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«El poeta es un fingidor»: Pessoa, «Hipócritas» y las dos maneras de fingir

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Hay un poema de cuatro versos que lleva casi un siglo dando vueltas por las clases de literatura, por las tazas de las tiendas de recuerdos de Lisboa y por las biografías de medio mundo. Lo escribió Fernando Pessoa y se titula «Autopsicografía». Empieza así:

«O poeta é um fingidor. / Finge tão completamente / Que chega a fingir que é dor / A dor que deveras sente».

En castellano, más o menos: el poeta es un fingidor; finge tan completamente que llega a fingir que es dolor el dolor que de veras siente.

La primera vez que lo entendí de verdad, y no solo que lo leí, me quedé un rato pensando. Porque Pessoa dice que el poeta finge, sí, pero finge algo que siente. No miente. Toma un dolor real y lo vuelve a fabricar con palabras, con ritmo, con imágenes, hasta que ese dolor fabricado se parece tanto al de verdad que ya no se sabe cuál es cuál.

Este texto va de ese fingir. Y de otro, muy distinto, que también conozco: el fingir de la careta. El que señalo en «Hipócritas», una canción que escribí para la gente que, en palabras del texto que acompaña al videoclip, «fingen moral, fingen cariño y fingen humanidad». Dos fingimientos. Uno que sirve para decir la verdad. Otro que sirve para taparla. Y en medio, alguien que durante mucho tiempo no supo distinguirlos.

Pessoa, el hombre que fue muchos

Antes de seguir, conviene recordar quién era Pessoa, porque su caso es extremo. Fernando Pessoa, nacido en Lisboa en 1888 y muerto en la misma ciudad en 1935, no se conformó con fingir un dolor. Fingió personas enteras. Inventó poetas con nombre, biografía, estilo y opiniones propias: Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Álvaro de Campos. Los llamó heterónimos. No eran seudónimos, que son solo nombres falsos. Eran otros yoes, con su manera de ver el mundo, que a veces se contradecían entre sí y discutían con el propio Pessoa.

Y lo más curioso es que nadie diría que Pessoa fuera un mentiroso. Nadie le acusa de hipocresía por haber sido Caeiro, Reis y Campos. Al contrario: se le considera uno de los poetas más sinceros del siglo veinte. Su fingimiento era tan completo, tan declarado, que se convirtió en una forma de verdad.

El fingimiento que se declara Ahí está, creo, la primera gran diferencia entre los dos fingimientos. El de Pessoa se declara. Él te dice: esto es un personaje, esto es un poema, esto es una construcción. Te invita a entrar en el juego sabiendo que es un juego. Y precisamente porque sabes que es un juego, puedes recibir la verdad que lleva dentro.

El fingimiento de la careta, en cambio, nunca se declara. Su fuerza está en que no lo sepas. Si supieras que esa sonrisa es una careta, la careta dejaría de funcionar. El hipócrita necesita que creas que lo que ves es lo que hay. Su juego solo funciona si tú no sabes que es un juego.

Lo que dice «Hipócritas»

«Hipócritas» es una de mis canciones más directas. El texto que acompaña al videoclip empieza con una dedicatoria: «Este videoclip es para vosotros, los de siempre: los que van de seres luminosos mientras esconden toda la mierda detrás de una sonrisa».

Fotogramas del videoclip oficial de «Hipócritas», de Mike Sain't Louis

Y un poco más abajo dice algo que me costó mucho escribir, porque era admitir algo: «“HIPOCRITAS” no es una canción, es un ajuste de cuentas. Un “ya está bien”. Un “me habéis tomado por tonto demasiados años”».

Demasiados años. Esa es la parte que duele. No es que alguien me engañara una vez. Es que durante mucho tiempo estuve rodeado de gente que decía una cosa y hacía otra, y yo, durante mucho tiempo, no lo vi. O lo vi y no me lo creí. O me lo creí y me callé.

Cada teatrillo Hay una frase del texto que lo resume todo: «Este vídeo es mi forma de devolver cada mentira, cada gaslighting, cada teatrillo que habéis montado para quedar bien mientras dejabais KO a otros por dentro».

La palabra teatrillo me parece muy precisa. Porque eso es lo que hace el hipócrita: teatro. Pero un teatro sin escenario declarado, sin telón, sin programa de mano. Un teatro en el que el público no sabe que es público. Y eso, para mí, es lo que lo convierte en algo dañino. Un actor en un escenario no engaña a nadie. Un actor que actúa en tu salón, haciéndote creer que es real, te está robando algo.

Los seres luminosos Me detengo en una expresión de la dedicatoria: «los que van de seres luminosos». Elegí esas palabras con cuidado, porque describen un tipo de careta muy concreta y muy de nuestro tiempo. No es la del villano clásico, el que se nota desde lejos. Es la de la persona que habla todo el rato de energía, de buenas vibraciones, de soltar, de perdonar, de ser tu mejor versión. La que reparte frases bonitas como quien reparte caramelos.

Lo luminoso, en sí, no tiene nada de malo. Me encanta la gente que ilumina. El problema empieza cuando la luz se usa como foco para cegar. Cuando el discurso positivo sirve para que nadie mire lo que pasa en la sombra. Cuando, si te quejas de algo que te ha hecho daño, la respuesta es que tienes que trabajar tu negatividad. Ahí la luz deja de iluminar y empieza a deslumbrar.

He aprendido a desconfiar un poco del exceso de brillo. No de la alegría, que la defiendo siempre, sino de esa luminosidad perfecta, sin una sola grieta, que no admite que nadie la cuestione. Las personas de verdad tienen sombras, y las enseñan de vez en cuando. Las caretas no. Las caretas siempre brillan igual.

Pessoa, por cierto, no fue nunca un ser luminoso. Sus poemas están llenos de cansancio, de dudas, de desasosiego. Y quizá por eso nos fiamos de él. Quien te enseña la sombra te está diciendo, sin palabras, que no te esconde nada.

Dos maneras de fingir

Me gusta poner los dos fingimientos uno al lado del otro, como dos personajes de una obra, para ver en qué se parecen y en qué se diferencian.

Se parecen en la superficie. Los dos construyen algo que no es exactamente lo que hay. El poeta construye un poema que no es exactamente su dolor, sino una versión trabajada, rimada, ordenada de su dolor. El hipócrita construye una imagen que no es exactamente él, sino una versión amable, luminosa, moral de sí mismo.

Pero se diferencian en tres cosas que para mí son fundamentales.

Hacia dónde apunta La primera es hacia dónde apunta el fingimiento. El poeta finge para acercarse a la verdad. Fabrica un dolor para que tú, al leerlo, sientas algo verdadero. Pessoa lo dice en la segunda estrofa del poema: los que leen lo que escribe sienten bien, en el dolor leído, no los dos dolores que él tuvo, sino uno que ellos no tienen. «Não as duas que ele teve, / Mas só a que eles não têm».

El hipócrita, en cambio, finge para alejarse de la verdad. Construye una imagen para que no veas lo que hay detrás. Su fingimiento no te acerca a nada; te aleja de todo.

Quién paga La segunda diferencia es quién paga el fingimiento. Cuando un poeta finge, el único que se expone es él. Pone su dolor, transformado, delante de todos. Es un acto de vulnerabilidad. Puede salir mal, pueden reírse, pueden no entenderle. Pero el riesgo es suyo.

Cuando un hipócrita finge, el que paga es otro. Es la persona a la que engaña, la que confía, la que se queda «KO por dentro», como dice el texto de la canción. El hipócrita no se expone nunca. Su careta le protege a él y deja al descubierto a los demás.

Qué pasa cuando se cae La tercera diferencia es qué pasa cuando el fingimiento se descubre. Si descubres que un poema es una construcción, el poema no pierde nada. Sigue funcionando. De hecho, a veces gana, porque admiras el trabajo que hay detrás.

Si descubres que una persona era una careta, todo se derrumba. Todo lo que habías vivido con ella cambia de color. Cada gesto amable se vuelve sospechoso. Cada consejo se vuelve hipócrita. Y te quedas con una pregunta horrible: ¿qué de todo aquello fue verdad?

El gaslighting: cuando te hacen dudar de lo que ves

En el texto de «Hipócritas» aparece una palabra que me importa mucho: gaslighting. Le dediqué una canción entera, «Gaslighting», porque es una de las cosas que más daño me han hecho y que más me ha costado nombrar.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «fingen moral, fingen cariño y fingen humanidad» de «Hipócritas»

El gaslighting es una forma de manipulación en la que alguien te hace dudar de tu propia percepción. Te dice que no pasó lo que viste. Que no dijo lo que oíste. Que estás exagerando, que te lo estás imaginando, que eres demasiado sensible. Y poco a poco, si te lo repiten lo suficiente, empiezas a creerlo. Es un mecanismo viejo, tan viejo como los mitos: en «Narciso, Eco y un lanzallamas» se cuenta cómo Eco acaba sin palabras propias, repitiendo solo las del otro. Eso es lo que hace el gaslighting: te quita tus palabras y te deja las suyas.

El fingimiento que te convierte en fingidor Lo más perverso del gaslighting es que te obliga a fingir a ti también. Empiezas a fingir que no ves lo que ves. Que todo va bien. Que no te duele. Que no te has dado cuenta. Y no es un fingimiento como el de Pessoa, que se declara y que sirve para decir algo. Es un fingimiento que te tapa a ti mismo, que te borra.

Durante un tiempo, yo también fui un fingidor. Pero no de los buenos. No fingía para decir la verdad, sino para sobrevivir a una mentira que no era mía. Fingía que no veía las caretas, porque verlas significaba tener que hacer algo, y no sabía qué hacer.

En el post sobre la canción ya se cuenta algo de esto: durante mucho tiempo me tocó callar, sonreír y hacer como que no veía las cosas. Esa sonrisa forzada, ese hacer como que no, era también una careta. Una careta que me ponía yo para no tener que enfrentarme a las caretas de los demás.

Volver a fiarse de lo que ves Lo que me sacó de ahí fue, en gran parte, escribir. Porque escribir es, entre otras cosas, un ejercicio de percepción. Para escribir sobre algo tienes que mirarlo. Tienes que decir: esto es lo que vi, esto es lo que oí, esto es lo que sentí. Y al ponerlo por escrito, empiezas a fiarte otra vez de lo que ves.

Cada canción que escribía era como un pequeño acta notarial de mi percepción. Esto pasó. Esto me dolió. Esto no me lo estoy inventando. Y cuanto más escribía, más confiaba en mis ojos. Es curioso: el fingimiento poético, el de Pessoa, me ayudó a salir del fingimiento de supervivencia. Fingir con palabras me ayudó a dejar de fingir con la cara.

Escribir como un notario Hay una idea sencilla que propongo por si a alguien le sirve. Cuando algo te chirríe, cuando sientas que lo que te dicen no encaja con lo que ha pasado, apúntalo. Sin adornos, sin interpretarlo, solo los hechos: qué día, qué se dijo, qué hiciste tú. No para usarlo contra nadie, sino para tener algo a lo que agarrarte cuando la duda vuelva.

Esas notas no son canciones. Son material en bruto. Pero se parecen mucho a lo que hace una letra cuando nombra lo que pasó. Y cada vez que relees una y compruebas que sí, que aquello pasó así, recuperas un trocito de suelo bajo los pies.

El tren de cuerda que se llama corazón

La última estrofa de «Autopsicografía» es mi favorita, y quiero copiarla entera porque me parece una de las imágenes más bonitas que conozco:

Collage con un detalle de la carátula de «Hipócritas» y las carátulas de «Gaslighting», «¡Que Polvo Tiene Paco León!»
«E assim nas calhas de roda / Gira, a entreter a razão, / Esse comboio de corda / Que se chama coração».

Y así, en los raíles, da vueltas, entreteniendo a la razón, ese tren de cuerda que se llama corazón.

Un tren de cuerda. Un juguete. Algo que alguien tiene que darle cuerda para que funcione, y que da vueltas y vueltas sobre unos raíles circulares. Así ve Pessoa el corazón: como un juguete que entretiene a la razón.

Darle cuerda al corazón Me gusta mucho esa imagen porque es a la vez triste y tierna. Triste porque el corazón parece algo mecánico, algo que da vueltas sin ir a ningún sitio. Tierna porque un tren de cuerda es un juguete de niño, algo que se mira con cariño.

Y me hace pensar en lo que hago cuando escribo. Le doy cuerda al corazón. Le doy cuerda para que dé vueltas, para que se mueva, para que haga ruido. Y mientras da vueltas, la razón mira, y entiende cosas que no entendía. Las canciones son, para mí, ese tren de cuerda. Un juguete serio. Algo que da vueltas sobre lo mismo, el dolor, la traición, el amor, y que al dar vueltas me ayuda a entender.

El hipócrita, en cambio, no le da cuerda al corazón. Le da cuerda a la careta. Y la careta da vueltas sin entender nada, sin sentir nada, solo para quedar bien.

«Aquí no voy a endulzar nada»

Hay una frase del texto de «Hipócritas» que me parece clave para entender por qué esta canción es tan directa: «Aquí no voy a endulzar nada».

Endulzar es otro tipo de fingimiento. Es suavizar las cosas para que no duelan, para que no molesten, para que no incomoden. Y es muy fácil pasarse la vida endulzándolo todo: más metáforas, más rodeos, más cuidado, para no molestar a nadie.

Cuándo endulzar y cuándo no No digo que endulzar esté siempre mal. Hay canciones que necesitan delicadeza, imágenes, rodeos. Como escribí en el texto sobre la sal y la mujer de Lot, a veces una imagen dice más que una frase directa. O como en «Voy a cortar esa rosa», donde la rosa y la espina hacen el trabajo que una explicación no podría hacer.

Pero hay momentos en que endulzar es seguir fingiendo. Momentos en que lo que hace falta es decir las cosas como son. Y «Hipócritas» es uno de esos momentos. Por eso no tiene metáforas bonitas, por eso dice las cosas con palabras que a algunos les parecerán groseras. Porque después de tantos años de endulzar, lo que necesitaba era sal.

Sobre la forma de esas letras más directas, que a veces no riman y parecen prosa, hablé en «Canciones que no riman». Creo que «Hipócritas» es de esas: un texto que se planta, que no busca la rima ni el adorno, que solo quiere decir.

«Esto no es rabia. Es libertad»

El texto de «Hipócritas» termina con una frase que me sorprendió a mí mismo cuando la escribí: «Esto no es rabia. Es libertad».

Ficha de la canción «Hipócritas» con su carátula: disco «El día de la liberación», letra y producción de Mike Sain't Louis

Me sorprendió porque, mientras escribía, pensaba que estaba escribiendo desde la rabia. Que era una canción de enfado, de venganza, de ajuste de cuentas. Y al final, al leerla entera, me di cuenta de que no. De que lo que sentía no era rabia. Era alivio. Era la sensación de quitarme un peso. De decir por fin lo que llevaba años callando.

La libertad de dejar de fingir Creo que esa es la libertad de la que habla la frase: la libertad de dejar de fingir. De quitarme mi propia careta, la de la sonrisa forzada, la de hacer como que no veía. No se trata de quitarles la careta a los demás, que eso no está en mi mano. Se trata de quitarme la mía.

Y cuando me la quité, descubrí algo. Que sin careta se respira mejor. Que ver las cosas como son, aunque duela, es menos agotador que fingir no verlas. Que la verdad, incluso la verdad incómoda, pesa menos que la mentira.

Pessoa sin careta Vuelvo a Pessoa una última vez. Él tenía muchas caretas, muchos heterónimos, muchos yoes. Y sin embargo, todas esas caretas le servían para ser más él, no menos. Cada heterónimo era una manera de explorar una parte de sí mismo que de otra forma no habría podido expresar.

Eso es lo que distingue, al final, una careta de un personaje. La careta te esconde. El personaje te revela. Los personajes de mis canciones, que son muchos y muy exagerados, me revelan. Y las caretas que señalo en «Hipócritas» esconden. Esa es toda la diferencia. Hace poco, escribiendo sobre la cornada que no se adorna, llegué a una idea parecida desde otro lado: el adorno que se nota despierta, y el que se esconde anestesia. Y aprender a verla me ha devuelto la confianza en mis propios ojos.

Lo que me llevo

Si tuviera que resumir lo que me enseñó juntar a Pessoa con «Hipócritas», sería esto: fingir no es malo en sí mismo. Lo que importa es para qué finges y a quién le cuesta.

El arte finge para decir la verdad, y el que se expone es el artista. La hipocresía finge para taparla, y el que paga es otro. Si alguna vez dudas de si alguien es un fingidor de los buenos o de los malos, pregúntate eso: ¿este fingimiento me acerca a algo verdadero o me aleja? ¿Quién se expone y quién paga?

Y si te ha tocado vivir rodeado de caretas, si te han hecho dudar de lo que veías, si has tenido que fingir tú también para sobrevivir, quiero decirte una cosa: lo que viste era real. Puedes volver a fiarte de tus ojos. A mí me ayudó escribir. A ti puede ayudarte escribir, o hablar, o pedir ayuda.

Si estás en España y lo estás pasando mal, puedes llamar al 024, que atiende la conducta suicida y también a quien acompaña; si corre peligro tu vida o la de otra persona, al 112. El Teléfono de la Esperanza está en el 717 003 717, y si quien sufre es un niño o un adolescente, la Fundación ANAR atiende en el 900 20 20 10. Desde otros países, findahelpline.com te dice a qué número llamar.

Sobre las palabras con que nombro a los mentirosos en mis letras hay un repaso entero en «Diez por ciento verdadero». Y para quien quiera entender de dónde viene tanto personaje exagerado, recomiendo «El camp no es un chiste aunque te rías». El videoclip de «Hipócritas» está en la página de vídeos, el texto completo en la sección de letras, y quién soy yo, sin careta, en la página sobre mí.

Preguntas frecuentes

¿Qué dice el poema «Autopsicografía» de Pessoa? Que el poeta es un fingidor que finge tan completamente que llega a fingir el dolor que de veras siente («O poeta é um fingidor»). La última estrofa compara el corazón con un tren de cuerda que da vueltas entreteniendo a la razón.

¿De qué trata «Hipócritas»? Es una canción de Mike Sain't Louis contra quienes «fingen moral, fingen cariño y fingen humanidad». El texto que acompaña al videoclip la define como un ajuste de cuentas y termina con la frase «Esto no es rabia. Es libertad».

¿Qué diferencia hay entre el fingimiento del poeta y el del hipócrita? El artículo propone tres: hacia dónde apunta (el poeta finge para acercarse a la verdad; el hipócrita, para taparla), quién paga (el poeta se expone él mismo; el hipócrita hace pagar a otros) y qué pasa cuando se descubre (el poema sigue funcionando; la careta lo derrumba todo).

¿Qué es el gaslighting? Una forma de manipulación en la que alguien te hace dudar de tu propia percepción: niega lo que viste u oíste y te dice que exageras o que te lo imaginas. Mike Sain't Louis le dedicó la canción «Gaslighting».

¿Dónde pedir ayuda si me han manipulado o lo estoy pasando mal? Llama al 024 si tienes pensamientos de hacerte daño o te preocupa alguien; al 112 ante un peligro inmediato; al Teléfono de la Esperanza, 717 003 717, para hablar con alguien; y a ANAR, 900 20 20 10, si eres menor. Fuera de España, consulta findahelpline.com.