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Una sala de espera convertida en pista: el videoclip de «Ojete Calor en versión low cost»

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Hay temas que se toman muy en serio a sí mismos y temas que se burlan de todo, empezando por su autor. «Ojete Calor en versión low cost» es de las segundas, y su videoclip lo deja claro desde el primer segundo. Lo que vemos es una sala de espera de urgencias, con sus sillas azules atornilladas en fila, sus fluorescentes y sus paredes de color crema, convertida en una pista de baile. Y, alternando con ella, una discoteca a oscuras donde la gente baila alrededor de pastillas gigantes.

Lo subí a YouTube el 8 de mayo de 2025; son tres minutos y dos segundos. Es corto, directo y sin adornos. Ya conté en otro artículo qué significa para mí lo «low cost» como estética y por qué en esta canción me comparo con un dúo que admiro. Hoy quiero entrar en las imágenes: qué pasa en esa sala de espera, quién baila en ella y qué hace un chico disfrazado de cápsula en mitad de una fiesta.

El cartel amarillo y verde

Todo empieza con un rótulo de letras gordas, de esas que parecen sacadas de una caja de cereales: «Ojete calor» en verde y amarillo, con un contorno rojo, y debajo, en otro color, «En versión LOW COST». Detrás ya está la sala de espera, y en el centro un chico con chaqueta oscura, vaqueros y zapatillas, plantado de pie entre las sillas como quien espera su turno con mucha paciencia y poca esperanza.

Ese cartel es una declaración de intenciones. No hay elegancia, no hay misterio, no hay tipografía de diseño. Es el estilo de los carteles de verbena, de las ofertas del bazar, de los anuncios de la tele local. Y eso es lo que pide una canción que se presenta a sí misma como una versión barata de algo.

La sala de espera

La sala de espera es el decorado principal. Es un espacio que cualquiera que haya pasado por unas urgencias reconoce enseguida: las sillas azules de plástico unidas por una barra de metal, el suelo de baldosa clara, los fluorescentes alargados en el techo, una puerta al fondo, algún cartel pegado a la pared y una papelera en una esquina. A ratos la sala está limpia y ordenada, y otros en los que parece más vieja, con las paredes desconchadas y una camilla abandonada junto a la pared.

Ese lugar es perfecto para la canción, porque la letra empieza justo ahí:

He tenido que ir de urgencias al hospital

Pero el vídeo no enseña a nadie esperando con cara de dolor. Enseña a gente bailando. Un chico con un plumífero amarillo fosforito se pone a hacer pasos en el centro de la sala. Otro, con un chándal de estampado de colores, baila entre las filas de sillas como si fueran el público de un programa de la tele. Otro, con un chándal rojo entero, levanta una pierna en una patada de bailarín de los noventa. Y en mi momento favorito, un chico con un jersey de rayas de cebra y una camiseta naranja da un salto en el aire mientras, al fondo, otro paciente está tirado en el suelo, como si nadie se hubiera dado cuenta.

Es una sala de espera donde el dolor no existe. O, mejor dicho, donde el dolor se baila. Para una canción que empieza con una infección de orina, me parece la respuesta más gayfolk posible.

El chico del plumífero amarillo

De todos los que bailan en la sala, el que más aparece al principio es el del plumífero amarillo. Es una chaqueta enorme, acolchada, de un amarillo casi verde, de esas que se ven a un kilómetro. La lleva con unos pantalones oscuros y unas zapatillas. Baila con las rodillas dobladas, los brazos abiertos, como si estuviera en una batalla de baile callejero en lugar de en un hospital.

Fotogramas del videoclip oficial de «Ojete Calor en versión low cost», de Mike Sain't Louis

Me hace gracia porque es la prenda menos adecuada para estar enfermo. Nadie va a urgencias con ese plumífero para pasar desapercibido. Él va para que le vean. Y eso encaja con la letra, que no se esconde: dice dónde duele, cómo duele y por qué. No hay pudor, no hay eufemismos. Si el protagonista de la letra fuera una prenda, sería ese plumífero.

El médico del dedo levantado

El otro personaje fijo del vídeo es el médico. Aparece en varios planos, con su bata blanca, su estetoscopio colgado del cuello y, casi siempre, un dedo índice levantado. A veces mira a cámara con expresión de reproche, como quien está a punto de echarte la bronca. En otros planos está de pie en la consulta con los brazos abiertos, explicando algo con toda su paciencia.

Ese dedo levantado es la imagen exacta de este verso:

Eso es que usted ha cogido frío

La frase que todos hemos oído alguna vez. En la consulta, en casa, en boca de una abuela o de un médico con prisa. El dolor que sea, la culpa es del frío. Y el médico del clip la dice con toda la autoridad del mundo, con el dedo en alto, convencido.

Lo divertido es que la letra no se queda ahí. Inmediatamente después llega la confesión: el protagonista le ha mentido. No ha sido el frío. Y el médico, en su consulta, sigue con el dedo levantado sin enterarse de nada. Es una escena muy de comedia de enredo: el que sabe la verdad es el público, y el que da lecciones es el único que no la sabe.

El paciente en la cama

Hay una escena que se repite varias veces y que me hace reír cada vez. Un paciente joven, con una camiseta blanca o verde, tumbado en una cama de hospital con las cortinas de color turquesa alrededor. Junto a él, el médico, inclinado sobre la cama, señalándole con el dedo muy cerca de la cara. El paciente mira al techo, aguantando la bronca, con cara de «ya lo sé, ya lo sé».

En otros planos el paciente está sentado en la cama con los brazos abiertos, como quien no entiende nada, o tumbado con las manos detrás de la cabeza, relajadísimo, como si estuviera en una tumbona de la playa. Es el lenguaje corporal de alguien que sabe perfectamente qué ha hecho y no tiene ninguna intención de arrepentirse.

Ese contraste es el corazón de la canción. Un médico que habla del frío y un paciente que sabe que el problema ha sido otro. La letra lo dice con todas las letras: dos pastillas y una fiesta. El vídeo no necesita enseñarlas en la consulta. Le basta con la cara del paciente.

Lo que la letra no esconde

La letra de esta canción es de las más directas que he escrito. Habla de una infección de orina, de un dolor muy concreto, de unas pastillas para la erección y de una fiesta con drogas. No hay metáforas. Es casi un parte médico contado por el propio paciente, con la sinceridad que no tuvo delante del médico.

Lo digo porque sé que puede chocar. Pero esa crudeza es parte del chiste y parte de la verdad. En el mundo gayfolk hay muchas canciones que se ríen de cosas que, en la vida real, se viven con vergüenza: ir al médico por algo relacionado con el sexo, tener que contar qué has tomado, sentir que te van a juzgar. La canción hace lo contrario de lo que hizo su protagonista: lo cuenta todo, a grito de estribillo.

No es una canción que anime a nada. Se ríe de la mentira en la consulta y de la resaca del día después. Y si alguien se reconoce en el protagonista, ojalá sea en la parte en la que, al menos en la canción, por fin dice la verdad.

La discoteca de las pastillas

La otra mitad del vídeo pasa en una discoteca. Es un espacio oscuro, con luces azules, moradas y rosas, focos en el techo, una pantalla al fondo y mucha gente bailando. Y aquí aparecen las imágenes más absurdas de todo el clip.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «Doctor, doctor, me duele mucho al mear» de «Ojete Calor en versión low cost»

Hay un chico disfrazado de pastilla: lleva encima media cápsula gigante, blanca y redondeada, y se mueve entre la gente como si nada. Hay otro con un plumífero azul cielo que lleva dibujados en el pecho dos círculos, como dos pastillas, y que baila en una especie de escenario con barandillas de luz. Hay quien sostiene una cápsula azul y blanca enorme entre los brazos, como quien abraza un cojín, y quien baila junto a otra cápsula gigante tumbada en el suelo. Y en uno de los últimos planos aparece un personaje vestido entero como una pastilla, con un traje blanco y azul que le hace parecer un robot redondo.

Es una fiesta en la que las pastillas son los invitados. Literalmente. Y eso, que en la letra es una frase («las dos pastillas de cialis»), en el vídeo se convierte en un disfraz colectivo. El exceso de la noche se vuelve carnaval.

Las moléculas de neón

Hay un detalle visual que me gusta mucho. En varios planos de la discoteca, alrededor de los que bailan, aparecen dibujadas en el aire unas fórmulas químicas en neón blanco: hexágonos, letras, enlaces, como los que se ven en un libro de química del instituto. En uno de ellos, un chico vestido de azul, en cuclillas, rodeado de humo morado, está literalmente envuelto en moléculas brillantes.

Es una broma visual con mucha intención. La química que se lleva a la fiesta, flotando alrededor de quien baila, como un aura. Y al mismo tiempo es bonita, casi decorativa. El vídeo no te dice si esas moléculas son buenas o malas. Te las pone delante y deja que tú decidas.

Para mí, esas fórmulas son la manera del clip de hacer visible lo que no se ve en una noche de fiesta. Lo que llevas dentro, lo que has tomado, lo que vas a pagar al día siguiente en la sala de espera. Las moléculas de neón son el puente entre las dos mitades del vídeo: la discoteca y urgencias.

Dos espacios, una noche

Si te fijas, el vídeo alterna todo el rato entre la discoteca y el hospital. Baile con luces de neón, y luego la sala de espera con sus fluorescentes. Pastillas gigantes, y luego el médico con su dedo. Fiesta, y luego cama de hospital.

Es la estructura de una noche que sale mal contada al revés. Primero vemos las consecuencias, luego la causa, luego otra vez las consecuencias. No hay un orden lógico, y está bien que no lo haya: así es como se recuerda una noche de fiesta al día siguiente, a trozos, mezclada con el dolor de ahora.

Ese montaje a saltos tiene además un efecto cómico muy claro. Cada vez que la fiesta se pone más loca, el corte te devuelve a la sala de espera, con sus fluorescentes y su silencio. Es como un despertador que suena en mitad del mejor momento. El vídeo no te deja olvidar adónde lleva todo eso, pero tampoco te lo dice con sermones: te lo enseña con un corte de montaje y una silla de plástico azul.

Y lo mejor es que en ninguno de los dos espacios la gente deja de bailar. En la discoteca baila porque es lo que toca. En la sala de espera baila porque no le queda otra. El baile es lo que une las dos partes de la historia, igual que el estribillo une las estrofas.

«Buscando mi nicho»

La última parte de la letra cambia de tono. Deja el hospital y la fiesta y se pone a hablar de la propia canción:

Collage con un detalle de la carátula de «Ojete Calor en versión low cost» y las carátulas de «Me he tomado una pastilla gay», «Bareback», «Que Te Mola el Cruising», «La música me está salvando»
Siento si te ha molestado lo que he dicho Pero es que estoy buscando mi nicho

Es una disculpa con muy poca intención de disculparse. Y a continuación, el verso que da título a la canción, repetido cuatro veces, como un mantra cutre. La canción se presenta como un intento de hacer algo en la línea de un dúo de humor musical muy conocido, pero con menos medios, menos presupuesto y más morro.

En el vídeo, esta parte coincide con la discoteca en su máximo esplendor: más pastillas gigantes, más moléculas, más gente bailando. La cámara se mueve más, las luces cambian más rápido. Es el momento de fiesta total, justo cuando la letra admite que todo esto es una versión barata. Y esa contradicción es lo que lo hace funcionar: cuanto más admite que es low cost, más se esfuerza en pasárselo bien.

Lo cutre como estilo

He hablado muchas veces de que en mi universo lo cutre no es un defecto, es una elección. Este vídeo lo lleva al extremo. Las pastillas gigantes parecen de atrezo de fiesta de cumpleaños. El médico tiene una bata impecable y una expresión de anuncio de farmacia. Los bailarines de la sala de espera llevan ropa de colores imposibles. Nada intenta parecer real.

Y sin embargo, todo es muy reconocible. Las sillas azules de urgencias, la frase del frío, la cara del paciente que no se arrepiente, la discoteca con luces moradas. El vídeo no es realista, pero es verdadero. Exagera lo que todos conocemos hasta que se vuelve ridículo, y en lo ridículo te reconoces.

En el artículo sobre el derecho a hacer el ridículo cuento por qué me importa tanto permitirme este tipo de canciones. No todo tiene que ser profundo. A veces una canción sobre una infección de orina es exactamente lo que necesitas para reírte de una mala noche.

Las otras pastillas del planeta

Esta no es la única canción de mi universo con pastillas. Está «Me he tomado una pastilla gay», que juega con la idea absurda de que hay algo que te puede volver gay, y sobre la que escribí también cómo se burla de la pastilla que se inventaron los otros. Las pastillas, en mi mundo, suelen ser objetos de burla: lo que alguien cree que lo arregla todo y que, en realidad, solo trae problemas o risas.

Y hay otras canciones que hablan del sexo sin tapujos y de lo que viene después, como «Bareback» o «¿Qué te mola el cruising?». «Ojete Calor en versión low cost» se suma a esa familia, con la particularidad de que su escenario no es la cama ni el cuarto oscuro, sino la sala de espera del día después.

Cómo está construida

Yo escribí la letra y produje el tema, con música e interpretación vocal hechas con IA. Aquí, el trabajo está en el ritmo de la historia: dos estribillos que se repiten como un quejido, una estrofa que cuenta la visita al médico y su mentira, y un final que se ríe de la propia canción. Es una estructura muy sencilla, casi de canción de verbena, y eso es parte del encanto.

Ficha de la canción «Ojete Calor en versión low cost» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

El estribillo, con su rima de «orina» y «pilila», está pensado para pegarse. Es infantil a propósito, como una cancioncilla que se dice en el patio para hacer reír a los demás. Y el «Doctor, doctor» de la estrofa tiene algo de chiste de los de toda la vida, de esos que empiezan siempre igual. Mi diccionario propio está lleno de palabras así, de andar por casa, que sirven para contar cosas incómodas sin ponerse serio.

Un reparto sin protagonista

Algo curioso de este vídeo es que no tiene un protagonista claro. En otros clips míos hay un personaje que lo sostiene todo de principio a fin. Aquí no. Está el chico del plumífero amarillo, el del chándal de estampado, el del chándal rojo, el de la cebra, el médico, el paciente de la cama, el disfrazado de cápsula, el del plumífero azul. Cada uno tiene sus segundos de gloria y desaparece.

Me gusta pensar que todos son el mismo personaje en distintos momentos de la noche. El que llega a la discoteca con ganas, el que baila rodeado de química, el que acaba en la cama del hospital aguantando la bronca, el que espera en la sala intentando que no se le note el dolor. Es una historia contada por un coro de gente con ropa chillona, y el resultado es más divertido que si la contara uno solo.

También me hace gracia que casi nadie en el clip parezca enfermo. No hay vendas, no hay goteros dramáticos, no hay caras de sufrimiento. La única que sufre de verdad es la dignidad del protagonista, y esa no sale en ningún plano.

Los colores de urgencias y los de la fiesta

Las dos mitades del clip tienen paletas opuestas. La sala de espera es de tonos apagados: crema, verde hospital, azul de silla de plástico, la luz blanca y plana de los fluorescentes. Es el color del día después, de la madrugada sin dormir, del café de máquina. La discoteca, en cambio, es azul eléctrico, morado y rosa, con humo y destellos.

Lo divertido es que los bailarines de la sala de espera llevan la ropa de la discoteca. El plumífero amarillo, el chándal rojo, el estampado de colores. Es como si hubieran venido directamente de la fiesta a urgencias sin pasar por casa, que es exactamente lo que pasa en la letra. La ropa es la prueba del delito. El médico podrá decir que ha sido el frío, pero el plumífero fosforito cuenta otra historia.

Con qué me quedo

De todo el vídeo, lo que más me queda es la sala de espera. Con esas sillas azules que todos hemos ocupado alguna vez, a las tantas de la madrugada, esperando a que digan nuestro nombre. Y con la idea de que, en lugar de esperar con la cabeza baja, alguien se ponga un plumífero amarillo y se ponga a bailar.

No sé si es un buen consejo para la vida real. Probablemente no. Pero como imagen me parece preciosa: convertir el sitio donde peor lo pasamos en una pista de baile. Es lo que hago con muchas de mis canciones. Y si alguna vez lo has pasado mal en una de esas salas, ojalá este vídeo te arranque una sonrisa la próxima vez que te toque esperar.

El clip lo encuentras con todos los demás en mis vídeos, la letra está entre las letras publicadas, y para orientarte por los tres discos tienes un recorrido por la trilogía gayfolk. Y si te quedas con ganas de otra canción que convierte el peor momento en baile, prueba con «La música me está salvando».

Preguntas frecuentes

¿Qué pasa en el videoclip de «Ojete Calor en versión low cost»? Alterna una sala de espera de urgencias, con sus sillas azules, donde varios chicos bailan con ropa de colores, con una discoteca a oscuras llena de pastillas gigantes, gente disfrazada de cápsula y fórmulas químicas de neón. Entre medias, un médico con bata y el dedo levantado y un paciente tumbado en una cama de hospital.

¿Cuándo se estrenó? El 8 de mayo de 2025 en YouTube. Dura tres minutos y dos segundos.

¿Por qué el médico levanta el dedo? Porque es el que suelta el famoso «eso es que usted ha cogido frío». El paciente sabe que la causa ha sido otra, y el médico sigue dando la lección sin enterarse.

¿La canción anima a tomar drogas? No. Se ríe de una mala noche, de la mentira en la consulta y de la resaca del día después. Es humor, no una recomendación.

¿Qué significa «versión low cost»? Que la canción se presenta, con humor, como una versión barata del estilo de un dúo de humor musical muy conocido: menos medios y mucho morro.