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Después del novio cojín llega el calcetín: escribir secuelas y ver cambiar el dolor

Hay canciones que terminan y canciones que se quedan con la puerta entornada. «No quiero otro novio cojín» es de las segundas. Después de una primera parte larga y gris, hecha de rutina, café amargo y letargo, la canción cambia de golpe y suelta una sentencia: «Esto se ha acabado, / el chollo se te ha terminado. / No quiero otro novio cojín, / has quedado a la altura de un calcetín».

Cuando escribí ese verso, el calcetín era solo una rima. Cojín, calcetín. Una comparación doméstica para decir que alguien había bajado muchos escalones en mi consideración. Pero el calcetín se quedó ahí, en el suelo de la canción, arrugado, esperando. Y un día lo recogí y le di una canción entera: «El calcetín».

En la presentación de esa canción lo dije claro: «Después del "novio cojín" llega el calcetín: la secuela directa de una historia de amor que se cayó del pedestal». Una secuela. Como en las películas. Y unas líneas más abajo escribí la frase que, para mí, explica por qué hacía falta una segunda parte: «Aquí ya no hay dolor, hay ironía».

Este texto va de eso. De las secuelas en mi planeta. De por qué vuelvo a los mismos personajes, qué cambia de una entrega a otra, y cómo escribir segundas partes me ayudó a darme cuenta de que el dolor se estaba moviendo.

Un verso que se convierte en título

Empiezo por el mecanismo, porque me sigue pareciendo curioso. Un verso de una canción se convierte en el título de otra. No es algo que planeara. Simplemente, la palabra calcetín se me quedó pegada, como se te queda pegada una canción del verano, y empezó a crecer.

Creo que eso pasa cuando una imagen tiene más dentro de lo que parece. El cojín y el calcetín son dos objetos de casa, blandos, sin importancia. Pero no son lo mismo. Un cojín está en el sofá, a la vista, mullido, decorativo. Uno se apoya en él. Un calcetín está en el cajón o en el suelo, se usa, se ensucia, se pierde en la lavadora. Nadie presume de calcetines. Pasar de cojín a calcetín es pasar del salón al cesto de la ropa sucia.

Y esa bajada de categoría, que en la primera canción es un insulto rápido, en la segunda se convierte en un mundo. Si alguien es un calcetín, ¿qué pasa cuando se lava? ¿Cuando se tiende? ¿Cuando aparece solo, sin pareja? Todas esas preguntas son ya otra canción.

El objeto como personaje En mis letras los objetos tienen mucha vida. Cojines, calcetines, bañadores de marca, ataúdes de neón, hologramas, bloques de cemento. En «Era un holograma» escribí sobre los materiales de lo falso. Aquí me interesa otra cosa: cómo un objeto puede pasar de una canción a otra como pasa un personaje de una película a su secuela.

El calcetín es el actor secundario que en la segunda parte tiene su propia película. Como esos personajes que en la primera entrega solo dicen una frase graciosa y, de pronto, el público los quiere tanto que les dan protagonismo. A mi calcetín le pasó eso. Primero fue una rima. Luego fue un título.

La primera parte: rutina y letargo

Para entender la secuela hay que volver a la primera parte, y mirarla con calma. «No quiero otro novio cojín» empieza de una forma que mucha gente no espera de mí. No hay chistes al principio. Hay una lista de grises: despierto sola, miradas vacías, rutina fría, calle sin nombre, gente sin rostro, trabajo insípido, café amargo, maldito letargo. Y un estribillo que repite rutina, rutina, todo se repite, nada me sorprende.

Fotogramas del videoclip oficial de «El calcetín», de Mike Sain't Louis

Esa primera parte es, para mí, la descripción más precisa que he escrito de un estado de ánimo plano. No es tristeza aguda. Es otra cosa: el día que se repite, la falta de sorpresa, el letargo. Muchas personas que han pasado por una relación que les vaciaba reconocerán ese gris.

En «El chollo se te ha terminado» ya escribí sobre esa rutina y sobre el inventario que viene después. No quiero repetirlo. Solo quiero señalar dónde estaba yo, emocionalmente, en esa primera entrega: en el gris. Y que el salto al «esto se ha acabado» fue un salto desde el gris hacia el color, todavía con mucha rabia.

La rabia de la primera entrega La segunda mitad de «No quiero otro novio cojín» es rabiosa. Hay listas de falsedades, hay sospechas sobre el próximo pardillo, hay reproches con número: punto uno, punto dos, punto tres. Es una canción que todavía está peleando. Que necesita enumerar las razones para convencerse de que ha hecho bien en irse.

Esa rabia era necesaria. No me arrepiento de ella. Pero cuando la escucho ahora, veo que es la rabia de alguien que todavía está cerca del golpe. Que todavía siente la necesidad de explicar, de justificar, de demostrar. Todavía hay dolor ahí debajo, aunque se disfrace de enfado.

La segunda parte: la ironía

Y entonces llega el calcetín. Y la frase de su presentación: aquí ya no hay dolor, hay ironía.

No sé si es del todo cierto que no hubiera dolor. Probablemente quedaba algo, siempre queda algo. Pero lo importante es que el tono había cambiado, y que yo me di cuenta. La segunda canción ya no necesita convencer a nadie. No enumera, no argumenta. Se ríe.

Describí el calcetín como una sátira contra esa falsa intensidad que esconde pereza, mentira y fachada. Y dije que tiene un final con brillo propio, el de quien sobrevive a la manipulación y aprende a reírse de ella. Aprender a reírse. Esa es la palabra clave. La ironía no llega sola; se aprende. Y para aprenderla hace falta tiempo, y distancia, y probablemente haber escrito antes la canción rabiosa.

Del cajón al tendedero La imagen que más me gusta de esa presentación es la última: «la autoestima también se lava, se cuelga y se estrena limpia». No quiero detenerme mucho en ella, porque en gayfolkplanet.com ya se ha escrito sobre la autoestima como colada. Pero sí quiero señalar cómo encaja en la saga.

En la primera parte, el calcetín es lo que ha quedado del otro. En la segunda, la colada es lo que hago yo conmigo. El objeto se ha dado la vuelta. Ya no hablo solo de lo que el otro vale; hablo de lo que yo hago con lo que queda. Esa vuelta es, creo, la prueba de que la secuela no era una repetición. Era un paso.

Lo que cambia entre entregas

Si pongo las dos canciones una al lado de la otra, como quien compara dos fotos del mismo sitio tomadas con años de diferencia, veo cambios muy concretos. No solo de tono. También de ritmo, de vocabulario, de dónde está puesta la mirada.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con la frase «la autoestima también se lava, se cuelga y se estrena limpia» de la presentación de «El calcetín»

En la primera, la mirada está puesta en el otro todo el rato. Qué hará, a quién engañará, en qué coche se fijará, a qué amigos pondrá a caldo. Es una mirada obsesiva, de vigilancia. Es la mirada de alguien que todavía no ha conseguido apartar los ojos.

En la segunda, la mirada empieza a girar hacia dentro. El calcetín sigue siendo el otro, pero la canción habla cada vez más de lo que queda después, de la autoestima, del brillo propio del final. Es como si la cámara, que en la primera película seguía al villano por todas partes, en la segunda se quedara por fin con el protagonista.

Ese giro de cámara es, creo, uno de los signos más claros de que algo está sanando. Cuando dejas de vigilar al otro y empiezas a mirarte a ti, aunque sea de reojo, aunque sea con ironía, has cruzado una frontera.

El vocabulario se encoge Otra cosa que cambia es el tamaño de las palabras. En la primera parte hay palabras grandes: manipulado, falsedad, propiedades, necesidades. En la presentación de la segunda aparecen palabras más pequeñas, más de casa: arrugado, lavar, colgar, estrenar. Es como si el lenguaje se hubiera desinflado.

Me gusta ese desinflado. Las palabras grandes son las del juicio, del expediente, de la acusación. Las pequeñas son las de la vida cotidiana. Pasar de unas a otras es pasar del tribunal a la cocina. Y en la cocina, con la lavadora dando vueltas, todo pesa un poco menos.

Por qué escribo secuelas

Me he preguntado muchas veces por qué vuelvo a los mismos temas, a los mismos personajes, a veces casi a las mismas frases. Alguien podría pensar que es falta de imaginación. Yo creo que es otra cosa.

Cuando algo te ha hecho mucho daño, no lo sacas de una vez. Lo sacas por capas. Cada canción quita una capa. Y para quitar la siguiente, a veces necesitas volver al mismo sitio, al mismo personaje, y mirarlo desde un poco más lejos.

Las secuelas son, para mí, una manera de medir esa distancia. Si comparo la primera parte con la segunda, puedo ver cuánto me he alejado. Es como esas marcas que se hacen en el marco de una puerta para ver cuánto crece un niño. Cada canción es una raya en el marco. Y cuando las miro todas juntas, veo que he crecido, aunque en el día a día no me diera cuenta.

El karma escrito dos veces No es la única vez que me ha pasado. «Karma» tiene una versión alternativa, y en «El karma no tiene prisa» conté por qué escribí dos veces la misma cuenta pendiente. Allí era casi la misma canción con otro vestido. Aquí, con el cojín y el calcetín, es diferente: son dos canciones distintas, con dos músicas y dos estados de ánimo, unidas por un objeto.

Si el karma doble es una repetición, el calcetín es una evolución. Y creo que mi catálogo tiene de las dos cosas. A veces necesito repetir algo para que se me quede. Otras veces necesito continuarlo para ver adónde va.

La saga como termómetro

Me gusta pensar en la saga del cojín y el calcetín como un termómetro. En la primera canción, la temperatura está muy alta: rabia, listas, reproches, y debajo un gris frío de rutina. En la segunda, la temperatura ha bajado a algo templado, irónico, casi divertido.

Cuando estás dentro de un duelo, una de las cosas más difíciles es saber si estás mejorando. Los días se parecen. Un día malo te hace pensar que no has avanzado nada. Tener las canciones escritas me dio una herramienta para comprobarlo. Podía escuchar la primera, escuchar la segunda, y notar la diferencia. No era una sensación vaga; estaba en el papel.

Eso es algo que le diría a cualquiera que esté pasando por algo parecido: escribe, aunque sea en un cuaderno, aunque nunca lo enseñes. Y guarda lo que escribes. Dentro de unos meses, cuando releas lo primero, a lo mejor descubres que ya no eres el de esa página. Esa diferencia es tu raya en el marco de la puerta.

Cuando la secuela es peor En el cine, las secuelas suelen ser peores que la original. Más caras, más ruidosas, menos sinceras. Me hace gracia pensar en eso, porque en mi caso creo que pasa lo contrario. No porque la segunda canción sea mejor escrita, que eso lo juzgará cada cual, sino porque es más libre.

La primera parte estaba atada al daño. Tenía que contar, tenía que justificar. La segunda ya no le debe nada a nadie. Puede permitirse el lujo de jugar. Y el juego, después del dolor, es una de las cosas más sanas que conozco.

El tercer calcetín

Y la saga no terminó del todo ahí. El calcetín se quedó en mi vocabulario como un comodín, una palabra que puedo sacar del cajón cuando quiero fabricar una imagen nueva, y que ya no necesita contar la historia entera para funcionar.

Collage con un detalle de la carátula de «El calcetín» y las carátulas de «No quiero otro novio cojín», «Karma», «Envejecer»

En mi diccionario propio ya expliqué de dónde vienen cojín, calcetín y gofio como palabras. Lo que me interesa aquí es otra cosa: que un objeto que nació como insulto haya terminado siendo un ingrediente de mi universo. Ya no es el otro. Es mío. Lo uso cuando quiero.

Apropiarse del insulto Esto conecta con algo que hacemos mucho las personas queer: quedarnos con las palabras que se usaron contra nosotros y darles otro sentido. Marica, loca, pluma. Con el calcetín pasa algo parecido, pero al revés: nació como insulto que yo lanzaba, y con el tiempo dejó de ser un dardo para convertirse en una broma interna, casi en una mascota.

Creo que es otra señal de que el dolor se movió. Cuando una palabra que usabas para herir se convierte en una palabra con la que juegas, es que ya no estás herido de la misma manera. El calcetín ya no apunta a nadie. Solo está ahí, arrugado y gracioso, en mi cajón de imágenes.

La ironía y el arte marica

Hay un detalle en la presentación de «El calcetín» que me gusta recordar: habla de «toda la ironía y el arte marica que lo empezó todo». No es una frase glamurosa. No habla de Chueca, ni de Ibiza, ni de Nueva York. Habla de una manera de mirar.

Me gusta que la secuela irónica tenga ese origen. Porque la ironía de la que hablo no es una ironía de salón, sofisticada. Es una ironía de barrio, de bloque, de cocina con la lavadora puesta. Una ironía que se ríe de un calcetín porque los calcetines son de lo más cotidiano que hay. El arte marica que lo empezó todo, como dije, nace en lugares así.

El planeta y el cesto de la ropa A veces la gente imagina Planeta Gayfolk como un lugar de naves espaciales y cielos de colores, y lo es. Pero también es un planeta con cestos de ropa sucia, cojines en el sofá y calcetines desparejados. Las grandes imágenes cósmicas del primer disco conviven con lo doméstico más humilde.

Creo que esa mezcla es lo que hace que el planeta me sirva para sanar. Si solo fuera cósmico, sería una huida. Si solo fuera doméstico, sería una crónica. Al juntar las dos cosas, puedo mirar mis problemas de cerca, con sus calcetines y sus cojines, y al mismo tiempo imaginar que hay otro sitio, más amplio, donde caben.

Escribir la secuela antes de vivirla

Hay una pregunta que me hago a veces y que no sé contestar del todo. ¿Escribí la secuela porque ya había llegado a la ironía, o llegué a la ironía porque escribí la secuela?

Ficha de la canción «El calcetín» con su carátula: disco «El día de la liberación», letra y producción de Mike Sain't Louis

Creo que un poco de las dos cosas. Por un lado, hacía falta haber tomado cierta distancia para que me saliera una canción así. Por otro, el acto de escribirla, de ponerme a jugar con el calcetín, de buscar rimas y chistes, me empujaba hacia esa distancia. Era como ponerse unos zapatos un poco grandes para que el pie crezca.

En otras partes del planeta he hecho algo parecido: escribir la liberación antes de sentirla del todo, ensayar la alegría cuando todavía no la tenía. La secuela del calcetín funciona igual. Me dejaba probar cómo sería ya no tener dolor. Y, a fuerza de probarlo, el dolor iba perdiendo terreno.

Una saga sin final de temporada Las series de televisión suelen terminar cada temporada con un gancho, algo que te obliga a ver la siguiente. Mi saga no tiene ese gancho. La segunda parte termina con brillo propio, con alguien que sobrevive y se ríe. No deja pendiente ninguna venganza ni ninguna pregunta.

Eso me parece importante. Una historia de duelo que necesita continuar para siempre es una historia que no se ha cerrado. Una que puede terminar en la segunda entrega, con una risa, es una historia que ha encontrado su sitio. Si vuelve a aparecer alguna vez, será por gusto, no por necesidad.

Lo que no cuento

Como siempre, quiero dejar claro lo que este texto no hace. No cuenta quién era el novio cojín, ni el calcetín, ni dónde vivía, ni qué pasó exactamente. Los nombres y los personajes de mis letras son inventados, y lo que importa no es el caso sino lo que hice con él.

Tampoco quiero vender la idea de que la ironía cura. La ironía es una herramienta. Ayuda a tomar distancia, pero también puede convertirse en una armadura que no te deja sentir. Yo intento que no lo sea. Por eso, aunque la secuela sea irónica, la primera parte sigue ahí, con su gris y su rabia, y no la escondo. Las dos forman parte de la historia.

Si estás en la primera parte Si ahora mismo estás en tu primera parte, en el gris de la rutina o en la rabia de las listas, quiero decirte que las secuelas existen. Que hay un día, más adelante, en que lo que hoy te parece una tragedia te parecerá un calcetín arrugado. No sé cuándo llegará ese día. Para mí llegó despacio.

Mientras tanto, cuídate. Y si el gris pesa demasiado, si los días se repiten y nada te sorprende y el letargo no se va, habla con alguien. Hay ayuda:

  • 024: en España, para cualquier crisis emocional; llamada gratuita, anónima y abierta toda la noche.
  • 112: urgencias, si hay riesgo ahora.
  • Teléfono de la Esperanza, 717 003 717: escucha sin juicios.
  • Fundación ANAR, 900 20 20 10: menores y familias.
  • Fuera de España: findahelpline.com, con las líneas de cada país.

La tercera parte

Me pregunto a veces si habrá una tercera parte de la saga. Una canción donde el calcetín ya no aparezca, porque ya no hace falta. Creo que, en cierto modo, esa tercera parte son todas las canciones que escribí después y en las que no pensaba en él. Las canciones de otras cosas. De la ciudad, de los amigos, del planeta, de la risa sin dardo.

Esa es la mejor secuela posible: la que ya no habla del original. La que demuestra que la historia ha seguido sin él.

Si quieres recorrer todas estas entregas, las letras están publicadas, y en la página sobre mí cuento desde dónde escribo.

Preguntas frecuentes

¿Qué relación hay entre «No quiero otro novio cojín» y «El calcetín»? «El calcetín» se presentó como su secuela directa. El verso «has quedado a la altura de un calcetín», de la primera canción, terminó convertido en el título y el tema de la segunda.

¿Qué significa «Aquí ya no hay dolor, hay ironía»? Es una frase de la presentación de «El calcetín». Resume el cambio de tono entre las dos canciones: de la rabia y el gris de la primera a la sátira y el humor de la segunda.

¿Dónde pedir ayuda si me siento atrapado en la rutina y el letargo? En España, el 024 atiende cualquier crisis emocional a cualquier hora; el 112 si hay peligro; el Teléfono de la Esperanza (717 003 717) y ANAR (900 20 20 10) para menores. Fuera de España, findahelpline.com.

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