hubo, que las preguntas quedaron sin contestar, que no hubo ayuda para cerrar el ciclo. Y en el último momento, en vez de pedir otra vez, se le da la vuelta a la tortilla. Ya no le pregunto yo a ti. Ahora te pregunto si te atreves a contestarme.

Este tipo de final es muy mío. En muchas de mis letras hay un público, un plató, alguien a quien se le habla de frente. Aquí el público es una sola persona, y el reto va con la canción puesta.

Un disco que empieza con noticias

«El Impostor» está en el primer disco de la trilogía, «Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK», el que tiene título de noticia. Es un disco donde hay mucha risa y mucha rabia, y donde las canciones de ruptura conviven con las de fiesta sin pedirse permiso. En la lista completa de singles de Planeta Gayfolk ocupa el puesto 94.

Si quieres leer las letras de ese disco con calma, están todas en la página de letras de esta web, y si te pierdes en el catálogo, en la página del planeta está el mapa.

Quién hizo qué

Lo digo como siempre, para que quede claro. La letra de «El Impostor» es mía, escrita a mano y sin IA, con todos sus porqués. Yo no interpreto las canciones: soy letrista, compositor y productor musical. La música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial como Suno, y yo elijo qué versión se queda.

Con esta canción eso tiene un sentido especial. Una letra tan larga, tan sin estribillo, tan de desahogo, necesitaba una música que no se pusiera delante. Que la dejara hablar por trozos, como se habla cuando duele.

Para quien tenga una caja

Termino con algo que no es un consejo, porque no me gusta dar consejos sobre cosas que cada uno tiene que hacer a su manera.

Si tienes una caja rosa, o azul, o una carpeta en el ordenador llamada «nosotros» con fotos de seis años, no te voy a decir lo que hagas con ella. Tírala si te alivia. Guárdala en el altillo si todavía no puedes. Quémala en la playa si eres de rituales, aunque luego no digas que te lo dije yo.

Lo único que sé es lo que me enseñó escribir esta canción. Que la caja no era para él. Nunca lo fue. Las fotos eran la prueba de que alguien quiso de verdad. Y ese alguien no era el impostor.

Era yo.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «El Impostor»? De una ruptura después de seis años, contada como una lista de pruebas de que el otro nunca estuvo enamorado. La imagen central es una caja rosa con trescientas fotos regaladas que acaba en la basura y que nadie recoge.

¿En qué disco está? En «Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK», el primer álbum de la trilogía GAYFOLK. En la lista completa de singles de Planeta Gayfolk es el número 94.

¿Por qué la letra no tiene estribillo? Porque está escrita como un desahogo, casi recitado, que avanza a base de «porque». La forma de enumeración refleja cómo se cuenta algo así en voz alta: por trozos y sin ordenar.

¿Quién escribe la letra y cómo se hace la música? La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, escrita sin IA. La música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial como Suno.

¿Dónde puedo leer la letra completa? En la ficha de la canción en este blog y en gayfolkplanet.com/letras/el-impostor.

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