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Los dos viejitos cogidos de la mano: «Envejecer» y el duelo por el futuro que imaginaba

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Hay una imagen que mucha gente ha tenido en la cabeza alguna vez, aunque le dé vergüenza confesarlo. Dos personas mayores, con el pelo blanco, sentadas en un banco de un parque, cogidas de la mano. No dicen nada. No hace falta. Llevan toda la vida juntas y se nota en cómo se apoyan la una en la otra.

En «Envejecer» esa imagen aparece en forma de pregunta. Una pregunta que alguien me hizo y que la canción repite como un eco que no se apaga: «¿Por qué me preguntabas si me imaginaba los dos viejitos cogidos de la mano?». Y enseguida, la parte que duele: lo preguntabas mientras, a la vez, me engañabas.

En «Una palabra por línea» ya se miró cómo está escrita esa pregunta, troceada palabra a palabra, como quien no consigue respirar. Aquí quiero mirar otra cosa. No la forma, sino lo que la pregunta se llevó. Porque cuando una relación se rompe así no solo pierdes lo que viviste. Pierdes también lo que ibas a vivir. Pierdes a los dos viejitos.

Este texto va de ese duelo, que casi nadie nombra. El duelo por el futuro. Y de cómo la canción, al final, encuentra una respuesta tardía que a mí me ayudó a soltarlo.

Lo que se pierde cuando se pierde un futuro

Cuando alguien te deja, o cuando descubres que te ha estado engañando, la gente suele preguntarte por el pasado. Cuánto tiempo estuvisteis, qué pasó, cuándo empezó a ir mal. Son preguntas razonables. Pero hay otra pérdida que casi nadie pregunta, y que a veces es la que más pesa: la del futuro.

Una relación larga no es solo lo que ha sido. Es también un mapa de lo que iba a ser. Los viajes que ibais a hacer. La casa que ibais a tener. Las navidades, los cumpleaños, los achaques compartidos. La vejez juntos. Todo eso existe en tu cabeza con mucha fuerza, aunque no haya pasado, porque lo has imaginado muchas veces. Y cuando la relación se rompe, ese futuro no desaparece sin más. Se queda ahí, como una casa amueblada en la que nadie va a vivir.

Hay un nombre para eso en psicología, o varios. Algunos hablan de duelo por la pérdida de expectativas, otros de duelo por el futuro imaginado. No necesito el término exacto. Lo que sé es que existe, porque lo he sentido, y porque la canción entera gira alrededor de él.

La casa amueblada Me gusta esa imagen de la casa amueblada. Durante años, sin darte cuenta, vas poniendo muebles en un futuro. Un sillón aquí para cuando seáis mayores. Una mesa allí para las cenas con los amigos. Un banco en el parque, para los dos viejitos. Cada conversación sobre el futuro añade un mueble.

Y luego la casa se queda vacía de personas pero llena de muebles. Y tú tienes que ir sacándolos uno a uno, por la puerta, escaleras abajo. Es un trabajo agotador, y nadie te ayuda, porque nadie ve la casa. Solo la ves tú.

La pregunta como trampa

Lo que hace especialmente cruel la pregunta de la canción no es la pregunta en sí. Es el momento en que se hizo. La letra lo dice claro: me lo preguntabas mientras a la vez me engañabas.

Fotogramas del videoclip oficial de «Envejecer», de Mike Sain't Louis

Eso convierte una pregunta tierna en una trampa. Cuando alguien te pregunta si te imaginas envejeciendo juntos, te está invitando a amueblar el futuro. Te está pidiendo que pongas un mueble más. Y tú lo pones, con ilusión, porque te parece la pregunta más bonita del mundo. Lo que no sabes es que la otra persona, mientras tanto, está construyendo otra casa en otra parte.

La canción repite la pregunta muchas veces. Por qué. Por qué lo preguntabas. Y creo que esa repetición es la de alguien que no consigue entender. No se puede entender. No hay una respuesta lógica a por qué alguien te invita a imaginar un futuro que ya sabe que no va a existir. Solo queda repetir la pregunta hasta que se gaste.

El por qué sin respuesta Hay preguntas que se hacen para obtener una respuesta y preguntas que se hacen para sacar algo de dentro. El «por qué» de «Envejecer» es del segundo tipo. No espera respuesta. Nadie va a llamar a la puerta para explicarlo. Es un por qué que se dice al aire, al techo de la habitación, a la libreta.

Escribirlo fue, para mí, una forma de dejar de esperar la respuesta. Mientras la pregunta estaba en mi cabeza, esperaba. Esperaba un mensaje, una explicación, algo. Cuando la escribí, la pregunta se quedó en la canción, y yo pude dejar de esperar. La canción podía seguir preguntando por mí.

El voto de nunca más

La otra gran frase de la canción es un voto. Llega al principio, estirada hasta casi romperse: ya no voy a volver a confiar en nadie, nunca más.

Es una frase que cualquiera que haya sido engañado reconocerá. Es la frase que se dice en el peor momento. Nunca más. No me va a volver a pasar. Me cierro. Se acabó.

En «Volver a confiar» se escribió sobre el verbo volver en mis letras, y sobre lo que significa volver a confiar. No quiero repetirlo. Aquí quiero mirar el voto de otra manera: como una cicatriz, no como una ley.

Cuando dices «nunca más», parece que estás dictando una ley para el resto de tu vida. Pero en realidad estás describiendo una herida. Estás diciendo: esto me ha dolido tanto que ahora mismo no soporto la idea de volver a exponerme. Es una frase sobre el presente disfrazada de frase sobre el futuro.

La cicatriz no es una ley Las cicatrices cambian con el tiempo. Al principio están rojas, tiernas, duelen al tocarlas. Con los meses se vuelven blancas, más planas, menos sensibles. Nunca desaparecen del todo, pero dejan de mandar sobre el resto del cuerpo.

El «nunca más» de la canción es una cicatriz roja. Es verdad en el momento en que se dice. Pero no tiene por qué ser verdad para siempre. Y creo que reconocer eso fue una de las cosas que más me ayudaron. Poder decir «nunca más» con toda la fuerza que necesitaba, en la canción, sin sentirme obligado a cumplirlo como si fuera una condena.

Estoy tan triste

En mitad de la canción hay un momento que siempre me sorprende cuando lo escucho, por lo desnudo que es. Después de las preguntas y de los votos, la letra dice simplemente: estoy tan triste. Y lo estira, lo alarga, como si la palabra no quisiera terminarse.

No hay metáfora ahí. No hay imagen. No hay holograma, ni rosa, ni planeta. Solo una frase de tres palabras que dice exactamente lo que dice.

En muchas de mis canciones me escondo detrás del humor, de las referencias, de los insultos creativos. En esta no. En esta hay un momento en que me quito todo y digo lo más simple. Y creo que eso también me ayudó. Porque a veces, en un duelo, lo más difícil no es encontrar la metáfora perfecta. Es atreverse a decir la frase más obvia.

La palabra que se estira Esa tristeza estirada, esa vocal que no termina, tiene algo de llanto. Es como cuando lloras y la respiración se te alarga sin que puedas controlarla. La canción no describe el llanto; lo imita con la forma de la palabra.

Me gusta pensar que la forma de las palabras puede hacer eso. Que una vocal larga puede contener un llanto entero. Y que, al escribirla así, el llanto encuentra un sitio fuera de ti. Se queda en la página, en el estribillo, y tú puedes respirar un poco mejor.

La respuesta tardía

Y entonces, al final de la canción, llega algo que no esperaba la primera vez que la escribí. Una respuesta. Después de tantas veces preguntando por qué me preguntabas si me imaginaba a los dos viejitos, la letra dice: te voy a contestar, cuando ya es demasiado tarde. Sí. Lo imaginaba. Estaba tan seguro de que juntos íbamos a envejecer.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «Estaba tan seguro que juntos íbamos a envejecer a envejeceeeeeeer» de «Envejecer»

Es, para mí, el momento más importante de la canción. Porque cambia todo. Hasta ese momento, la pregunta era algo que me habían hecho. Una trampa. Algo que se usaba contra mí. En ese final, la pregunta se convierte en algo que yo contesto. Y contestarla, aunque sea tarde, es recuperarla.

Ya no es la pregunta del otro. Es mi respuesta. Sí, lo imaginaba. Lo imaginaba de verdad. No me da vergüenza haberlo imaginado.

Demasiado tarde Me fijo en esa expresión: cuando ya es demasiado tarde. Podría parecer derrotista. Ya no sirve de nada contestar. Ya no hay nadie a quien contestar. Ya no hay futuro que salvar.

Pero yo la leo de otra manera. Demasiado tarde para la relación, sí. Pero no demasiado tarde para mí. La respuesta ya no le sirve a la otra persona, pero me sirve a mí. Es una respuesta que me doy a mí mismo, en la página, en el estribillo final. Es decirme: lo que sentiste era real. Tu ilusión era real. Que la otra persona estuviera mintiendo no convierte en mentira lo que tú imaginabas.

Eso fue muy importante para mí. Porque una de las cosas más dolorosas de un engaño es que te hace dudar de todo, incluso de ti mismo. Te preguntas si eras tonto, si lo que sentías era una fantasía ridícula. La respuesta tardía de la canción dice: no. Lo imaginaba. Y estaba bien imaginarlo.

Los dos viejitos como imagen queer

Hay algo más en la imagen de los dos viejitos que quiero mirar, aunque con cuidado. Dos hombres mayores cogidos de la mano en un parque no es una imagen que hayamos visto mucho. Durante generaciones, a muchas parejas como esa se les negó la posibilidad de envejecer juntas a la vista. Se escondieron, o no llegaron a viejas, o envejecieron solas.

No quiero convertir este texto en un ensayo sobre eso, que es un tema enorme y que merece su propio espacio. Pero sí quiero decir que, para mí, imaginar a los dos viejitos no era solo imaginar un futuro con una persona concreta. Era también imaginar algo que a muchos como yo nos ha costado imaginar: que alguien como nosotros podía llegar a viejo de la mano de alguien, sin esconderse.

Por eso perder esa imagen dolió doble. No solo perdía un futuro con alguien. Perdía, durante un tiempo, la capacidad de imaginar ese tipo de futuro. La canción tuvo que ayudarme a recuperarla.

Ir de la mano En otra canción del planeta, «Tan cateto», aparece la mano en público de otra manera: la de alguien a quien le molesta que dos hombres vayan de la mano. Las dos canciones, puestas juntas, dicen algo sobre lo que significa la mano para nosotros. No es solo un gesto de cariño. Es un gesto que durante mucho tiempo fue peligroso, o prohibido, o motivo de burla.

Imaginar dos viejitos cogidos de la mano es imaginar que ese gesto ya no es peligroso. Que se puede hacer a los ochenta años en un banco del parque, sin que nadie diga nada. Es una imagen pequeña y, a la vez, muy política. Por eso usarla como trampa, como hace el personaje de la canción, me parece de las crueldades más finas que he escrito.

Volver a imaginar

¿Y ahora? ¿Qué pasa con los dos viejitos?

Collage con un detalle de la carátula de «Envejecer» y las carátulas de «Tan cateto», «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», «El día de la liberación»

Después de una pérdida así, el futuro puede convertirse en una pared en blanco. La pregunta de dónde te ves en diez años deja de tener respuesta. La imaginación se queda quieta, como un músculo que no se usa. Eso es lo que la canción deja ver entre línea y línea.

Escribir la canción no me devolvió de golpe esa imaginación. Pero fue el primer ejercicio. Al contestar «sí, lo imaginaba», me permití recordar que yo era alguien capaz de imaginar. Que esa capacidad no había muerto con la relación. Solo estaba dormida.

El planeta como ejercicio de futuro Visto así, todo Planeta Gayfolk es un ejercicio de imaginación de futuro. Un planeta que no existe, al que se viaja con naves que no existen, donde se puede vivir de una manera que todavía no existe. El segundo disco se llama, nada menos, «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk». Y el tercero, «El día de la liberación».

Creo que no es casualidad. Después de perder un futuro, necesitaba inventarme otro. No uno con una persona concreta, sino uno más amplio, más mío. Un planeta entero donde los viejitos de la mano fueran lo normal. Escribir esa trilogía fue, entre otras cosas, volver a ejercitar el músculo de imaginar.

La pregunta, hecha por mí

Hay un ejercicio que me gusta hacer con esta canción, y que a lo mejor le sirve a alguien. Consiste en coger la pregunta trampa y hacérmela yo. No como la hizo el personaje, mientras engañaba, sino de verdad, en limpio. ¿Te imaginas a los dos viejitos cogidos de la mano?

Cuando la pregunta viene de mí, cambia por completo. Ya no es una invitación a amueblar la casa de otro. Es una pregunta sobre lo que yo deseo. Y lo que descubro, cuando me la hago, es que sí. Que sigo deseando esa imagen. Que el engaño no me la ha quitado. Que me la quitó durante un tiempo, pero no para siempre.

Recuperar una pregunta que alguien usó contra ti es una forma de recuperar un trozo de ti mismo. Es como recoger del suelo un objeto que alguien tiró con rabia, limpiarlo y volver a ponerlo en la estantería. El objeto sigue siendo el mismo. Lo que ha cambiado es quién lo tiene.

Las preguntas que se heredan Pienso también en todas las preguntas que nos dejan las relaciones que terminan. No solo la de los viejitos. Las preguntas sobre si vales la pena, sobre si eres suficiente, sobre si alguien podrá quererte así. Muchas de ellas las heredamos de quien nos hizo daño, como quien hereda una deuda.

Una parte del duelo, creo, consiste en revisar esa herencia. En mirar cada pregunta y decidir cuáles te quedas y cuáles devuelves. La de los viejitos me la quedo, pero reformulada. Las otras, las que me hacían sentir pequeño, las devuelvo al remitente. No me pertenecen.

Las despedidas hermanas

«Envejecer» está en el primer disco, rodeada de otras canciones de despedida. Algunas son rabiosas, otras tristes, otras irónicas. En «Es tan corto el amor» escribí sobre «Ya no te quiero», la frase que se dice antes de ser verdad. En «Voy a cortar esa rosa», sobre el gesto de cortar lo que hiere.

Ficha de la canción «Envejecer» con su carátula: disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

«Envejecer» es distinta a las dos. No intenta convencerse de nada, como «Ya no te quiero». No coge las tijeras, como «Voy a olvidarme de ti». Simplemente pregunta, se entristece y, al final, contesta. Es la canción del que mira el futuro perdido de frente y le dice: sí, te imaginé. Y ahora te dejo ir.

La carta que llega tarde Hay algo en la respuesta tardía de «Envejecer» que me recuerda a las cartas que no se envían. En «Cartas que no se envían» se escribió sobre lo que aprendí escribiendo «La última carta». La respuesta de «Envejecer» es como una de esas cartas. Una respuesta que ya no va a leer nadie, o que no importa que la lea nadie. Que se escribe para quien la escribe.

Creo que todos tenemos respuestas así pendientes. Cosas que nos preguntaron en un momento y que no supimos contestar, o que contestamos mal, o que no nos atrevimos a contestar. Escribirlas tarde no cambia lo que pasó. Pero cierra algo. Es como apagar una luz que llevaba años encendida en una habitación vacía.

Lo que no voy a contar

No voy a decir quién hizo la pregunta, ni cuándo, ni dónde. En mis letras los personajes son personajes. Lo que importa aquí no es la historia concreta sino lo que la canción me permitió hacer con ella.

Tampoco voy a decir que ahora tengo un futuro perfecto imaginado, con banco en el parque incluido. No es así. Lo que tengo es algo más modesto: la capacidad de volver a imaginar, que durante un tiempo perdí. Y la certeza de que lo que imaginé entonces no fue una tontería.

Si has perdido un futuro Si estás pasando por algo parecido, si has perdido no solo a alguien sino también todo lo que ibais a ser, quiero decirte que ese duelo es real, aunque nadie lo vea. Que es normal que te pese tanto. Que tienes derecho a llorar por algo que nunca pasó.

Y quiero decirte que la imaginación vuelve. Despacio, a su ritmo, pero vuelve. Mientras tanto, si la pared en blanco se hace demasiado grande, si la tristeza no te deja ver ningún mañana, no te quedes a solas con ella:

  • 024: en España, para cualquier crisis emocional; gratis, confidencial, de día y de noche.
  • 112: si hay un peligro inmediato.
  • Teléfono de la Esperanza, 717 003 717: para hablar cuando no ves salida al día de hoy.
  • Fundación ANAR, 900 20 20 10: para menores y para quien se preocupa por ellos.
  • Fuera de España: findahelpline.com reúne las líneas de cada país.

Un banco en el parque

Vuelvo a la imagen del principio. Dos viejitos en un banco del parque, cogidos de la mano. Durante mucho tiempo, esa imagen me hacía daño. Era el recuerdo de una pregunta trampa, de un futuro robado.

Ahora la miro de otra manera. Sigo pensando que es una imagen preciosa. Sigo pensando que merece la pena imaginarla. Solo que ya no le pongo una cara concreta. La dejo abierta. A lo mejor algún día tendrá una cara. A lo mejor no. Pero la imagen sigue siendo mía, y nadie me la puede quitar por haberla usado mal.

Sí, lo imaginaba. Y lo sigo imaginando, aunque de otra forma.

Si quieres recorrer las letras del planeta, están publicadas. Y en la página sobre mí cuento quién imagina estas cosas y desde dónde.

Preguntas frecuentes

¿De qué habla la canción «Envejecer»? De un engaño descubierto y del futuro que se pierde con él. Gira alrededor de una pregunta: «¿Por qué me preguntabas si me imaginaba los dos viejitos cogidos de la mano?», hecha mientras la otra persona engañaba. Al final la letra contesta: «sí, lo imaginaba».

¿Qué es el duelo por el futuro imaginado? Es el dolor por perder no solo lo vivido sino también lo que se iba a vivir: los planes, la casa, la vejez en común. El texto lo describe como una casa amueblada en la que ya nadie va a vivir.

¿Qué significa «ya no voy a volver a confiar en nadie, nunca más»? Es el voto que se hace en el peor momento de una traición. El texto lo lee como una cicatriz que describe la herida del presente, no como una ley para el resto de la vida.

¿En qué disco está «Envejecer»? En «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer disco de la trilogía GAYFOLK de Mike Sain't Louis.

¿Dónde pedir ayuda si una ruptura me deja sin ver futuro? En España, el 024 atiende cualquier crisis emocional a cualquier hora; el 112 si hay peligro inmediato; el Teléfono de la Esperanza (717 003 717) y ANAR (900 20 20 10) para menores. Fuera de España, findahelpline.com.