
By Mike Sain't Louis ·
Soltero y bien: la soltería elegida y el plan sin plan de «Marica chill»
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«Hoy me levanté con glitter en la cara».
Así empieza «Marica chill», y a mí esa primera línea me parece un parte meteorológico perfecto. No dice con quién se levantó. No dice si hay alguien al otro lado de la cama. Dice que hay purpurina en la cara, que anoche fue una locura y que hoy toca café. Nada más. El personaje no da explicaciones porque no las debe.
Escribí esta letra para un tipo de mañana que conozco bien de oídas y de barra: la del que sale, vuelve, duerme y se despierta sin necesidad de convertir la noche en una novela por entregas. «Last night was crazy, but I don't need a saga», dice el verso siguiente. Ni saga, ni culebrón, ni grupo de WhatsApp para analizar lo que pasó. Un café solo «sin leche y sin drama» y para la playa en tacones.
Hoy quiero hablar de eso que la canción suelta casi de pasada, entre el mango del frutero y el alemán del final: la soltería elegida. La de quien está soltero y está bien. No la soltería como sala de espera, ni como castigo, ni como síntoma de algo que habría que arreglar en terapia o en una app. La soltería como estado civil con su propio horario, sus propias rutinas y sus propias gamberradas.
Aviso de antemano: no voy a contar mi vida sentimental, porque esta canción no va de mí. El protagonista es un personaje, una loca feliz de paseo marítimo con abanico y short transparente. Lo que sí voy a contar es lo que aprendí escribiéndolo, lo que veo alrededor y lo que me hace gracia, que suele ser lo mismo.
Un café solo, sin leche y sin drama
Hay un verso que funciona como lema de toda la letra:
«Un café solo, sin leche y sin drama»
Me gusta porque mezcla dos idiomas que no tienen nada que ver: el de la barra del bar y el de la terapia. Un café solo es lo que pides en cualquier cafetería de Madrid cuando no quieres complicarte. Sin drama es lo que pides a la vida cuando ya has tenido bastante. Juntos suenan a pedido de desayuno de alguien que ha hecho las paces consigo mismo.
La soltería tiene mucho de café solo. No lleva añadidos. No viene con el azucarillo de la pareja, ni con la leche de la familia política, ni con la espuma de las fotos de aniversario. A mucha gente le parece amarga por eso. A otra mucha le parece la única manera honrada de tomarse el café.
Lo curioso es que el café solo tiene mala fama. Se asocia a las prisas, al bar de polígono, al señor que se lo toma de pie antes de abrir la ferretería. Con la soltería pasa igual: se asocia a la prisa por encontrar a alguien, como si estar soltero fuera ese rato de pie en la barra antes de que empiece la vida de verdad, la de pareja, sentados en una terraza.
Yo creo que el protagonista de la canción se sienta. Pide su café solo y se queda. No está esperando a nadie.
La sala de espera que no es
La idea más extendida sobre la soltería es que es un estado provisional. Estás soltero «todavía». Estás soltero «de momento». Estás soltero «hasta que encuentres a alguien». El idioma lo delata: nadie dice que está casado «de momento», aunque las estadísticas de divorcio digan que más de uno lo está.
Esa idea convierte la vida del soltero en una sala de espera de ambulatorio. Una silla de plástico, un número en la pantalla, una revista de 2014 y la sensación de que tu turno no llega. Todo lo que hagas mientras tanto es relleno: viajar, estudiar, cuidar a tus amigos, montar una estantería, salir de fiesta, escribir canciones. Lo importante pasará cuando te llamen.
La psicóloga estadounidense Bella DePaulo, que lleva años estudiando la vida de las personas solteras, bautizó como «singlism» (en español se ha traducido como «solterismo») el conjunto de prejuicios y pequeñas discriminaciones que sufren quienes no tienen pareja: desde la idea de que son más inmaduros o egoístas hasta cosas tan prosaicas como pagar más por una habitación individual o que nadie te pregunte si ese puente tienes planes. Su libro «Singled Out» se publicó en 2006 y desde entonces el término ha ido entrando en conversaciones donde antes solo había compasión.
Lo que me interesa de esa palabra es que nombra algo que todos hemos visto: la mirada de lástima. La del camarero que retira el segundo cubierto con cara de funeral. La de la tía que te pregunta por «alguna novia» o, en el mejor de los casos, por «algún amigo especial», con un tono que mezcla la curiosidad y el pésame.
El protagonista de «Marica chill» no lee esa mirada. O la lee y le da igual. Esa es la gracia.
La vecina said: that boy's too much
En la segunda estrofa aparece el público:

«La vecina said: that boy's too much / Pero el frutero me regaló un mango lush»
Ahí está la sociedad entera en dos versos. Por un lado, la vecina que juzga desde el balcón. Por otro, el frutero que regala un mango. Es un reparto muy de barrio: hay quien te mira mal y hay quien te da fruta, y casi nunca sabes por qué.
Las vecinas tienen tradición en mis letras. La más famosa es «La vecina cotilla», aunque ahí la cotilla es quien escribe, asomado a la ventana mirando al vecino que hace deporte en shorts. En «Marica chill» le damos la vuelta: el que va en short transparente es el protagonista y la que mira es la vecina. Dos canciones, dos balcones, el mismo patio de luces.
Con la soltería pasa algo parecido. El soltero de más de treinta y cinco tiene siempre una vecina, aunque no viva en su bloque. Puede ser una compañera de trabajo, un primo, un amigo recién casado que de repente se aficiona a organizar la vida de los demás. La vecina, en sentido amplio, es cualquiera que considere tu vida sentimental asunto público.
La respuesta de la canción es la más sana que conozco: «Si me critican desde el balcón / Les mando besitos y pongo reggaetón». No discute. No da explicaciones. No hace una presentación en PowerPoint sobre las ventajas de vivir solo. Manda besitos y sube el volumen.
Yo no siempre soy capaz de eso. Me sale más la respuesta larga, la ironía con destinatario, la lista de agravios. Por eso escribí a un personaje que sí sabe mandar besitos. A veces las canciones sirven para ensayar la persona que te gustaría ser en el rellano.
Bajar solo a la playa
«And I still wear heels pa' bajar a la playa».
Bajar solo a la playa es una de las experiencias más instructivas que existen. Lo sabe cualquiera que lo haya hecho. Hay que resolver una logística que en pareja ni se plantea: quién vigila la mochila cuando te bañas, cómo te echas crema en la espalda, con quién comentas que el de la toalla de al lado se ha traído una nevera del tamaño de un frigorífico industrial.
Y luego está la mirada. En una playa familiar, un hombre solo tumbado en la arena todavía despierta preguntas. En una playa de ambiente, el mismo hombre solo despierta otro tipo de preguntas, más interesantes. Pero en las dos se nota esa pequeña incomodidad social que provoca quien está a gusto sin compañía.
Mi consejo, si es que me lo permitís, es el del personaje: tacones. No literalmente, aunque si alguien quiere, adelante. Tacones en sentido figurado: bajar a la playa con la misma actitud que si fueras a una gala. Toalla buena, libro gordo, gafas exageradas, la nevera con lo que te apetezca a ti y no lo que se suele llevar. Si vas a estar solo, que se note que lo has elegido.
Algunos trucos prácticos, aprendidos a fuerza de ver a gente hacerlo bien:
- Lleva una bolsa estanca pequeña para el móvil y las llaves. Te bañas con ella y te olvidas de la mochila.
- Elige sitio cerca de un grupo grande y tranquilo. Las familias con abuelas suelen ser las mejores guardianas de toallas ajenas sin saberlo.
- Ponte la crema antes de salir de casa, con calma, frente al espejo. La espalda se agradece.
- Ten un plan de comida. El chiringuito para uno es un gustazo si llegas con hambre y sin prisa.
- Si alguien te da conversación y te apetece, contesta. Si no te apetece, también puedes sonreír y volver a tu libro. Las dos cosas son educadas.
En «La playa del Mal Pas» escribí una playa muy distinta, una playa de memoria y de los cuarenta años, sin chistes. Pero las dos comparten algo: la playa es un sitio donde uno se encuentra a solas con su cuerpo y con su historia, y eso asusta o libera según el día.
Comer en una mesa para uno
La prueba de fuego de la soltería no es la playa. Es el restaurante.

Pedir mesa para uno sigue siendo un pequeño acto de valentía en muchas ciudades. El camarero pregunta «¿cuántos?», tú dices «uno» y durante una décima de segundo se produce un silencio que en algunos sitios dura lo que un minuto de duelo. Luego te sientan junto a la puerta del baño, porque el mundo de la hostelería todavía no ha entendido que el cliente solo suele ser el que más disfruta del menú.
Sin embargo, comer solo es una de las cosas más placenteras de la vida adulta. Nadie te roba patatas. Nadie te mira mal si pides postre y además un chupito. Puedes leer, puedes mirar a la gente, puedes escuchar la conversación de la mesa de al lado, que casi siempre es mejor que cualquier serie.
El protagonista de «Marica chill» no come en la canción, pero se le adivina el apetito. Le regalan un mango, baja a la playa, baila con un alemán. Es alguien que se da de comer a sí mismo en todos los sentidos.
Si te cuesta empezar, prueba con sitios fáciles: la barra de un bar de tapas, un menú del día entre semana, una terraza a media tarde. La barra es el gran invento español para la soltería: ahí nadie come acompañado aunque esté al lado de alguien. Después, cuando le cojas el gusto, atrévete con una cena de verdad, con mantel. Pide el vino que te apetezca y no el que se pueda compartir. Es tuyo.
Me bastan mis perros y mi eyeliner green
Este es el verso que da título a todo el texto, el que me hizo pensar en escribirlo:
«I don't need pareja pa' sentirme bien / Me bastan mis perros y mi eyeliner green»
Lo de los perros es del personaje; yo no voy a hablar de los míos ni a inventar mascotas. Pero el verso dice algo que me parece muy cierto: el bienestar se construye con cosas concretas. No con grandes ideas sobre la plenitud, sino con dos perros y un lápiz de ojos verde. Con el ritual. Con lo que te hace gracia a ti.
Mucha gente soltera tiene una vida afectiva rica, solo que no tiene forma de pareja. Tiene amigos de veinte años, sobrinos, compañeros de piso, una red de vecinos que se riegan las plantas, perros que esperan en la puerta, un grupo de baile los jueves. La sociología habla de redes de apoyo; en mi barrio se llama tener gente.
En mis letras la amistad aparece mucho y no siempre bien parada. En «Dos amigos contados» repasé a los amigos de verdad y a los impostores que pasan por amigos. La soltería obliga a hacer ese inventario con más cuidado, porque los amigos ocupan el lugar que en otras vidas ocupa la pareja: el de la llamada a las tres de la mañana, el del médico, el del «¿te ayudo con la mudanza?».
Lo de «eyeliner green» es la otra mitad. El verso podría haber dicho «me bastan mis perros» y punto. Pero añade el maquillaje, que es el cuidado propio en su versión más frívola y más seria a la vez. Pintarse los ojos de verde para bajar a comprar al mercadillo es decirle al mundo que te arreglas para ti. Que no esperas a tener una cita para estar guapo.
Sin plan, sin cita ni apps
«Y así sin plan, sin cita ni apps / Acabé bailando con un chulo alemán».

Me encanta ese «sin cita ni apps» porque describe algo que se ha vuelto casi exótico: conocer a alguien sin intermediarios. Sin perfil, sin fotos elegidas, sin conversación previa de tres días para comprobar que no es un psicópata. El protagonista sale sin plan y la noche le trae un alemán.
Las aplicaciones de ligar han cambiado la soltería por completo. En muchos ambientes gais estar soltero sin apps es como vivir sin teléfono. Las he retratado sin piedad en «Buscando el polvo perfecto», con su catálogo de exigencias absurdas y su crueldad de escaparate, y en «¿Qué te mola el cruising?», donde el ligoteo vuelve a la calle y al parque.
La soltería elegida tiene una relación curiosa con todo eso. Hay gente que está soltera y usa apps a diario, hay quien las ha borrado y hay quien nunca las instaló. Ninguna opción es más digna que otra. Lo que sí noto es que, para mucha gente, borrar las apps durante una temporada es el primer paso para descubrir si está soltera porque quiere o porque no le queda más remedio. Sin el escaparate abierto, se ve mejor lo que hay dentro de casa.
Si te apetece probar, aquí van unas ideas sencillas que no requieren cuenta ni contraseña:
- Vuelve a un sitio al que ibas antes, un bar o una librería, y conviértete en habitual. Los habituales hablan entre sí.
- Apúntate a algo con horario fijo: un coro, un club de lectura, un equipo, un taller. Ver a la misma gente cada semana es la forma más antigua de conocer a alguien.
- Sal sin plan cerrado. No hace falta acabar con un alemán. Basta con salir sin la obligación de volver con un resultado.
Que me llamen loca, that's my brand
El estribillo dice algo que en mis letras sale mucho, pero aquí con una alegría especial:
«Que me llamen loca, that's my brand / Marica chill, mi vibe, my land»
Lo de «loca» tiene historia. Durante décadas fue un insulto para los gais con pluma, una manera de decir que no eran hombres del todo. Luego, como tantos insultos, se le dio la vuelta. Hoy decir «loca» entre amigos es una caricia, una forma de reconocerse. El protagonista se lo apropia sin complejos: si me llaman loca, perfecto, esa es mi marca.
La soltería tiene su propia versión de ese insulto. Al soltero mayor se le ha llamado de todo: solterón, raro, quedado, maniático. A la soltera, peor: solterona, quedada para vestir santos. Son palabras que ya suenan antiguas, pero la idea sigue ahí, más disimulada. El soltero de cuarenta es «muy suyo». La soltera de cincuenta es «muy exigente».
Le dimos la vuelta a «loca» y podemos darle la vuelta a esto. Ser muy suyo, ¿qué tiene de malo? Ser exigente, ¿desde cuándo es un defecto? Si después de mirar alrededor decides que ninguna de las opciones que tienes delante te compensa, eso no es tener un problema. Es tener criterio.
Las preguntas de la comida familiar
Toda persona soltera conoce la comida familiar. La de Navidad, la del bautizo, la de la boda del primo. Hay un momento, normalmente entre el segundo plato y el postre, en que alguien se gira y pregunta: «¿Y tú qué? ¿Para cuándo?».
En «Familia de sangre» escribí sobre las familias que aparecen en mis letras, las suegras soñadas y las madres de los ex. La familia, en las canciones como en la vida, suele ser el sitio donde más se nota lo que no encaja.
Para esa pregunta tengo varias respuestas preparadas, según el humor del día:
- La corta: «Cuando toque». Sonrisa y a por el turrón.
- La de devolver la pelota: «¿Y tú para cuándo el divorcio?». Peligrosa, pero eficaz si la persona tiene sentido del humor.
- La de «Marica chill»: «Yo estoy muy bien, me bastan mis perros y mi eyeliner». Desconcierta, que es de lo que se trata.
- La sincera: «Estoy bien así, de verdad. No me falta nada». Es la más difícil de decir y la que más cambia la conversación.
Hay que entender que la pregunta casi nunca es mala intención. Mucha gente de otra generación no concibe una vida adulta plena sin pareja porque nunca la ha visto de cerca. Preguntan desde el miedo a que estés solo, que para ellos es lo peor que le puede pasar a alguien. Contestar con calma, y con humor si sale, es una forma de enseñarles que hay otras vidas posibles.
Y si la pregunta duele, también se puede decir. «Me molesta que me lo preguntes cada año» es una frase perfectamente válida en una comida familiar. Que se atragante alguien con el langostino no es responsabilidad tuya.
La soltería no es soledad
Esto merece un apartado propio, aunque sea breve.

Estar soltero no es estar solo. Hay personas con pareja que se sienten profundamente solas y personas sin pareja rodeadas de afecto. La soledad no deseada es un problema serio, que afecta a mucha gente y que tiene poco que ver con el estado civil: tiene que ver con no tener a quién llamar, con pasar días sin hablar con nadie, con sentir que no le importas a nadie.
En «Un castillo sin llave» escribí sobre otra cosa distinta, la soledad elegida del que se encierra porque fuera hace demasiado ruido. Y en «Siempre apartado entre tanta gente» sobre la soledad que se nota más en la fiesta. Son tres cosas diferentes: estar soltero, estar solo y sentirse solo. Se pueden tener a la vez o por separado.
Si lo que sientes no es la ligereza de «Marica chill», sino un peso, no lo dejes pasar. Habla con alguien. En España tienes el 024, una línea gratuita y confidencial que atiende a cualquier hora a quien está pasando un mal momento, y el Teléfono de la Esperanza, 717 003 717; en una urgencia, el 112. Fuera de España, en findahelpline.com hay líneas de ayuda por países. Pedir ayuda no es dramatizar. Es otra forma de cuidarse, como el café sin drama.
Si soy ridículo, pues mejor
Casi al final, el protagonista suelta la frase que yo pondría en una camiseta:
«Si soy ridículo, pues mejor / I'd rather that than be un señor»
Ser un señor. Esa es la amenaza. No ser un señor en el sentido de la edad, sino en el sentido de la seriedad gris, la prudencia que lo apaga todo, el miedo a llamar la atención. El señor es el que no baja a la playa en tacones, el que no se pinta los ojos de verde, el que no baila con desconocidos porque qué van a decir.
Muchas veces se asocia la pareja a la madurez y la soltería a la inmadurez. El soltero de cuarenta «no ha sentado la cabeza». Pero esta canción propone otra lectura: quizá sentar la cabeza consista en saber qué te hace feliz y hacerlo, aunque parezca ridículo. Quizá lo inmaduro sea casarse porque toca.
En «Envejecer» me hice preguntas sobre el paso del tiempo que esta canción no se hace, porque «Marica chill» vive en un presente continuo de verano. Pero las dos se tocan en algo: el miedo a convertirse en otra persona solo porque cumples años. La respuesta de esta letra es clara. Antes ridículo que señor.
El ultramar
«Hoy solo quiero brillar en el ultramar».
Me gusta esa palabra, ultramar, porque es antigua y exagerada para una canción de playa. Ultramar era lo que estaba al otro lado del océano, las colonias, las travesías de meses. Aquí es simplemente el mar de enfrente, con su luz y su brillo. El protagonista convierte la playa del pueblo en un destino lejano solo por estar a gusto en ella.
La soltería elegida tiene algo de eso. Convertir lo cercano en extraordinario. El mercadillo en pasarela, el café en ritual, la playa en ultramar. No necesitas irte a Mykonos para sentir que estás de vacaciones de ti mismo. A veces basta con el paseo marítimo de siempre y un abanico.
Esta canción pertenece a «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo disco de la trilogía, que va precisamente de eso: del deseo de llegar a un sitio donde se pueda ser sin pedir permiso. Para el protagonista de «Marica chill», ese sitio no está en otro planeta. Está en su toalla.
Lo que me llevo de escribirla
Cuando escribo letras como esta, en mitad de canciones mucho más duras sobre narcisistas, luz de gas o rupturas, siento que estoy dejando una ventana abierta. No todo en mis discos es herida. También hay mañanas con purpurina, fruteros generosos y alemanes de paso.
No sé si el protagonista de «Marica chill» acabará con pareja. La canción no lo dice y no me corresponde a mí decidirlo. Lo que sé es que, si la encuentra, no será para dejar de estar bien. Será para estar bien acompañado, que es otra cosa.
Y si no la encuentra, tampoco pasa nada. Le quedan el café, la playa, los perros, el eyeliner, la vecina a la que mandar besitos y el reggaetón a todo volumen. Hay vidas mucho peores.
Si quieres leer la letra completa, está en gayfolkplanet.com, y el resto de mis letras, en la sección de letras. Ponla una mañana de domingo, sin plan. A ver qué pasa.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «Marica chill»? Es una canción de playa y de buen humor. Su protagonista, un personaje, se levanta con purpurina, baja a la playa en tacones, ignora las críticas de la vecina y dice que no necesita pareja para sentirse bien. Pertenece al disco «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk».
¿El protagonista de la canción es Mike Sain't Louis? No. Es un personaje. Mike Sain't Louis es el letrista, compositor y productor musical de la canción; la música y la interpretación vocal están hechas con inteligencia artificial.
¿Qué significa «solterismo»? Es la traducción del término inglés «singlism», que la investigadora Bella DePaulo usa para nombrar los prejuicios y pequeñas discriminaciones hacia las personas solteras.
¿Estar soltero es lo mismo que estar solo? No. Se puede estar soltero y rodeado de afecto, y tener pareja y sentirse solo. Si la soledad pesa, en España se puede llamar al 024 o, en una urgencia, al 112.