
Por Mike Sain't Louis ·
El rímel tiene apellido: «Mirror», la boa blanca, Velázquez y la historia del espejo que nos devuelve la cara
En castellano decimos rímel sin pensar que estamos pronunciando el apellido de un hombre. Eugène Rimmel fue un perfumista francés afincado en Londres que, en el siglo XIX, comercializó con mucho éxito un producto para oscurecer las pestañas. Tuvo tanto éxito que en varios idiomas, el nuestro entre ellos, su apellido acabó convertido en el nombre común de la cosa.
Me acordé de él mirando la portada de «Mirror», donde precisamente el rímel es protagonista. O mejor dicho, el rímel corrido. Un chico envuelto en una boa de plumas blancas mira a cámara con el maquillaje negro chorreándole desde los ojos, como después de una noche muy larga o de un llanto que no ha querido esconder.
En mi catálogo de 273 canciones, «Mirror» ocupa el puesto 112. Llega justo después de «Sunset Boulevard» y antes de «Los Javis», forma parte de «El día de la liberación» y su videoclip oficial llegó a YouTube el 17 de junio de 2026.
Lo que este post no hace
Conviene decirlo claro desde el principio: de «Mirror» aún no hay letra publicada. Cualquier verso que pusiera aquí sería de mi cosecha de hoy, no de la canción, y tampoco tendría sentido contar su argumento a ciegas. Me quedo con el título y la portada, que ya dan bastante juego.
En la ficha de «Mirror» ya conté lo que veo en la imagen y cómo me gusta pensar que el espejo es quien la mira. Aquí quiero hacer otra cosa: contar la historia del objeto que da título a la canción y la del maquillaje que se le derrama al chico de la portada. Dos inventos humanos que llevan siglos diciéndonos quiénes somos, o quiénes creemos ser.
Antes de empezar, una aclaración. El chico de la portada es un personaje. No voy a atribuirle una biografía ni un motivo para el llanto, porque no lo hay escrito en ningún sitio. Solo hay una imagen, y es poderosa por sí misma.
El señor Rimmel
Eugène Rimmel nació en Francia a principios del siglo XIX y se crio en Londres, donde su padre trabajaba en el negocio de los perfumes. Él siguió el oficio, abrió su propia casa y se convirtió en uno de los perfumistas más conocidos de la época victoriana, con tiendas en varias ciudades y productos que se vendían por catálogo.
Entre esos productos había una mezcla para las pestañas que se aplicaba con un pequeño cepillo. No era el primer cosmético para los ojos de la historia, ni mucho menos, pero sí uno de los primeros que se vendió de forma masiva y con marca. De ahí que en español, portugués, italiano o turco, la palabra para ese producto venga de su apellido.
En inglés se usa «mascara», que viene del italiano y, más atrás, probablemente del árabe, con un significado cercano a «máscara» o «disfraz». Me encanta esa doble etimología. En unos idiomas el producto lleva el nombre de un comerciante. En otros, el de una máscara. Las dos cosas encajan con la portada.
Pestañas de hollín
Mucho antes del señor Rimmel, la gente ya se pintaba los ojos. En el antiguo Egipto, hombres y mujeres usaban kohl, una pasta oscura que se aplicaba alrededor de los ojos y a la que se atribuían también efectos protectores contra el sol y las infecciones.
Durante siglos, en Europa, los métodos caseros incluían hollín, carbón o mezclas con grasa. Eran productos poco fiables, que se corrían con facilidad y que a veces irritaban la piel. La idea de un maquillaje de ojos que aguante el sudor, las lágrimas y el agua es relativamente moderna.
Por eso la imagen del rímel corrido tiene algo de inevitable. Durante casi toda la historia, el maquillaje de ojos se ha corrido. Lo raro, en realidad, es que hoy esperemos que dure intacto toda una noche de fiesta.
Un espejo de Murano
El espejo que tenemos en el baño es un invento bastante reciente si lo comparamos con la historia humana. Durante milenios, la gente se miró en agua quieta, en piedra pulida o en metal bruñido. Los espejos de obsidiana, de bronce o de plata devolvían una imagen oscura, deformada y difícil de ver.

En el siglo XVI, en Venecia, los vidrieros de la isla de Murano perfeccionaron una técnica para fabricar espejos de cristal con una capa de estaño y mercurio en la parte trasera. Aquellos espejos eran nítidos y brillantes como nada visto antes, y se convirtieron en objetos de lujo carísimos. La república veneciana protegía el secreto con tanto celo que a los artesanos se les prohibía marcharse.
Aun así, el secreto acabó saliendo. Francia atrajo a algunos de esos vidrieros y desarrolló su propia industria. El método del mercurio, por cierto, era peligrosísimo para quien lo trabajaba. En el siglo XIX se sustituyó por una técnica de plateado químico mucho más segura, y los espejos empezaron a ser asequibles para cualquier casa.
La Galería de los Espejos
Cuando Francia quiso demostrar que ya no necesitaba a Venecia, levantó en Versalles una de las salas más famosas del mundo. La Galería de los Espejos se construyó entre 1678 y 1684, con diecisiete arcos cubiertos de espejos frente a diecisiete ventanas que dan al jardín. En total, cientos de piezas de espejo fabricadas en Francia.
La sala era una declaración política. El rey Luis XIV quería que quien la recorriera se viera multiplicado entre el oro, las lámparas y la luz. También era un lugar para ser visto: cortesanos que se miraban unos a otros, y se miraban a sí mismos, mientras esperaban la atención del monarca.
Siglos después, en 1919, en esa misma galería se firmó el Tratado de Versalles. El espejo, que empezó como lujo, terminó siendo testigo de la historia. Me gusta pensar en la portada de «Mirror» como una versión diminuta de aquella sala: una persona sola, rodeada de plumas en vez de oro, mirándose a sí misma y a quien la mira.
Velázquez delante del espejo
En el Museo del Prado hay un cuadro que obliga a pensar en espejos. En «Las meninas», que Diego Velázquez pintó en 1656, al fondo de la habitación se ve un espejo en el que aparecen reflejados el rey Felipe IV y la reina Mariana. Están fuera del cuadro, donde estamos nosotros, mirando la escena.
Ese pequeño reflejo convierte al espectador en parte del cuadro. Quien mira «Las meninas» ocupa, por un momento, el lugar de los reyes. Es un juego que la portada de «Mirror» repite a su manera: la mirada del chico va directa hacia fuera, hacia quien la observa, y no sabes muy bien si eres tú quien lo mira a él o él quien te mira a ti.
Velázquez pintó también la «Venus del espejo», hoy en la National Gallery de Londres, con una mujer de espaldas que se contempla en un espejo sostenido por Cupido. En 1914, una sufragista llamada Mary Richardson atacó el lienzo con un cuchillo en protesta por la detención de Emmeline Pankhurst. El cuadro se restauró, pero la historia quedó unida para siempre a la imagen de alguien mirándose.
Al otro lado del espejo
En 1871, Lewis Carroll publicó «A través del espejo», la segunda parte de las aventuras de Alicia. En ella, la niña atraviesa el espejo del salón y entra en un país donde todo está invertido: hay que correr para quedarse quieta, los libros se leen al revés y las reglas cambian sin aviso.

Es una de las metáforas más potentes de la literatura sobre el espejo como puerta. No un objeto que te devuelve lo que ya eres, sino uno que te invita a cruzar a otra versión de ti. Para mucha gente LGTBI esa idea tiene un sentido muy concreto: el momento en que te miras y decides probar otra forma de estar en el mundo.
Pienso en las personas que se maquillaron por primera vez a escondidas, delante del espejo de su habitación, con productos que habían cogido prestados. En las que se probaron un vestido o una boa sin que nadie las viera. El espejo fue su primer público.
El drag y el espejo del camerino
Hay pocos lugares donde el espejo sea tan importante como en un camerino drag. Antes de cada actuación hay horas de trabajo delante de una luna rodeada de bombillas: base, contorno, cejas tapadas, sombras, pestañas postizas y, al final, una persona distinta que mira de vuelta.
Escribí sobre el drag como fiesta y no como disfraz, y sigo pensando lo mismo: no es esconderse, es amplificarse. La boa de plumas blancas de la portada de «Mirror» tiene mucho de esa estética, aunque la imagen no esté en un escenario.
Lo que más me atrae es el momento posterior, el del desmaquillaje. Cuando termina la función y vuelves a quedarte a solas con el espejo, con el algodón en la mano y media cara todavía puesta. Ese momento intermedio, ni del todo personaje ni del todo persona, es el que me sugiere la portada.
Plumas y boas
Las boas de plumas se pusieron de moda a finales del siglo XIX y principios del XX, cuando la industria de las plumas de avestruz vivió un auge enorme. Las granjas de avestruces de Sudáfrica exportaban plumas a medio mundo para sombreros, abanicos y estolas.
La moda tuvo un coste terrible para muchas aves silvestres, cazadas por sus plumas, y eso impulsó algunas de las primeras leyes de protección de aves y el nacimiento de sociedades conservacionistas. Hoy las boas se fabrican sobre todo con plumas de granja o con materiales sintéticos.
En el mundo del espectáculo, la boa se convirtió en un símbolo de glamour exagerado, de cabaret y de diva. Ya hablé de lo que significa la pluma, en su otro sentido, en el volumen de la pluma en «Soy marica sideral» y en «Mueve las plumas». La portada de «Mirror» juega con los dos sentidos a la vez.
¿Quién es ese del espejo?
En 1970, el psicólogo Gordon Gallup publicó un experimento que se haría famoso. Puso un espejo a unos chimpancés y, cuando ya se habían acostumbrado, les pintó una marca en la cara mientras estaban anestesiados. Al despertar y mirarse, los chimpancés se tocaban la marca en su propio cuerpo. Habían entendido que el animal del espejo eran ellos.
Desde entonces, la llamada prueba del espejo se ha hecho con muchas especies. La superan algunos grandes simios y se discute si también otros animales, como ciertos delfines, elefantes o aves. Los bebés humanos suelen empezar a reconocerse hacia el año y medio o los dos años.
Reconocerse en un espejo parece algo sencillo, pero no lo es. Requiere entender que hay un «yo» separado del resto. Y en la vida adulta a veces cuesta más que a los dos años. Hay épocas en las que te miras y no sabes muy bien quién es esa persona que te devuelve la mirada.
El juez que vive en el baño
Hay espejos amables y espejos crueles. Ya escribí sobre ello en el espejo de enfrente y el juez que cambia de humor cada mañana. Hay días en que el espejo del baño parece un tribunal: mira esas ojeras, esa barriga, ese pelo que se cae.

En la comunidad gay la presión estética puede ser muy dura. Los cuerpos de las apps, los filtros y las fotos retocadas crean un estándar que casi nadie cumple. Mirarse a diario con esos ojos acaba haciendo daño. Si notas que la relación con tu imagen te está robando la tranquilidad, que evitas espejos o que no puedes dejar de mirarte, merece la pena contárselo a un profesional.
Me gusta que el chico de la portada de «Mirror» no esté perfecto. Tiene el maquillaje corrido, no está retocado para parecer intachable, y aun así su mirada es firme. Es una imagen de belleza y desastre a la vez, y no pide perdón por ninguna de las dos.
El espejo del bolsillo
Hoy el espejo más usado del mundo no cuelga de una pared: va en el bolsillo. La cámara frontal del teléfono funciona como un espejo permanente, y con ella llegaron los filtros que alisan la piel, agrandan los ojos y afinan la nariz en tiempo real.
Hay quien se ha acostumbrado tanto a esa versión retocada que el espejo de verdad empieza a parecer un error. Varios cirujanos plásticos han contado en los últimos años que reciben pacientes que llevan como referencia su propia cara con filtro. No una famosa, sino ellos mismos, mejorados por una aplicación.
Por eso me parece tan valiente una portada como la de «Mirror». En lugar de esconder lo que se ha estropeado, lo enseña. El maquillaje no está difuminado con un programa: está corrido, chorreando, imperfecto. Es una imagen que va a contracorriente de la cara lisa de las redes.
Tampoco quiero ponerme en plan sermón. Yo uso filtros, como casi todo el mundo, y no pasa nada por jugar con ellos. Lo único que pido es que, de vez en cuando, nos miremos sin ellos y seamos un poco más amables con lo que vemos.
La palabra que especula
En castellano, «espejo» viene del latín «speculum», que a su vez está emparentado con el verbo «specere», mirar. De la misma familia salen palabras como «especular», «espectáculo» o «espectador». Todas tienen que ver con la mirada.
Especular, en su origen, era observar desde lo alto, como un vigía. Con el tiempo pasó a significar hacer suposiciones y, más tarde, comprar y vender esperando ganar dinero. Pero en todas sus versiones hay alguien mirando algo con atención.
Me gusta que espejo, espectáculo y espectador compartan raíz. La portada de «Mirror» es exactamente eso: un espectáculo que se convierte en espejo para el espectador. Y el chico de las plumas, al mirarnos de frente, nos convierte a nosotros en parte de la función.
Espejos tapados y vampiros
Algunas tradiciones cubren los espejos cuando muere alguien. En el judaísmo, durante la semana de duelo, es costumbre tapar los espejos de la casa. En la Inglaterra victoriana también se hacía, y en algunos pueblos de España se recuerda una costumbre parecida.
El folclore tiene más supersticiones con los espejos. Se suele decir que romper uno trae siete años de mala suerte. Y la literatura de terror popularizó la idea de que los vampiros no se reflejan: en «Drácula», de Bram Stoker, publicada en 1897, Jonathan Harker se da cuenta de que el conde no aparece en su espejo de afeitar.
Tiene su gracia pensar que, si el espejo nos devuelve la imagen, es porque estamos vivos. El rímel corrido de la portada es, en ese sentido, una prueba de vida. Algo ha pasado, alguien ha sentido, y eso se nota en la cara.
Llorar con el maquillaje puesto
Hay una escena que se repite en mil películas: alguien llora con el maquillaje puesto y las lágrimas arrastran el rímel en dos líneas negras. Se usa para mostrar desesperación, desamor, una noche que se torció. Pero también puede ser una imagen de liberación: dejar de sostener la cara.

Escribí un post entero sobre el llanto como algo que no hay que pedir perdón por hacer, y otro sobre la lágrima única del retrato de «Goodbye». «Mirror» está en otro registro. Aquí no hay una lágrima limpia de cine clásico, hay un desastre negro y glorioso.
No sé por qué llora el chico de la portada, o si llora siquiera. Podría ser sudor de una noche de baile. Podría ser lluvia. La imagen no lo dice. Lo que sí transmite es que no le importa que se vea.
El disco de la liberación
El tercer disco de la trilogía, «El día de la liberación», es la parte del relato donde todo se desata. Que «Mirror» esté ahí tiene sentido: liberarse incluye dejar de esconder lo que se nota en la cara.
En el catálogo, la canción está rodeada de dos piezas con mucha carga: «Sunset Boulevard», con su referencia al Hollywood en decadencia, y «Los Javis», con su guiño a dos creadores muy conocidos del cine y la televisión españoles. Entre el crepúsculo de una diva y el éxito de una pareja creativa, un chico se mira al espejo. No me parece mal orden.
Si alguien escucha este tramo seguido, tendrá una pequeña historia sobre la imagen pública: cómo se construye, cómo se cae y cómo se vuelve a levantar.
Cuando el espejo pesa demasiado
Hay noches que terminan con el maquillaje corrido y una tristeza que no se va al lavarse la cara. Si eso te pasa a menudo, si te miras al espejo y solo encuentras reproches, o si llevas tiempo sintiéndote vacío, no lo dejes pasar. Cuéntaselo a una amiga, a tu hermano o a tu médica de cabecera.
Y si llega a cruzarse por tu cabeza la idea del suicidio o de autolesionarte, marca el 024: es gratis, nadie sabrá que has llamado y responde de día y de noche en toda España. Ante un riesgo inminente, el 112. Desde otro país, tira del teléfono de urgencias local o consulta findahelpline.com, que recoge líneas de ayuda de todo el mundo.
Reuní más teléfonos y lecturas en la serie completa sobre salud mental, escrita sin dramatismo y sin vergüenza.
Delante de qué espejo ponerla
Ponla delante del espejo del baño, a las cuatro de la mañana, mientras te quitas lo que queda de la noche con un algodón. Ponla delante del espejo del camerino, antes o después de la función. Ponla en el ascensor que tiene un espejo y en el que nunca sabes dónde mirar.
Ponla también un día cualquiera, cuando el espejo te parezca un juez. Mírate con la misma calma con la que te mira el chico de la portada, plumas y rímel corrido incluidos.
Ponla, en fin, cuando vayas a salir y estés dudando entre arreglarte un poco más o salir tal cual. La respuesta no la tiene la canción, ni la portada, ni yo. La tienes tú delante del espejo, y suele ser la que te deja respirar mejor.
Y si alguien te pregunta qué es eso que llevas en las pestañas, cuéntale lo del señor Rimmel. Un perfumista victoriano con un apellido que hoy pronuncia medio mundo sin saberlo. Es una buena forma de cambiar de tema, y también de recordar que detrás de cada palabra cotidiana suele haber una persona concreta, con su tienda, sus catálogos y su manía de vender cosas bonitas.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «Mirror»? La letra todavía no está publicada, así que no puedo citarla ni resumirla. La portada muestra a un chico envuelto en una boa de plumas blancas, con el maquillaje negro corrido desde los ojos y la mirada fija en quien lo observa. Este post habla de lo que rodea esa imagen: el espejo, el maquillaje y la forma en que nos miramos.
¿De dónde viene la palabra «rímel»? Del apellido de Eugène Rimmel, un perfumista francés afincado en Londres que en el siglo XIX vendió con mucho éxito un producto para las pestañas.
¿En qué disco está? En «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía Gayfolk. Es la pista 112 de 273 del catálogo, entre «Sunset Boulevard» y «Los Javis».
¿Cuándo salió el videoclip? El videoclip oficial se publicó en YouTube el 17 de junio de 2026.
¿Quién hace la música y la interpretación vocal? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. Escribe, compone y produce; la interpretación vocal está hecha con inteligencia artificial.