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Palabras con pinchos: lo que no dije y lo que contesté en «El castigo más duro»

Me sangra la boca. No de verdad, tranquilo, que no hace falta llamar al SAMUR. Me sangra en la canción, que es donde me permito estas cosas.

«El castigo más duro» empieza con alguien a quien no le salen las palabras porque tienen pinchos. Y de tanto intentar sacarlas, le sale tanta sangre que la gente que pasa cerca piensa que es un vampiro llorando bajo la luna. Es la entrada más gótica que he escrito nunca, y la escribí con toda la intención de parecer una portada de novela de quiosco.

La canción está en el segundo disco de la trilogía, «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK». En la lista de singles es la pista 165 de 273: justo detrás de «Me he enamorado de un policía que es dueño de una lavandería» y justo delante de «Me rindo». Del enamoramiento con lavadora incluida al castigo, y del castigo a la rendición. Si alguien quiere entender cómo funciona mi cabeza, que escuche esas tres seguidas y luego se tome una tila.

En la ficha ya hablé de la decisión de borrar siete años de nubes y móviles. Aquí quiero hablar de otra cosa: de las palabras. De las que no salen, de las que no deben salir y de las que preparé con mucho cuidado para contestar a la pregunta que más rabia da.

Palabras con pinchos

Empiezo por la boca, que es donde empieza todo.

«Tienen pinchos y destrozan»

Hay un tipo de dolor que no sabe hablar. No es que no tengas nada que decir. Es que lo que tienes que decir viene armado. Cada frase es un erizo de mar. Si la escupes, te destroza la boca al salir, y encima no sabes qué le va a hacer al que la reciba.

Eso es lo que quería contar con la imagen de los pinchos. No el silencio del que no siente nada, sino el silencio del que siente tanto que se tiene que callar para no hacer una carnicería. Son dos silencios muy distintos, y la canción va precisamente de esa diferencia. Uno de los dos personajes está callado porque le duele. El otro está callado porque castiga.

Me gusta que la imagen sea física y un poco ridícula. Pinchos. Como los de un cactus del Ikea. Si hubiera escrito «palabras hirientes», me habría quedado en la tarjeta de felicitación de El Corte Inglés. Con pinchos, la frase tiene textura. La notas en la lengua.

El vampiro de la luna llena

Luego viene el vampiro, que es lo que la gente cree que soy.

Me hace mucha gracia esa parte porque cambia el punto de vista sin avisar. Hasta ese momento estoy dentro de mi boca, con mis pinchos. Y de repente salgo a la calle y me veo desde fuera, desde los ojos de un señor que pasa con su perro, que ve a un tío con la boca llena de sangre llorando bajo la luna y piensa: mira, un vampiro.

Es un chiste, pero también es lo que pasa cuando estás roto en público. La gente no ve tu historia. Ve una escena rara. Ve a alguien llorando en la parada del autobús de la Castellana y se inventa una película. Tú estás viviendo una tragedia de siete años y ellos ven un capítulo de «Crepúsculo» con presupuesto de corto de fin de grado.

Me encanta ese desajuste. Lo uso mucho cuando escribo. Lo grande y lo pequeño en el mismo plano. El dolor enorme por dentro y, por fuera, una escena de serie B.

La gente que pasa

Me quiero detener un poco más en esa gente que pasa cerca, porque creo que es la más importante de la canción y casi nunca se nombra.

Fotogramas del videoclip oficial de «El castigo más duro», de Mike Sain't Louis

Cuando escribes de una ruptura, lo normal es que solo haya dos personajes: tú y él. A lo sumo, una madre, una suegra, una amiga que da consejos. Pero en el arranque de esta letra aparece un público. Gente anónima. Transeúntes. Señoras con el carro de la compra, chavales con patinete, un repartidor de Glovo esperando en la puerta de un McDonald's. Y todos ellos miran.

No intervienen. No preguntan. Solo sacan conclusiones. Y la conclusión que sacan es fantástica y equivocada: un vampiro.

Me interesa esa gente porque es la que te convierte en personaje. Tú no te sientes vampiro. Te sientes una persona con el pecho cerrado que no puede hablar. Pero desde fuera, el dolor se ve raro, exagerado, teatral. Y cuando lo cuentas en una canción, tienes que elegir: o lo cuentas desde dentro, que es lo que hace casi todo el mundo, o lo cuentas también desde fuera, con la mirada de quien pasa y no entiende nada.

Yo elegí las dos. Primero la boca. Luego la acera. Esa doble cámara es lo que hace que la canción, siendo tan triste, tenga algo de comedia de enredo desde el primer minuto. Y la comedia de enredo, en mi catálogo, es casi siempre la puerta de entrada al drama.

Esperar un rato

Hay un momento de la letra que casi nadie comenta y que para mí es de lo más honesto que he escrito. El de esperar.

Dice que tengo que esperar un rato hasta que el dolor del pecho me deje respirar del todo. Así, sin metáfora. Es lo que haces en un ataque de ansiedad. Te sientas. Esperas. Cuentas las baldosas del suelo. Respiras por la nariz como te han dicho en un vídeo de YouTube. No escribes, no llamas, no contestas.

Puse esa espera en mitad de la canción porque es verdad, y porque me parecía importante que el que escucha supiera que estas letras no salen en caliente. Salen después. Primero esperas a poder respirar. Luego, si eso, escribes. Lo conté también en escribir deprisa y escribir despacio: las canciones de rabia pueden salir rápido, pero las de dolor necesitan que el pecho se afloje antes.

Es la parte más corta de la canción. Y la que más me costó.

La máscara de Saw

Aquí vuelve el humor, y vuelve con sangre, que es como me gusta.

Hay palabras, dice la letra, que si salieran de golpe activarían la máscara de la película «Saw». La versión completa, sin censura. Para quien no la haya visto: hay un artefacto en esa saga que se pone en la cabeza y que, si no te lo quitas a tiempo, te abre la mandíbula como una lata de sardinas. Es de lo más desagradable del cine de terror de los dos mil.

Yo cogí ese artefacto y lo convertí en la consecuencia de decir la verdad. Si suelto todo lo que tengo dentro, salta la trampa. No para él: para mí. Es una manera muy exagerada de decir que hay cosas que, si las dices, ya no tienen vuelta atrás. Y que a veces el castigo de hablar es peor que el castigo de callar.

Así que, dice la canción, he decidido no insistir más. Eso es lo que más me costó aceptar. Que callarse no era rendirse; era protegerse la mandíbula.

La pregunta de siempre

Y ahora llegamos a la parte que de verdad quería contar en este artículo. La pregunta.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «¿Oye y el moreno guapete de estos siete años?» de «El castigo más duro»

Cuando sales de una relación larga, hay una pregunta que te van a hacer en todas partes: en el pueblo, en la oficina, en la cola de la panadería, en el grupo de WhatsApp de los primos. ¿Y él? ¿Y tu novio? ¿Qué es de aquel chico tan majo?

En la canción la pregunta llega así, con su acento de vecina de rellano: «¿Oye y el moreno guapete de estos siete años?». Y yo, que no tenía ganas de contar la verdad a cada persona que me lo preguntaba, preparé una respuesta. Una respuesta tan absurda que nadie pudiera seguir preguntando.

«Era un holograma»

Ese es el corazón cómico de la canción, y lo digo con orgullo. No le pongo nombre. No le pongo cara. No le cuento a la vecina lo del silencio ni lo de los mensajes sin contestar. Le digo que era un holograma, que me despidieron de la empresa y no pude seguir pagándolo, y que ahora es un bloque de cemento.

El holograma

Te explico por qué funciona, o por qué creo que funciona.

Un holograma es una imagen que parece una persona pero no lo es. Se ve, brilla, se mueve, hasta parece que te mira. Pero si alargas la mano, la atraviesas. Durante siete años, ese era él, según la canción: una presencia que no estaba. Lo vi en mi casa, en las fotos, en las navidades. Y cuando fui a tocarlo, no había nada.

La broma, además, es muy de oficina. Un holograma que te alquila la empresa y que, cuando te despiden, te desactivan. Como el coche de renting, como el móvil de empresa. Me encanta la idea de que el amor de tu vida venga con contrato de mantenimiento. Y que, al perder el curro, te lo apaguen.

Hay algo de verdad dolorosa debajo, claro. La sensación de que alguien estaba contigo mientras le servías de algo. Pero dicho así, con holograma y renting, la vecina se ríe, no pregunta más y tú te vas con tu barra de pan sin tener que llorar delante de la frutería.

El bloque de cemento

El holograma no es el final. La respuesta tiene una segunda parte, que es todavía más bestia.

Ahora es un bloque de cemento. Y si tienes pasta, puedes mantenerlo.

Aquí el chiste se tuerce hacia la frialdad. El cemento no siente, no se mueve, no contesta. Es lo que queda cuando el holograma se apaga. Y la letra sigue, con una crueldad que me sigue haciendo gracia: si lo quieres, te lo reactivan en un momento, y exígeles sexo al menos una vez a la semana y, de paso, el doble de lo que marcaba. No te voy a explicar el chiste del doble. Es de los que, si los explicas, se mueren.

Lo que sí te explico es por qué está ahí. El castigo de la canción, el que le da título, tiene también una dimensión que en otras letras mías se nombra sin rodeos: el sexo negado como forma de control. En «Ni con un palo» lo escribí en serio, con frases secas. Aquí lo meto en la broma del holograma, como quien esconde una pastilla amarga dentro de un trozo de jamón para que se la trague el perro.

Lo que más rabia te dé

Hay una frase justo antes del holograma que lo resume todo: ha llegado el momento de contestar lo que más rabia te dé.

Collage con un detalle de la carátula de «El castigo más duro» y las carátulas de «Me he enamorado de un policía que es dueño de una lavandería», «Me rindo», «Ni con un palo», «Igual que en las pelis slasher»

No es la verdad. No es lo más justo. Es lo que más rabia te da. Esa es la lógica de la respuesta. Ya que me castigaste con el silencio, yo te castigo con una versión de ti que no te gusta nada: un holograma de alquiler, un bloque de cemento. Me río de ti en tu ausencia, que es la única manera que me has dejado.

No sé si eso está bien. Probablemente no. Pero a mí me salvó unas cuantas conversaciones en el ascensor. Y lo conté también en por qué me río de mis ex: la risa no siempre es elegante, pero es mía.

La edad y el alemán

Hay un verso que me hace mucha gracia por lo poco que pega: tal vez será la puta edad, y que pase lo que tenga que pasar, y que opinen de ti hasta en alemán.

¿Por qué alemán? Pues porque es el idioma que me parece más lejano y más serio. Que opinen de ti en el bar de abajo es normal. Que opinen en alemán ya es internacional. Es como decir que me da igual que se entere el mundo entero, incluidos los de un pueblo de Baviera que no saben ni dónde está Madrid.

Y lo de la edad, eso sí lo digo en serio. Llega un momento en que ya no tienes fuerzas para proteger la imagen de nadie. Ni la tuya ni la del otro. Que hablen. Que hablen hasta en alemán, con sus mayúsculas en los sustantivos. Yo ya he contestado lo que tenía que contestar.

Siete años, dos veces

El número siete sale dos veces en la letra, y las dos veces significa una cosa distinta. Lo descubrí releyendo, no escribiendo, que es como se descubren las mejores cosas de una canción propia.

La primera vez es para borrar: siete años que hay que quitar del móvil y de todas las nubes. Es un siete administrativo, de gestoría, de vaciar carpetas.

La segunda vez es en la boca de la vecina, en la pregunta del moreno guapete. Ahí el siete es otro: es el tiempo que los demás vieron. Siete años de comidas, de bodas ajenas, de fotos en grupo. Lo que para mí era una carpeta llena de archivos, para ellos era un señor concreto, con su cara y su nombre, que venía a las cenas.

Entre un siete y otro está la distancia entre lo que vives y lo que ven. Y la respuesta del holograma sirve justamente para eso: para cerrar el segundo siete sin tener que abrir el primero.

Lo que nunca tuvo gracia

Y después de todo esto, la canción se quita la peluca de broma y se queda en lo que importa. El castigo más duro que puede aplicar un narcisista, dice la letra, es hacerte creer cuatro cosas:

«que ni vales ni un mensaje»

Esa es la que más me duele de las cuatro, y por eso la cito sola. Que no vales nada, que ni vales un mensaje, que no eres nada para nadie. Pero la del mensaje es la más concreta. Es la que se puede medir. Un mensaje cuesta tres segundos. Un «estoy bien». Un «lo siento». Un emoji. Y no vales ni eso.

Es una frase que no tiene chiste. No le encontré ninguno, y no lo busqué. Cuando escribo, intento que en cada canción haya por lo menos un sitio donde se acaba la broma, y en esta ese sitio está aquí, al final, repetido dos veces, con una vocal estirada en mitad que suena a sirena.

Lloro porque no entiendo nada. Me hizo dejar de quererle de la noche a la mañana. Lo de dejar de quererle de un día para otro no es un poder: es lo que pasa cuando alguien te deja sin aire. Por la mañana todavía le quieres. Por la noche ya no. Y en medio, un día entero muriéndote de ver que a él no le afecta nada.

Por qué no insistir

Vuelvo a la decisión del principio, la de no insistir más, porque creo que es la clave de toda la canción y de muchas de mis letras sobre narcisismo.

Ficha de la canción «El castigo más duro» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Hay un momento en que entiendes que tus palabras, por muy bien elegidas que estén, no van a llegar. Que el otro no las quiere. Que su silencio no es una pausa sino un muro. Y entonces tienes dos opciones: o te dejas la boca sangrando contra ese muro o te vas a escribir una canción.

Yo elegí la segunda. No por valentía, que no tengo tanta. Por pura supervivencia. Las palabras con pinchos, en una canción, no me destrozan la boca. Las saco con guantes. Las coloco. Las hago rimar, más o menos. Y salen afiladas pero ya no me hieren a mí.

Esto es lo que intento contar cuando digo que la letra es mía. Lo es: la escribí entera, sin IA. La música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial, como Suno, que yo dirijo; lo explico con calma en Sobre Mike. Una máquina puede poner un ritmo a «era un holograma». Lo que no sabe es por qué esa respuesta me salvó de llorar en la frutería.

Una canción con primas de miedo

Si te gusta el terror mezclado con desamor de esta canción, el catálogo tiene más de esa familia. En «Igual que en las pelis slasher» el protagonista se siente como la chica sola de una peli de miedo, en pijama y bata, preguntando si hay alguien ahí mientras el ex le amenaza con lo único que de verdad le duele. Ahí la estética de serie B ya no es un detalle: es todo el decorado.

Y si lo que te interesa es la parte del silencio, la de no valer ni un mensaje, «Ni con un palo» es la versión sin bromas. Las dos canciones se miran desde lados opuestos del mismo pasillo. Una se ríe para no llorar. La otra no se ríe.

Si te preguntan a ti

Te dejo una idea práctica, que para eso estamos. Si estás saliendo de algo parecido y te hacen la pregunta del moreno guapete, o de la rubia de los cinco años, o de quien sea, no tienes por qué contar la verdad. No le debes tu historia a la vecina, ni a tu tía, ni al compañero de la máquina de café.

Invéntate tu holograma. Una respuesta absurda que corte la conversación con una sonrisa. Que se rían y pasen a otra cosa. La verdad se la cuentas a quien te la sepa sostener. Al resto, cemento.

Y si un día te apetece contar la verdad, también está bien. No hay prisa. Las palabras con pinchos se van limando con el tiempo, como los guijarros de una playa de Almería que llevan siglos dando vueltas en la orilla. Un día te das cuenta de que puedes decir su nombre sin que te sangre nada. Ese día no hace falta holograma. Ese día dices «estuve siete años con alguien y salió mal», y te tomas el café, y la vecina te pregunta por tu madre, y la vida sigue con su ruido de persianas y de obras en la calle de al lado.

Hasta entonces, cemento. Y canciones.

La letra completa está en gayfolkplanet.com y en el archivo de letras de esta web. Escúchala con la boca cerrada. Por si acaso.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «El castigo más duro»? Habla del silencio como castigo en una relación con un narcisista. Empieza con palabras que no se pueden decir porque hacen daño, pasa por la decisión de borrar siete años de recuerdos y por una respuesta absurda para quien pregunta por el ex, y termina con el castigo que da título a la canción: hacerte creer que no vales ni un mensaje.

¿En qué disco está? En «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el segundo disco de la trilogía GAYFOLK. En la lista de singles de Planeta Gayfolk es la pista 165 de 273.

¿Quién escribe la letra y cómo se hace la música? La letra es mía, escrita sin IA. La música y las voces se producen con herramientas de inteligencia artificial, como Suno, que dirijo yo. Soy letrista, compositor y productor musical madrileño.

¿Dónde puedo leer la letra y escucharla? La letra completa está en la ficha de la canción y en gayfolkplanet.com. Puedes escucharla en Spotify.

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