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Bloquear no es de cobardes: el contacto cero en tiempos de stories

Hay un verso de «No Contact» que podría ser el inicio de una novela:

Tu llamada ya no suena

Cuatro palabras. Ni una más. Y dentro, todo el trabajo que hace falta para que sea verdad.

Porque que una llamada deje de sonar no pasa solo. Alguien ha tenido que tomar una decisión, ha tenido que buscar en los ajustes del teléfono, ha tenido que pulsar un botón y confirmar que sí, que de verdad quiere bloquear este contacto. Y luego ha tenido que hacer lo mismo en otra aplicación. Y en otra. Y en otra más.

En la ficha de la canción ya hablé de cómo esta letra coge la regla del contacto cero, el consejo de manual para salir de una relación con alguien narcisista, y la convierte en una fiesta. La letra completa está publicada. Aquí quiero bajar al detalle práctico, a esa parte que la canción resume en cuatro palabras y que en la vida real ocupa semanas: cómo se corta el contacto con alguien en una época en la que todo el mundo está conectado con todo el mundo por veinte sitios a la vez.

Las veinte puertas de un móvil

Hace unas décadas, cortar con alguien era relativamente sencillo. No cogías el teléfono fijo cuando sonaba a ciertas horas. Le pedías a tu madre que dijera que no estabas. Devolvías las cartas sin abrir, si había cartas. Evitabas ciertos bares. Y poco más. La persona desaparecía de tu vida casi por defecto, porque no había muchos sitios por donde colarse.

Hoy, la misma persona puede estar presente en tu día a día por una cantidad absurda de rendijas. Hagamos la lista, que es larga:

El WhatsApp, claro. Pero también el grupo de WhatsApp de los amigos, donde no puedes bloquearla sin que se note. El Instagram, con sus stories, sus mensajes directos y su lista de quién ha visto qué. El TikTok, que te la puede poner delante sin que la sigas. El Facebook, si sois de esa generación. La aplicación de ligar donde os conocisteis, que te avisa de que está a doscientos metros. La lista compartida de Spotify que hicisteis juntos y que sigue apareciendo en tu inicio. La ubicación compartida que se te olvidó desactivar. El Bizum, que de repente te enseña su nombre cuando vas a pagar la cena con otro. El correo, el LinkedIn, el Telegram, el número de teléfono de su madre que todavía tienes guardado por si acaso.

Cada una de esas puertas es un sitio por donde puede volver. Y cada una exige una decisión pequeña, que sumada a las demás se convierte en una decisión enorme.

Por eso me parece tan bonito que la canción lo resuelva en una sola frase. No porque sea fácil, sino porque cuando por fin está hecho, se siente exactamente así: un silencio. El teléfono que no suena. La paz de que ya no haya ninguna puerta abierta.

La primera mañana

La canción empieza por la mañana, y eso dice mucho. Antes de la discoteca, antes de las luces y del drop, la primera estrofa arranca con alguien que se despierta sintiéndose libre.

Quien haya pasado por una ruptura de este tipo sabe que las mañanas son lo peor. Por la noche, con gente alrededor, es fácil distraerse. Pero al despertar, en ese minuto en el que todavía no estás del todo consciente, la cabeza va sola al sitio de siempre. Coges el móvil antes de abrir los ojos del todo. Miras si hay algo. Y la ausencia de mensajes duele, aunque hayas sido tú quien ha cerrado todas las puertas.

Por eso esa primera mañana en la que te despiertas y lo primero que sientes no es el hueco, sino el alivio, es un acontecimiento. No llega el primer día, ni el segundo. Llega cuando llega, a veces sin avisar, un martes cualquiera. Y cuando llega, te das cuenta de que has pasado una frontera.

La letra no dice cuánto ha tardado esa mañana en llegar. Solo cuenta que ha llegado, que el otro ya no forma parte de quien habla y que, a partir de ahí, todo lo demás es celebración. Me gusta pensar que la canción entera, con su noche de discoteca, es la fiesta que se merece esa mañana.

La culpa de bloquear

Hay algo que casi nadie cuenta del contacto cero, y es la culpa.

Fotogramas del videoclip oficial de «No Contact», de Mike Sain't Louis

Bloquear a alguien sigue teniendo mala prensa. Se considera un gesto infantil, exagerado, poco elegante. «Hombre, tampoco hace falta bloquear», te dicen. «Podéis ser adultos.» «Es que bloquear es de crías.» Mucha gente cree que la forma madura de terminar una relación es seguir siendo amigos, o por lo menos seguir teniendo a la otra persona en los contactos, como prueba de que no hay rencor.

Con alguien normal, a lo mejor. Con una persona que manipula, que hace luz de gas, que te ha hecho dudar de tu propia memoria, ese «podéis ser adultos» es una trampa. Porque cada puerta abierta es una invitación a volver a empezar. Un «¿cómo estás?» inocente a las tres de la mañana. Un «me he acordado de ti» al ver una canción. Un «solo quería pedirte perdón». Y, detrás, el mismo ciclo de siempre.

En los textos sobre narcisismo hay un nombre para esto en inglés, «hoovering», de la marca de aspiradoras: el intento de volver a absorberte cuando ya te habías ido. Y la única defensa que funciona de verdad contra una aspiradora es no estar en la misma habitación.

La canción lo dice sin ninguna culpa:

Aunque supliques, not at all

Me gusta ese «not at all» porque no da explicaciones. No dice «lo siento, pero». No dice «necesito tiempo». Dice que no. Y ya. Bloquear, en esta letra, no es un gesto de cobardía ni de inmadurez. Es la cerradura que pones en tu propia puerta.

Los amigos en común

Hay una dificultad del contacto cero que en el mundo gay se multiplica, y es lo pequeño que es el mundo gay.

En cualquier ciudad, el ambiente tiene un número limitado de bares, de discotecas, de saunas, de grupos de amigos. Las aplicaciones de ligar te enseñan a las mismas caras una y otra vez. El ex de tu amigo es el amigo de tu ex. El chico con el que ligaste anoche resulta que salió con el que te rompió el corazón hace dos años. Y la persona a la que has bloqueado en todas partes sigue estando, inevitablemente, en la fiesta de cumpleaños de alguien.

Eso convierte el contacto cero en algo más complicado que pulsar botones. Hay que decidir qué haces con los amigos en común. Si les pides que no te cuenten nada. Si dejas de ir a ciertos sitios. Si aguantas la noche en la que coincidís en el mismo bar y cada uno está en una punta.

Y aquí es donde la canción se pone de tu parte con una idea muy concreta: la pista. En lugar de esconderte, sales. En lugar de evitar el bar, lo llenas. «On the dancefloor, I don’t look back», dice el estribillo. Si os cruzáis, que te vea brillar. No mirar atrás no significa no ir a los sitios. Significa ir y no buscarle con los ojos.

El fantasma que mira tus stories

Hay una ironía preciosa en la última parte de la letra. El último tramo acaba diciéndole al otro que el fantasma es él.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «Aunque supliques, not at all» de «No Contact»

Durante años, la palabra de moda para hablar de desapariciones en el amor ha sido «ghosting»: alguien deja de contestar de un día para otro, sin explicación, y se convierte en un fantasma. La víctima del ghosting se queda mirando el móvil, esperando un mensaje que no llega. El fantasma, en esa historia, es el que tiene el poder.

En «No Contact» la situación es la contraria. Quien desaparece no es el que manipula, sino el que se libera. Y quien se queda convertido en fantasma, rondando, es el ex. Ese que, aunque esté bloqueado en el WhatsApp, a lo mejor sigue viendo tus stories desde una cuenta secundaria. Ese que pregunta por ti a los amigos en común. Ese que aparece en la discoteca justo la noche que tú estás.

Llamarle fantasma es devolverle la jugada. Un fantasma está presente, sí, pero ya no puede tocarte. Puede mirar, puede rondar, puede hacer ruido en el pasillo de madrugada. Pero no tiene cuerpo. No puede volver a entrar en tu vida a menos que tú le abras.

Y si sigue mirando tus stories, que mire. Que vea a alguien que está bien.

La gorra que no se merece

Mi verso favorito de la canción es uno muy tonto, de esos que dan risa la primera vez y luego no te los puedes quitar de la cabeza:

Don’t deserve ni mi snapback

Ni mi gorra. Ni siquiera eso te mereces. La palabra «snapback» es el nombre de esas gorras de visera plana con un cierre ajustable atrás, y meterla en un estribillo sobre el narcisismo tiene algo de genialidad tonta. Pero es que además en inglés «snap back» también se usa para hablar de volver de golpe a un estado anterior, de recuperarse. Y la canción se queda con las dos lecturas a la vez: no te mereces ni mi gorra, y no te mereces que yo vuelva.

Ese tipo de humor es muy mío y tiene una función muy concreta en canciones como esta. Cuando hablas de algo que ha hecho mucho daño, la risa sirve para no dejar que el daño se quede con la última palabra. Ya lo conté en Me río de mis ex porque es la forma más honesta que tengo de contarlo. Reírse del narcisista no es quitarle importancia a lo que hizo. Es quitarle importancia a él.

Y en una pista de baile, además, el chiste funciona como grito de guerra. No hay nada que descoloque más a alguien que se cree el centro de tu vida que verte reírte de su gorra.

Temblar sin caer

Debajo de tanta fiesta, la letra tiene un momento de honestidad que no quiero pasar por alto. Es en el preestribillo, cuando reconoce que tiembla. Aunque tiemble, no va a caer.

Esa admisión es importante. Las canciones de autoayuda bailable suelen venderte una versión de la ruptura en la que sales triunfante desde el minuto uno. Te miras al espejo, te pintas los labios y ya está. La vida real no funciona así. El contacto cero, sobre todo los primeros días, es duro. Hay noches en las que tienes el dedo encima del botón de desbloquear. Hay mañanas en las que te despiertas con el impulso de escribirle solo para ver si contesta.

La canción no esconde eso. Lo pone en la letra, justo antes del estribillo más festivo, como si dijera: sí, tiemblo, pero mira cómo bailo.

El narrador menciona también que la terapia le ha ayudado, y me parece un detalle muy honesto para una canción de discoteca. Salir de una relación así casi nunca se hace en soledad. Hace falta alguien que te ayude a ver lo que te han hecho, a poner nombre a las cosas, a no creerte la versión que el otro te ha contado de ti. Que eso aparezca entre beats y luces tiene algo de normalizador.

Cambiar lágrimas por beat

Hay una idea en la segunda estrofa que resume toda la propuesta de la canción: cada lágrima se cambia por el beat.

Collage con un detalle de la carátula de «No Contact» y las carátulas de «Gaslighting», «El narcisista», «El descarte del narcisista», «Narci de cutre culebrón»

No se trata de no llorar. Las lágrimas están ahí, se reconocen, se cuentan. Pero se transforman en otra cosa. Se convierten en ritmo, en movimiento, en una forma de usar el cuerpo que no es la de quedarse en la cama mirando el techo.

Hay algo muy queer en esa manera de procesar el dolor. Durante mucho tiempo, la pista de baile fue el sitio donde la gente como nosotros iba a sobrevivir a lo que pasaba fuera. Donde se bailaba después de los entierros, después de los insultos, después de las rupturas. La discoteca como sala de urgencias emocional, con bola de espejos en lugar de fluorescentes.

«No Contact» se apunta a esa tradición. No te propone superar al narcisista meditando, ni escribiendo un diario, ni con un retiro espiritual. Te propone salir, subir el volumen y gritar que estás libre. A lo mejor no es la terapia que recomienda un manual. Pero es la que muchos hemos practicado alguna vez.

Una familia de canciones

«No Contact» forma parte de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», pero no está sola en mi catálogo. Tiene primas hermanas por todas partes, porque el narcisismo y la manipulación son temas a los que vuelvo una y otra vez.

Está «Gaslighting», que desmonta la manipulación desde dentro, cuando todavía estás en la relación y no te crees lo que ves. Está «El narcisista», que es más bien un retrato del personaje. Y está «El descarte del narcisista», que cuenta el momento en que te tira como un objeto usado.

Si las pones en orden, salen casi como los capítulos de una historia. Primero la manipulación, luego el retrato, luego el descarte. Y al final, «No Contact», que es la única en la que la decisión la toma quien había sufrido todo lo anterior. Es el capítulo en el que se cierra la puerta desde dentro.

Si te apetece escucharlas en ese orden, empieza por «Gaslighting» y termina con esta. El final es bastante mejor que el principio.

Los monos voladores

Hay otra expresión de los textos sobre narcisismo que me encanta, porque viene directamente de uno de los iconos más maricas de la historia del cine. Se habla de «monos voladores» para referirse a la gente que el narcisista manda a hacer el trabajo sucio cuando tú ya no le contestas.

Los monos voladores son los de «El mago de Oz», los que la Bruja del Oeste envía a por Dorothy. Y Dorothy, con sus zapatos de rubí y su arcoíris, es de las figuras más queridas por el público gay de todas las épocas. Durante décadas, en Estados Unidos, decir que alguien era «amigo de Dorothy» era una forma discreta de decir que era gay. Así que la imagen tiene su gracia: los monos voladores persiguiendo a Dorothy son, en cierto modo, los que persiguen a una de las nuestras.

En la vida real, los monos voladores son esos amigos en común que de repente te escriben para decirte que «está fatal», que «deberías hablar con él», que «no es tan malo como crees», que «tampoco hace falta ponerse así». A veces lo hacen de buena fe, sin saber lo que hay detrás. A veces no. En cualquier caso, son otra puerta abierta.

El contacto cero, si se hace de verdad, acaba incluyendo también a algunos de esos monos. No a todos, ni para siempre. Pero sí durante el tiempo que haga falta para que nadie te traiga recados que no has pedido.

En la canción no aparecen monos voladores, pero sí la actitud con la que hay que tratarlos. «No excuses para ti», dice la segunda estrofa. Ni para él ni para quien venga en su nombre.

Lo que no hace falta explicar

Hay una última cosa que me gusta mucho de «No Contact» y que tiene que ver con lo que la canción no hace. No explica.

Ficha de la canción «No Contact» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

No cuenta con detalle qué pasó en la relación. No enumera las mentiras, no reconstruye las peleas, no intenta convencer a nadie de que el ex era malo. Lo da por hecho. Hay una mención a la luz de gas, otra a las excusas, otra a las lágrimas, y ya está. El resto de la letra está dedicada a lo que viene después.

Eso, en un tema como este, es una decisión importante. Quien sale de una relación con alguien manipulador suele sentir una necesidad enorme de explicarse. De que los demás entiendan lo que ha pasado. De que alguien le diga que no se está volviendo loco. Y esa necesidad, a veces, se convierte en otra forma de seguir atado: sigues hablando de él, sigues contando su historia, sigues dándole protagonismo.

La canción se salta esa fase. No porque no importe, sino porque ya no es asunto de la pista. Las explicaciones, para la terapia y para los amigos de verdad. Para la discoteca, solo hace falta saber que ya está.

En otras canciones mías el ex sí tiene protagonismo, y lo tiene de forma muy cómica, como en «Narci de cutre culebrón» o en toda la galería que repasé en Pequeña tipología cómica de exnovios. Pero en «No Contact» el ex apenas tiene cara. Es una llamada que no suena, un fantasma y un «bye bye». Que es exactamente el espacio que se merece.

Bye bye

El estribillo termina con una despedida que no puede ser más directa: «Bye bye narci, don't look back». Adiós, narci, no mires atrás.

Es curioso que la letra le pida al otro que no mire atrás, cuando la regla del contacto cero suele pedírtelo a ti. Pero creo que en esa frase hay un poco de las dos cosas. Es una orden para ti, para que no te gires a buscarle. Y es una orden para él, para que no vuelva a girarse a buscarte.

En el fondo, el contacto cero es eso: un acuerdo de no mirarse que firma solo una de las dos partes. El otro puede seguir mirando, puede seguir rondando, puede seguir convertido en fantasma. Pero tú ya has decidido que no te vas a dar la vuelta.

Si estás en el día uno del contacto cero, o en el día cuarenta, o en el día en que casi lo rompes, ponte la canción. No arregla nada por sí sola. Pero durante tres minutos te recuerda que hay un sitio donde tu llamada ya no suena y donde, a pesar de todo, se puede bailar.

Todas las letras, con sus narcisistas inventados y sus pistas de baile, están en Letras.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «No Contact»? Trata del contacto cero, la regla de cortar toda comunicación con una expareja narcisista o manipuladora. La canción convierte esa decisión en una noche de discoteca: quien habla se siente libre, bloquea, deja atrás el drama y baila mientras el ex se queda como un fantasma.

¿Qué significa «contacto cero»? Es una práctica que se recomienda a menudo para salir de relaciones con personas manipuladoras: no responder llamadas ni mensajes, bloquear en redes y evitar cualquier vía por la que la otra persona pueda volver a entrar en tu vida.

¿En qué disco está «No Contact»? Forma parte de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», uno de los discos de la trilogía Gayfolk de Mike Sain't Louis, y está disponible en Spotify y el resto de plataformas.

¿Quién hace «No Contact»? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical que se presenta como el primer cantautor IA: escribe las letras y dirige la producción, y la música y las interpretaciones vocales se generan con inteligencia artificial.

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