
By Mike Sain't Louis ·
Una plaza rosa sin muerte: «Cada cornada» y los toreros de Planeta Gayfolk
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Si alguien recorriera mis videoclips sin saber nada de mí, pensaría que vivo dentro de una plaza de toros. Hay un torero con alas en una plaza vacía, toreros con abanicos desfilando por un desierto de sal, dos toreros que se besan en la arena, un toro absurdo en mitad de un ruedo y una barrera llena de trajes de luces. Es una de las imágenes que más se repiten en Planeta Gayfolk. Y «Cada cornada» es la canción en la que esa imagen se mira al espejo y dice, por fin, lo que piensa de sí misma.
Este post no va de la tauromaquia en general ni de su historia. Va de mi planeta: de por qué el traje de luces aparece tanto en mis canciones, qué lugar ocupa «Cada cornada» dentro de esa colección de plazas y qué hace su videoclip, que lleva el ruedo a un rosa de neón y lo llena de toreros que acaban llorando. La canción forma parte de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo disco de la trilogía, y el vídeo lo subí el 1 de septiembre de 2025. Dura dos minutos y treinta y siete segundos.
Por qué hay tantos toreros en mi planeta
La respuesta corta es que el traje de luces es la prenda más contradictoria de España. Es la ropa de un hombre a quien la tradición presenta como el colmo del valor, y al mismo tiempo es una prenda de lentejuelas, bordados de oro, medias rosas, chaquetilla ceñida, coleta postiza y zapatillas de bailarina. Si lo llevara cualquiera fuera de la plaza, lo llamarían maricón. Dentro de la plaza lo llaman hombría.
A mí esa contradicción me fascina desde siempre. En Planeta Gayfolk el traje de luces no se usa para burlarse de nadie, sino para enseñar lo que ya estaba ahí: que la masculinidad más tradicional de este país lleva siglos vestida de gala, y que el brillo nunca fue de un solo bando. Por eso en mi universo los toreros aparecen tanto. Son el personaje perfecto para un mundo que se llama gay y folk a la vez. Son folclore puro, y son pluma pura.
Pero hay una condición, y «Cada cornada» es la canción que la pone por escrito: en mi planeta me quedo con el brillo y dejo fuera la sangre.
La colección de plazas
Antes de llegar al vídeo de «Cada cornada», merece la pena repasar la colección de plazas que ya había en mi catálogo, porque la canción dialoga con todas.
En «No te vuelvo a mirar más» hay un torero con alas en una plaza vacía. No hay toro ni público; hay un hombre vestido de luces que parece a punto de echar a volar. Es la plaza como sitio del que uno se escapa.
En «Soy marica sideral» los toreros salen del ruedo y se van a un desierto de sal y de dunas. Llevan abanicos en lugar de estoques, tocados de plumas, van de la mano de mujeres vestidas de fiesta. Es la plaza sin toro: el traje de luces convertido en ropa de pasarela.
En «Barcelona» la portada enseña dos toreros besándose en la pista. Es la plaza como sitio del amor entre hombres, el lugar más improbable para un beso convertido en escenario de uno.
En «La música me está salvando» el videoclip pasa casi entero en una plaza de toros, con un toro que lleva ametralladoras. Es la plaza como absurdo, la violencia exagerada hasta que se vuelve ridícula.
Y en «Garrafón de China» también desfilan toreros, mezclados con dormitorios pop y playas, como si fueran un personaje más de la fiesta.
Con todo eso detrás, «Cada cornada» es la canción que se queda dentro del ruedo y le da la vuelta. No se escapa de la plaza, no la convierte en pasarela, no la usa para un beso ni para un chiste. La mira de frente.
Lo que dice el texto
«Cada cornada» no tiene una letra publicada con estrofas. En su página de la web, en el sitio de los versos, está el texto con el que presenté el vídeo, y ese texto es un manifiesto. Empieza diciendo que la violencia no tiene hueco aunque la adornen con mantillas y luces, y termina dando la bienvenida a un universo «donde la violencia no tiene escenario».

En medio hay unas frases muy cortas que son, para mí, la mejor descripción posible del videoclip: «La imagen no acompaña: corta.» Y después: «Si incomoda, funciona.» No pretendo convencer a nadie con un post; ese texto ya dice lo que pienso. Lo que me interesa aquí es cómo encaja esa postura en el mundo que he construido. Y encaja de una manera muy concreta: en Planeta Gayfolk todo se puede exagerar, vestir, maquillar y llenar de purpurina, menos el daño. El daño no se adorna.
Un ruedo de neón rosa
El vídeo convierte la plaza en otra cosa desde el primer plano. La arena sigue siendo arena, las gradas siguen siendo gradas, pero todo está bañado en rosa: las barreras son de un fucsia brillante, por encima de los tendidos corren líneas de neón rosa y blanco que dibujan círculos completos alrededor del ruedo, como los anillos de un planeta, y el humo que sale de vez en cuando también es rosa.
Esa decisión ya dice dónde estamos. No es Las Ventas ni la Maestranza; es una plaza de mi planeta, con los colores de mi planeta. Los anillos de neón la convierten casi en una nave, en un estadio del futuro. Y el rosa, el color con el que tanto tiempo se nos señaló, cubre el sitio más asociado a la sangre de toda la tradición española.
Me gusta pensar que esa plaza es la que habría si Planeta Gayfolk tuviera una. Una plaza rosa, iluminada como una discoteca, donde todo el ritual sigue ahí, los trajes, la arena, el paseíllo, pero donde ya no hay muerte que celebrar.
Lo que llueve desde las gradas
Lo que más se repite en el vídeo es una lluvia. Desde las gradas caen papeles blancos, como hojas arrancadas, que planean alrededor de los toreros. En otros planos lo que cae ya no son papeles, sino trozos grises de piedra o de escombro, una tormenta de cascotes que atraviesa el aire de la plaza mientras un torero se queda quieto en el centro del ruedo.
Hay un plano en el que, en medio de esa lluvia de piedras, aparece un toro negro, pequeño en el encuadre, rodeado de bloques que flotan como si la gravedad se hubiera vuelto loca. No embiste a nadie. No hay capote delante. Está ahí, en mitad de la tormenta, igual de perdido que los toreros.
Yo leo esa lluvia como lo que cae sobre quien rompe una costumbre. Primero papeles, como insultos escritos. Después piedras. Es la reacción de la grada cuando alguien dice que lo de siempre no está bien. Y en el vídeo nadie se protege. Los toreros se quedan de pie, mirando hacia arriba o mirando a cámara, y aguantan.
Toreros con la cara manchada
Los primeros planos de los toreros son muy cercanos. Hay uno con un traje rosa y oro, corbata negra, los ojos cerrados y la barbilla levantada mientras le caen papeles alrededor. Hay otro con un traje azul y oro y una mancha roja que le cubre media cara. Hay otro, de oro y rojo, con una marca roja en la mejilla, que mira hacia arriba mientras le caen bolas de papel arrugado.

Esas manchas son la única violencia visible del vídeo, y no se ve de dónde vienen. No hay cornada en pantalla, no hay herida abierta, no hay toro que golpee. Hay caras marcadas, como si la violencia hubiera dejado una huella sin necesidad de enseñarse. Es otra forma de decir lo del texto: la imagen no acompaña, corta. No hace falta enseñar la sangre para que se sepa que está.
En un momento uno de ellos se lleva las dos manos a la cabeza, con los codos abiertos, el gesto de alguien que no se cree lo que está pasando. Es un gesto muy poco torero. En la plaza el torero se enseña entero, firme, desafiante. Aquí se tapa, se agarra la cabeza, duda.
Dos toreros frente a frente
Uno de los primeros planos abiertos del vídeo me parece una pequeña broma muy seria. En mitad del ruedo, sobre la arena rosada llena de papeles, hay dos toreros de pie, uno frente al otro, separados por unos metros. No hay toro entre ellos. Se miran como se miraría un torero con el animal antes del primer pase, pero lo que tienen delante es otro hombre vestido igual que ellos.
Lo leo como la plaza vaciada de su sentido: si quitas al toro, el ritual se queda en dos hombres disfrazados mirándose en un círculo de arena. Puede ser un duelo, puede ser un baile, puede ser el principio de un beso como el de «Barcelona». El vídeo no lo resuelve. Los deja ahí, quietos, y pasa a otra cosa.
Poco después aparece otro torero solo junto a la barrera, con los brazos abiertos a los lados, las palmas hacia arriba y escombros a los pies. Es el gesto con el que en la plaza se recibe una ovación. Aquí no hay nadie aplaudiendo. Es un hombre que se ofrece a una grada que le está tirando cosas, y no se mueve.
Correr por el ruedo
Hay una serie de planos tomados desde muy arriba, casi desde el tendido más alto, en los que vemos a un torero diminuto cruzando la arena. A veces camina despacio, de espaldas, alejándose de la cámara por un ruedo enorme y vacío. A veces corre, con los brazos sueltos, como quien huye o como quien llega tarde. En otro plano lo vemos correr de frente hacia nosotros, con el traje rosa y oro, mientras detrás de él se levanta el humo rosa.
En una plaza de verdad nadie corre así, salvo cuando algo ha salido mal. Correr es lo contrario de la quietud que se le exige al torero, ese no moverse los pies que la tradición llama valor. En el vídeo los toreros corren, y no hay nada detrás de ellos. No les persigue ningún animal. Corren porque sí, o porque quieren salir de ahí.
Me gusta mucho esa sensación de plaza demasiado grande para una sola persona. Es la misma soledad del torero con alas de «No te vuelvo a mirar más», pero sin alas. Aquí hay que salir andando o corriendo, con los pies en la arena.
Las filas de figuras
Hay varios planos que rompen con todo lo anterior. En uno, una fila de figuras de pie en el ruedo, cada una iluminada de un color distinto, rojo, azul, naranja, rosa, recortadas contra los focos de la plaza como siluetas de neón. En otro, la misma fila aparece entre escombros, con los cuerpos pintados de colores. En otro, una hilera de hombres, algunos con traje de luces y otros con chaqueta, de pie en la arena con humo rosa detrás, como si posaran para una foto de grupo.

No sé quiénes son, y el vídeo no lo explica. Para mí son la multitud que cabe en Planeta Gayfolk: gente de todos los colores ocupando el ruedo donde antes solo cabía un hombre y un toro. Hay un plano en el que esas figuras levantan los brazos, uno de ellos con el puño en alto, como en una manifestación. La plaza deja de ser un sitio para mirar y pasa a ser un sitio para estar juntos.
El torero de espaldas
Al final del vídeo la cámara se pone detrás de un torero. Lo vemos de espaldas, con la chaquetilla de oro y azul, mirando hacia una plaza inmensa con las gradas medio vacías y los anillos de neón encima, como si estuviera en el centro de un planeta. En el plano siguiente está más lejos, de pie junto a la barrera, mientras una nube enorme de humo rosa sale de un lado de la plaza. Y después, el plano que he elegido para la portada: el torero convertido en silueta negra delante de un estallido de humo y luz rosa, de pie, sin moverse.
Es la imagen de alguien que se queda en la plaza cuando ya se ha acabado todo. No hay toro, no hay público, no hay faena. Solo un hombre con el traje puesto delante de una nube de color. Para mí es la imagen del cambio: el mismo traje, la misma plaza, pero el humo ya no es el polvo de la arena levantado por una embestida. Es rosa.
Los tres que lloran
El vídeo empieza y termina con la misma imagen. Tres toreros arrodillados en la arena, muy juntos, con las manos tapándose la cara. Lloran. Alrededor hay papeles por el suelo y la barrera rosa al fondo. Al principio esa imagen sale debajo del rótulo, con el título «CADA CORNADA» en letras rosas y blancas y mi nombre en medio; al final sale sola.
Cuando la ves al principio no sabes por qué lloran. Cuando la ves al final, después de la lluvia de papeles y piedras, de las caras manchadas, del toro perdido en la tormenta y de la silueta en el humo, la imagen significa otra cosa. No es el llanto de quien ha perdido una corrida. Es el llanto de quien se da cuenta de algo.
Me parece la escena más gayfolk de todo el vídeo. Tres hombres vestidos con la ropa más masculina de la tradición, arrodillados juntos, llorando sin taparse unos de otros. En mi planeta los hombres lloran, y cuando lo hacen no están solos. Hay un eco aquí con «Tangled Light», cuyo vídeo también empieza y termina con la misma imagen: en los dos casos, lo que cambia no es lo que ves sino cómo lo miras después de todo el recorrido.
La exageración y la herida
Hay una idea que atraviesa todo Planeta Gayfolk y que escribí directamente en «La ley de la exageración»: a quienes somos como somos nos han acusado toda la vida de exagerar. De ser demasiado. De hacer drama. En mis canciones la respuesta casi siempre es exagerar todavía más, con plumas, purpurina, lentejuelas y humo de colores.
«Cada cornada» usa la misma herramienta para otra cosa. Exagera la plaza, la vuelve rosa, la llena de neón, la convierte en un estadio de ciencia ficción. Pero esa exageración no sirve para celebrar la plaza, sino para dejarla en evidencia. Es como si dijera: mirad cuánta purpurina hay que echarle a esto para que no se vea lo que es. En mi planeta el exceso es una fiesta, pero no tapa nada.
Y ahí está la frontera que defiendo en todo el universo gayfolk. Exagerar está bien, adornar está bien, ser demasiado está bien. Lo que no está bien es usar la belleza para esconder el daño. Lo aprendí de la peor manera.
Por qué esta canción me toca de cerca
Viví veinte años con dos parejas narcisistas. Las dos sabían adornar muy bien lo que hacían: delante de los demás todo era encanto, detalle, brillo. Lo que pasaba dentro no lo veía nadie. Cuando por fin se descubrió, una parte de mi gente prefirió quedarse con la versión adornada y me dio la espalda. El exagerado, otra vez, era yo.

Por eso me revuelve tanto cualquier violencia que se presenta con lentejuelas y aplausos. No hablo de toros para hablar de mí, pero sé reconocer el mecanismo: el decorado que tapa la herida, la grada que aplaude sin mirar. Esas dos relaciones me dejaron diagnósticos que hoy me ayudan a entenderme, estrés postraumático, depresión mayor grave, fobia social, evitación, ansiedad, y me llevaron a un punto en el que estuve cerca de no querer continuar. Salí de ahí con tratamiento psiquiátrico y psicológico, que mantengo, y con estas canciones.
Si te ves dentro de un decorado así y te está costando sostenerte, busca ayuda. En España, el 024 atiende la conducta suicida a cualquier hora, gratis y con total confidencialidad, también si llamas preocupado por otra persona. En una urgencia, el 112. El Teléfono de la Esperanza responde en el 717 003 717 y, para menores, la Fundación ANAR en el 900 20 20 10. Desde fuera de España, findahelpline.com te indica tu línea. Contarlo no es exagerar.
Cómo encaja en el disco y en la trilogía
Soy letrista, compositor y productor musical. En mis canciones la música e interpretación vocal hechas con IA dan sonido a lo que escribo y decido, y las imágenes del clip también son generadas, de manera que ninguno de esos toreros existe; son personajes inventados para el planeta.
«Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk» es el disco del deseo, el que imagina cómo sería vivir en otro sitio. Que «Cada cornada» esté ahí tiene sentido: imaginar otro planeta también es imaginar qué tradiciones te llevarías en la maleta y cuáles dejarías en tierra. El traje de luces viaja. El estoque no.
Con «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk» empezó todo: el descubrimiento de que había otro mundo posible. «Cada cornada» es una de las canciones que deciden cómo es ese mundo por dentro. Y tiene un primo lejano en «Roar Roar», que también va de hacer ruido donde se esperaba silencio. Allí el ruido es un rugido de neón; aquí es una plaza entera que se queda muda mientras tres toreros lloran.
Una ruta por las plazas de Planeta Gayfolk
Si quieres verlas todas seguidas, te propongo este orden. Empieza por el clip de «La música me está salvando», con su toro absurdo en el ruedo. Sigue con «No te vuelvo a mirar más» y su torero con alas en la plaza vacía. Pasa a «Barcelona» y su beso en la arena. Después, «Soy marica sideral», donde los toreros ya se han ido al desierto con sus abanicos. Y termina con «Cada cornada», donde la plaza se vuelve rosa y los toreros lloran.
Es un recorrido de la burla a la ternura y de la ternura a la conciencia. Y al final, si te fijas, la plaza sigue llena de brillo. Lo único que ha desaparecido es la muerte.
Preguntas frecuentes
¿En qué disco está «Cada cornada»? Forma parte de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo disco de la trilogía de Planeta Gayfolk de Mike Sain't Louis.
¿Tiene letra «Cada cornada»? No tiene una letra publicada con estrofas. En su página está el texto con el que Mike presentó el videoclip, un manifiesto contra la violencia de la tauromaquia.
¿Qué aparece en el videoclip? Una plaza de toros bañada en neón rosa, toreros con la cara manchada de rojo bajo una lluvia de papeles y piedras, un toro negro perdido en una tormenta de escombros, filas de figuras de colores en el ruedo, un torero en silueta ante una nube de humo rosa y, al principio y al final, tres toreros arrodillados que lloran.
¿Por qué hay tantos toreros en las canciones de Mike? Porque el traje de luces junta lo más folclórico y lo más llamativo de la tradición española, y en Planeta Gayfolk se usa para enseñar esa contradicción. Mike se queda con el brillo del traje y deja fuera la violencia.
¿Cuándo se publicó el videoclip? El 1 de septiembre de 2025, en el canal oficial de YouTube de Mike Sain't Louis. Dura dos minutos y treinta y siete segundos.