
Por Mike Sain't Louis ·
Dos amigos contados: la amistad y sus impostores en mis letras
«Dos amigos contados, familia de sangre, mi madre, mi padre.»
Es un verso de «Eso es lefa». Y casi el mismo aparece en «Nadie hablará de mí cuando haya muerto», un poco más pesimista todavía: «Dos amigos, como mucho, / tal vez uno».
Dos amigos. Como mucho. Tal vez uno.
En mis canciones los novios ocupan casi todo el sitio. Los ex, los narcisistas, los falsos amores, los que se llevan los bañadores. Pero si miras en los márgenes, aparecen los amigos. Pocos. Contados con los dedos de una mano, y sobran dedos. A veces falsos, a veces interesados, a veces de los que te dicen la verdad aunque duela. Y alguno, muy de vez en cuando, casi hermano.
Este texto va de ellos. De cómo es la amistad en mis letras. Y de por qué, en una cultura como la nuestra, que presume tanto de familia elegida, mis canciones cuentan los amigos con tanto cuidado.
La amiga sincera
Empiezo por la canción que mejor retrata a una amiga, aunque sea para reírse de ella. «Toxina coreana».
Hay dos amigas. La del alma y la sincera. Y la canción arranca con la frase que ninguna amiga debería decir y que todas acaban diciendo: «Mi amiga del alma me dice / Oye tía tienes mala cara».
La respuesta es castiza y no la voy a repetir aquí entera, pero viene seguida de una excusa: es que no he dormido nada.
Luego entra la otra: «Mi amiga la sincera me dice / Oye tía las ojeras se te marcan».
Y la sinceridad va subiendo de tono hasta llegar a la estocada: llevas tres mil euros inyectados en la cara. Y otra frase que es casi peor: te tengo en el móvil guardada como la embotada.
Me encanta esta canción porque retrata un tipo de amistad muy concreto, muy nuestro. La amiga que te lo dice todo. Que te quiere, sí, pero que no te perdona una ojera. Que se fija en tu ceja levantada antes que en tu cara de pena. Entre maricas y entre amigas, esa sinceridad brutal es casi una forma de cariño. Te digo que tienes mala cara porque me importas. O porque me divierte. O las dos cosas.
La embotada en el móvil
Hay un detalle de «Toxina coreana» que me parece muy de nuestra época, y que tiene que ver con la amistad más que con el bótox.
«Te tengo en el móvil como la embotada.»
Todos lo hacemos. Guardamos a los amigos en el móvil con apodos. La del gimnasio. El de Albacete. La loca. El primo de Juan. Y esos apodos dicen mucho de lo que pensamos de ellos, mucho más de lo que les diríamos a la cara. La amiga sincera, en cambio, sí se lo dice a la cara. Te tengo guardada como la embotada. Ahí lo tienes.
Hay algo muy tierno en esa crueldad. Solo le pones un apodo así a alguien a quien quieres. A un desconocido le pones el nombre y el apellido. A una amiga, la embotada.
La amiga soy yo
Pero lo mejor de «Toxina coreana» llega al final, y es lo que la convierte en algo más que un chiste sobre el bótox.
La protagonista decide confesar. Ha llegado el momento, dice, de decir la verdad. Ya no se calla. Para qué desmentir.
Y lo dice: «Mira, la amiga soy yo».
La página de la canción lo explica así: el dedo que señalaba se da la vuelta. Es justo lo que hacemos todos. Reírnos de lo que también hacemos nosotros, hasta que nos pillan.
La amiga soy yo. Me parece una de las frases más honestas de mi catálogo sobre la amistad. Porque en todas las amistades hay un momento en el que te das cuenta de que lo que criticabas en la otra también lo tienes tú. La ceja, la mala cara, la vanidad, el miedo a envejecer. Y la amistad de verdad empieza, quizá, cuando eres capaz de decir: la amiga soy yo.
La página de la canción lo llama humor de espejo. Una crítica que se incluye a sí misma, y que por eso no hace daño.
Dos amigos, como mucho
Vuelvo al principio. A esa cuenta tan corta.

En «Nadie hablará de mí cuando haya muerto», el narrador hace algo que casi todos hemos hecho alguna vez en una noche mala: contar quién vendría a tu entierro. Y la lista es breve. Dos amigos, como mucho, tal vez uno. La familia de sangre. La última pareja, que al final también se aleja, y con razón.
Es una canción triste disfrazada de chiste negro. Y lo que dice de la amistad es muy duro: que, a la hora de la verdad, los amigos se cuentan con los dedos. Y que puede que ni eso.
En «Eso es lefa» la misma lista vuelve, casi idéntica: «Dos amigos contados, familia de sangre, mi madre, mi padre, / el buenazo de mi última pareja, algún vecino cotilla».
Algún vecino cotilla. Me encanta que esté ahí. En la lista de los que hablarán de ti cuando no estés, entre los dos amigos y la familia, aparece el vecino cotilla. No porque te quiera. Porque habla de todo el mundo.
Esa cuenta tan corta no es una queja. O no solo. Es también una forma de valorar lo poco que hay. Si tienes dos amigos, tienes dos amigos. Y eso, ahora que todo el mundo presume de cientos de contactos, es mucho.
Los que dirán
«Nadie hablará de mí cuando haya muerto» tiene otra parte que dice mucho de la amistad, aunque no lo parezca. Es lo que dirán de ti los que se queden.
«Y dirán: / "Ya sabes, tenía su carácter".»
Tenía su carácter. Es la frase que se dice de los muertos que no caían bien a todo el mundo. La que usan los conocidos, no los amigos. Los amigos dirían otra cosa. Dirían cómo te reías, qué te gustaba, lo que hiciste por ellos. Los conocidos dicen que tenías tu carácter.
Y luego viene una pregunta y una respuesta que me parecen geniales. Alguien pregunta: «¿Por qué me diría eso?». Y otro contesta: «No te preocupes, / seguro que iba borracho, / o tal vez muy puesto».
Esa es la manera en que mucha gente despacha lo que le dijiste en vida. No te escucharon entonces y no te escuchan ahora. Seguro que iba borracho. La canción no lo dice, pero se entiende: un amigo de verdad sí te habría escuchado. Sabría por qué le dijiste eso. Y no necesitaría la excusa.
Por eso la lista es tan corta. Dos amigos, como mucho. Porque los demás son de los que dirán que tenías tu carácter.
Ni amigos ni familiares
La misma «Eso es lefa» tiene otro verso que va todavía más lejos: «Nadie me apoya, ni amigos ni familiares, / ni pareja, ni polvos, ni similares».
Y justo después, la imagen que tantas veces vuelve en mis letras: veinte estados vistos en WhatsApp, por el novio, su madre, mi hermana, mi suegro, mi ex. Ni un solo «me gusta». Ni un comentario.
Aquí la amistad aparece por ausencia. No hay amigos que apoyen. Hay gente que mira y no dice nada. Que ve tus estados, que sabe lo que estás haciendo, y no comenta. Es una forma muy moderna de soledad: estar rodeado de gente que te ve y no te acompaña.
En «La música me está salvando» los amigos aparecen en la lista de las cosas que no funcionaron: «Ni psicólogos, ni amigos, ni hermanos». Es una exageración, como casi todo en esa canción. Pero detrás hay algo reconocible. Hay momentos en los que ni los amigos llegan. En los que lo que te saca del pozo es otra cosa.
Mejor amigo y casi hermano
Pero no todo es soledad. Hay una canción en la que aparece el amigo de verdad. Y aparece en un entierro.

En «Un puñetazo al día», el narrador está «celebrando un entierro / en Madrid con mi mejor amigo y casi hermano». Y no es un entierro triste. Es la celebración del final de alguien que le hizo mucho daño. Un entierro simbólico, con vino y con rosas, en un antro de Madrid.
Lo que me gusta de esa escena es cómo están los amigos. «Ya les veo desde lejos, / haciendo bromas como siempre». Como siempre. Esa es la palabra. El amigo de verdad es el que hace bromas como siempre, el que no cambia, el que está a tu lado cuando entierras a alguien que te rompió.
Mejor amigo y casi hermano. El «casi» es importante. No es un hermano. Es algo que se le parece mucho pero que has elegido tú. Y en la cultura gay, ese «casi hermano» es una figura enorme. El amigo que te acogió cuando tu familia no lo hizo. El que estuvo en la primera ruptura, en la primera noche en Chueca, en la primera vez que dijiste en voz alta lo que eras.
Amistad interesada
Y luego están los impostores. Los que parecían amigos y no lo eran.
En «Tu mendigo» hay una escena que lo resume todo: «Me abriste la puerta / con llave prestada, / y dijiste que era mi refugio, / pero era una celda alquilada».
Y después: «Me ofreciste un rincón / con alfombra manchada / y un silencio lleno de / amistad interesada».
Amistad interesada. Un silencio lleno de ella. Me parece una imagen brutal. No es que el otro diga cosas falsas. Es que calla, y en ese silencio está el interés. La amistad que se ofrece como refugio y resulta ser una celda. La que te ayuda para poder decir que te ayudó. La que te salva para luego barrerte.
«Tu mendigo» va de algo más que la amistad. Va de un vínculo largo, de doce años, en el que alguien se aprovechó de otro. Pero ese verso de la amistad interesada se puede sacar de ahí y aplicar a muchas otras cosas. Todos hemos tenido un amigo así. Uno que nos abría la puerta con llave prestada.
Esos amigos que luego pones a caldo
Hay otro impostor en mi catálogo, y está en una canción sobre un ex. En «No quiero otro novio cojín», el narrador repasa las intenciones de alguien que se ha fijado antes en el dinero de otro, en sus propiedades, en su coche. Y lo hace «para presumir con esos amigos / que luego, a las espaldas, pones a caldo».
Esos amigos. Los que te sirven para presumir y a los que luego criticas en cuanto se dan la vuelta. Es la amistad como escaparate. Como público. No los quieres. Los necesitas para que te vean.
Me interesa mucho esa figura porque es muy de ahora. El amigo como seguidor. El grupo como audiencia. Y la crítica a las espaldas como el precio que pagan por estar en la foto.
Ni tan siquiera una amistad
Y luego hay una canción que hace algo que en la cultura gay está casi prohibido: negarse a quedar como amigos.

En «Andrés», el estribillo lo dice sin anestesia: «Andrés, / no / va / a / haber / ni tan / siquiera / una amistad». Y luego, en mayúsculas, la palabra que se repite hasta el final: «NUNCA».
Entre maricas, quedar como amigos con un ex es casi una obligación. Nos lo hemos contado muchas veces: el ex se convierte en amigo, el amigo en confidente, el confidente en el que te presenta al siguiente novio. Es parte del folclore. Y está bien cuando funciona.
Pero a veces no funciona. A veces alguien te ha hecho tanto daño que la amistad sería una mentira más. Y esa canción defiende el derecho a decir que no. Ni tan siquiera una amistad. Da gracias a tu sinceridad, dice la letra. Y se acabó.
Me parece una forma de cuidar la amistad, aunque parezca lo contrario. Porque si llamas amistad a cualquier cosa, la palabra deja de significar algo.
Haciendo nuevos amigos
No todo es pérdida. Hay un momento en mi catálogo en el que los amigos aparecen como premio.
En «Escupiré sobre tu tumba», después de una relación con alguien que buscaba una víctima débil y confiada, el narrador se rebela, como la protagonista de la película del título. Y describe su nueva vida así: «Yo subiendo como la espuma y haciendo nuevos amigos».
Haciendo nuevos amigos. Es un verso pequeño en medio de una canción de venganza. Pero es el que más me gusta. Porque cuando sales de una relación así, una de las cosas que recuperas es la capacidad de hacer amigos. Esas relaciones te aíslan. Te dejan sin gente. Y salir de ellas es, también, volver a tener con quién tomarte algo.
La otra persona, mientras tanto, queda retratada. Y el narrador le dice: no cuentes conmigo.
¿Por qué la gente sale con amigos?
Hay un verso en mi catálogo que hace la pregunta que mucha gente se hace en silencio. Está en «Como Macaulay Culkin en El buen hijo»: «¿Por qué la gente sale con amigos, tiene citas / Sexo y encuentros con extraños / Y a mí me cuesta tanto».
Ese «me cuesta tanto» es otra forma de la soledad. No la de quien elige estar solo, sino la de quien quiere estar con gente y no sabe cómo. La de quien mira a los demás salir, quedar, ligar, y se pregunta qué tienen ellos que no tiene él.
Esa canción busca la respuesta en la infancia, y no voy a entrar en ese terreno, porque es delicado y la canción ya dice lo que tiene que decir. Solo me quedo con la pregunta. Porque es una pregunta que muchos maricas nos hemos hecho alguna vez. Sobre todo al principio. Cuando todos parecían tener un grupo y tú no tenías a nadie con quien hablar de lo que eras.
Los que siempre van a estar
Y luego está la otra manera de tener amigos: pocos y para siempre.
En «Antisocial», el narrador que elige su propia soledad lo explica así: «Solo me importan aquellos que ya conozco / y siempre van a estar».
Y más adelante: «Pero a los pocos elegidos, mi lealtad es eterna, / a esos pocos les doy todo, hasta que el mundo se detenga».
Los pocos elegidos. Esa es la amistad que defienden mis letras cuando la defienden. No la de los cientos de contactos ni la del grupo enorme. La de los dos amigos contados. Los que siempre van a estar. Los que conoces desde hace años y no necesitas conocer a nadie más.
Me parece que eso conecta con la cuenta del principio. Dos amigos, como mucho. Puede sonar triste. Pero dicho desde «Antisocial», suena a elección. Pocos, pero de verdad.
Mi hermano
Hay una canción de mi catálogo en la que el narrador le habla a alguien como a un amigo de barra. «Ni un pimiento».

Después de repasar todas las maneras en que el amor puede salir mal, la letra se vuelve hacia quien escucha y le dice: «Pero si algo malo viene no te asustes mi hermano / Eres un ángel caído un buen samaritano».
Mi hermano. Es la forma de dirigirse a un amigo cuando quieres que se sienta acompañado. No te asustes. Y luego la idea que da título a la canción: no vale un pimiento llorar por el pasado, mejor ríe alto.
Me gusta que mis canciones, a veces, hagan eso: hablarle a quien escucha como si fuera un amigo. No como público. Como alguien a quien le pones la mano en el hombro y le dices que no se asuste.
Familia elegida
En la cultura gay hay una expresión que se repite mucho: la familia elegida. La que construyes cuando la de sangre no te entiende, te rechaza o simplemente no está. Amigos que hacen de hermanos, de madres, de tíos raros.
Mis letras no usan casi nunca esa expresión. Pero la familia elegida está ahí, en el «casi hermano» de «Un puñetazo al día», en los «pocos elegidos» de «Antisocial», en el «mi hermano» de «Ni un pimiento». Y también en la amiga sincera de «Toxina coreana», que te dice que tienes mala cara porque es de la familia.
Y lo que mis letras añaden a esa idea es una advertencia: no toda la gente que se llama amiga lo es. Hay amistades interesadas, celdas alquiladas, amigos para presumir. Hay ex que quieren seguir siendo amigos y no se lo merecen. La familia elegida hay que elegirla de verdad. Con cuidado. Con pocos.
La cuenta final
Termino con la cuenta del principio, porque creo que ahora se lee de otra manera.
Dos amigos contados. Como mucho. Tal vez uno.
Leída sola, es una frase triste. Leída al lado de todas estas canciones, es casi una declaración de principios. Prefiero dos amigos de verdad que cien de los que te ven los estados y no comentan. Prefiero un casi hermano que haga bromas como siempre en un entierro que un grupo entero de los que te ponen a caldo a las espaldas.
Y prefiero una amiga que me diga que tengo mala cara, aunque luego resulte que la amiga soy yo.
Creo que mis letras cuentan los amigos con tanto cuidado por lo mismo que cuentan los novios con tanta rabia: porque los han perdido, porque los han visto fingir y porque saben lo que vale uno de verdad. Los amigos rara vez son protagonistas de mis canciones. Pero en muchas hay alguno escondido en un verso, mirando desde el margen, haciendo bromas como siempre. Y quizá ese sea el mejor sitio para un amigo: no el centro de la canción, sino al lado, como en la vida.
Las letras las escribo yo, y la música y las voces se hacen con inteligencia artificial. Pero lo que cuentan estas canciones sobre la amistad no lo ha inventado ninguna máquina. Es lo que sabe cualquiera que haya contado alguna vez, en una noche mala, cuántos amigos tiene.
La letra de «Toxina coreana» está en gayfolkplanet.com/letras/toxina-coreana. Dedícasela a tu amiga sincera. O a ti, si la de la ceja levantada eres tú.
Preguntas frecuentes
¿Cómo aparece la amistad en las letras de Mike Sain't Louis? Aparece en los márgenes de las historias de amor: pocos amigos («Dos amigos contados»), la amiga sincera de «Toxina coreana», el mejor amigo y casi hermano de «Un puñetazo al día», la amistad interesada de «Tu mendigo» y el rechazo a quedar como amigos en «Andrés».
¿De qué trata «Toxina coreana»? De dos amigas, la del alma y la sincera, que comentan la cara de la protagonista: mala cara, ojeras, el tiempo que pasa y tres mil euros inyectados. Al final llega el giro: «la amiga soy yo». La letra está en gayfolkplanet.com/letras/toxina-coreana.
¿Qué es la familia elegida? Una expresión muy usada en la cultura LGTBI para nombrar a los amigos que hacen de familia cuando la de sangre no está o no acompaña. En estas letras aparece en figuras como el «casi hermano» o los «pocos elegidos».
¿Quién escribe estas canciones? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid. Las letras son siempre suyas; la música y las voces se hacen con inteligencia artificial.