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«Un extraño en mi cocina»: cocinar para uno, para dos y para quien se queda a desayunar

«¡Garrafón de China! / Y ahora tengo a un extraño en mi cocina»

De todo lo que pasa en «Garrafón de China», la imagen que más me hace reír es esa: un señor desconocido plantado en la cocina. No en la cama, que sería lo esperable en una canción de resaca. En la cocina. Entre la cafetera y la tostadora, al lado del bote de las galletas, como un mueble que nadie ha comprado.

La noche, el garrafón y la resaca ya los repasé en el texto sobre la noche y la mañana siguiente en mis letras. Hoy quiero quedarme en esa habitación concreta, la cocina, que es el lugar de la casa donde más se nota cómo vivimos. Cuánta gente cabe en nuestra vida se mide mejor en tazas limpias que en seguidores.

Escribo como letrista, compositor y productor musical, y como alguien que ha pasado bastantes mañanas mirando una nevera abierta como quien mira el mar. No soy cocinero ni nutricionista. Esto va de la cocina como escenario, no de recetas.

La cocina como escenario

En mis letras pasan muchas cosas en la calle, en la pista, en la cama y en el móvil. En la cocina pasan pocas, y por eso me gusta tanto el estribillo de «Garrafón de China». Cuando por fin aparece la cocina, aparece invadida.

La cocina de casa es un lugar muy íntimo. Más que el dormitorio, me atrevería a decir. Al dormitorio se invita. A la cocina se entra con permiso. Hay amigos de años que no saben dónde guardas las cucharillas, y eso dice mucho de la frontera que todos trazamos sin darnos cuenta. Por eso un extraño en la cocina es mucho más extraño que un extraño en la cama: ha cruzado una frontera que no estaba en el plan.

Y ahí está el chiste. La resaca ya es bastante castigo. Pero encontrarte a alguien que no recuerdas buscando el azúcar en el armario de los productos de limpieza es otro nivel de despertar.

La nevera de quien vive solo

Empecemos por la cocina para uno, que es la que conoce mejor mucha gente que vive sola. Ya conté en «Soltero y bien» que la soltería elegida tiene sus placeres. La nevera es uno de ellos y, a la vez, su peor delatora.

La nevera de quien vive solo tiene una geografía reconocible. Un yogur que caducó la semana pasada pero que todavía «está bien». Media cebolla envuelta en film, con aspecto de llevar ahí desde la anterior legislatura. Tres salsas abiertas y ninguna verdura. Un limón solitario. Una botella de cava para una ocasión que no llega. Y, al fondo, un táper sin etiqueta cuyo contenido nadie se atreve a investigar.

No lo cuento para burlarme. Lo cuento porque me reconozco. Cocinar para uno tiene un problema matemático muy serio: casi todo viene en paquetes para cuatro. Las pechugas de dos en dos, el pan entero, la lechuga como un balón de playa. Comprar para uno es luchar contra un sistema que da por hecho que vives en familia.

Así que una persona sola tiene tres caminos. Comer lo mismo cuatro días seguidos. Congelar con disciplina militar. O tirar comida y sentirse mal. Yo he recorrido los tres, a veces en la misma semana.

El arte de cocinar para uno

Hay quien dice que cocinar para uno es triste. No estoy de acuerdo, aunque entiendo de dónde viene. Si cocinas solo después de un día malo, la cocina puede ser un lugar silencioso. Hablé de esos silencios en la soledad no deseada de los adultos LGTBI, y sé que una cena delante del móvil puede ser lo más solitario del mundo.

Fotogramas del videoclip oficial de «Garrafón de China», de Mike Sain't Louis

Pero cocinar para uno también puede ser un acto de cariño. Ponerte un plato bonito aunque nadie te vea. Encender una vela un martes. Cocinar lo que a ti te apetece, sin negociar con nadie si lleva cilantro. Comer de pie, sí, de vez en cuando, pero también sentarse y masticar despacio, como si uno fuera su propio invitado.

Me gusta la idea de tratarse como a una visita. A una visita no le das las sobras recalentadas en la sartén ni le haces comer encima del fregadero. Le pones la mesa, aunque sea una mesa pequeña. Si te mereces eso un sábado con amigos, también te lo mereces un miércoles a solas.

Y luego está la música. Cocinar con música es otra cosa. Cortar cebolla con algo bailable sonando en el móvil convierte la tarea en coreografía. No me pregunten cuántas veces he bailado con una espumadera en la mano. No las he contado. Prefiero no saberlo.

El táper como institución

No se puede hablar de la cocina en España sin hablar del táper. El táper es una institución nacional, como la siesta o la verbena. Es comida, pero también es memoria, logística y amor sin palabras.

Mucha gente adulta vive todavía del táper que llega de casa de su madre, de su padre o de una abuela que no se fía de que comas bien. Llega con una nota, o sin ella, y hay una regla no escrita: los táperes se devuelven. El que no devuelve los táperes acaba en una lista negra familiar más temida que cualquier registro oficial.

En mis letras la familia aparece a veces con espinas. Lo repasé con calma en familia de sangre, suegras, madres y hermanos en mis letras. Pero el táper tiene algo que desarma. Incluso en familias donde las palabras cuestan, la comida circula. Hay quien nunca ha dicho «te quiero» y lo ha dicho mil veces en forma de lentejas.

Para muchas personas LGTBI que se fueron de casa jóvenes, o que no se llevan bien con su familia, el táper no llega. Y entonces la familia elegida lo reinventa. El amigo que cocina demasiado y reparte. La vecina que deja un plato de croquetas en la puerta. La cena del domingo donde cada uno trae algo. Si el táper es amor sin palabras, la familia elegida también aprende a hablar ese idioma.

Cocinar para dos

La cocina para dos tiene otros dramas. Aquí ya no hay que luchar con los paquetes para cuatro, sino con el otro. Con sus manías, sus horarios y su idea de lo que es «cocinar».

Hay parejas donde uno cocina y otro friega. Hay parejas donde los dos cocinan y nadie friega. Hay parejas donde uno cocina con una precisión de laboratorio y el otro echa sal «a ojo» con una alegría que da miedo. Y hay parejas donde nadie cocina y la nevera está llena de folletos de comida a domicilio.

Lo que más me divierte de la cocina en pareja son las pequeñas guerras de territorio. Dónde va el aceite. Si el cuchillo bueno se mete en el lavavajillas o no. Si las sartenes se guardan apiladas o colgadas. Quién termina la leche sin avisar. Ninguna de esas discusiones es importante, y todas pueden durar años.

Ya hablé en «Le ha sentado fatal mi comentario» de cómo se discute por mensajes. En la cocina se discute en directo, con un trapo en la mano, y suele acabar en risa si hay buen fondo. Una pareja que sabe reírse de su forma de cargar el lavavajillas tiene mucho ganado.

La sartén como termómetro

Hay un pequeño test que me parece infalible para saber cómo va una convivencia: mira la sartén. Si la sartén se queda en el fuego con restos de dos días, algo pasa. No digo que sea el fin de la pareja. Digo que alguien está cansado, o que alguien está esperando a que el otro la friegue, y ese pulso silencioso dice más que muchas conversaciones.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «¡Garrafón de China! Y ahora tengo a un extraño en mi cocina» de «Garrafón de China»

Fregar es la tarea menos glamurosa de la cocina. Nadie hace una canción de amor sobre fregar. Y, sin embargo, fregar después de que el otro cocinó es una de las formas más claras de decir «gracias». No hace falta flores. Hace falta estropajo.

Hay una frase que escuché mil veces en distintas versiones: «el que cocina no friega». Me parece una norma razonable. Lo que no me parece razonable es que la persona que «no friega» tampoco cocine. Esa figura, el que ni cocina ni friega pero opina sobre la sal, merecería su propia canción. Quizá algún día.

El desayuno con un desconocido

Volvamos al extraño de la cocina. Porque este texto empezó con él y no quiero dejarlo ahí plantado, buscando el azúcar.

El desayuno con alguien a quien apenas conoces es uno de los momentos más raros de la vida adulta. No hay manual. ¿Se ofrece café? ¿Se ofrece desayuno completo? ¿Se le pregunta cómo toma el café, aunque eso implique admitir que no recuerdas su nombre? ¿Se desayuna de pie en la encimera, para que quede claro que esto es provisional, o se sienta uno a la mesa como si fuera domingo?

Mi teoría es sencilla: un café no se le niega a nadie. El café es neutral. No promete nada. Un café dice «eres bienvenido un rato» sin decir «quédate a vivir». Las tostadas ya son otra cosa. Las tostadas con aguacate son una declaración de intenciones. Y unos huevos revueltos con calma, con zumo recién exprimido, son prácticamente una propuesta de matrimonio.

Esto lo digo medio en broma, pero solo medio. La comida habla. Lo que ofrecemos en la cocina a quien acaba de entrar en nuestra vida es una forma de decir hasta dónde le dejamos pasar.

Lo que se aprende del invitado inesperado

En la canción, el protagonista no sabe ni cómo llegó ese señor a su casa. Eso es humor y exageración, y no lo voy a convertir en lección moral. Pero sí me deja pensar en algo más amable: la cocina es el lugar donde, a veces, alguien desconocido se convierte en conocido.

En una fiesta en casa, siempre acaba la mejor conversación en la cocina. Nadie sabe por qué. El salón está preparado, con música, con luces, con sofás, y la gente se apelotona entre la nevera y el fregadero. Quizá porque en la cocina las manos tienen algo que hacer. Abrir una botella, cortar pan, buscar hielo. Con las manos ocupadas, la boca habla más tranquila.

Y ahí, en una cocina ajena a las tres de la madrugada, se han hecho muchas amistades. Muchas más que en las pistas de baile, me atrevería a decir. En la pista no se oye nada. En la cocina se oye todo.

La cocina de los domingos

Si hay una hora sagrada en la cocina, para mí es la de los domingos por la mañana. Sin prisa. Con el sol entrando torcido. Ese momento en el que se puede hacer un desayuno largo, o un caldo que tarda tres horas, o un bizcocho que nadie ha pedido.

Collage con un detalle de la carátula de «Garrafón de China» y las carátulas de «Me Rindo», «20 Años»

En «La noche no es para mí» hablé del tardeo y de la fiesta con luz de día. Pues bien, la cocina del domingo es el tardeo de la casa. Es fiesta, pero tranquila. Cabe la familia elegida, caben los vecinos, caben los amigos que vienen con resaca y una barra de pan.

La cocina del domingo tiene además una ventaja que no tiene ninguna otra: perdona. Perdona el desorden del sábado, perdona los platos de la noche anterior, perdona que llegues tarde y sin nada en las manos. Basta con ponerse a pelar patatas para que te consideren parte del equipo. Hay pocas cosas que integren tan rápido a alguien nuevo en un grupo como darle un cuchillo, una tabla y una tarea sencilla. Quien pela patatas contigo un domingo ya no es un extraño, aunque lo fuera el viernes. Y quien friega la olla grande al final, sin que nadie se lo pida, se gana un sitio en la mesa para siempre.

Si tuviera que elegir un plan perfecto, sería ese: una cocina pequeña, demasiada gente dentro, una olla grande y alguien poniendo música desde el móvil que no es el suyo.

El piso compartido y las baldas con nombre

Antes de la cocina para uno y de la cocina para dos, mucha gente pasa por una tercera: la del piso compartido. Ahí la cocina deja de ser un lugar y se convierte en un tratado internacional.

Cada inquilino tiene su balda en la nevera, a veces con el nombre escrito en cinta de carrocero. Hay yogures con iniciales. Hay cartones de leche con una raya de rotulador para saber si alguien ha bebido sin permiso. Hay notas pegadas en la campana extractora que empiezan con «chicos, por favor» y terminan con tres signos de exclamación.

El piso compartido enseña cosas que ninguna escuela enseña. Que el aceite es un bien común y nadie lo repone. Que la sartén antiadherente dura lo que tarda alguien en rascarla con un tenedor. Que siempre hay una persona que cocina a las dos de la madrugada y otra que madruga para irse a trabajar, y que esas dos personas jamás estarán de acuerdo sobre el ruido.

Muchos adultos LGTBI vuelven a compartir piso a los treinta o a los cuarenta, por el precio de la vivienda o tras una ruptura. Y la cocina compartida a esa edad tiene su propia comedia: gente con trabajo estable y ojeras de madurez discutiendo como en una residencia de estudiantes por quién se comió el último huevo.

Lo que dice la resaca de la cocina

Hay un par de versos más de la canción que me ayudan a entender por qué la cocina es tan importante en una mañana mala. Uno es «La cabeza me va a explotar de la resaca». El otro, más filosófico, es «Debí retirarme antes de la celebración».

La cabeza que explota pide agua, pan y algo caliente. Pide cocina. Y la frase de retirarse a tiempo es, en el fondo, una regla de cocina también: hay que saber cuándo apagar el fuego. Un guiso que se pasa se pega. Una noche que se pasa, lo mismo. Saber parar a tiempo es la mitad de la receta, en los fogones y en la fiesta.

No lo digo con tono de sermón. Lo digo con la cara del protagonista, que a la mañana siguiente, con un extraño en la cocina y el estómago del revés, entiende de golpe todo lo que no entendió a las cuatro de la madrugada.

Pequeña guía de supervivencia doméstica

Como este blog tiene vocación práctica, aunque sea con humor, dejo unas cuantas reglas que he ido recopilando. No son científicas. Son de andar por casa, literalmente.

  • El café no se le niega a nadie. Tampoco hay que ofrecer más de lo que te apetece.
  • Los táperes se devuelven. Limpios. Si puede ser, con algo dentro.
  • El que cocina no friega. Y el que no cocina, friega con alegría.
  • La nevera se revisa los domingos. Lo que tenga más de una semana se juzga con firmeza.
  • El cuchillo bueno no va al lavavajillas. Esto no es negociable.
  • Una vela un martes no es cursi. Es autocuidado con cera.
  • Si alguien desconocido está en tu cocina, pregúntale el nombre. Mejor tarde que nunca.

Ninguna de estas reglas me la he inventado para quedar bien. Son las que salen en casi cualquier conversación de amigos cuando se habla de convivencia. Yo solo las he puesto en lista.

Comer acompañado sin tener pareja

Quiero dedicar un momento a algo que me parece importante. Hay muchas personas que cocinan solas porque no tienen con quién compartir mesa, no porque lo hayan elegido. Para ellas, el desayuno con un desconocido no es un chiste: es una fantasía, o un recuerdo.

Ficha de la canción «Garrafón de China» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Si es tu caso, te propongo algo que funciona en muchos barrios: organizar comidas compartidas. Cada uno trae un plato, se pone una mesa grande, nadie tiene que lucirse. Hay grupos de amigos que lo hacen cada mes, asociaciones LGTBI que organizan comidas, centros culturales que preparan talleres de cocina. Comer acompañado no requiere pareja. Requiere que alguien abra la cocina.

También vale invitar a alguien a casa sin una ocasión especial. Un «ven a comer, que he hecho demasiado» es una de las frases más generosas que existen. Y tiene la ventaja de ser casi siempre verdad, porque los paquetes vienen para cuatro.

Cuando la cocina pesa

Una nota más seria antes de terminar. Hay temporadas en que cocinar cuesta. No por pereza, sino porque la cabeza no da para más. Abrir la nevera y no saber qué hacer, comer cualquier cosa a deshoras, dejar de cocinar del todo. Cuando eso pasa, a veces es una señal de que estamos más cansados de lo que creemos.

No voy a hacer de médico. Solo diré que si notas que llevas semanas sin cuidarte en lo básico, comer, dormir, ducharte, merece la pena hablarlo con alguien. Un amigo, tu médico de cabecera, una línea de ayuda. En España, el 024, la línea de atención a la conducta suicida, atiende gratis y a todas horas, y también orienta a familiares y amigos que están preocupados por alguien; el Teléfono de la Esperanza, en el 717 003 717; la Fundación ANAR, si eres menor, en el 900 20 20 10; y en una emergencia, el 112. Si vives fuera de España, en findahelpline.com tienes la línea de tu país.

Lo que me enseñó el extraño de la cocina

Escribí «Garrafón de China» para reírme de una mañana mala. No tenía intención de reflexionar sobre la cocina ni sobre la convivencia. Pero las canciones se van llenando de sentido con el tiempo, y ahora, cuando escucho el estribillo, veo esa cocina invadida y pienso en todas las cocinas por las que he pasado.

Pienso en la cocina de piso compartido, con baldas asignadas y etiquetas en los yogures. En la cocina de pareja, con su guerra de las sartenes. En la cocina para uno, con su nevera geológica. En la cocina de los domingos, con la olla grande. Y en las cocinas ajenas de las fiestas, donde siempre pasa lo mejor.

Creo que la cocina es el sitio donde más se parece la vida a una canción. Hay repeticiones, como el estribillo: el café de cada mañana, la sartén de cada noche. Hay versos inesperados, como el extraño que aparece. Y hay, si se hace bien, un final con alguien sentado a la mesa.

Si te apetece leer la letra completa de «Garrafón de China», está en la sección de letras, y la página de la canción en gayfolkplanet.com. Y si quieres seguir con el humor del día a día, quizá te guste quién paga en la primera cita o las vacaciones que salen mal.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Garrafón de China»? De una mañana de resaca después de una fiesta con alcohol de mala calidad: el protagonista se despierta con un desconocido en casa y no recuerda cómo llegó. Es una canción de humor del segundo disco de la trilogía, «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk».

¿Cómo organizar la compra si vives solo? Ayuda planificar dos o tres comidas que compartan ingredientes, congelar en raciones, comprar a granel cuando se puede y revisar la nevera una vez por semana para no tirar comida.

¿Qué se ofrece para desayunar a alguien que se ha quedado a dormir? No hay una norma. Un café es una forma amable y neutral de despedirse; lo demás depende de cuánto te apetezca alargar la mañana.

¿Hay alternativas a cenar solo si no tienes pareja? Sí: comidas compartidas con amigos o vecinos, actividades de asociaciones, talleres de cocina o simplemente invitar a alguien a casa sin ocasión especial.

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