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Demasiado cerca: «Contact Overwhelms Me», el torero rosa y la distancia que pide la piel

Hay títulos que suenan a confesión dicha entre dientes. «Contact Overwhelms Me» es uno de ellos: el contacto me abruma, me desborda, me sobrepasa. Cuatro palabras en inglés que cualquiera que haya querido apartarse de un abrazo entiende enseguida. Lo raro es la imagen que las acompaña en la portada de «Contact Overwhelms Me»: un hombre vestido de torero, de fucsia y oro, con el capote recogido en la mano.

Vaya por delante lo de siempre, contado de otra forma: de esta canción no se conocen todavía los versos. En gayfolkplanet.com, su página de letra avisa de que estarán disponibles próximamente, y hasta entonces no pienso rellenar el hueco con frases que no existen. Trabajo con lo que hay: la carátula, el título, la posición del tema entre mis singles y lo que he dejado escrito en otros sitios.

Un traje de luces en fucsia

El protagonista mira de frente a cámara, serio, con la barba recortada y el pelo corto peinado hacia arriba. Lleva una chaquetilla de torero de un rosa intenso, casi fucsia, bordada en oro, con pedrería y con hombreras cargadas de cuentas blancas que parecen perlas. Debajo, chaleco a juego, camisa blanca y una corbata negra fina. En la oreja izquierda le cuelga un pendiente pequeño con una cruz.

El fondo es oscuro, rojo granate, como el terciopelo de un palco o la madera pintada de una barrera. La luz cae lateral y hace brillar cada lentejuela. Precisamente de ahí viene el nombre de este vestuario: se llama traje de luces porque los bordados y los adornos metálicos reflejan la luz del sol en la plaza.

A la izquierda, el título ocupa casi media portada con letras enormes, gastadas, de un rosa algo más oscuro: CONTACT OVERWHELMS ME. El «ME» final es gigantesco, como si el peso de la frase cayera sobre esa palabra. Debajo, en blanco, el nombre del autor, y una pequeña flor de lis entre dos líneas.

El capote recogido

En la parte inferior, el hombre sujeta con una mano un capote doblado, de color magenta por fuera, con un borde amarillo que asoma por dentro. Es el capote de brega, el que se usa en los primeros tercios de la lidia: tradicionalmente tiene una cara rosa y otra amarilla.

Que esté recogido y no desplegado importa. Un capote abierto es acción, es lance, es el momento de engañar al animal con el movimiento de la tela. Un capote doblado bajo el brazo es antes o después. El paseíllo, la espera, el final de la faena. El torero de esta portada no está toreando. Está quieto, mirándonos, con la herramienta de la distancia guardada en la mano.

Porque eso es, en el fondo, un capote: una forma de poner algo entre tu cuerpo y lo que se te viene encima. Una tela que desvía. Me parece una imagen muy precisa para un título sobre el contacto que abruma. Hay quien va por la vida con un capote invisible, desviando abrazos, manos en el hombro, besos de saludo, preguntas demasiado cercanas.

Por qué no puedo mirarla como un homenaje

Tengo que decir algo con claridad, porque si no esta portada se puede malinterpretar. No soy partidario de las corridas de toros. Lo dejé escrito en la descripción del videoclip de «Cada cornada», con estas palabras:

La tauromaquia no es un símbolo intocable: es una costumbre que resiste por inercia, por miedo, por esa comodidad de mirar solo hacia donde no duele.

Así que cuando un traje de luces aparece en mi universo, no lo leo como una celebración de la plaza. Lo leo como un disfraz cargado de significado: el uniforme de la masculinidad más ceremonial de España, pasado por el filtro del rosa, de la pedrería y de la pluma. Un vestuario que siempre ha sido muy camp, aunque quienes lo defienden no lo quieran ver así: medias rosas, bordados, chaquetillas ajustadas, coletas postizas.

No es nuevo ver ese juego en el cine. Pedro Almodóvar ya llevó la estética taurina a su terreno en «Matador», en 1986, mezclando muerte, deseo y espectáculo, y volvió a ella en «Hable con ella», en 2002, con una torera en el centro de la historia. La tauromaquia como escenario de cuerpos expuestos, de miradas y de heridas está muy presente en la cultura española, también en la queer.

Una plaza llena de gente mirando

Pensemos en la escena que sugiere el traje. Una plaza de toros es uno de los lugares donde más se mira a un solo cuerpo. Miles de personas pendientes de un hombre en el centro de la arena, de cada paso, de cada gesto. Y el hombre, vestido para brillar, tiene que mantener el control mientras algo enorme se le acerca una y otra vez.

Fotogramas del videoclip oficial de «Contact Overwhelms Me», de Mike Sain't Louis

Ahí hay una metáfora inesperada para el título. El contacto que abruma no tiene por qué ser solo físico. También abruma la atención: los ojos, los comentarios, la expectativa de los demás. Hay gente que, en una fiesta o en una reunión familiar, se siente exactamente así: en mitad del ruedo, con todos mirando, esperando a ver cómo responde.

Y luego está lo que embiste. La vida social trae a veces cosas que se te echan encima sin preguntar: la persona que te abraza sin avisar, el compañero que invade tu mesa, el familiar que exige dos besos aunque no te apetezca. No son toros, claro. Pero a quien el contacto le sobrepasa, cada uno de esos gestos le llega con una fuerza parecida.

Las distancias que no se ven

En 1966, el antropólogo estadounidense Edward T. Hall publicó «La dimensión oculta», un libro en el que propuso la proxémica: el estudio de cómo usamos el espacio entre los cuerpos. Hall distinguió varias zonas. La íntima, hasta unos 45 centímetros, reservada a parejas, hijos y personas muy cercanas. La personal, hasta algo más de un metro, para amigos y conversaciones de confianza. La social, entre uno y tres metros y medio, para el trato con conocidos o en el trabajo. Y la pública, más allá.

Lo interesante es que esas distancias cambian según la cultura, y que nadie nos las enseña con palabras. Las aprendemos a fuerza de ver. En España, por ejemplo, el trato tiende a ser cercano: dos besos al presentarse, palmadas en la espalda, manos en el brazo mientras se habla. Para mucha gente eso es calidez. Para otra, es una invasión diaria que tiene que soportar con una sonrisa.

En 2020 todos hicimos un curso acelerado de proxémica. Con la pandemia, la distancia interpersonal recomendada en España se fijó en metro y medio, y durante meses los suelos de farmacias y supermercados se llenaron de pegatinas que marcaban dónde detenerse. Para mucha gente fue una pérdida dolorosa: sin abrazos, sin besos, sin la mano en el brazo. Para otras personas, en cambio, fue la primera vez que el mundo respetaba la distancia que siempre habían necesitado. Cuando se retiraron las medidas, algunas contaron que volver a los dos besos les costó más de lo que esperaban.

Cuando alguien entra en tu zona íntima sin permiso, el cuerpo lo nota antes que la cabeza: tensión en los hombros, ganas de dar un paso atrás, un pequeño sobresalto. El título de esta canción podría ser la traducción de esa sensación a palabras.

La piel también se cansa

Hay personas para las que el tacto es especialmente intenso. En los años sesenta, la terapeuta ocupacional estadounidense A. Jean Ayres describió lo que llamó defensividad táctil: una reacción de alarma ante contactos que a la mayoría le resultan neutros, como una etiqueta en el cuello, un roce en el metro o una caricia inesperada. Hoy se habla más en general de diferencias en el procesamiento sensorial, muy frecuentes, por ejemplo, en personas autistas o con TDAH, aunque no exclusivas de ellas.

Collage con un detalle de la carátula de «Contact Overwhelms Me» y las carátulas de «Cada cornada», «Antisocial», «El abrazo de Pitufo», «Barcelona»

En 1996, la psicóloga Elaine Aron popularizó además la idea de la persona altamente sensible, un rasgo de temperamento que, según sus estudios, tendría entre el 15 y el 20 % de la población. No es una enfermedad ni un diagnóstico. Es una forma de procesar los estímulos con más intensidad: el ruido, la luz, las emociones de los demás y, sí, también el contacto.

Lo que todas esas descripciones tienen en común es algo importante: no es manía, ni frialdad, ni mala educación. Es un sistema nervioso que recibe más señal de la que puede ordenar en ese momento. Y cuando la señal desborda, la reacción natural es apartarse.

Quien vive así suele desarrollar sus propias estrategias, a veces sin darse cuenta. Elegir el asiento del pasillo para poder salir. Llegar pronto a las reuniones para no tener que cruzar una sala llena. Avisar a los amigos de que prefiere no abrazar. Ponerse auriculares en el metro aunque no lleve nada sonando. Ninguna de esas tácticas es rara. Son pequeños burladeros portátiles: los huecos tras la barrera donde, en la plaza, alguien puede refugiarse un momento y recuperar el aliento.

El hambre de piel y el exceso de piel

Al mismo tiempo, el ser humano necesita el tacto. En 1958, el psicólogo Harry Harlow presentó sus famosos experimentos con crías de macaco: entre una «madre» de alambre que daba leche y otra de felpa que no daba nada, las crías pasaban casi todo el tiempo agarradas a la de felpa. El consuelo del contacto pesaba más que la comida. Fueron experimentos muy crueles con los animales, que hoy no se harían igual, pero cambiaron para siempre la forma de entender el apego.

En 1992, la psicóloga Tiffany Field fundó en la Universidad de Miami el Touch Research Institute, dedicado a estudiar los efectos del tacto en la salud, desde los bebés prematuros hasta los adultos. Y en inglés se ha popularizado la expresión «skin hunger», hambre de piel, para nombrar la falta de contacto físico que tantas personas notaron, por ejemplo, durante los confinamientos de 2020.

Lo curioso es que las dos cosas pueden ocurrir en la misma persona. Se puede tener hambre de piel y, a la vez, sentir que cierto contacto abruma. No es una contradicción. Es que el tacto que se elige y el que se impone no son lo mismo. Un abrazo deseado repara. Uno forzado agota, aunque venga con buena intención.

Elegir quién se acerca

En mi catálogo hay canciones que defienden justo ese derecho a seleccionar. En «Antisocial» hay un verso que podría estar escrito para alguien a quien el contacto le desborda:

Evito las miradas, los saludos en la calle,

Y un poco más adelante, la otra cara de la moneda, la de quien no rechaza a todo el mundo, sino que elige:

Pero a los pocos elegidos, mi lealtad es eterna,

Esa es la clave. No se trata de no querer a nadie cerca, sino de decidir quién puede acercarse y cuánto. Mis personajes suelen tener pocos contactos, pero muy fieles. Y en ese círculo pequeño entran también los animales: hay una canción entera dedicada a «El abrazo de Pitufo», y el título ya lo dice todo sobre qué tipo de abrazo sí calma.

Acércate a mí, pero despacio

También tengo letras que celebran el contacto sin reservas. En «Barcelona» la pista de baile se llena de cuerpos y una petición se repite en español en mitad del inglés:

Más fotogramas del videoclip oficial de «Contact Overwhelms Me», de Mike Sain't Louis
Turn the beat up, feel the rush, "acércate a mí"

Y más adelante, el tacto aparece sin rodeos:

Your hands, my waist, steps in the sand

Hablé de esa noche en otra ciudad en «Dos toreros en la pista», y me hace gracia que aquel título ya usara la imagen del torero. Pongo las dos canciones juntas porque muestran algo muy humano. El mismo cuerpo que una noche pide «acércate» puede, otra noche, sentir que cualquier roce sobra. Depende del cansancio, del lugar, de la persona, del momento. El deseo de contacto no es un interruptor fijo. Sube y baja.

El derecho a decir «no me toques»

Hay una dimensión social en este título que no quiero pasar por alto. Durante mucho tiempo se ha enseñado a la gente, y sobre todo a los niños, a aceptar el contacto aunque no lo quieran. «Dale un beso a la tía». «No seas arisco, que es tu abuelo». «Venga, un abrazo, que no muerde». Con buena intención, pero con un mensaje de fondo peligroso: que tu cuerpo no es del todo tuyo.

Hoy muchas guías de crianza recomiendan lo contrario: ofrecer opciones, como chocar la mano, saludar de lejos o dar un abrazo, y respetar la que el niño elija. Es una forma temprana de enseñar consentimiento. Si aprendes de pequeño que puedes decir que no a un beso, de mayor te resultará más fácil decir que no a otras cosas.

En España, la Ley Orgánica 10/2022 de garantía integral de la libertad sexual, conocida como ley del «solo sí es sí», puso en el centro del debate la idea de que el consentimiento tiene que expresarse de forma clara. Esa ley trata de violencia sexual, que es otra cosa muy distinta de un saludo incómodo. Pero la lógica de base, la de que nadie tiene derecho automático sobre tu cuerpo, empieza en lo pequeño. En el beso que no apetece. En la mano en la espalda que nadie pidió.

Cuando el contacto se vuelve presión

En el ambiente LGTBI hay también una versión de esto que se habla poco. En la discoteca, en la sauna, en la pista, a veces se da por hecho que todo el mundo quiere contacto y que el roce es parte del juego. Muchas veces lo es, y es bonito. Pero no siempre. Un culo tocado sin permiso en una fiesta sigue siendo un culo tocado sin permiso, aunque la música esté alta y todo el mundo vaya sin camiseta.

Y luego está el contacto digital, que también abruma. Los mensajes que no paran, las notificaciones a deshoras, la persona que no acepta un silencio. Para eso existe el bloqueo, y no es de cobardes: lo defendí en «Bloquear no es de cobardes». En inglés «contact» también es eso: el contacto que se mantiene o se corta con alguien. El título admite esa lectura sin forzarla.

La mirada que no se aparta

Vuelvo a la portada, a la cara del torero. No sonríe. No está asustado. Mira a cámara con una mezcla de cansancio y firmeza, como quien ya ha decidido algo. Si lo pongo al lado del título, la escena tiene algo de declaración: «el contacto me abruma, y no voy a disimularlo».

Me gusta que no sea una imagen de huida. Alguien a quien el contacto le sobrepasa podría aparecer encogido, de espaldas, tapándose. Aquí no. Está vestido con el traje más llamativo posible, de frente, con los hombros cargados de perlas. Es una forma de decir que poner límites no te hace menos visible, ni menos valiente, ni menos tú.

También me fijo en la ropa que lleva debajo del traje. Camisa blanca impecable y corbata negra estrecha: la parte más sobria del conjunto, la que queda pegada a la piel. Encima, toda la pedrería, las perlas y el bordado. Es como si la imagen tuviera capas: lo que se enseña al público, brillante y pesado, y lo que toca el cuerpo, sencillo y ordenado. A veces la gente que más necesita distancia es la que más se arregla, como si el adorno sirviera para marcar un perímetro.

Hay un pequeño detalle más: la cruz que cuelga de la oreja. Las cruces y estampas son parte del imaginario de las plazas, de las capillas donde se reza antes de salir. Aquí es solo un pendiente, un adorno discreto. Pero añade a la imagen una nota de protección, de amuleto. Algo que uno lleva encima para sentirse un poco más a salvo.

Un single suelto al lado de La Veneno

En la lista de singles, este tema ocupa el puesto 224 de 273, y no forma parte de ninguno de los tres discos de la trilogía: es un single independiente. Justo antes está «Kaaa Miga», mi homenaje a La Veneno, una mujer trans que fue escándalo, humor y coraje en la televisión de los noventa.

Ficha de la canción «Contact Overwhelms Me» con su carátula: disco «Single fuera de la trilogía», letra y producción de Mike Sain't Louis

No voy a inventar una relación entre los dos temas, porque no la he contado en ningún sitio. Pero me parece llamativo que, en la lista, una canción dedicada a alguien que se plantó ante el mundo con todo su cuerpo y todo su descaro vaya seguida de una cuyo título habla de cuánto puede abrumar el contacto con ese mismo mundo. Exposición total y necesidad de distancia, una al lado de la otra.

Este single, como el resto de mi catálogo, lo publico con mi propio sello, MIKE SAIN'T LOUIS. Si quieres saber más sobre cómo trabajo, lo cuento en la página sobre mí.

Si el contacto te desborda

Si te reconoces en el título, no tienes nada que arreglar por el simple hecho de necesitar más espacio que otros. Pero si el agobio ante el contacto o ante la gente es tan fuerte que te impide trabajar, salir o relacionarte, o si viene acompañado de ansiedad intensa, merece la pena consultarlo con un profesional. Hay terapias y estrategias que ayudan mucho, y hay profesionales especializados en procesamiento sensorial.

Si el contacto que te abruma es de alguien que no respeta tus límites, eso no es tu problema de sensibilidad: es su problema de respeto. Cuéntalo, pide apoyo y, si hace falta, protégete.

Y si en algún momento la angustia se vuelve insoportable o aparecen pensamientos de hacerte daño, en España tienes el 024, un teléfono gratuito y confidencial que no cierra nunca. Si alguien corre peligro ahora mismo, marca el 112. Desde fuera de España, la mejor opción es buscar la línea de ayuda en crisis de tu país o su número de emergencias. Sobre cómo me acompaña la música en los días de ansiedad escribí en «La música me está salvando».

Para quien guarda su capote en la mano

Para quien da un paso atrás cuando alguien se acerca demasiado. Para quien prefiere saludar con la mano que con dos besos. Para quien sale de una fiesta agotado aunque se lo haya pasado bien, porque tanto roce y tanto ruido le han dejado sin batería.

Para quien a veces pide «acércate» y otras veces necesita que nadie le toque. Para quien está aprendiendo a decir que no sin pedir perdón. Para quien ha descubierto que poner límites es también una forma de quererse.

Y para quien sabe que un traje rosa bordado en oro puede ser, a la vez, una armadura y una provocación. Mientras no se publique su letra, puedes escuchar el tema en tu plataforma habitual o descargarlo gratis, sin dar ningún dato, en mi página de descargas. Cuando los versos estén listos, los compartiré tal cual nacieron.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Contact Overwhelms Me»? Su letra todavía no se ha publicado, así que este post no cita ningún verso suyo. La portada muestra a un hombre vestido de torero, con un traje de luces fucsia bordado en oro y un capote rosa y amarillo recogido en la mano. El post lee el título, «el contacto me abruma», desde la distancia física, la sensibilidad y los límites.

¿En qué disco está? En ninguno de los tres discos de la trilogía Gayfolk: es un single independiente. En la lista de singles ocupa el puesto 224 de 273, justo después de «Kaaa Miga».

¿Mike Sain't Louis defiende los toros? No. En la descripción del videoclip de «Cada cornada» escribió que la tauromaquia es una costumbre que resiste por inercia. En esta portada el traje de luces funciona como imagen y como disfraz, no como homenaje.

¿Es normal que el contacto físico me agobie? Mucha gente tiene un umbral distinto ante el tacto, por temperamento o por diferencias en el procesamiento sensorial. No es mala educación. Si te limita mucho el día a día, consúltalo con un profesional.

¿Dónde pido ayuda si estoy muy mal? En España, el 024 atiende gratis y a cualquier hora; ante un peligro inmediato, el 112. Fuera de España, busca la línea de crisis de tu país.

¿Quién hace esta canción? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, que se presenta como el primer cantautor IA. Escribe las letras y dirige la producción; la música y las interpretaciones se generan con inteligencia artificial.

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