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«Habrá que esperar y esperar»: desafección política, abstención y por qué los derechos LGTBI se juegan en las urnas

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«Habrá que esperar y esperar / A que aparezca un político honrado / A quién votar»

Es el estribillo de «Un político español», una de las canciones del segundo disco de la trilogía, «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk». La letra completa está en gayfolkplanet.com. Es una sátira de barra de bar, gruesa y sin matices, y quien habla en ella es un personaje harto: alguien que lleva toda la vida esperando a un candidato decente y ha llegado a la conclusión de que no existe.

Ya escribí sobre el humor de esa canción, sus refranes y su desconfianza heredada en «La sospecha heredada». Hoy quiero hacer otra cosa. Quiero sacar el estribillo del bar y ponerlo delante de los datos: cuánta gente en España comparte ese hartazgo, qué consecuencias tiene, cuánta gente deja de votar y por qué, para las personas LGTBI, la política no es un espectáculo lejano sino algo que entra en casa.

No voy a decir a quién votar. No es el sitio ni es mi papel. Escribo como letrista, compositor y productor musical que ha puesto en una canción una queja muy extendida y que, justo por eso, quiere mirar qué hay detrás. Y como hay elecciones generales el 29 de noviembre de 2026, al final dejo la parte práctica: plazos, voto por correo, voto desde el extranjero y qué pasa con el voto en blanco y el nulo.

Un estribillo que no avanza

La estructura de la canción ya dice mucho. El estribillo se repite una y otra vez, casi idéntico, como una cola en la que nadie se mueve. Entre medias, el personaje suelta frases cada vez más gruesas:

«No sabía yo que para ser un político español / Es imprescindible ser un ladrón»

Es una exageración, y la canción lo sabe. Funciona como funciona la queja en la vida real: no es un análisis, es un desahogo. Pero detrás de esa exageración hay algo que se puede medir. La sensación de que la política no sirve, de que los partidos se parecen todos y de que da igual lo que votes tiene nombre en sociología: desafección política.

La desafección no es lo mismo que no tener ideas. Hay mucha gente con opiniones muy claras sobre vivienda, sanidad o derechos que, sin embargo, no confía en ninguna de las personas que se presentan para defenderlas. Esa distancia entre lo que alguien quiere y lo que cree que la política puede darle es el terreno donde vive el personaje de la canción.

Lo que dicen las encuestas sobre el hartazgo

El Centro de Investigaciones Sociológicas pregunta cada mes cuáles son los principales problemas de España. Durante décadas existió una categoría llamada «los políticos en general, los partidos políticos y la política». En diciembre de 2019, el 49,5 % de los encuestados la mencionaba entre los tres grandes problemas del país. En enero de 2020 el CIS dejó de usar esa etiqueta y la repartió en varias categorías distintas, lo que hace difícil comparar las cifras actuales con las antiguas.

Fotogramas del videoclip oficial de «Un político español», de Mike Sain't Louis

Aun así, los datos recientes muestran el mismo malestar. En el barómetro de septiembre de 2026, el apartado «el Gobierno y partidos o políticos concretos» alcanzó el 18,8 %, un récord en esa serie. Los «problemas políticos en general» sumaron otro 13,9 % y «el mal comportamiento de los políticos», un 9,7 %. La vivienda seguía siendo la primera preocupación, con un 37,5 %, pero varios analistas han señalado que, si se sumaran las categorías políticas como se hacía antes, la política volvería a estar arriba del todo.

La desconfianza aparece también fuera del CIS. En el Digital News Report España 2025, de la Universidad de Navarra y el Instituto Reuters, el 57 % de los encuestados señalaba a los políticos nacionales como una fuente importante de desinformación. Era la cifra más alta de los 48 países analizados, diez puntos por encima de la media. Y la edición de 2026 añadió otro dato revelador: la desafección política es el predictor ideológico más claro de quién evita las noticias. Quien no se siente representado tiende a apagar también la tele.

De la queja a la abstención

El paso lógico del hartazgo es quedarse en casa el día de las elecciones. En las generales del 23 de julio de 2023, la participación definitiva fue del 66,59 %. Dicho al revés: una de cada tres personas con derecho a voto no votó. Entre los españoles que viven en el extranjero, inscritos en el censo de residentes ausentes, la participación fue mucho más baja: el 10,04 %, unas 233.700 personas de más de 2,3 millones.

La abstención tiene muchas causas y no todas son desafección. Hay quien no vota porque está enfermo, porque trabaja ese día, porque no ha entendido el procedimiento o porque se ha mudado y no sabe dónde le toca. Hay quien no vota como protesta consciente. Y hay quien simplemente no siente que su voto cambie nada. Las encuestas suelen encontrar más abstención entre la gente joven y entre quienes tienen menos ingresos, aunque las cifras cambian mucho de unas elecciones a otras.

El estribillo de la canción contiene una paradoja que conviene ver. «Habrá que esperar y esperar / A que aparezca un político honrado / A quién votar». El personaje espera, pero espera sentado. Y la propia letra se ríe de eso con otra frase: «Pues espera bien sentado / No te quedes ahí parado». Es un chiste sobre la pasividad, y también una pequeña trampa. Si nadie se mueve, la cola no avanza.

Por qué la política entra en casa de las personas LGTBI

Para mucha gente, la política es algo que pasa en la tele: debates, escándalos, encuestas. Para las personas LGTBI en España, buena parte de su vida cotidiana depende de leyes muy concretas que se votaron en el Congreso y el Senado. No es una opinión: es la historia de las últimas décadas.

Hasta finales de 1978, los actos homosexuales podían castigarse con la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social. La reforma que los sacó de esa ley, la Ley 77/1978, se aprobó en las Cortes y se publicó en diciembre de ese año. El matrimonio entre personas del mismo sexo llegó con la Ley 13/2005, que el Congreso aprobó definitivamente el 30 de junio de 2005 y entró en vigor el 3 de julio. El Tribunal Constitucional la avaló en noviembre de 2012, después de un recurso. La Ley 3/2007 permitió cambiar la mención del sexo en el Registro Civil. La Ley 15/2022 de igualdad de trato protege contra la discriminación por orientación sexual e identidad de género, entre otros motivos. Y la Ley 4/2023, conocida como ley trans y LGTBI, se aprobó en febrero de 2023 y regula desde la autodeterminación de género hasta medidas en educación, empleo y deporte, además de proteger a las personas intersexuales, como conté en «Before the world decides».

Cada una de esas normas fue objeto de una votación. Algunas salieron con mayorías amplias y otras con márgenes ajustados y mucha polémica. Y cada una puede reformarse en el futuro, para ampliarla o para recortarla, también mediante una votación. Por eso, cuando alguien dice que todos los políticos son iguales, conviene recordar que sus votos sobre estas leyes no han sido iguales. No hace falta decir quién votó qué para entender que el Parlamento que sale de las urnas decide sobre tu matrimonio, tu identidad en el DNI o la educación que reciben tus sobrinos. Sobre esa última parte escribí en el artículo sobre diversidad en la escuela.

Derechos que parecen eternos y no lo son

Una de las ideas más peligrosas es pensar que lo conseguido ya no se puede perder. Quien nació después de 2005 ha crecido en un país donde dos hombres o dos mujeres pueden casarse con normalidad. Es lógico que lo vea como algo natural, como el agua del grifo. Pero los derechos se parecen más a una planta que a una piedra: si nadie los cuida, se secan.

Hay ejemplos recientes en Europa de países donde leyes y políticas públicas han ido en la dirección contraria. Y dentro de España, las normas autonómicas sobre personas LGTBI también se han reformado en algunos territorios tras cambios de gobierno. No hace falta dramatizar ni anunciar catástrofes. Basta con entender que las leyes las hace gente elegida, y que la gente elegida depende de quién vota y de quién no.

Esto no convierte el voto en una obligación moral para todo el mundo. En España votar es un derecho, no un deber legal, y abstenerse es una opción legítima. Lo que sí cambia es la manera de mirar la abstención: no es neutral. Quien no vota deja que decidan otros, también sobre asuntos que le afectan de lleno.

«Me tocan mucho los cojones»: el enfado como punto de partida

La letra no se corta con el lenguaje. «Estos políticos ladrones / Me tocan mucho los cojones», dice el personaje, y cualquiera que haya escuchado una conversación de sobremesa en España reconoce el tono. Me interesa porque el enfado, en sí mismo, no es malo. Es una señal de que algo importa. Nadie se enfada por lo que le da igual.

Collage con un detalle de la carátula de «Un político español» y las carátulas de «Noemí Argüelles va ganando en las encuestas», «La Primera Drag de Benidorm»

El problema es qué se hace con ese enfado. Puede convertirse en cinismo, en «todos son iguales» y en quedarse en casa. Puede convertirse en voto de castigo, en apoyo a quien promete arrasar con todo. O puede convertirse en participación: votar con criterio, exigir explicaciones, afiliarse a una asociación vecinal, escribir a tu ayuntamiento, apoyar a colectivos que defienden derechos concretos. Ninguna de esas salidas es obligatoria, pero solo algunas cambian algo.

En otra canción del mismo planeta, la política aparece como espectáculo puro. Escribí sobre ello en «Votar a un personaje de ficción», a partir de «Noemí Argüelles va ganando en las encuestas». Noemí Argüelles es un personaje inventado, como todos los nombres de mis letras, y su campaña es una parodia. Pero la parodia funciona porque reconocemos el decorado: los sondeos, los eslóganes, la sensación de que se vota a una marca más que a un programa.

La política más allá de las urnas

Votar cada cuatro años es una parte de la política, no toda. Muchos de los derechos LGTBI que hoy existen en España no empezaron en el Congreso, sino en la calle y en las asociaciones. Antes de cada ley hubo años de colectivos organizándose, manifestaciones, recogidas de firmas, juicios y conversaciones incómodas en familias y empresas.

Hay formas de participar que no dependen de quién gobierne. Se puede formar parte de una asociación LGTBI local o de una federación estatal, colaborar con una ONG, acudir a los plenos municipales, que son públicos, o presentar una queja ante el Defensor del Pueblo si una administración vulnera tus derechos. También existe la iniciativa legislativa popular, que permite llevar una propuesta de ley al Congreso con 500.000 firmas acreditadas.

Y hay una participación más pequeña, casi doméstica, que también cuenta: corregir un comentario homófobo en una cena, apoyar a un compañero que sale del armario en el trabajo (o a un amigo que lo hace a los cuarenta, como en «Tengo un amigo que…»), votar en las elecciones de tu comunidad de vecinos. Sobre el trabajo, por cierto, hablé en «El armario de la oficina». La política se parece a una casa: se construye en el Parlamento, pero se vive en el día a día.

La vivienda, el primer problema, también es política LGTBI

Volvamos al CIS. Si la vivienda es el primer problema para el 37,5 % de los encuestados, merece la pena preguntarse qué tiene que ver con las personas LGTBI. Y tiene que ver mucho. Los jóvenes que se van de casa por conflictos familiares, las parejas del mismo sexo que buscan alquiler y se topan con prejuicios, las personas trans que tienen más dificultades para encontrar empleo estable: todos dependen del precio de un piso.

Lo conté con más detalle en «Un techo propio». Aquí solo quiero subrayar una idea: los derechos LGTBI no se limitan a las leyes con la palabra LGTBI en el título. La sanidad pública, la educación, el transporte, el empleo o la vivienda afectan a todo el mundo, y a veces más a quien parte de una situación vulnerable. Cuando se vota, se vota sobre todo eso a la vez.

Votar por primera vez

Cada convocatoria hay miles de personas que estrenan papeleta. Para muchas, la política es un ruido de fondo que llega por redes, y el procedimiento parece más complicado de lo que es. Conviene desmontar algunos mitos.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «Habrá que esperar y esperar» de «Un político español»

No hace falta inscribirse en ningún sitio para votar en España si tienes nacionalidad española y vives aquí. La inscripción en el censo electoral se hace de oficio a partir del padrón municipal, que gestionan los ayuntamientos y que el Instituto Nacional de Estadística traslada a la Oficina del Censo Electoral. Por eso es tan importante empadronarse donde vives de verdad: tu colegio electoral depende de ese dato. Si al cumplir los 18 años no te ha llegado nada a casa, no pasa nada; la tarjeta censal es informativa y puedes votar igual con tu documento de identidad.

Tampoco es obligatorio entender cada punto del programa de cada partido. Basta con tener claras dos o tres cosas que te importan, ya sea la vivienda, la sanidad, el empleo o los derechos LGTBI, y comparar qué propone cada candidatura sobre ellas. Los programas se publican antes de la campaña en las webs de los partidos, y muchos medios hacen comparativas temáticas.

Y algo que suele preocupar a quien vota por primera vez: el voto es secreto. Nadie en la mesa puede saber qué papeleta has metido en el sobre, y en el colegio hay cabinas para elegirla sin que te vean. Puedes llevar la papeleta preparada desde casa o cogerla allí mismo. Si alguien intenta presionarte para votar algo concreto, en tu familia, tu trabajo o tu pareja, eso no es una opinión: es una forma de control. Sobre ese tipo de control en la pareja he escrito más de una vez, y la regla es la misma en política que en el amor: nadie decide por ti.

Cómo votar el 29 de noviembre de 2026

Vamos a lo práctico. Las elecciones generales se celebran el domingo 29 de noviembre de 2026. Estos son los puntos básicos, según el calendario de la Junta Electoral Central y la información oficial de Correos y del Gobierno.

Para votar en persona necesitas estar inscrito en el censo electoral y llevar un documento original con fotografía que acredite tu identidad: el DNI, el pasaporte o el carné de conducir. Tu colegio y tu mesa dependen de tu domicilio en el padrón. Si te has mudado hace poco, compruébalo con tiempo en tu ayuntamiento.

Para votar por correo, si vives en España y no vas a estar en tu localidad ese día, hay que pedirlo antes. La solicitud se puede hacer desde la convocatoria hasta el 19 de noviembre de 2026, en cualquier oficina de Correos o por internet en la web de Correos con DNI electrónico o certificado digital. La Oficina del Censo Electoral envía la documentación a partir del 9 de noviembre a la dirección que indiques, que no tiene por qué ser tu casa. Después tienes hasta el 25 de noviembre para entregar el sobre en una oficina de Correos, en persona o mediante otra persona autorizada. Un detalle importante: si pides el voto por correo y te lo aceptan, ya no puedes votar en la mesa ese día.

Si vives en el extranjero y estás inscrito como residente ausente, no tienes que pedir nada. Desde la reforma de 2022, la Ley Orgánica 12/2022, que acabó con el llamado voto rogado, la documentación se envía de oficio. Para estas elecciones, el calendario prevé el envío a finales de octubre y la posibilidad de descargar las papeletas a primeros de noviembre. Puedes votar por correo o depositar tu voto en el consulado en las fechas fijadas.

Voto en blanco, nulo y abstención: no son lo mismo

Mucha gente harta de la política duda entre votar en blanco, anular el voto o no ir. Las tres opciones parecen equivalentes y no lo son.

El voto en blanco es el sobre vacío, sin papeleta. Cuenta como voto válido. En las elecciones al Congreso, las candidaturas necesitan al menos el 3 % de los votos válidos de su circunscripción para entrar en el reparto de escaños, y los votos en blanco entran en ese cálculo. Por eso pueden dificultar que entren partidos pequeños. No restan escaños a nadie de forma directa, pero tampoco son neutros.

El voto nulo es el que no se puede contar: papeletas tachadas, con frases escritas, de varias candidaturas a la vez o en sobres que no corresponden. No entra en el reparto. Hay gente que anula el voto como protesta, escribiendo un mensaje en la papeleta, y es legítimo, aunque ese mensaje no llegará a nadie.

La abstención es no ir. No se registra en ninguna parte como protesta: simplemente aumenta el peso relativo de quienes sí votan. Las tres opciones son legales. Lo importante es elegir sabiendo qué efecto tiene cada una.

Informarse sin tragarse bulos

En campaña se multiplican los mensajes: vídeos cortados, frases sacadas de contexto, encuestas falsas y audios reenviados. Si el 57 % de la población ya ve a los políticos como fuente de desinformación, las semanas antes de unas elecciones son el momento de más cuidado.

Ficha de la canción «Un político español» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Algunas ideas sencillas: lee los programas en la fuente original, que los partidos publican en sus webs; desconfía de las capturas de pantalla sin enlace; contrasta cualquier dato llamativo en dos medios distintos; y recuerda que la ley electoral prohíbe publicar encuestas en los cinco días anteriores a la votación, así que cualquier sondeo que te llegue esos días por WhatsApp hay que mirarlo con lupa. Los servicios de verificación profesional publican desmentidos durante toda la campaña.

También sirve una regla emocional: si algo te enfada muchísimo y te dan ganas de compartirlo al instante, espera cinco minutos. La rabia es el atajo favorito de los bulos. Lo escribí a propósito del odio en redes en «Treinta insultos al despertar»: muchas campañas buscan exactamente esa reacción.

«Desde la época de los borbones»: la queja tiene historia

La última estrofa de la canción va al pasado: «Se van turnando cada cierto tiempo / Para mangar de lo que te sacan de impuestos». Es un guiño al turno de partidos de la Restauración, cuando dos fuerzas se alternaban en el poder con elecciones amañadas. Esa memoria de pucherazos y caciques explica parte del escepticismo español hacia la política. No es un invento de ahora.

Pero la historia también cuenta lo contrario. En España se ha votado en libertad desde 1977, con alternancias reales en el gobierno decididas por la ciudadanía. Y durante ese tiempo, las personas LGTBI han pasado de poder ser castigadas por su orientación a poder casarse y a ver su identidad reconocida en el Registro. Nada de eso habría ocurrido si todo el mundo se hubiera quedado esperando sentado a un político perfecto.

El orgullo, en ese sentido, también es político. Lo escribí en «El orgullo de un martes de noviembre»: la visibilidad no termina en junio, y la participación tampoco termina en las urnas.

Lo que quería decir la canción

«Un político español» no es un panfleto ni un llamamiento a votar a nadie. Es el retrato de un hartazgo, contado con la exageración de una conversación de bar. Quien habla es un personaje, no un manifiesto. Por eso funciona: porque mucha gente se reconoce en esa frustración.

Lo que he intentado aquí es mirar ese hartazgo con datos y sin sermones. La desconfianza en la política es alta y tiene razones. La abstención es una opción legal y comprensible. Y, al mismo tiempo, los derechos que hacen posible la vida de muchas personas LGTBI en España salieron de votaciones y pueden cambiar con otras. Esperar a un político perfecto puede llevar toda la vida. Mientras tanto, cada cual decide qué hace con su papeleta, con su enfado y con su tiempo.

Si la política te quita la paz

Las campañas electorales pueden ser especialmente duras para algunas personas LGTBI, cuando sus vidas se convierten en tema de debate y en las redes circulan mensajes de odio. Si te sientes desbordado, no tienes por qué seguir cada minuto de la campaña. Silenciar palabras, salir de algunos grupos y hablar con gente de confianza ayuda.

Si necesitas apoyo, estas líneas están disponibles:

  • 024: línea de atención a la conducta suicida, gratuita, confidencial y abierta a cualquier hora.
  • 112: emergencias.
  • Teléfono de la Esperanza: 717 003 717.
  • Fundación ANAR, para menores y adolescentes: 900 20 20 10.
  • Línea Arcoíris de FELGTBI+: 913 604 605.
  • Si has sufrido una agresión o un delito de odio, puedes llamar al 091 (Policía Nacional) o al 062 (Guardia Civil).

Fuera de España, contacta con los servicios de emergencia de tu país o busca una línea de ayuda en findahelpline.com.

Preguntas frecuentes

¿Cuándo son las próximas elecciones generales en España? El domingo 29 de noviembre de 2026. El calendario completo, con todos los plazos, lo publica la Junta Electoral Central.

¿Hasta cuándo puedo pedir el voto por correo? Hasta el 19 de noviembre de 2026, en cualquier oficina de Correos o por internet con DNI electrónico o certificado digital. El sobre con el voto se puede entregar en Correos hasta el 25 de noviembre.

¿Tengo que pedir el voto si vivo en el extranjero? No, si estás inscrito como residente ausente. Desde la Ley Orgánica 12/2022 la documentación se envía de oficio y ya no existe el voto rogado.

¿Qué diferencia hay entre votar en blanco y votar nulo? El voto en blanco es un sobre sin papeleta y cuenta como voto válido, por lo que entra en el cálculo del 3 % mínimo para obtener escaños. El voto nulo no se cuenta en el reparto.

¿Qué leyes LGTBI se aprobaron en el Parlamento español? Entre otras, la reforma de la Ley de Peligrosidad Social en 1978, la Ley 13/2005 del matrimonio igualitario, la Ley 3/2007 sobre la rectificación registral del sexo, la Ley 15/2022 de igualdad de trato y la Ley 4/2023 para la igualdad de las personas trans y LGTBI.

¿Quién escribe estas canciones? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid. La interpretación vocal de sus canciones se genera con inteligencia artificial.