
Por Mike Sain't Louis ·
«No me despiertes al niño»: la siesta, sus normas no escritas y el arte de dormirla en casa ajena
Hay frases que no se dicen: se susurran. «No me despiertes al niño» es la reina de todas ellas. Se pronuncia con los dientes apretados, el dedo índice en los labios y una mirada que promete consecuencias. La has oído en casa de tu madre, en casa de tu hermana, en el rellano del vecino que acaba de ser padre. Es una frase de paz armada. Si el niño se despierta, alguien va a pagar.
Por eso me hizo tanta gracia ponerla de título. «No me despiertes al niño» es una canción del segundo disco de la trilogía, «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», con su videoclip oficial en YouTube desde el 26 de junio de 2026. Su letra no está publicada todavía, así que aquí no voy a citar versos. Me basta con el título y con la portada, que ya dan para mucho.
La portada es una habitación infantil de manual: cuna de barrotes, osito de peluche en la estantería, estrellas pegadas en la pared. Hasta ahí, todo en orden. Luego miras a los protagonistas. Un hombre con traje azul de cuadros y la camisa abierta. A su lado, otro con barba y tatuajes que lleva gorrito de encaje, babero, pañal y chupete. Van de la mano. El niño, aquí, gasta barba. Y la frase de siempre, puesta encima de esa imagen, se vuelve mucho más pícara.
Hoy no voy a hablar de lo pícaro, que eso cada cual lo imagina en su casa. Voy a hablar de lo que esa frase protege: la siesta. Ese momento sagrado de la tarde que en España tiene más normas que muchas comunidades de vecinos. Escribo como letrista, compositor y productor musical, y como alguien que ha dormido siestas memorables y siestas que deberían estar prohibidas por la ley.
Una palabra que viene de las seis
Empecemos por la etimología, que da prestigio. «Siesta» viene del latín «sexta», la hora sexta, que en el reparto romano del día caía más o menos a mediodía. Era el momento de parar, comer y descansar del calor. Así que cuando alguien te dice que la siesta es una costumbre de vagos, puedes contestarle que es una costumbre de romanos, que tampoco eran precisamente unos holgazanes. Construyeron acueductos. Y probablemente echaban una cabezada después.
Lo curioso es que la palabra se ha exportado tal cual. En inglés, en francés, en alemán, la gente dice «siesta» como quien dice «paella» o «fiesta». Es una de nuestras grandes aportaciones al vocabulario universal del placer. Hay países que exportan coches. Nosotros exportamos la idea de tumbarse un rato a las cuatro de la tarde.
También es curioso el tópico. Fuera de España mucha gente cree que aquí todo el país se para a dormir después de comer. La realidad es menos idílica. Varias encuestas indican que solo una minoría de la población duerme la siesta a diario, y que muchos la reservan para el fin de semana o las vacaciones. La siesta es más un ideal que una rutina. Como el gimnasio, pero al revés.
Los tipos de siesta, según mi experiencia
He hecho una clasificación personal, sin ningún rigor científico, de las siestas que existen. La primera es la cabezada. Cinco o diez minutos en el sofá, con la tele de fondo, sin quitarse los zapatos. Es la más sana y la más difícil de controlar, porque nadie decide echarse una cabezada: la cabezada te echa a ti.
La segunda es la siesta reglamentaria. Veinte o treinta minutos, alarma puesta, persiana a media altura. Es la que recomiendan los artículos de salud y la que casi nadie consigue hacer bien, porque la alarma suena justo cuando estabas empezando a disfrutar.
La tercera es la siesta de pijama. Te pones el pijama, te metes en la cama, bajas la persiana del todo. Es una declaración de intenciones. Hay una frase famosa que se atribuye a Camilo José Cela sobre la siesta «de pijama, padrenuestro y orinal». No sé si la dijo exactamente así, pero describe muy bien el espíritu: hay siestas que son un pequeño viaje.
Y la cuarta es la siesta catastrófica. Te acuestas a las cuatro «un ratito» y te despiertas a las ocho y media, a oscuras, sin saber si es martes o jueves, con la marca de la almohada en la cara y una sensación de culpa parecida a la de un examen suspendido. Esa siesta no descansa. Esa siesta te secuestra la tarde y te devuelve con resaca.
El sofá como territorio
La mayoría de mis siestas ocurren en el sofá. El sofá tiene una ventaja sobre la cama: no parece una rendición. Uno se tumba en el sofá «a ver la tele» y se duerme como quien no quiere la cosa. Es una siesta con coartada.

El sofá también tiene sus leyes. La manta de sofá, que no es la manta de cama. El cojín que hace de almohada y que acaba siempre en el suelo. El mando de la tele, que desaparece entre los cojines y reaparece a los tres días. Y el documental de animales, que es el somnífero más eficaz que se ha inventado: un narrador tranquilo, una sabana, una manada de ñus cruzando un río. A los tres minutos ya no sabes si los ñus han llegado a la otra orilla.
En una pareja, el sofá se convierte en un tratado internacional. Quién se tumba entero y quién se queda sentado. Quién pone los pies encima de quién. Quién tiene derecho a la manta. Ya conté en el texto sobre cocinar para uno y para dos que la convivencia se mide en sartenes. También se mide en sofás. Si alguien te deja la mejor esquina del sofá para tu siesta, eso es amor.
La siesta en solitario
Para quien vive solo, la siesta tiene un encanto especial: nadie te va a despertar. No hay niño, no hay pareja, no hay compañero de piso. Solo tú, la persiana y el silencio. Lo hablé en el texto sobre la soltería elegida: vivir solo tiene placeres que no se cuentan lo suficiente, y dormir la siesta cuando te da la gana es uno de los mayores.
Pero también tiene su peligro. Sin nadie que te avise, la siesta catastrófica acecha. Te despiertas a las nueve de la noche con el móvil lleno de mensajes sin contestar y la sensación de que el mundo ha seguido girando sin ti. Por eso, quien vive solo necesita una disciplina especial: la alarma. Una alarma con un sonido amable, que no te dé un infarto, pero lo bastante firme para sacarte de ahí.
Hay otra trampa más sutil. Cuando uno está pasando una mala racha, la siesta puede convertirse en un escondite. Dormir para no pensar, dormir porque no hay nada que hacer, dormir porque la tarde se hace larga. Si notas que eso te pasa a menudo, merece la pena hablarlo con alguien de confianza o con tu médico. Una siesta es un descanso. Dormir para desaparecer es otra cosa.
La siesta en casa de la suegra
Ahora viene la parte delicada: dormir la siesta en casa ajena. Y la casa ajena por excelencia es la de la familia de tu pareja. Ya escribí sobre suegras en mi deseo de haber tenido de suegra a Carmina Barrios, y sigo pensando que una buena suegra es un tesoro. Pero incluso con la mejor suegra del mundo, la siesta en su casa es un campo de minas.

Primero, el protocolo. ¿Se puede dormir la siesta en casa de la suegra la primera vez que vas? Mi respuesta es no, salvo invitación expresa. Si después de la comida alguien dice «si queréis echaros un rato, ahí tenéis la habitación», adelante. Si nadie lo dice, aguanta. Toma café. Juega a las cartas. Mira las fotos de la primera comunión de tu pareja con interés antropológico. Pero no te duermas en el sofá con la boca abierta delante de la familia.
Segundo, la habitación. Muchas veces te mandan a dormir la siesta al cuarto de cuando tu pareja era pequeño. Y ahí estás tú, un señor adulto, tumbado en una cama de noventa, rodeado de pósteres de grupos de los noventa, trofeos de un campeonato de fútbol sala y un peluche que te mira fijamente. Es el momento perfecto para entender la portada de la canción. Te sientes, literalmente, el niño al que no hay que despertar.
Tercero, el despertar. En casa de la suegra no te despierta una alarma: te despierta el ruido de la vajilla, el olor a café o a alguien preguntando desde el pasillo si ya te has levantado. Es un despertar con testigos. Sales del cuarto despeinado, con la marca de la colcha en la mejilla, y toda la familia te mira como si hubieras vuelto de un largo viaje. Alguien siempre dice: «¿Has descansado?». Y tú contestas que sí, aunque hayas soñado que te perseguía el peluche.
La siesta en el piso compartido
El piso compartido es el ecosistema más hostil para la siesta. Hay tantas variables que dormir se convierte en un acto de fe. El compañero que hace videollamadas en el pasillo. El que pone la lavadora justo a las cuatro y cuarto, con su centrifugado de despegue espacial. El que decide que es el momento ideal para pasar la aspiradora. El que llega con amigos y se ríe muy fuerte de cosas que tú no entiendes.
En los pisos compartidos se debería firmar un contrato de siesta. Horario de silencio, de tal a tal hora. Prohibido el centrifugado. Prohibido el taladro, aunque sea para colgar un cuadro precioso. Y una señal en la puerta, como en los hoteles: «No molestar». Porque si no, la frase de la canción se convierte en súplica universal: no me despiertes, por favor, que llevo toda la semana durmiendo cinco horas.
Luego está el vecino. El vecino de la obra eterna, que lleva meses reformando el baño. El de la terraza con barbacoa. La vecina que todo lo ve y todo lo cuenta, de la que ya hablé en el personaje de la vecina cotilla, y que justo a la hora de la siesta decide tender la ropa y comentar la actualidad del barrio a gritos con la del quinto. La siesta en un bloque de pisos es un deporte de riesgo.
El arte de despertar a alguien
Si la frase del título es «no me despiertes al niño», la pregunta lógica es: ¿y cuándo sí? Porque a veces hay que despertar a alguien. La comida se enfría, el tren sale, la película empieza. Y despertar a alguien de la siesta es un arte que pocos dominan.
Hay métodos crueles: subir la persiana de golpe, poner música a todo volumen, gritar «¡que son las ocho!». No los recomiendo. La persona despertada así arrastra durante horas un rencor sordo y difícil de explicar. Hay métodos tiernos: un café al lado de la cama, una caricia en el hombro, un «oye, que se nos hace tarde» casi en un susurro. Y hay métodos domésticos: abrir y cerrar armarios en la habitación de al lado con una torpeza perfectamente calculada.
Mi favorito es el del olor. Hacer café o tostar pan cerca de la habitación y esperar. No falla. Nadie se resiste al olor del café recién hecho. Es un despertador sin crueldad, y además tiene premio.
Lo que dicen los estudios, sin ponerse serios
Me prometí que este texto iba a ser ligero, pero no puedo resistirme a un dato que se cita mucho. En los años noventa, un estudio de la NASA con pilotos de vuelos largos encontró que una siesta corta, de unos veintiséis minutos, mejoraba su rendimiento y su estado de alerta. Desde entonces, la «siesta de la NASA» aparece en todos los artículos de bienestar como prueba de que dormir un rato es casi un deber patriótico.

Lo que suelen decir los especialistas en sueño es algo más matizado: que una siesta corta, de veinte o treinta minutos, puede ayudar a muchas personas, y que las siestas muy largas o muy tardías pueden estropear el sueño de la noche. Es decir, la ciencia defiende la cabezada y desconfía de la siesta catastrófica. Lo cual coincide bastante con mi clasificación casera. No soy médico, así que si duermes mal por las noches o estás siempre cansado, lo sensato es consultarlo con tu centro de salud.
Dormir cuando la noche no es lo tuyo
Hay personas que viven de noche: trabajan en turnos, salen, escriben, crean. Para ellas la siesta no es un lujo, es una necesidad logística. Ya conté en el texto sobre el tardeo que cada vez más gente prefiere la fiesta con luz de día. El tardeo y la siesta son enemigos naturales: uno empieza justo cuando la otra debería terminar.
Yo he vivido las dos cosas. Hay épocas en las que una siesta larga me permitía aguantar una noche de trabajo en el estudio, con auriculares, ajustando una mezcla hasta las tantas. Y hay épocas en las que he preferido renunciar a la siesta para poder dormir de un tirón por la noche. No hay una fórmula. Cada cuerpo negocia sus horarios como puede.
Lo que sí he aprendido es que la siesta tiene algo de reinicio. Después de una mañana complicada, veinte minutos con los ojos cerrados pueden cambiar el humor de una tarde entera. Es como pulsar el botón de apagar y encender que arregla casi todos los aparatos. A veces nosotros también somos un router.
La siesta y la nana
Antes de escribir este texto me acordé de que en el blog ya hay otro sobre otra canción con aire de cuna: la nana del chico de cuero, que habla de las nanas y del derecho a que te arropen. Me gusta que convivan. Aquel texto va de dormirse acompañado. Este va de que no te despierten.
Las dos cosas tienen algo en común: la necesidad, muy adulta, de que alguien cuide nuestro descanso. De niños, alguien vigilaba la puerta para que nadie hiciera ruido. De mayores, casi nadie lo hace por nosotros. Por eso me parece tan bonita la imagen de la portada, por absurda que sea. Dos hombres adultos, uno vestido de bebé, cogidos de la mano en un cuarto infantil. Es una caricatura, sí. Pero también es una forma de decir que de vez en cuando todos queremos que nos traten como al niño al que no hay que despertar.
La siesta del domingo en verano
Si tuviera que elegir la siesta perfecta, sería la del domingo de verano. Comida larga, sobremesa con amigos, el calor apretando fuera y la persiana bajada dejando entrar rayas de luz en el suelo. Un ventilador girando despacio. El sonido lejano de una piscina comunitaria con niños tirándose de bomba. Y ese momento exacto en que dejas de oír la conversación y empiezas a soñar algo que no recordarás.
Esa siesta tiene algo de viaje. Si has leído el texto sobre «Float» sabrás que me gusta la idea de no pesar, de flotar un rato sin obligaciones. La siesta de verano es eso, pero con sábanas. Te despiertas con el pelo pegado a la frente, un poco desorientado, y alguien en la cocina pregunta si quieres sandía. Y por un segundo sientes que la vida es sencilla.
Cuando la siesta se cruza con el amor
Las parejas también se definen por cómo duermen la siesta. Están las que la duermen abrazadas, aunque haga treinta grados, con una tozudez que admiro. Las que se separan nada más tocar la cama, cada uno en su orilla, como dos países con frontera pactada. Y las que tienen un miembro que duerme siesta y otro que no, lo que produce un conflicto de baja intensidad que puede durar años.

El que no duerme siesta suele cometer errores imperdonables. Entrar en la habitación a buscar un cargador. Preguntar «¿estás dormido?», que es la pregunta más absurda del idioma, porque si contestas, ya no lo estás. Ponerse a hablar por teléfono justo al otro lado de la puerta. Ya escribí en el amor a distancia que hay parejas que se ven poco y se echan mucho de menos. Hay otras que se ven tanto que necesitan la siesta para echarse un poquito de menos.
La siesta en el trabajo y en el transporte
Hay una categoría de siesta que merece mención aparte: la que no estaba prevista. La siesta del tren de cercanías, con la cabeza golpeando suavemente la ventanilla en cada curva. La siesta del autobús de larga distancia, con la boca abierta y la mochila abrazada como si fuera un osito. La siesta del avión camino de unas vacaciones que luego salen mal, que siempre llega justo cuando pasa el carrito de las bebidas y te despiertas con la azafata mirándote con paciencia infinita.
Esas siestas tienen una gracia especial porque ocurren en público. Todo el mundo ha visto alguna vez a un desconocido dormido en el metro, dando cabezazos hacia el hombro del pasajero de al lado, que intenta mantener la dignidad sin apartarse demasiado. Es una de las escenas más tiernas y más incómodas de la vida urbana. Yo he sido las dos personas: el que se duerme y el hombro. Y no sé cuál de los dos papeles es peor.
Luego está la siesta de oficina, que en muchos sitios está mal vista aunque cada vez más empresas de otros países la permitan en salas especiales. En España, el equivalente casero es el café de después de comer, tomado con la determinación de quien sabe que, si se sienta cómodo, no se levanta. Hay reuniones de las cuatro de la tarde que deberían prohibirse por convenio. Nadie piensa con claridad a esa hora. Lo sabe todo el mundo y nadie lo dice.
Y no me olvido del peor escenario de todos: quedarse dormido en el cine. Has pagado la entrada, has comprado palomitas, la película empieza y, en algún momento entre el primer asesinato y la persecución, cierras los ojos. Te despiertas con los títulos de crédito y una pregunta que no te atreves a hacerle a quien te acompaña: ¿quién era el malo?
Normas no escritas para una siesta feliz
Para terminar, y como servicio público, dejo mi pequeño decálogo de normas no escritas de la siesta. No tienen valor legal. Solo moral.
Uno: no se despierta a nadie salvo incendio, inundación o comida en la mesa. Dos: el que duerme no tiene derecho a quejarse si se pierde algo interesante. Tres: en casa ajena, solo se duerme con invitación. Cuatro: la manta del sofá es de quien llega primero. Cinco: la lavadora no se pone a la hora de la siesta. Seis: se puede negar haber roncado, pero no se puede negar la baba en el cojín. Siete: la siesta de más de dos horas no cuenta como siesta, sino como noche adelantada. Ocho: el café de después es obligatorio. Nueve: al que te despierta con café se le perdona todo. Diez: y nunca, nunca, se despierta al niño. Tenga la edad que tenga. Lleve el pañal que lleve.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «No me despiertes al niño»? Es una canción del segundo disco de la trilogía, «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», con videoclip oficial en YouTube desde el 26 de junio de 2026. Su letra todavía no está publicada. La portada juega con humor y doble lectura con una frase que todos hemos oído en casa.
¿De dónde viene la palabra «siesta»? Del latín «sexta», la hora sexta del día en el reparto romano, que caía aproximadamente a mediodía. Era el momento de comer y descansar del calor.
¿Cuánto debería durar una siesta? Muchos especialistas en sueño recomiendan siestas cortas, de unos veinte o treinta minutos, porque las muy largas o tardías pueden empeorar el sueño de la noche. Si tienes problemas de sueño, consulta con tu centro de salud.
¿Es de mala educación dormir la siesta en casa de otra persona? Depende de la confianza. Como norma general, en casa ajena es mejor esperar a que te ofrezcan un sitio para descansar antes de tumbarte.
¿Cómo despertar a alguien de la siesta sin que se enfade? Con suavidad: un café cerca, una caricia en el hombro o un aviso susurrado funcionan mejor que subir la persiana de golpe o poner música alta.