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«Me gusta el verano», pero no a cuarenta grados: sobrevivir al calor en casa, dormir en agosto y cuidar a los perros en la ola de calor

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Sol de frente, palmeras inclinadas y un mar turquesa al fondo. La portada de «Me gusta el verano» es un selfi en toda regla: piel brillante de sal, las correas de una mochila sobre los hombros, una playa casi vacía y el sol estallando en una esquina. El título, pintado con brocha en rosa, turquesa y amarillo, parece arrancado de un cartel de verbena. Es el verano de las postales. El que todos tenemos en la cabeza cuando en febrero miramos el calendario y contamos los días.

La canción forma parte de «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía GAYFOLK, y su videoclip oficial se estrenó en YouTube el 5 de junio de 2026, justo a las puertas de la temporada. La letra todavía no se ha publicado, así que no voy a citar nada de ella. Me basta con el título, que es una declaración de principios, y con las imágenes del vídeo: tablas de surf de colores (otra tabla, la de «Drift Away», me sirvió para hablar de soltar los remos), banderas arcoíris ondeando en la orilla, alguien patinando por un paseo de madera, un helado que se derrite al sol, un descapotable rojo con fuegos artificiales de fondo.

Ese es el verano que me gusta. Pero hay otro. El que no sale en ninguna portada. El del piso interior que a las once de la noche sigue a 31 grados, el de la sábana pegada a la espalda, el del vecino que pone el aire a tope y te deja el ruido del compresor en la ventana. Este texto va de ese segundo verano, contado con humor y con algo de información útil, porque el calor tiene mucha gracia hasta que deja de tenerla.

El verano de la portada y el verano del tercero sin ascensor

Hay una diferencia enorme entre estar en una playa a 32 grados y estar en un tercero sin ascensor a 32 grados. En la playa, el calor tiene sentido: hay agua, hay brisa, hay sombrilla y una nevera con algo frío. En el piso, el calor es un inquilino que no paga y que se instala en cada habitación. Se mete en el colchón. Se queda en las paredes. Sale por la noche, cuando creías que ya se había ido.

En España hemos convertido la queja sobre el calor en un género literario. Empieza en junio con un tímido «hoy aprieta», sigue en julio con «esto no es normal» y culmina en agosto con la frase definitiva: «yo así no puedo vivir». La pronunciamos en el ascensor, en la cola de la panadería, en el grupo de la familia. Y tiene algo de ritual: nos quejamos para sentirnos acompañados en el sufrimiento.

Pero conviene separar la queja del riesgo real. El calor extremo, además de incómodo, puede ser peligroso. Cada verano, el Ministerio de Sanidad activa un plan de prevención de los efectos del exceso de temperatura sobre la salud, y la Agencia Estatal de Meteorología publica avisos amarillos, naranjas y rojos según la zona. Esos colores no son decoración. Indican cuándo el calor deja de ser un tema de conversación y pasa a ser un tema de salud.

Noches tropicales y noches tórridas

Hay un concepto meteorológico que todo madrileño, sevillano o murciano conoce sin haber estudiado meteorología: la noche que no refresca. La Agencia Estatal de Meteorología llama noche tropical a aquella en la que la temperatura mínima no baja de 20 grados. Y desde hace unos años usa también la expresión noche tórrida para cuando la mínima no baja de 25. Si alguna vez te has despertado a las cuatro de la mañana con la sensación de estar dentro de un horno de pan, probablemente era una de esas. El insomnio de agosto tiene poco de poético y mucho de sábana húmeda, aunque ya hice la autopsia de otro insomnio en una canción.

Fotogramas del videoclip oficial de «Me gusta el verano», de Mike Sain't Louis

Dormir con calor es un arte que se aprende a base de fracasos. Primero pruebas con la sábana. Luego sin sábana. Luego con la sábana solo en un pie, porque algo hay que tener encima para sentirse protegido. Después le das la vuelta a la almohada buscando el lado frío, que dura exactamente nueve segundos. Al final acabas durmiendo en diagonal, con los brazos abiertos como una estrella de mar, y te despiertas igual de cansado que cuando te acostaste.

Ya escribí sobre la guerra del termostato y el edredón cuando duermes en pareja. En verano esa guerra cambia de frente. Ya no se discute quién se queda con la manta, sino quién tiene derecho a estar a menos de medio metro del otro. Hay parejas que se quieren mucho y que en agosto duermen como dos países con frontera cerrada.

Algunas cosas sí ayudan a dormir mejor cuando la noche no refresca:

  • Bajar persianas y cerrar ventanas durante las horas de más calor, y abrirlas cuando la temperatura de fuera baje por debajo de la de dentro, normalmente de madrugada.
  • Crear corriente abriendo ventanas en fachadas opuestas, si la casa lo permite.
  • Darse una ducha templada antes de acostarse, no helada. El agua muy fría puede hacer que el cuerpo reaccione generando más calor después.
  • Usar ropa de cama de algodón o lino, y dejar el poliéster para el invierno.
  • Cenar ligero y no demasiado tarde. Las digestiones pesadas suben la temperatura del cuerpo.
  • Tener a mano un vaso de agua, sin esperar a tener sed para beber.

Y luego está la siesta, que en verano deja de ser un placer para convertirse casi en una estrategia de supervivencia. Le dediqué un texto entero a las normas no escritas de la siesta. En agosto, una de esas normas es que nadie te juzgue si te tumbas en el suelo de baldosa porque es el único sitio fresco de la casa.

La gran guerra: ventilador contra aire acondicionado

En cada casa española hay un debate pendiente que se reabre todos los veranos. A un lado, el bando del ventilador: más barato, más sencillo, «más sano», dicen. Al otro, el bando del aire acondicionado: más eficaz, más silencioso si el aparato es bueno y bastante más caro en la factura de la luz. En medio, un grupo creciente de personas que no tienen ni lo uno ni lo otro y que sobreviven con un abanico y mucha fe.

El ventilador tiene algo entrañable. Gira la cabeza de un lado a otro como un perro que no sabe a quién hacer caso, hace un ruido que acaba siendo una nana y te despeina con dignidad. Pero tiene un límite: no enfría el aire, lo mueve. Cuando la habitación está muy caliente, lo que hace es empujarte aire caliente a la cara. Ayuda porque favorece que el sudor se evapore, y eso refresca la piel, pero no hace milagros en un piso que lleva tres días acumulando calor.

El aire acondicionado sí enfría, pero trae consigo sus propias discusiones. La primera es la temperatura. Hay quien lo pone a 18 grados y se tapa con una manta en pleno julio, algo que debería estar penado por alguna ley de la termodinámica. Para hacernos una idea de lo razonable, en 2022 el Gobierno aprobó un decreto de ahorro energético que limitaba el aire de los edificios públicos y de muchos comercios a un mínimo de 27 grados en verano. En casa no hay norma, pero los fabricantes y las guías de eficiencia suelen recomendar temperaturas parecidas para no disparar el consumo.

La segunda discusión es el choque térmico. Salir de una oficina a 22 grados y entrar en una calle a 39 es una experiencia que deja al cuerpo sin saber qué estación del año es. Las gargantas irritadas de agosto suelen tener más que ver con el aire que nos echan encima que con haber tomado algo frío.

La tercera discusión es la del vecino. Su compresor está justo debajo de tu ventana, y cada vez que arranca hace un ruido que se parece al despegue de una avioneta. Además gotea. Siempre gotea. Y el goteo cae, con una precisión que parece calculada, sobre la barandilla del balcón de abajo, donde tú habías tendido la ropa.

Persianas, toldos y la ciencia de la abuela

Nuestras abuelas no tenían aire acondicionado, pero sabían muy bien cómo mantener una casa fresca. Muchas de esas costumbres tienen bastante lógica, aunque nadie les pusiera nombre técnico.

Collage con un detalle de la carátula de «Me gusta el verano» y las carátulas de «Autopsia del Insomnio», «Como a mi chihuahua», «Chihuahua»

Bajar las persianas por la mañana y no subirlas hasta que el sol se ha ido de la fachada. Regar el patio o la terraza a última hora. Colgar sábanas húmedas en las ventanas. Mantener cerradas las habitaciones que dan a poniente. Cocinar temprano, antes de que apriete, y comer frío. El gazpacho y el salmorejo no son solo platos: son tecnología climática.

Hay una costumbre que me encanta y que se está perdiendo: salir a la calle a tomar el fresco. Las sillas plegables en la acera, la conversación entre vecinas a las once de la noche, el abanico que no para. Era una forma de enfriarse y a la vez de hacer comunidad. En muchos pueblos sigue viva. En las ciudades se ha sustituido, en parte, por el bar con terraza, que cumple una función parecida pero cobra la caña.

Hablé en otro texto de la vecina cotilla y el personaje que todos tenemos en el rellano. En verano, esa vecina sale a la puerta con su silla y se convierte en una especie de estación meteorológica humana: «hoy no se puede ni respirar», «esta noche ha refrescado un poco», «el del cuarto tiene el aire puesto desde las seis». No falla nunca.

Cuándo el calor deja de ser una broma

Me gusta reírme del calor, pero conviene tener claras algunas señales. El agotamiento por calor suele avisar con sudor abundante, cansancio, debilidad, mareo, dolor de cabeza, náuseas o calambres. Si aparece, lo sensato es ir a un sitio fresco, tumbarse, aflojar la ropa, beber agua a pequeños sorbos y refrescarse con paños húmedos.

El golpe de calor es otra cosa, y es una urgencia. Las autoridades sanitarias describen señales como una temperatura corporal muy alta, piel caliente, enrojecida y a veces seca, confusión, desorientación, dolor de cabeza intenso o pérdida de conciencia. Si alguien presenta esos síntomas, hay que llamar al 112 sin esperar, llevar a la persona a la sombra y enfriarla mientras llega la ayuda.

Hay grupos que lo pasan peor: las personas mayores, los bebés y niños pequeños, las mujeres embarazadas, quienes tienen enfermedades crónicas o toman ciertos medicamentos, quienes trabajan al aire libre y quienes viven solos. Este último grupo me importa mucho. Una persona mayor que vive sola en un piso caluroso puede pasar días sin que nadie se dé cuenta de que no está bien. En verano, una llamada a la abuela, al vecino mayor o al amigo que vive solo no es un gesto de cortesía. Puede ser una forma de cuidado muy concreta.

Algunas recomendaciones básicas que repiten cada año los servicios de salud:

  • Beber agua con frecuencia, sin esperar a tener sed.
  • Evitar el alcohol y las bebidas muy azucaradas, que no hidratan como parece.
  • No hacer ejercicio intenso ni actividades pesadas en las horas centrales del día.
  • Buscar la sombra y llevar gorra o sombrero si hay que salir.
  • Usar ropa ligera, holgada y de colores claros.
  • No dejar nunca a nadie dentro de un coche aparcado al sol, ni siquiera un rato.

Los perros no llevan sandalias

En casa tengo chihuahuas, y eso significa que el verano también se mide con otro termómetro: el del suelo. Un perro pequeño vive a pocos centímetros del asfalto, y el asfalto en agosto puede alcanzar temperaturas muchísimo más altas que el aire. Lo que para nosotros es un paseo caluroso, para unas almohadillas puede ser como caminar sobre una sartén.

Hay un truco que recomiendan muchos veterinarios y que funciona muy bien por su sencillez: poner el dorso de la mano sobre el suelo durante unos segundos. Si a ti no te resulta cómodo aguantarla ahí, tampoco es cómodo para las patas de tu perro. Con eso basta para decidir si toca paseo o toca esperar.

Algunas cosas que conviene tener en cuenta con los perros cuando aprieta el calor:

  • Pasear a primera hora de la mañana y a última de la noche, y acortar las salidas del mediodía a lo imprescindible.
  • Buscar recorridos con sombra, tierra o césped en lugar de asfalto.
  • Llevar siempre agua y un cuenco plegable.
  • Vigilar especialmente a los perros de hocico chato, como bulldogs o carlinos, a los muy mayores, a los cachorros y a los que tienen sobrepeso o enfermedades del corazón.
  • No dejarlos nunca dentro del coche, ni con la ventanilla bajada, ni «solo un momento».
  • Estar atentos a los jadeos muy intensos, las babas espesas, la descoordinación o los vómitos, y acudir al veterinario si aparecen.

Muchos perros tienen una manera muy suya de protestar por el calor: no hacen nada. Se tumban sobre el suelo más fresco que encuentran, estiran el cuerpo todo lo que pueden y esperan a que pase la tarde. Es una lección de economía de energía que deberíamos copiar. Ya escribí sobre lo que significan para mí en el texto sobre «Como a mi chihuahua», y también sobre «Chihuahua», que es otra canción. En agosto, el homenaje es más modesto: un ventilador que les apunta solo a ellos y una baldosa fría que nadie más puede ocupar.

Refugios climáticos y otras formas de huir del horno

Si tu casa es un horno y no tienes manera de refrescarla, buscar un sitio fresco fuera no es un capricho. Algunas ciudades han empezado a organizar redes de refugios climáticos: bibliotecas, centros cívicos, museos y otros espacios públicos con temperatura agradable donde cualquiera puede pasar las horas más duras del día. Barcelona fue de las primeras en España en montar una red así. En otros lugares no tienen ese nombre, pero existen igual: la biblioteca municipal, el centro de mayores, el museo con entrada gratuita a ciertas horas.

Más fotogramas del videoclip oficial de «Me gusta el verano», de Mike Sain't Louis

Las bibliotecas en verano son uno de los grandes secretos de las ciudades españolas. Silencio, aire acondicionado, wifi, sillas cómodas y nadie que te pregunte qué haces ahí. Puedes leer, trabajar o, simplemente, existir a 24 grados durante unas horas. Es de las pocas cosas que siguen siendo gratis y para todo el mundo.

También están las piscinas municipales, con su olor a cloro, sus colas de entrada, sus socorristas aburridos y sus bocadillos de tortilla envueltos en papel de aluminio. Y para quien puede permitírselo, la escapada a la costa o a la montaña. Dediqué unas líneas a las vacaciones que salen mal y cómo reírse de ellas, y el calor suele ser uno de los grandes protagonistas de esos desastres: el apartamento sin aire, la playa abarrotada, la habitación de hotel con la ventana que da al motor de la cocina.

El verano de las banderas en la orilla

Hay una imagen del videoclip que me gusta especialmente: banderas arcoíris clavadas en la arena, ondeando con el atardecer detrás. Para muchas personas LGTBI, el verano tiene una dimensión que va más allá del clima. Es la temporada de los Orgullos, de las fiestas en la playa, de los viajes a destinos donde por fin te sientes libre de ir de la mano sin mirar a los lados.

Eso también tiene su parte de calor. Las manifestaciones del Orgullo en Madrid suelen caer a principios de julio, y quien haya caminado por el Paseo del Prado a primera hora de la tarde de un sábado de julio sabe que hace falta algo más que entusiasmo para llegar al final. Agua, gorra, protector solar y abanico son tan importantes como la pancarta.

Y luego está el tardeo, que en verano tiene mucho sentido. Si la noche no refresca y el mediodía es insoportable, la última hora de la tarde se convierte en el momento perfecto para salir. Escribí sobre eso en el texto sobre el tardeo y la fiesta con luz de día, y es una de esas costumbres que el calor ha empujado y que creo que se van a quedar.

Ropa, sudor y el arte de no derretirse con estilo

Hablemos de un tema poco glamuroso: el sudor. En verano todo el mundo suda, pero hay quien lo vive como un drama. Las camisas con cercos, la espalda pegada al asiento del autobús, la frente brillante en la foto de la boda. Se gastan fortunas en desodorantes milagrosos y en ropa técnica que promete transpirar mejor que tu propia piel.

Lo cierto es que sudar es lo que hace el cuerpo para no recalentarse. Es un sistema de refrigeración brillante. Si en algún momento dejas de sudar en pleno calor intenso, eso sí es una señal de alarma. Así que quizá deberíamos tener un poco más de cariño a esas manchas en la camiseta. Son la prueba de que el motor funciona.

Dicho esto, hay trucos para sobrevivir con algo de dignidad. Los tejidos naturales como el algodón o el lino suelen ser más cómodos que los sintéticos. Los colores claros absorben menos calor que los oscuros. Las prendas holgadas dejan circular el aire. Y el sombrero, ese gran olvidado, protege muchísimo más de lo que parece. Llevar sombrero en verano debería ser tan normal como llevar paraguas cuando llueve.

En el videoclip, por cierto, nadie suda. Todo el mundo está perfecto, con la piel brillante pero sin una gota fuera de sitio, el pelo en su lugar y la ropa impecable. Es el truco del verano de las portadas. El verano real despeina, mancha y deja marcas de bañador. Y también tiene su gracia.

Helados, granizados y la economía del frigorífico

En la vida real, en agosto, el congelador se convierte en el electrodoméstico más importante de la casa. Ahí se guardan los cubitos, los helados, las botellas de agua congeladas para llevar a la playa y, en algunas casas, hasta la ropa de cama, que se mete una hora antes de dormir para disfrutar de diez minutos de frescor. No lo recomiendo especialmente, pero tampoco lo juzgo.

Ficha de la canción «Me gusta el verano» con su carátula: disco «El día de la liberación», letra y producción de Mike Sain't Louis

Hay un plano del videoclip con alguien comiendo un helado de colores con el sol de frente, y es de las imágenes más veraniegas que conozco. El helado tiene una cualidad casi filosófica: es un placer que te obliga a vivir en el presente. Si te distraes, se derrite. No puedes guardarlo para luego. O lo disfrutas ahora o lo pierdes por la muñeca.

Los granizados de limón, las horchatas, los polos de hielo de colores que manchan la lengua, el melón y la sandía bien fríos. La comida de verano tiene algo de infancia, y quizá por eso nos gusta tanto. Comerse un polo a los cuarenta años sentado en un banco es una de esas pequeñas rebeldías contra la vida adulta que deberíamos practicar más.

El calor también pesa por dentro

No quiero terminar sin hablar de algo que se menciona poco. El calor no solo cansa el cuerpo. También afecta al ánimo. Dormir mal varias noches seguidas, no poder salir a la calle en las horas centrales, sentir que la casa te encierra: todo eso puede hacer que el humor se resienta. Hay quien se vuelve más irritable, más apático o más triste en las olas de calor, y no es por falta de voluntad.

Además, el verano tiene una presión social muy particular. Se supone que es la época de ser feliz, de salir, de viajar, de tener planes. Las redes se llenan de fotos de playas perfectas y terrazas al atardecer. Si tú estás en casa, con calor, sin plan y sin ganas, puede parecer que el problema eres tú. Y no lo es. El verano de las postales es una imagen, como la portada. El de la mayoría de la gente se parece más a una persiana bajada y un ventilador girando.

En verano también hay mucha gente que se queda sola. Los amigos se van de vacaciones, las rutinas se rompen, la ciudad se vacía. Si notas que ese silencio pesa más de la cuenta, puede ayudar hablarlo con alguien. El Teléfono de la Esperanza atiende en el 717 003 717. Si los pensamientos se vuelven muy oscuros, existe el 024, que es la línea de atención a la conducta suicida: no cuesta nada, funciona día y noche, todo el año, y atiende también a familiares y amigos de quien lo está pasando mal. Para niñas, niños y adolescentes, la Fundación ANAR escucha en el 900 20 20 10. Ante una emergencia de cualquier tipo, el 112. Y si estás fuera de España, findahelpline.com te indica qué línea tienes cerca.

Volver a la portada

Vuelvo al selfi del principio. Sol de frente, mar turquesa y alguien que se lo está pasando bien y quiere que lo sepas. Me sigue gustando esa imagen, incluso sabiendo que el verano de verdad trae noches sin dormir, facturas de luz que dan miedo y perros que se niegan a salir a la calle. Puede que precisamente por eso me guste. Porque es una promesa.

Hay una frase que se dice mucho en agosto y que encierra toda la contradicción del verano: «qué ganas de que llegue el invierno». Y luego, en enero, con la calefacción puesta y la nariz congelada, decimos exactamente lo contrario. El verano es eso que deseamos cuando no lo tenemos y del que nos quejamos cuando llega. Me gusta el verano, pero me gusta más cuando lo recuerdo desde un día de lluvia.

Si te apetece escuchar la canción, ponla de camino a la playa, en la piscina municipal o con el ventilador apuntándote a la cara. En la ficha de «Me gusta el verano» cuento más de su portada. Y si te quedan ganas de mar, en las doce frases para una playa pequeña hay otra playa del planeta esperándote. Bebe agua, baja la persiana y cuida de los tuyos, con dos patas o con cuatro.

Preguntas frecuentes

¿Qué es una noche tropical? Es la noche en la que la temperatura mínima no baja de 20 grados, según la definición que usa la Agencia Estatal de Meteorología. Cuando la mínima no baja de 25 grados, la AEMET habla de noche tórrida.

¿Cómo sé si el asfalto está demasiado caliente para mi perro? Un método sencillo es apoyar el dorso de la mano en el suelo durante unos segundos. Si no puedes mantenerla cómodamente, el suelo está demasiado caliente para sus almohadillas. En ese caso conviene pasear a primera o última hora y por zonas de sombra, tierra o césped.

¿Qué hago si creo que alguien tiene un golpe de calor? Llama al 112, lleva a la persona a un lugar fresco y a la sombra, aflójale la ropa y enfríala con agua o paños húmedos mientras llega la ayuda. Si está consciente y puede tragar, ofrécele agua a pequeños sorbos.

¿La canción «Me gusta el verano» tiene letra publicada? Todavía no. Forma parte del disco «El día de la liberación» y su videoclip oficial está en YouTube desde el 5 de junio de 2026. Este artículo se apoya solo en el título, la portada y las imágenes del vídeo.