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«Era un holograma»: el bloque de cemento, la nube y la materia de lo falso

Hay una pregunta que llega siempre, tarde o temprano, cuando una historia se rompe. Llega en un bar, en un mensaje, en la cola del súper. Alguien que conocía a la pareja se acerca con media sonrisa y la suelta: ¿y aquel moreno tan guapete? En «El castigo más duro» esa pregunta aparece casi literal, y la respuesta que le doy es una de las cosas más raras que he escrito nunca: «Era un holograma».

No dije que era un mentiroso. No dije que era un narcisista, aunque la canción lo dice luego con todas sus letras. Lo primero que me salió fue una palabra de ciencia ficción. Un holograma. Luz proyectada en el aire que parece un cuerpo y no lo es. Y a continuación, como si la broma necesitara rematarse, la letra explica que me despidieron de la empresa, que no pude pagarlo, y que ahora «es un bloque de cemento».

Durante mucho tiempo pensé que esa frase era solo un chiste. Uno de esos chistes que pongo en mitad de la herida para poder seguir. Pero cuanto más la releo, más me doy cuenta de que ahí hay una idea entera sobre de qué está hecho lo falso. Y de que, para mí, escribirla fue una manera de tocar con las manos algo que hasta entonces solo me dolía sin forma.

Este texto va de eso. De la materia de lo falso en el universo de Planeta Gayfolk: la luz sin cuerpo, la piedra sin vida, las fotos guardadas en una nube y unas lentillas de colores. Y de lo que me pasó por dentro cuando conseguí ponerle nombre a cada cosa.

La pregunta del moreno guapete

Empiezo por el momento exacto, porque creo que la fuerza de la imagen depende de él. La canción arranca con dolor físico. Las palabras no salen, tienen pinchos, la boca sangra. Hay un pecho que no deja respirar. De todo eso ya escribí en «Palabras con pinchos», donde miré lo que callé y lo que por fin contesté. Aquí quiero quedarme en un punto más concreto: el instante en que la letra pasa del grito ahogado a la burla.

Hay un giro de tono muy claro. La letra dice que ha llegado el momento de contestar «lo que más rabia te de». Y lo que más rabia puede dar a alguien que se ha pasado años construyendo una imagen es que le digan que la imagen era eso, una imagen. Que no había nadie detrás.

La pregunta del moreno guapete es la pregunta del público. Es lo que ve la gente desde fuera: una pareja, siete años, fotos en la playa, cumpleaños, cenas. La respuesta del holograma es lo que ve quien estaba dentro cuando por fin se encienden las luces del plató. No había actor. Había un proyector.

A mí ese cambio de plano me salvó un poco. Porque mientras la historia solo existía en la versión del público, yo era el tonto que no supo retener a alguien maravilloso. En cuanto la escribí desde dentro, el maravilloso pasó a ser un efecto especial. Y un efecto especial no se echa de menos de la misma manera que se echa de menos a una persona.

Luz sin cuerpo

Un holograma es una cosa preciosa. Eso es lo primero que hay que admitir. Nadie se enamora de algo feo. Los hologramas de las películas de mi infancia eran mensajes de auxilio en azul eléctrico, princesas diminutas pidiendo ayuda, fantasmas de luz en salones futuristas. Siempre tenían algo de milagro.

Fotogramas del videoclip oficial de «El castigo más duro», de Mike Sain't Louis

Y luego está la otra cara: un holograma no te puede abrazar. Lo atraviesas con la mano. Habla, sonríe, te mira a los ojos, pero si alargas el brazo no hay nada. La sensación de estar con alguien así se parece mucho a lo que la letra describe cuando dice que lloro porque no entiendo nada. No entiendes nada porque todo lo que ves está ahí y, al mismo tiempo, no está.

En Planeta Gayfolk la tecnología aparece mucho. Hay naves, cohetes, viajes a un planeta que todavía no existe, y en «Cohetes, estrellas y un planeta nuevo» conté cómo el espacio se convirtió en el escenario de la trilogía. Pero dentro de ese imaginario hay dos tecnologías muy distintas. Una es la tecnología que te lleva a otro sitio: la nave, el billete de ida, el planeta. La otra es la que te engaña sin moverte de casa: el holograma, el filtro, la pantalla. La primera es una promesa. La segunda es un truco.

Creo que por eso me salió esa palabra y no otra. Si hubiera escrito «era un actor», habría quedado algo humano detrás de la máscara, alguien que actúa y que en algún momento se quita el maquillaje. Un holograma no tiene camerino. No hay nadie a quien ir a buscar después de la función. Y esa idea, aunque suena terrible, a mí me liberó: dejé de esperar que un día aparecería la persona de verdad a pedir perdón.

El mantenimiento del holograma Hay un detalle que me hace mucha gracia y que, al mismo tiempo, dice algo muy serio. La letra cuenta que el holograma había que pagarlo. Que me despidieron y ya no pude. Es decir, que la ilusión tenía cuota mensual.

Cualquiera que haya salido de una relación desequilibrada sabe de qué hablo. Mantener la imagen de alguien cuesta. Cuesta dinero a veces, pero sobre todo cuesta energía: justificar, explicar a los amigos, maquillar los domingos malos, tapar las faltas, poner la otra mejilla en los cumpleaños. Hay un trabajo invisible, diario, para que la proyección siga encendida. Mientras tú pagas, la luz brilla.

Lo que la canción hace con humor es decir: se acabó el contrato. Me han despedido. No puedo seguir pagando. Y en el momento en que dejas de pagar, el holograma no se va con un portazo. Simplemente se apaga.

Piedra sin vida

Y entonces llega el bloque de cemento. Esta es la parte que más me gusta, porque es la más absurda y, a la vez, la más exacta.

Cuando se apaga la luz, lo que queda no es un hueco. Queda algo pesado, gris, inmóvil. Un bloque. Algo que estorba en mitad del salón y que no sabes cómo sacar por la puerta. Esa es, para mí, la sensación del después. La persona ya no brilla, pero tampoco ha desaparecido. Está ahí, en forma de recuerdo macizo, de rencor, de preguntas sin responder, ocupando sitio.

El cemento tiene además algo de obra a medio terminar. Es el material de los cimientos, de las casas que se construyen. Durante siete años crees que estás levantando una casa y, cuando miras, solo hay un bloque fraguado en mitad del solar. No hay paredes, no hay ventanas. Hay un peso.

Hay otra cosa: el cemento se seca. Mientras está fresco puedes moldearlo, meter la mano, dejar una huella. Cuando fragua, ya no. Escribir esa frase fue darme cuenta de que la historia había fraguado. Que ya no iba a cambiar de forma por mucho que yo insistiera. Y justo antes, la letra lo dice: «he decidido que no voy a insistir más».

La oferta del bloque La canción no termina ahí la broma. Le ofrece el bloque a quien lo quiera. Si tienes pasta, dice, podrás mantenerlo. Te lo reactivan en un momento. Y luego hay unas exigencias que no voy a repetir aquí, que son de las cosas más gamberras del disco y que tienen que ver con el sexo semanal y con lo que marcaba el pantalón.

Esa oferta me parece el momento en que la rabia se convierte en espectáculo. Es como si yo me pusiera detrás del mostrador de una tienda de segunda mano y anunciara el producto con todos sus defectos. Aquí tienen ustedes: holograma seminuevo, siete años de uso, se vende sin garantía. Funciona si lo enchufas a tu cuenta corriente.

Reírme así de lo que me había hecho daño no lo hacía más pequeño, pero sí me ponía en otro sitio. Dejaba de ser la víctima que llora en la esquina y pasaba a ser el que presenta la subasta. El que tiene el micrófono. Y desde ese sitio, el bloque de cemento ya no pesa encima de ti; lo estás señalando.

Siete años en la nube

Antes del holograma hay una lista que siempre me ha parecido muy de mi generación. La letra dice que estos siete años los tendré que borrar del iPhone, de Google Fotos, de Movistar cloud, de OneDrive, y usar la función de bloquear el rostro.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «he decidido que no voy a insistir más» de «El castigo más duro»

Si alguien dentro de cien años encuentra esta canción, va a necesitar notas al pie. Pero hoy cualquiera entiende lo que pasa ahí. Una relación ya no se guarda en una caja de zapatos con cartas y entradas de cine. Se guarda repartida en cuatro servidores distintos, con copias de seguridad que no sabes ni que existen. Siete años de vida convertidos en archivos que se sincronizan solos.

Lo que me interesa de esa lista es que convierte el duelo en una tarea doméstica. Borrar a alguien, hoy, es una gestión. Abrir la aplicación, seleccionar, eliminar, vaciar la papelera, descubrir que hay otra copia en otra nube, volver a empezar. Hay algo de limpieza a fondo, de fregar los rincones.

Y es otra vez el mismo material: luz. Una foto en el móvil es luz que se enciende cuando la miras. La nube no es un sitio, es una forma bonita de llamar a unos ordenadores en un almacén lejano. Todo lo que tenía de aquella historia era, en el fondo, tan inmaterial como el holograma. Cuando escribí la lista me di cuenta de que estaba borrando proyecciones de proyecciones.

Bloquear el rostro La última herramienta de la lista es la que más me impresiona cuando la leo ahora. Bloquear el rostro. Existe de verdad: algunas aplicaciones de fotos permiten que una cara deje de salir en los recuerdos automáticos. Pero escrito en una canción suena a otra cosa. Suena a operación sobre la memoria. A decirle al propio cerebro: esta cara ya no la proceses.

Yo sabía que no se puede bloquear un rostro dentro de la cabeza con un botón. Lo sabía mientras lo escribía. Pero escribirlo me dejaba ensayar el gesto. Como cuando practicas una frase difícil delante del espejo antes de decírsela a alguien a la cara. Ensayar el olvido no te hace olvidar, pero te va enseñando el camino.

Lentillas de colores

La materia de lo falso en mis letras no se queda en «El castigo más duro». Hay otra canción donde aparece de forma casi microscópica: «Un falso amore se ha llevado mis bañadores de marca». Ahí el personaje miente en la edad, con unas velas que dicen treinta en una tarta que debería decir otra cosa, miente en la nacionalidad, medio italiano supuestamente, y miente en los ojos. Le pregunto si usa lentillas de colores y contesta: «para nada amore».

Me encanta que la mentira más íntima sea la de los ojos. Los ojos son lo que se supone que no se puede falsificar, la ventana del alma, el sitio donde se ve si alguien te quiere. Y resulta que hasta eso puede venir en un estuche con líquido de mantenimiento.

Las lentillas son el pariente pequeño del holograma. Son una capa finísima de color sobre algo que es de otra manera. No cambian lo que hay detrás, solo lo tapan. Y como el holograma, necesitan mantenimiento: se cambian cada mes, se limpian cada noche. La belleza falsa siempre tiene una rutina.

En «Los ojos de Eduardo Casanova» el brillo de verdad se pone al lado del brillo comprado, y no quiero repetir esa comparación. Lo que me interesa aquí es la familia de materiales. Luz proyectada, piedra fraguada, archivos en la nube, una película de color sobre el iris. Si las pongo todas en una mesa, como un forense, veo que lo falso en mi planeta casi nunca es un monstruo con colmillos. Es una superficie.

Superficies y monstruos

Esto me parece importante porque en mis canciones hay muchos monstruos. Vampiros, depredadores, la máscara de Saw, la casa de los mil cadáveres. En «Colmillos en el cuello» expliqué por qué hablo del desamor con películas de terror, y en el bestiario me puse a dibujar criaturas para dejar de tenerles miedo.

Pero el holograma no es un monstruo. Y creo que eso es lo que lo hace tan inquietante. Un monstruo, al menos, tiene cuerpo. Tiene dientes, garras, algo contra lo que pelear. Un holograma no tiene nada. Es pura superficie. Y contra una superficie no puedes pelear: solo puedes dejar de mirarla, o apagar el proyector.

Hay dos maneras de contarte a ti mismo que te han hecho daño. Una es decir: había alguien malo que me atacó. La otra es decir: no había nadie, había un decorado, y yo viví siete años dentro de él. La primera da miedo. La segunda da vértigo. Mis canciones de monstruos me ayudaron a sacar el miedo. Esta imagen del holograma me ayudó con el vértigo.

El narcisista visto desde la luz Cuando la canción usa la palabra narcisista, lo hace para hablar de un castigo concreto: el de hacerte creer que no vales nada, que ni vales ni un mensaje, que no eres nada para nadie. Lo curioso es que esa frase invierte el holograma. Ahora es a ti a quien te convierten en transparente. Como si fueras tú la proyección que se apaga cuando dejan de mirarte.

En «El narcisista» hay otra inversión parecida, cuando la letra dice que nunca te vio como un artista sino como un terrorista. Siempre hay una pelea por ver quién es real y quién es un efecto. Escribir fue mi manera de reclamar el cuerpo. De decir: yo sí estoy aquí. Sangro por la boca, me duele el pecho, lloro. Puede que no entienda nada, pero existo. El holograma era el otro.

Por qué me ayudó nombrar el material

Si tuviera que resumir en una frase lo que estas imágenes hicieron por mí, sería esta: me dejaron tocar lo que no tenía forma.

Collage con un detalle de la carátula de «El castigo más duro» y las carátulas de «Un falso amore se ha llevado mis bañadores de marca», «Los ojos de Eduardo Casanova», «El narcisista»

El dolor de una ruptura así es un dolor sin contornos. No sabes dónde empieza ni dónde acaba. Te despiertas con él, te acuestas con él, se mete en las canciones de la radio y en las fotos del móvil. Es como una niebla. Y una niebla no se puede coger.

Escribir «era un holograma» convirtió la niebla en luz azul con bordes. Escribir «ahora es un bloque de cemento» convirtió el peso en una cosa gris que se puede rodear. Escribir la lista de las nubes convirtió el recuerdo en archivos que se pueden seleccionar y borrar uno a uno. Escribir lo de las lentillas convirtió la mentira en un objeto pequeño, de farmacia, casi ridículo.

Ninguna de esas imágenes me curó. No lo pretendo y no lo diría nunca, porque sería mentira, y bastante mentira hay ya en esta historia. Pero cada una me dio algo concreto que mirar. Y cuando puedes mirar una cosa, puedes empezar a decidir qué haces con ella.

Escribir como inventario Hay un momento en el que escribir deja de ser desahogo y se convierte en inventario. Como cuando alguien se va de un piso y hay que hacer la lista de lo que queda: una silla rota, un microondas, una caja que no es de nadie. Esta canción tiene mucho de eso. Lo que me queda es un bloque de cemento, siete años en cuatro nubes, una función de bloquear el rostro y un pecho que no me deja respirar.

Hacer inventario es aburrido y, a la vez, profundamente tranquilizador. Porque cuando terminas la lista sabes que la lista termina. Que no hay infinitas cosas. Que el desastre, por grande que sea, se puede contar.

Supongo que por eso las letras de Planeta Gayfolk están tan llenas de listas. Ni psicólogos, ni amigos, ni hermanos. Los nombres de las apps. Las marcas del supermercado. Las nubes. Contar es una forma de poner orden en algo que llegó sin orden.

El humor como interruptor

No quiero que este texto parezca más solemne que la canción. «El castigo más duro» es una canción que llora, pero en mitad del llanto pone un chiste sobre la cuota mensual de un holograma. Y eso, para mí, es lo esencial.

El humor funciona como un interruptor. En una habitación a oscuras, con la tristeza encendida a tope, un chiste es un clic que te deja ver la habitación con otra luz durante un segundo. No apaga la tristeza. La interrumpe. Y en ese segundo de interrupción entra aire.

La letra lo dice justo después: «aparte de tonterías». Como si el propio texto supiera que acaba de hacer una broma enorme y necesitara volver. Aparte de tonterías, lloro porque no entiendo nada. Ese «aparte de tonterías» es uno de los momentos más sinceros de la canción. Es el reconocimiento de que el chiste ha sido un respiro, no una solución.

Del plató al dormitorio Hay muchas canciones mías que parecen dirigirse a un público de plató: señoras, señores, un momento. Esta también, un poco, en la parte del holograma. Es el número cómico. Pero luego la cámara se acerca y estamos en el dormitorio, a solas, con alguien que llora. Ese paso del plató al dormitorio es lo que más me cuesta escribir y lo que más me ayuda.

En el plató me protejo. En el dormitorio me expongo. Si solo escribiera el plató, las canciones serían números de humor, y si solo escribiera el dormitorio, me ahogaría. La materia de lo falso, el holograma y el cemento, vive en el plató. La verdad, el no entiendo nada, vive en el dormitorio. La canción necesita las dos habitaciones.

Lo falso en el mapa del planeta

Si pienso en Planeta Gayfolk como un mapa, con sus regiones y sus puntos de interés, creo que la materia de lo falso tiene su propio barrio. Sería un barrio de escaparates. Todo brilla, todo está muy bien iluminado, hay hologramas publicitando cosas que no existen y gente con lentillas de colores paseando entre maniquíes. Un barrio precioso de noche y vacío de día.

Ficha de la canción «El castigo más duro» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Y al lado, muy cerca, estaría la cantera. El sitio de donde salen los bloques de cemento. Gris, polvoriento, con camiones. Es el barrio donde terminan las cosas falsas cuando se les acaba la luz.

Me gusta imaginar que el viaje del disco va de un barrio a otro y luego sale de los dos. Primero el escaparate, el deslumbramiento. Luego la cantera, el peso. Y al final la carretera hacia otro sitio, que es lo que buscan casi todas las canciones de la trilogía: un lugar donde no haga falta proyectar nada para ser querido.

La chaqueta holográfica Hay otra canción del planeta donde aparece lo holográfico de forma muy distinta, y quiero mencionarla porque me ayuda a ver el contraste. En «La galería de los susurros» hablé de una chaqueta holográfica y de despedidas sin portazo. Allí el brillo es algo que llevas puesto tú, un adorno, una forma de jugar con la luz. Aquí el brillo es lo que te han vendido.

La diferencia está en quién lleva el interruptor. Una chaqueta holográfica la eliges tú, te la pones y te la quitas. Un holograma de pareja lo enciende otro, y tú solo puedes mirarlo. Creo que una parte de salir de una historia así es recuperar el interruptor. Volver a ser quien decide qué brilla y qué no.

Lo que no puedo contar

Hay cosas que no voy a escribir aquí, y quiero decirlo claro. No voy a contar quién era ni dónde vivía ni cómo se llamaba. En mis letras los nombres son personajes, y este texto no es una crónica sino una lectura. Lo que me importa no es el caso concreto sino lo que la imagen me permitió hacer con él.

Tampoco voy a decir que la canción resolvió todo. Lo que hizo fue darme un lugar donde dejarlo. Una cosa escrita no deja de doler, pero deja de moverse por dentro como un pájaro atrapado. Se queda quieta en la página, y desde fuera la puedes mirar con algo parecido a la calma.

Si estás pasando por algo parecido, si sientes que has vivido dentro de un decorado y ahora no sabes qué era verdad, quiero dejarte esto. No hace falta que escribas una canción. Pero a lo mejor te sirve buscar el material. Preguntarte de qué estaba hecho lo que te dolía. ¿Era luz? ¿Era piedra? ¿Era una nube de archivos? Ponerle material a una cosa es empezar a sacarla de ti.

Y si pesa demasiado, si el bloque de cemento no te deja respirar, no lo cargues a solas. Hay gente cuyo trabajo es ayudarte a moverlo:

  • 024: atención a cualquier crisis emocional en España, gratuita, confidencial y a cualquier hora.
  • 112: si hay un peligro inmediato.
  • Teléfono de la Esperanza, 717 003 717: para hablar con alguien cuando todo pesa.
  • Fundación ANAR, 900 20 20 10: para niños, niñas y adolescentes, y para quien se preocupa por ellos.
  • Fuera de España: findahelpline.com reúne los teléfonos de cada país.

Apagar el proyector

Vuelvo al principio. Alguien me pregunta por el moreno guapete y yo contesto que era un holograma. Lo digo con una sonrisa torcida, con algo de rabia y con mucho cansancio.

Ahora, cuando releo esa respuesta, la oigo de otra manera. Ya no me parece solo una venganza. Me parece una forma de decir que la luz se ha apagado y que no pasa nada. Que la sala está a oscuras, que hay un bloque gris en el centro, y que yo estoy de pie, con el cuerpo entero, mirando las dos cosas. Que puedo salir por la puerta cuando quiera.

Eso es, al final, lo que me dio escribir lo falso con materiales: un sitio desde donde mirar. Primero el escaparate, luego la cantera, luego la carretera. La canción se queda en la cantera, llorando porque no entiende nada. Pero yo, que la escribí, ya había empezado a caminar.

Si quieres leer más sobre por qué hago esto y desde dónde, en la página sobre mí está contado sin hologramas.

Preguntas frecuentes

¿En qué canción aparece la frase «Era un holograma»? En «El castigo más duro», de Mike Sain't Louis. La letra cuenta que el moreno de siete años «era un holograma» y que, al no poder pagarlo, se quedó en «un bloque de cemento». La letra completa está en gayfolkplanet.com/letras.

¿Qué significa el bloque de cemento en la letra? Es lo que queda cuando se apaga la ilusión: algo pesado, gris e inmóvil. El texto lo lee como el recuerdo macizo que ocupa sitio después de una ruptura y que ya no cambia de forma.

¿Por qué la letra enumera iPhone, Google Fotos, Movistar cloud y OneDrive? Porque hoy una relación se guarda repartida en varias nubes. Borrar siete años se convierte en una tarea doméstica, archivo por archivo, y la lista lo cuenta con humor.

¿Qué otras canciones hablan de lo falso de forma material? «Un falso amore se ha llevado mis bañadores de marca», con la edad, la nacionalidad y las lentillas de colores del personaje. En el universo de Planeta Gayfolk lo falso suele ser una superficie más que un monstruo.

¿Dónde pedir ayuda si una ruptura me desborda? En España, el 024 atiende cualquier crisis emocional a cualquier hora; el 112 si hay peligro inmediato; el Teléfono de la Esperanza (717 003 717) y ANAR (900 20 20 10) para menores. Fuera de España, findahelpline.com.

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