Saltar al contenido
← Canción a canciónEl derecho a hacer el ridículo: mi rap sin ser Bizarrap

Por ·

El derecho a hacer el ridículo: mi rap sin ser Bizarrap

Ya sé que me van a criticar.

Lo escribí en el primer verso. No en el tercero, ni en el estribillo, ni en una nota a pie de página. En el primero. Para que nadie se me adelantara. Para que, cuando alguien abriera la boca para decir «¿pero este qué hace rapeando?», yo ya lo hubiera dicho antes, por escrito y con cara de no arrepentirme.

«Hoy se me ha ocurrido intentarlo con un rap / Ya sé que me van a criticar obviamente no soy bi za rrap.»

Así empieza «Narci de cutre culebrón». Con un letrista que se cuelga el cartel de «aficionado» en la frente antes de salir al escenario. Bi-za-rrap, separado en sílabas, como quien deletrea un apellido difícil en la ventanilla de Hacienda.

La ficha de la canción ya cuenta de quién va, del morenón con perfil encubierto y de la escalera de aumentativos del estribillo. Aquí quiero hablar de otra cosa: del derecho a hacer el ridículo. De por qué un tipo como yo, que viene de la copla y del pop, se mete en un género que no es el suyo. Y de por qué un culebrón de sobremesa es la mejor forma que conozco de contar a un narcisista.

La vacuna contra el comentario

Empezar una canción diciendo «sé que me van a criticar» es una técnica que tiene nombre en mi cabeza: la vacuna. Te pinchas tú primero, con una dosis pequeña del virus, para que cuando llegue el de verdad tu cuerpo ya sepa defenderse.

Si yo digo que no soy Bizarrap, ya no me lo puedes decir tú. Te lo he quitado de la boca. Y si me lo dices igual, quedas como el pesado que repite lo que ya está en la letra. Es una forma de autoparodia defensiva que uso mucho y que aprendí a base de leer comentarios.

Porque comentarios hay. Siempre. Cuando publicas mucho, como hago yo, con un catálogo que ya pasa de los doscientos setenta singles, te acostumbras a que cada canción tenga su pequeño coro de gente que pasa por ahí a decirte que lo tuyo no es música, que es basura, que es un botón. Escribí sobre eso en lo que aprendí de los comentarios negativos. Y una de las cosas que aprendí es esta: si te ríes tú primero, la risa del otro pierde la gracia.

No soy rapero, y qué

Voy a ser sincero, que es lo que mejor se me da después de ser exagerado.

No soy rapero. No tengo un pasado en el hip hop. No sé hacer freestyle en un parque con un altavoz Bluetooth y veinte chavales alrededor. Mi casa musical está en otro sitio: en la copla, en el pop de los noventa y de los dos mil, en las divas de la radio, en el electropop. En mi página de «Sobre» lo pone bien claro: melodías y estructuras que van del electropop a la copla, del pop alternativo a la balada. Del rap no dice nada.

Y sin embargo, aquí hay un rap. O algo parecido a un rap.

¿Por qué? Porque había algo que necesitaba decir con la forma del rap. El rap tiene una cosa que ningún otro género tiene igual: es el género del ajuste de cuentas. Del «te voy a decir lo que pienso de ti a la cara y con rima». Desde las batallas de gallos hasta las sesiones de los productores de moda, el rap es el sitio donde se va a soltar lo que uno tiene dentro contra alguien con nombre y apellidos.

Y yo tenía un ajuste de cuentas pendiente con un morenón.

Turista de géneros

Este rap no es la única excursión que he hecho fuera de mi barrio musical. Si repasas mi catálogo de arriba abajo, verás que soy un turista de géneros con la maleta siempre a medio hacer.

Fotogramas del videoclip oficial de «Narci de cutre culebrón», de Mike Sain't Louis

Hay canciones en inglés, como «Sing me a sad song» o «Dreams drift afar». Hay títulos en francés, como «Dans la nuit». Hay portugués, en «Sol e lua», y hasta alemán, en «Sonne und Wind», que ya me dirás tú qué hace un letrista de Madrid poniéndole título en alemán a una canción. Hay chill out, hay reggae, hay electropop, hay baladas, hay coplas con mala uva y hay rumbas. Y ahora, hay un rap.

No lo hago por coleccionar. Lo hago porque cada historia pide su ropa. Hay historias que solo se pueden contar con bata de cola y otras que piden chándal y gorra hacia atrás. Una ruptura con un narcisista elegante pide copla. Una ruptura con un narcisista cutre, de los de arbusto y perfil falso, pide rap de barrio. Es una cuestión de vestuario, como en el teatro.

Lo que no cambia, vaya a donde vaya, es la letra. La letra manda. Es la regla número dos de la casa, y la cumplo aunque me ponga gorra. Da igual que la canción sea un reggae o una copla: lo que se cuenta y cómo se cuenta es mío y es lo que no se negocia.

Y hay otra cosa que tampoco cambia: el humor. Puedo cambiar de género, de idioma y de ritmo, pero no sé escribir sin reírme de algo. Ni siquiera en un rap, que es un género que se toma muy en serio a sí mismo. Quizá por eso mi rap empieza pidiendo perdón por no ser Bizarrap. Porque hasta cuando me disfrazo de rapero, se me ve el plumero.

El permiso para hacerlo mal

Aquí viene lo que de verdad quiero defender.

Hay una idea muy extendida de que solo deberías hacer lo que sabes hacer bien. Que si no eres rapero, no rapees. Que si no eres pintor, no pintes. Que si no eres bailarín, quédate sentado en la boda mientras los demás bailan «Paquito el chocolatero».

Y yo creo que eso es una tontería enorme. Una tontería que ha dejado a mucha gente sin probar cosas que les habrían hecho felices.

El ridículo es un derecho. Un derecho que los maricas conocemos muy bien, porque llevamos toda la vida practicándolo. La primera vez que te pones unos tacones y no sabes andar con ellos. La primera vez que bailas en público y te tropiezas. La primera vez que te maquillas y pareces una muñeca de feria. Todas esas primeras veces son ridículas. Y todas son necesarias. Sin ellas no hay segunda vez, ni tercera, ni ese día en el que de repente sabes andar con tacones mejor que tu prima la de la boda.

Lo camp, si lo piensas, es el arte de hacer el ridículo con orgullo. De ponerse la peluca demasiado grande, el vestido con demasiadas lentejuelas, el drama demasiado exagerado. Y sentirse fabulosa. En el camp no es un chiste aunque te rías cuento por qué me parece una de las formas más serias de estar en el mundo.

Así que hice un rap sin ser rapero. Y lo publiqué. Que hacer el ridículo en privado no tiene mérito.

Como Leire

Hay un verso que merece su explicación:

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «Parece que hasta tu entorno te ha calado Menos mal que te he desenmascarado.» de «Narci de cutre culebrón»

Pero es que como Leire necesito quedarme a gusto.

Leire es Leire Martínez, claro. Una de las voces del pop español que más han sonado en mi vida, y no solo en la mía. Tengo una canción entera, «Ya no nos gusta La Oreja de Van Gogh», que va de ellas dos, de Amaia y de Leire, y de cómo me siguen gustando ellas aunque no me guste el envoltorio en que acabó convertido el grupo.

Y «quedarse a gusto» es una de las expresiones más españolas que existen. Quedarse a gusto es soltarlo todo. Decirlo. Vaciar la bolsa. Es lo que hace tu tía en la cena de Nochebuena después de la tercera copa de cava cuando por fin le dice a su cuñado lo que piensa de él desde 1997. Quedarse a gusto no es elegante. No es diplomático. Pero es necesario de vez en cuando, para no reventar.

Me pareció que esa era la razón exacta de esta canción. No la hice para ganar ningún concurso de rap. La hice para quedarme a gusto. Y quien más sabe de quedarse a gusto en el pop español reciente, para mí, es ella.

Culebrón de sobremesa

Y ahora, el título. Que es media canción.

Narci de cutre culebrón.

El culebrón es un género que los españoles de cierta edad llevamos en la sangre. Las telenovelas que echaban en la tele a la hora de la siesta, con sus gemelas malvadas, sus amnesias repentinas, sus herencias robadas y sus bofetones a cámara lenta. Ese mundo de mansiones con escaleras imperiales, de villanas con los ojos pintados como un mapache, de capítulos que duraban cuarenta minutos y en los que no pasaba casi nada, salvo una mirada y una música de violines.

Me encanta el culebrón. Lo digo sin ironía. Hay algo profundamente marica en el culebrón: el exceso, la emoción sin freno, los personajes que lloran a gritos y se desmayan en el sofá con el dorso de la mano en la frente. Lo cuento a menudo cuando hablo de por qué la copla y el drama nos sientan tan bien.

Y un narcisista, si lo piensas, es un personaje de culebrón. Pero de culebrón cutre. De los de presupuesto bajo, decorados de cartón piedra y actores que se equivocan de frase. Tiene sus giros de guion: un día te quiere, al otro te ignora, al tercero te dice que eres el amor de su vida. Tiene su doble identidad. Tiene su secreto. Y tiene, sobre todo, un final que todo el mundo ve venir menos los protagonistas.

Ponerle «cutre culebrón» a un narcisista es bajarle de categoría. Ya no es el villano elegante de una serie de HBO. Es el malo de una telenovela de las cuatro de la tarde con el bigote pintado.

Moreno, morenito, morenón

El estribillo tiene una escalera que me gusta mucho:

«Resulta que el moreno morenito morenón, / ¡Era una falsificación!»

Moreno. Morenito. Morenón. Tres escalones. El diminutivo cariñoso y el aumentativo de piropo de obra. Durante un segundo, parece que la canción va a echarle flores. Parece un piropo de los que se gritan desde un andamio. Y entonces, ¡zas!: era una falsificación.

Una falsificación. Como un bolso de Louis Vuitton del top manta de la Puerta del Sol. Desde lejos da el pego. Tiene el logo, tiene el color, tiene la forma. Pero lo coges y pesa poco, y la costura está torcida, y la cremallera se atasca a la segunda. Y cuando lo miras de cerca, en vez de Louis Vuitton pone Luis Buitón.

Eso es el narcisista de perfil encubierto. Un producto falso que se vende como original. Y lo peor es que tú lo compraste a precio de original.

Por qué culebrón y no tragedia

Podría haber elegido otro marco. Podría haber escrito una tragedia griega, con coro de plañideras y un final con sangre. Podría haber escrito una película de terror, que es algo que hago muchas veces. Podría haber escrito un thriller de detectives.

Collage con un detalle de la carátula de «Narci de cutre culebrón» y las carátulas de «Ya no nos gusta La Oreja de Van Gogh», «Que te mola el cruising», «Ojete calor en versión low cost», «¡Que no pienso decir que mis trajes son de Zara!»

Pero elegí el culebrón. Y te digo por qué.

La tragedia dignifica. Le da al villano una grandeza, una profundidad, una cierta belleza oscura. El villano de una tragedia es Macbeth, es Medea, es alguien a quien te tomas en serio aunque te dé miedo. Y yo no quería tomarme en serio a este señor.

El culebrón, en cambio, ridiculiza. El villano de culebrón es un señor con bigote que se frota las manos y se ríe con un «ja, ja, ja» de dibujos animados. Nadie le tiene respeto. Todo el mundo sabe, desde el primer capítulo, que acabará en la cárcel o despeñado por un barranco en el capítulo doscientos.

Elegir el culebrón es una forma de decirle al narcisista: no eres tan interesante como te crees. No eres un villano de Shakespeare. Eres un malo de sobremesa con el guion mal escrito.

El arbusto

Hay un detalle que me hace mucha gracia, y que es muy de mi casa: el que va de cruising y se desnuda en un arbusto.

En el mundo gay, el cruising tiene su historia larga, sus parques, sus códigos y sus arbustos. Le dediqué una canción entera, «Que te mola el cruising», que es una de mis favoritas. No hay ningún juicio moral en ello: cada uno hace con su cuerpo y con sus arbustos lo que quiere.

Lo que me hace gracia en esta letra es el contraste. El tipo va de perfil serio, de perfil discreto, de perfil encubierto. Va de señor respetable. Y luego resulta que se desnuda en un arbusto. No es el arbusto lo que me escandaliza. Es la doble cara. La distancia entre lo que enseña y lo que hace. Eso es lo que la canción desenmascara.

Hasta tu entorno te ha calado

«Parece que hasta tu entorno te ha calado / Menos mal que te he desenmascarado.»

Este par de versos tiene una ironía que no sé si se nota a la primera. Fíjate en el orden. Primero dice que hasta su entorno le ha calado. Y luego, «menos mal que te he desenmascarado».

O sea: todo el mundo lo sabía ya. Su gente, sus amigos, sus compañeros. Todos le habían calado. Y yo llego el último, con mi lupa de detective de sobremesa y mi gorrito de Sherlock Holmes, a anunciar a bombo y platillo que he descubierto el pastel. Que era lo que sabía todo el barrio.

Me río de mí mismo en esa frase. Soy el último en enterarme y el primero en hacer una canción. Así funciono. Llego tarde a la verdad, pero llego con estribillo.

Del chiste a la mesa camilla

Me pongo serio, solo un párrafo.

Descubrir que alguien con quien compartiste algo era una falsificación duele de una forma muy concreta. Lo de menos es que te haya engañado. Lo grave es que te obliga a revisar todo el pasado. Cada conversación, cada foto, cada «te quiero». Te pasas semanas preguntándote qué era verdad y qué no. Y lo peor es que muchas veces no lo sabrás nunca.

Por eso me parece tan sano reírse. Porque la otra opción es pasarte la vida haciendo arqueología en tus propios recuerdos, con un pincel y una lupa, buscando la primera mentira. Y esa excavación no tiene fondo.

Mejor el rap. Mejor el culebrón. Mejor el morenón falsificado. Que te dejan con una sonrisa torcida en vez de con un pincel en la mano.

Portada de telenovela

La portada es un fotograma de culebrón con letrero de bar de carretera. Un salón con lámpara de araña, cortinas de terciopelo y un marco dorado en la mesa. En primer plano, sentado como un patriarca en su sillón, un morenazo con barba, chaqueta de cuero negra y la camisa abierta hasta el ombligo, mirando a cámara con cara de «esta hacienda es mía». Detrás, de pie y con traje gris, otro hombre lo observa con desconfianza, como el hermano bueno que sabe la verdad y está a punto de contarla en el capítulo siguiente.

Ficha de la canción «Narci de cutre culebrón» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Y encima, en neón de colores, rosa, azul y amarillo: NARCI DE CUTRE CULEBRÓN. Ese neón es lo que lo convierte en cutre. Sin el neón, sería una telenovela seria. Con el neón, es un club de alterne a las afueras de Albacete con nombre de serie venezolana.

Una tarde de vecinos ruidosos

En el catálogo completo de gayfolkplanet.com, «Narci de cutre culebrón» es la pista 142 de 273, y está en el segundo disco de la trilogía, Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK. Sus vecinas no podrían ser más de mi casa.

Justo antes va «Ojete calor en versión low cost», que ya en el título juega con un grupo que ha hecho del humor cutre un arte mayor. Y justo después va «¡Que no pienso decir que mis trajes son de Zara!», con sus trajes de SHEIN y su narcisista de la almorrana. Tres canciones seguidas sobre lo cutre, lo falso y lo barato.

No sé si eso es una casualidad o un diagnóstico. Probablemente las dos cosas. Si alguien escucha las tres seguidas, sin pausa, que se prepare: sale de ahí con ganas de ir a devolver algo a una tienda, aunque no sepa muy bien qué.

Lo que hago yo y lo que hace la máquina

La letra es mía, con sus rimas de andar por casa: rap con Bizarrap, gusto con arbusto, calado con desenmascarado. No son rimas de campeón de batalla de gallos, ni lo pretenden. Son rimas de barra de bar, de esas que se te ocurren mientras te tomas un vermú y te ríes solo.

La música y las voces de Planeta Gayfolk se hacen con herramientas de inteligencia artificial, como Suno. Y aquí hay un punto curioso: la IA me permite meterme en géneros que de otra forma serían impensables para mí. No tengo un productor de rap en la agenda. No tengo un estudio con un beatmaker. Pero tengo la letra, tengo la idea y tengo la decisión de hacerlo, y con eso las herramientas me dejan probar. Ese es uno de los motivos por los que digo abiertamente que uso IA. Me deja hacer el ridículo en géneros nuevos sin tener que pedirle permiso a nadie.

Hacer el ridículo, otra vez

Termino como empecé. Con el ridículo.

Si te gusta escribir, pintar, bailar o lo que sea, y no te atreves porque no eres «de eso», haz una cosa: empieza diciendo que no eres de eso. En voz alta. En el primer verso. «Ya sé que me van a criticar». Y luego, hazlo igual.

Lo peor que puede pasar es que alguien diga que no eres Bizarrap. Y eso ya lo sabías.

Tienes el videoclip en la sección de vídeos, como el de todos mis singles. Y si tienes un narcisista falsificado en tu pasado, póntela con las ventanillas del coche bajadas.

Que el barrio entero se entere. Aunque ya lo supiera.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Narci de cutre culebrón»? Es un rap, o algo parecido, contra un narcisista con perfil encubierto que resulta ser «una falsificación». La letra empieza reconociendo que su autor no es Bizarrap y que lo van a criticar, y convierte la historia en un culebrón de sobremesa.

¿Quién es la Leire que aparece en la letra? Leire Martínez, una de las voces más conocidas del pop español. La letra dice que, como ella, quien narra necesita «quedarse a gusto».

¿En qué disco está? En Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK, el segundo disco de la trilogía GAYFOLK. En el catálogo de gayfolkplanet.com es la pista 142 de 273.

¿Quién la escribió? La letra es de Mike Sain't Louis. La música y las voces se hicieron con herramientas de inteligencia artificial, y el single sale con el sello MIKE SAIN'T LOUIS.

Compartir