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Una acera azul de madrugada, un callejón con carteles y una calle de banderines: las calles de Planeta Gayfolk

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En Planeta Gayfolk no hay callejero. Nadie ha numerado los portales ni ha puesto placas en las esquinas. Las calles aparecen cuando una canción las necesita y desaparecen cuando termina el último compás. Unas son de ladrillo y huelen a lluvia, otras son de arena y dan al mar, otras están adornadas para una fiesta que ya ha empezado sin nosotros. Si tuviera que dibujar un plano de este planeta, empezaría por ellas, porque son el sitio por el que se llega a todo lo demás.

Hay épocas en que la calle es solo un lugar que se cruza deprisa, un trayecto entre dos puertas, sin detenerse, mirando al suelo. Mis canciones la miran de otra manera. En mis letras y en mis videoclips la calle es escenario, es refugio, es pasarela y, a veces, es el sitio donde alguien llora sin que nadie le pregunte por qué. Este texto es un paseo nocturno por esas calles inventadas. Empiezo por una acera azul.

La acera azul de «El castigo más duro»

El videoclip de «El castigo más duro» dura 3:04 y se publicó el 2 de marzo de 2025. Tiene muchas escenas, pero la que me importa aquí es una calle. Una acera larga, de noche, pintada de un azul frío que no es el de ningún cielo. A un lado hay una pared de ladrillo con carteles enmarcados, cada uno iluminado por su propio foco. Al otro, una fila de postes bajos unidos por un cordón, como los que separan la cola a la entrada de un local. Al fondo, una luz anaranjada que no llega a calentar nada.

Hacia el segundo 80 aparece una figura de pie junto a esos postes, casi pegada al cordón, quieta, como si esperara a que abrieran una puerta que no se ve. Más adelante, hacia el 110, la misma calle se llena de humo azul y una figura con capucha se queda inmóvil en mitad de la niebla, de perfil, con el pelo tapándole la cara. Ese plano es la portada de este texto. No sabemos quién es. No sabemos qué espera. Solo sabemos que está sola en una calle que parece haberse quedado sin horario.

Me gusta esa calle porque es la traducción visual del principio de la letra. La canción arranca con alguien al que no le salen las palabras, que tiene que esperar a que se le pase un dolor en el pecho para poder respirar. Esa espera necesita un lugar, y el vídeo se lo da: una acera, un cordón, un cartel iluminado, el humo. Es la calle de quien no puede volver a casa todavía porque aún no ha terminado de llorar.

La gente que pasa cerca

Hay un pasaje de la letra que convierte la calle en escenario de una escena casi de cine fantástico:

la gente que pasa cerca se cree que soy un vampiro que llora bajo la luz de la luna

Lo que ocurre es esto: al que habla le sale sangre de la boca, porque las palabras que no dice tienen pinchos. Y quien pasa a su lado lo mira y saca su propia conclusión: un vampiro. Me parece una de las imágenes más tristes y más graciosas que he escrito. Triste porque describe la soledad de quien sufre en público y es malinterpretado. Graciosa porque la exageración es tan grande que da risa.

La calle tiene esa cualidad. Es el único lugar donde todos nos vemos sin conocernos. Pasamos cerca, como dice la letra, y en el medio segundo que dura el cruce inventamos una historia sobre el otro. El que llora en un banco ha discutido con su novio. El que habla solo está loco. El que sangra por la boca es un vampiro. La calle es una máquina de inventar personajes, y casi siempre se equivoca.

Ese «se cree» es lo importante. No dice «la gente ve que soy un vampiro». Dice que la gente se lo cree. Hay una distancia entre lo que uno es y lo que los demás suponen al pasar, y en esa distancia cabe toda la canción. Quien sufre de verdad queda disfrazado, sin quererlo, de criatura de película. Y la luna, que en tantas canciones es romántica, aquí es solo el foco que ilumina el malentendido.

Una pared de ladrillo en blanco y negro

Antes de llegar a la acera azul, el vídeo de «El castigo más duro» pasa varias veces por otra calle, o por un trozo de ella: una pared de ladrillo, fotografiada en blanco y negro, con unas letras enormes pintadas encima. Delante, un chico con camiseta blanca y vaqueros, las manos en los bolsillos, apoyado en el muro como quien hace tiempo. Es una imagen sencilla, casi de fotografía de calle de otra época, y aparece una y otra vez entre las escenas más fantásticas del clip, entre guitarras que vuelan y salones con focos.

Esa pared funciona como un estribillo visual. Cada vez que el montaje se desboca, vuelve al ladrillo, al gris, al chico quieto. Me gusta pensar que es el punto de partida de todas las calles del vídeo, la esquina desde la que se sale y a la que se regresa. Los muros de ladrillo tienen algo de diario: guardan lo que se ha escrito en ellos, los carteles que se pegaron y se arrancaron, las letras que alguien pintó un día y que siguen ahí cuando ya nadie recuerda por qué.

Y el blanco y negro le quita a la calle cualquier adorno. No hay neón, no hay humo de colores, no hay luna. Solo textura, sombra y un cuerpo que espera. Es la calle reducida a lo esencial, como la primera frase de la canción, la de las palabras que no salen: antes del vampiro, antes de la sangre y de la luna, hay alguien callado contra una pared.

Una puerta de humo al final de la calle

En el mismo vídeo hay otro plano que no es exactamente una calle, sino su final. Hacia el segundo 50 una figura de espaldas, con capucha, se planta delante de una entrada acristalada llena de humo blanco. Detrás del cristal se intuyen siluetas y luces. Delante, unas barandillas metálicas. Es la puerta de un local, de un andén, de un lugar al que se llega después de haber caminado mucho.

Dos polaroids sobre fondo rosa: una foto real de Mike Sain't Louis con abrigo negro y, al lado, un fotograma del videoclip de «El castigo más duro» con una figura encapuchada de espaldas ante una entrada acristalada llena de humo blanco

Me pregunto muchas veces qué hace esa figura. Puede estar a punto de entrar. Puede estar decidiendo no hacerlo. Las calles de mis vídeos tienen eso: casi nunca se ve a nadie llegar. Se ve a gente que espera en el umbral. Como si el verdadero viaje no fuera el trayecto, sino ese último metro antes de una puerta.

En la letra hay un verso que podría ser el pie de foto: «Tengo que esperar un rato». Lo leo y veo a esa figura frente al humo. No hay prisa. La calle permite esperar sin dar explicaciones. Es de las pocas cosas que tiene la ciudad que no te cobra por quedarte quieto.

Brillar en la calle, apagarse dentro

Si dejo atrás la acera azul y busco otras calles en mis letras, la primera que encuentro está en «Dark corners». Dos renglones seguidos dicen:

En las calles brillo más Pero por dentro no hay más gas

Aquí la calle es pasarela. Es el sitio donde uno se exhibe, donde el brillo se nota, donde la ropa y los tacones hacen su trabajo. Pero la frase se rompe en el renglón siguiente: por dentro no queda combustible. El brillo de la calle es un depósito que se gasta. Me parece una forma muy precisa de describir un tipo de cansancio que conozco: el de quien sale a la calle impecable precisamente porque por dentro está vacío y no quiere que se note.

Las dos frases riman en «-as», más y gas, y esa rima pobre, casi infantil, me gusta porque rebaja el dramatismo. No es una tragedia griega. Es alguien que se ha quedado sin gasolina en mitad de la avenida y sigue caminando como si nada.

La calle que se esquiva

En «Antisocial» la calle aparece de otra manera, como un lugar del que hay que defenderse:

Evito las miradas, los saludos en la calle,

Es una frase que termina en coma, como si la lista pudiera seguir. Las miradas, los saludos y quién sabe cuántas cosas más. La calle, para quien la recorre así, es un campo de minas de cortesías. Cada vecino que se acerca es una conversación que no se quiere tener. Cada mirada es una pregunta.

Es una manera de caminar que se reconoce enseguida: la vista fija en un punto lejano, el paso rápido, el cambio de acera para no cruzarse con nadie conocido. Y lo curioso es que esa canción no la presenta como un problema, sino como una elección: el castillo, la armadura, el reino pequeño. La calle se esquiva para proteger lo que hay dentro.

Entre el que brilla en la calle de «Dark corners» y el que esquiva los saludos de «Antisocial» hay una distancia enorme y, a la vez, ninguna. Los dos están solos entre la gente. Uno se defiende con lentejuelas y el otro con silencio.

Tacones sobre el asfalto

Hay calles en mis letras que suenan a taconeo. En «Licenciada en derecho» la canción empieza caminando por la ciudad:

Walking through the city, feeling kinda witty, High heels on the pavement, mi estilo es pretty.

Aquí la calle es una pasarela con público. La protagonista camina, se siente ingeniosa, oye cómo sus tacones golpean el pavimento. Es la calle de quien sabe que la miran y ha decidido que esa mirada no la va a definir. La rima interna, city y witty, pavement y pretty, le da a la frase un ritmo de paso firme, de zancada larga.

En «La primera drag de Benidorm» también hay tacones, pero rotos. Y hay un semáforo:

por cada semáforo.

Ese renglón, suelto, solo, cierra la primera estrofa de una canción que empieza arrastrándose. La protagonista va escupiendo sueños en cada cruce. Me parece una imagen muy urbana: el semáforo es el lugar donde la ciudad te obliga a detenerte, a esperar, a quedarte expuesta delante de los coches parados. Y allí, en ese alto obligatorio, se deja caer algo. No un pañuelo, sino un sueño.

Los tacones de «Licenciada» y los de «La primera drag» pisan la misma clase de asfalto. Unos van enteros y otros van rotos, pero los dos siguen andando.

Persianas bajadas en el paseo

El vídeo de «La primera drag de Benidorm» tiene algunas de las calles más bonitas de todo mi catálogo, y en el texto sobre su videoclip plano a plano las repaso con calma. Aquí me quedo con dos.

Fotograma panorámico del videoclip de «La primera drag de Benidorm»: sillas de terraza apiladas junto a una farola en un paseo marítimo al anochecer, con el mar azul oscuro al fondo y sin personas

La primera es un callejón con las persianas metálicas bajadas, todas iluminadas por un neón rojo que convierte el suelo mojado en un espejo encendido. Es una calle de madrugada, cuando los comercios llevan horas cerrados y solo queda el reflejo de un rótulo. Para mí es la calle de después: después de la fiesta, después del espectáculo, después de que todo el mundo se haya ido a dormir.

La segunda es el paseo marítimo al anochecer. Las sillas de las terrazas están apiladas junto a una farola encendida, la arena está vacía y el mar se pone azul oscuro. Hay una figura diminuta al fondo, tan pequeña que no tiene cara. Ese paseo es una calle que da al agua, una calle que termina donde empieza otra cosa. Me parece el final perfecto para una noche: llegar hasta donde ya no hay más asfalto y quedarse mirando.

Una mesa puesta en mitad de la avenida

En el videoclip de «Hetero» hay un plano que parece un sueño: una avenida enorme de noche, con edificios iluminados a los lados y coches aparcados, y en el centro, sobre el asfalto brillante, una mesa pequeña con dos sillas, dos copas de vino y un plato con queso. No hay nadie sentado. Al fondo, muy lejos, se recorta una figura bajo una farola.

Lo que me fascina de esa imagen es la desproporción. Una avenida está hecha para el tráfico, para moverse, para no detenerse. Y alguien ha puesto allí una mesa para dos, como si la ciudad entera fuera un comedor. Es una invitación y es una espera. La mesa está lista. Falta la compañía.

Las calles de Planeta Gayfolk tienen esa lógica de sueño en la que lo privado se instala en lo público. Una cena en mitad de la calzada. Un llanto en una acera. Un baile en un paseo vacío. Lo que en la vida corriente haríamos en casa, en mis vídeos ocurre a la vista de todos, como si la calle fuera la única habitación lo bastante grande para ciertas emociones.

Una farola bajo la lluvia violeta

En el clip de «Tus letras son basura» llueve. Y bajo esa lluvia, que el vídeo tiñe de violeta y verde, hay una guitarra apoyada contra una farola, abandonada o en pausa, mientras al fondo pasa un coche con los faros encendidos. Es una calle mojada en la que la luz se descompone en charcos.

La farola es un personaje recurrente en mis calles. Está en la acera azul de «El castigo más duro», en el paseo de «La primera drag», al fondo de la avenida de «Hetero». Es lo único que permanece encendido cuando todo lo demás se apaga. No da calor, no da compañía, pero marca un sitio. Debajo de una farola uno sabe dónde está.

Esa guitarra apoyada hace pensar en alguien que ha salido a la calle a tocar y se ha cansado, o se ha ido a resguardar de la lluvia, o simplemente ha decidido que esa noche no. La calle se queda con el instrumento como quien guarda un objeto perdido.

Banderines de una calle de fiesta

No todas mis calles son de madrugada y de humo. En el vídeo de «Que isso» hay una calle cruzada por banderines de colores, con casas bajas, bombillas colgadas y gente que pasea despacio. Es la calle en fiesta, la que se adorna una vez al año, la que huele a verbena.

Esa calle es la contraria de la acera azul. Allí todo es luz cálida, ruido, compañía. Y, sin embargo, también es una calle de paso, también se recorre, también lleva a algún sitio. Me gusta tenerla en el mapa porque recuerda que las calles de Planeta Gayfolk no son solo lugares de soledad. También son el sitio donde uno vuelve a mezclarse con los demás cuando por fin se siente capaz.

Todas las ciudades

En «Madrid to Benidorm» hay un renglón que amplía el plano hasta abarcar el mundo entero:

Tarjeta tipográfica oscura con seis renglones de mis letras que hablan de la calle y la ciudad, cada uno con el título de su canción: El castigo más duro, Dark corners, Antisocial, Licenciada en derecho, La primera drag de Benidorm y Madrid to Benidorm
In every city, me and you.

En cada ciudad, tú y yo. Es una promesa de compañía que no depende de un lugar. Da igual la calle, da igual el país. Mientras haya dos, cualquier ciudad sirve. Y en «Barcelona» las calles se convierten en luces de noche: «Late night, city lights, Barcelona's glow». La ciudad, vista desde lejos, es un resplandor.

Esos dos renglones me sirven de contrapeso para todo lo anterior. Después de tantas calles solitarias, la calle compartida. Después del vampiro que llora bajo la luna, la pareja que recorre ciudades. No se anulan. Conviven. Una misma calle puede ser la de la peor noche y la de la mejor, según con quién la camines y según cómo vayas por dentro.

Un mapa sin nombres

Si junto todas estas calles en un mismo plano, me sale un mapa curioso. No tiene nombres de calles. Tiene estados de ánimo. La acera azul de la espera. El callejón rojo de después. El paseo que da al mar. La avenida con la mesa para dos. La esquina de la farola y la guitarra. La calle de los banderines. Y todas están conectadas, porque en Planeta Gayfolk se puede salir de una canción por una esquina y entrar en otra por la siguiente.

Mosaico de cuatro fotogramas de calles de mis videoclips sin rostros: una acera azul de noche con carteles, una mesa con dos copas en mitad de una avenida iluminada, persianas metálicas bajo neón rojo y una farola bajo una lluvia violeta

Lo que más me gusta de esas calles es que casi siempre están vacías o casi vacías. No por tristeza, sino por respeto. En mis vídeos la calle deja espacio para que pase algo importante: una espera, un llanto, una cena, un paso de baile. Hay ciudades que te empujan y calles que te dejan estar. Las de este planeta son de las segundas.

Y hay algo más. En casi todas aparece una figura de espaldas, de perfil o tan lejana que no se le ve la cara. Al elegir las imágenes de este texto he preferido que la calle no tenga dueño visible, que cualquiera pueda imaginarse allí. La figura con capucha de «El castigo más duro» puede ser cualquiera que haya esperado alguna vez a que se le pase un dolor antes de volver a casa.

Lo que yo sé de volver a casa andando

Las calles de este texto son inventadas y ninguna de las figuras que las recorren existe. Pero la sensación de no saber muy bien adónde ir la conozco. Pasé veinte años con dos parejas narcisistas, la segunda justo después de la primera. Al dejarlas, las dos movieron los hilos para que una parte de mi entorno se apartara de mí. Me quedé con un mapa mucho más pequeño que el que tenía, y tuve que aprender a moverme por él.

Más tarde llegaron los diagnósticos: estrés postraumático, depresión mayor de intensidad grave, ansiedad, fobia social y personalidad evitativa. Estuve a punto de no contarlo. Hoy me va mucho mejor, y mantengo el tratamiento con mi psiquiatra y la terapia. Escribir canciones me dio una forma de poner en palabras lo que viví, y muchas de esas palabras, ahora lo veo, transcurren en la calle.

Si estás pasando por algo parecido, si no encuentras tu sitio o has pensado en hacerte daño, busca a alguien. En España, el 024 atiende gratis, sin juzgar y a todas horas a quien piensa en el suicidio y a quien teme por otra persona. Para una urgencia, llama al 112.

Escucharla y bajártela

La letra completa de «El castigo más duro» está en su página, junto con el reproductor y el enlace al clip. Soy el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA).

Todas las canciones que salen en este paseo se pueden escuchar y bajar gratis, sin darse de alta en nada, desde mi página de descargas o desde la tienda de Planeta Gayfolk. Te dejo una propuesta para la próxima vez que salgas de noche: ponte una de ellas en los cascos y fíjate en la calle por la que vas. Quizá descubras que también tiene algo de este planeta.

Preguntas frecuentes

¿Qué calles aparecen en el videoclip de «El castigo más duro»? Sobre todo una acera larga y azul, de noche, con una pared de ladrillo llena de carteles iluminados y una fila de postes unidos por un cordón. A ratos se llena de humo y aparece una figura con capucha. También hay una entrada acristalada con niebla blanca y una figura de espaldas frente a ella.

¿Qué significa el verso del vampiro? Al protagonista le sangra la boca porque las palabras que no dice tienen pinchos, y la gente que pasa cerca cree que es un vampiro que llora bajo la luna. Es una imagen exagerada, entre triste y cómica, sobre sufrir en público y ser malinterpretado.

¿En qué otras canciones aparecen calles? En «Dark corners» («En las calles brillo más»), en «Antisocial» (los saludos que se esquivan en la calle), en «Licenciada en derecho» (tacones sobre el pavimento), en «La primera drag de Benidorm» (el semáforo) y en «Madrid to Benidorm» («In every city, me and you.»).

¿Las figuras de los vídeos son personas reales? No. Todas las figuras que aparecen en las calles de mis videoclips son inventadas.

¿Dónde puedo escuchar estas canciones? Gratis y sin registro en mikesaintlouis.com/descargas y en la tienda de gayfolkplanet.com, donde está todo mi catálogo.