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«Diez por ciento verdadero»: el diccionario del mentiroso en mis letras

«Liante, farsante, comercial de saldo.»

Así empieza la descripción del personaje central de «Doña Rogelia», el single número 122 de mi catálogo, del disco «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk». (La letra completa está en gayfolkplanet.com.) Ya escribí en otro texto sobre esa canción y su juego de ventrílocuo. Aquí la uso como puerta para otra cosa, porque ese verso y los que lo siguen son casi una entrada de diccionario: un catálogo de palabras para decir que alguien miente.

Liante. Farsante. Embaucador. Y luego una cuenta que me sigue haciendo gracia: «diez por ciento verdadero», «noventa por ciento falso». Como la etiqueta de composición de una prenda barata.

Este texto va del vocabulario de la mentira en mis canciones. De las palabras que uso para nombrar al mentiroso, de dónde vienen, qué matices tiene cada una y por qué el español tiene tantas maneras distintas de decir lo mismo. Es un tema que aparece mucho en mis letras, porque muchas de ellas hablan de relaciones en las que alguien no decía la verdad. Pero aquí no me interesa tanto la historia como las palabras.

Diez por ciento verdadero

Empiezo por la cuenta de «Doña Rogelia», porque dice algo muy fino sobre cómo funciona una mentira.

El personaje no es cien por cien falso. Es un diez por ciento verdadero. Y eso, que parece un detalle cómico, es en realidad la clave de cualquier engaño que funcione. Las mentiras completas se descubren enseguida. Las que duran son las que llevan dentro un poco de verdad, lo justo para que el resto parezca creíble. Un diez por ciento de verdad es el anzuelo. El noventa por ciento restante es lo que te tragas con él.

La canción lo cuenta con el lenguaje del comercio, y no es casual. Comercial de saldo, falsificación, sección de taras procedente de una devolución, coordinador de mercadillo. Todo el vocabulario es de tienda de rebajas, de producto defectuoso, de imitación. El mentiroso es presentado como una mercancía que no es lo que dice la etiqueta. Algo que compraste creyendo que era original y que resultó ser una copia.

Me gusta esa metáfora porque quita dramatismo y añade humor. Decir que alguien te engañó suena a tragedia. Decir que era un producto con un noventa por ciento de falsificación suena a reclamación en el servicio de atención al cliente. Y a veces, después de una relación así, eso es lo que uno necesita: dejar de verlo como una tragedia y empezar a verlo como una devolución.

Farsante viene del teatro

Hay algo curioso en muchas de las palabras que usamos para la mentira: vienen del teatro.

Farsante es, en origen, el actor que representaba farsas, un tipo de pieza teatral breve y cómica, muy popular durante siglos. Con el tiempo la palabra pasó a significar alguien que finge lo que no es o lo que no siente. La farsa dejó de ser un género y se convirtió en una acusación.

Con hipócrita pasa algo parecido. La palabra viene del griego, donde designaba al actor, al que interpretaba un papel en escena. Para los griegos, el hipócrita era simplemente alguien que actuaba. Fue la tradición posterior la que convirtió ese oficio en un defecto moral. Y persona, la palabra que usamos para cualquier ser humano, viene del latín, donde nombraba la máscara que llevaban los actores en el teatro.

Es decir, que nuestras lenguas guardan una sospecha muy antigua: la de que actuar y mentir son parientes cercanos. Y mis canciones lo recogen muchas veces. En «Gaslighting» el narrador dice que el teatro del otro ya no puede más. En «Hipócritas» la descripción oficial del vídeo habla de teatro barato. El mentiroso es, en mis letras, alguien que está siempre actuando para un público que no sabe que está en una función.

Lo que me hace gracia es que yo me dedico, en parte, a eso mismo. Escribo personajes, invento situaciones, pongo frases en boca de gente que no existe. Toda canción es una pequeña farsa. La diferencia es que el público sabe que está en el teatro. Y eso cambia todo.

Caretas y dobles caretas

Si el teatro es el origen de la palabra, la máscara es su imagen más repetida.

Fotogramas del videoclip oficial de «Doña Rogelia», de Mike Sain't Louis

En «Extravaganza» hay un personaje que, poco a poco, va mostrando la careta, y el narrador remata con una exclamación que no necesita explicación: qué sonrisa más falsa. En «Bareback» alguien advierte, con una de esas frases que parecen de abuela, que cuidado con la doble careta. Y en «Como en la matanza de Texas» aparece una máscara de inocencia, difícil de sospechar, que es casi la definición de un manipulador.

Careta es una palabra muy española, de carnaval y de cabalgata. Es la máscara barata, la de cartón o plástico, la que se compra en un bazar para una fiesta. No es una máscara veneciana ni una máscara de teatro griego. Es algo más doméstico, más de andar por casa. Y por eso funciona tan bien para hablar de mentirosos cotidianos: no son villanos de ópera, son gente con una careta de todo a cien.

La doble careta me parece todavía mejor. Implica que debajo de la primera máscara hay otra. Que cuando por fin crees haber descubierto quién es alguien, resulta que lo que has visto también era fingido. Es una imagen de desconfianza en capas, muy reconocible para quien ha pasado por una relación en la que cada descubrimiento llevaba a otro.

Y está la expresión que todo el mundo conoce: quitarse la careta. Se usa para el momento en que alguien deja de fingir, normalmente cuando ya no le hace falta. En muchas de mis canciones ese momento es el centro de todo: no la mentira en sí, sino el instante en que se cae.

A ese Pinocho

No hay mentiroso más famoso que el muñeco de madera al que le crece la nariz.

Carlo Collodi publicó «Las aventuras de Pinocho» en 1883, y desde entonces el nombre del personaje se ha convertido, en español, casi en un nombre común. Decimos que alguien es un pinocho, o que le está creciendo la nariz, y todo el mundo entiende. Es una de esas figuras literarias que han pasado del libro al habla de la calle.

En mis letras aparece varias veces. En «Ese Pinocho nunca me comía el chocho» el título ya lo dice todo, con su rima descarada, y dentro hay un verso que me parece de lo mejor de la canción: no voy a mentir, tú sí. Cuatro palabras que reparten los papeles. El narrador se coloca del lado de la verdad, y al otro le deja el suyo, sin necesidad de insultarle. Es una acusación construida con una simple oposición de pronombres.

En «La música me está salvando» el Pinocho aparece en la despedida: hasta nunca, Pinocho. Y antes hay una pregunta retórica, de las que no esperan respuesta, que termina con un insulto directo al mentiroso. Ahí ya no hay humor de cuento infantil. Hay rabia.

Me gusta usar a Pinocho porque tiene una ventaja sobre cualquier otra palabra: es visual. La nariz que crece es una imagen que cualquiera puede ver en su cabeza. Y además tiene algo de justicia poética, porque en el cuento la mentira se nota en el cuerpo. Es lo que a todos nos gustaría que pasara con los mentirosos de verdad: que la mentira se viera, que no hiciera falta investigar.

Miente, miente y miente

Hay un recurso que se repite en varias de mis canciones cuando hablan de un mentiroso: la triple repetición del verbo.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «Liante, farsante, comercial de saldo.» de «Doña Rogelia»

En «Carta de recomendación» el narrador, escribiendo sobre un ex para quien venga después, lo resume así: solo miente, miente y miente. En «Asqueroso coordinador» aparece casi lo mismo, dicho directamente al otro: solo mientes, mientes y mientes.

La repetición hace algo muy concreto. Convierte la mentira en un hábito, en una forma de estar. No es que alguien mintiera una vez. Es que miente como respira, de manera continua, sin pausas. El verbo repetido tres veces suena como un goteo, como algo que no se para. Y el «solo» del principio es igual de importante: no hace otra cosa. La mentira no es un defecto entre otros, es la actividad principal.

Hay un dato de psicología que me parece muy interesante aquí. En 1977 tres investigadores, Lynn Hasher, David Goldstein y Thomas Toppino, describieron lo que hoy se llama efecto de la verdad ilusoria: cuanto más veces oímos una afirmación, más tendemos a creerla, aunque sea falsa. La repetición hace que las cosas suenen verdaderas. Los mentirosos lo saben, aunque no hayan leído el estudio.

Lo que hacen estas canciones es darle la vuelta al truco. Repiten, sí, pero no la mentira, sino la acusación. Miente, miente y miente. A fuerza de repetirlo, quien escucha acaba sabiendo lo que el narrador tardó tanto en saber.

Un vocabulario entero para lo mismo

Pocas lenguas tienen tantas palabras para la mentira como el español de la calle.

Está la trola y la bola, que suenan a cosa pequeña, de niño o de bar. Está el embuste, más antiguo y con más peso. Está la patraña, que ya implica una historia elaborada. Está el cuento chino, que es la mentira tan exótica que no se la cree nadie. Está la milonga, que en algunos sitios se usa para el rollo que alguien te suelta para liarte. Está el paripé, que es la mentira representada, el teatrillo que se monta para quedar bien.

Y luego están los eufemismos, que me encantan. Faltar a la verdad, que es la manera de decir mentir en un juzgado o en un parlamento. La mentira piadosa, que es la que se perdona porque se supone que protege a alguien. Decir medias verdades. Adornar las cosas. No contar toda la historia.

En «Doña Rogelia» hay una palabra que me gusta especialmente: embaucadores. La canción dice que el arte, como el karma, a veces tarda, pero es infalible contra ellos. Embaucar es más que mentir. Es mentir para conseguir algo, para enredar a alguien y sacarle provecho. El liante, otra palabra de esa misma canción, es primo hermano del embaucador: alguien que lía, que mezcla las cosas, que crea confusión para que no se vea lo que hace.

El refranero, que tiene opinión para todo, también se ocupa del asunto. Se coge antes a un mentiroso que a un cojo. La mentira tiene las patas muy cortas. Son refranes optimistas, que prometen que el engaño se acaba descubriendo pronto. Quien ha vivido una relación larga con alguien que mentía sabe que no siempre es así, que a veces las patas de la mentira aguantan seis años. Pero se entiende el consuelo. El refrán dice lo que nos gustaría que fuera verdad.

Cada palabra tiene su matiz, y elegir la correcta es una de las partes más bonitas de escribir letras. No es lo mismo llamar a alguien mentiroso que farsante. El mentiroso dice cosas falsas. El farsante, además, las representa.

La mentira que te hace dudar

Hay un tipo de mentira que ha recibido nombre propio en los últimos años, y al que le dediqué una canción entera.

Collage con un detalle de la carátula de «Doña Rogelia» y las carátulas de «Gaslighting», «Extravaganza», «Como en la matanza de Texas», «Ese Pinocho nunca me comía el chocho»

La palabra gaslighting viene de una obra de teatro de Patrick Hamilton, «Gas Light», estrenada en 1938, que luego se llevó al cine varias veces, la más famosa en 1944, dirigida por George Cukor y protagonizada por Ingrid Bergman. En la historia, un marido manipula a su mujer para que crea que se está volviendo loca. Entre otras cosas, baja la intensidad de las lámparas de gas de la casa y luego le niega que la luz haya cambiado.

Es una mentira de un tipo especial, porque no busca que creas algo falso sobre el mundo, sino sobre ti. Que dudes de tu memoria, de tu percepción, de tu cordura. En «Gaslighting» el narrador responde a eso con una afirmación tajante: tu mentira no me va a callar. Y en «Dientes, dientes» aparece otra fórmula de rechazo, no me vengas con tu falsedad barata, que suena a quien ya ha visto el truco demasiadas veces.

Lo que me interesa de esta palabra es que vino del teatro, como farsante e hipócrita. Una vez más, la mentira se nombra desde el escenario.

El impostor y el holograma

Hay mentiras que no consisten en decir algo falso, sino en ser algo falso.

En «El impostor» el narrador cuenta cómo se enteró, después de seis años, de que el otro nunca había estado enamorado. Y la canción no se detiene en las grandes mentiras, sino en los detalles: mientras uno llevaba una semana llorando, el otro se hacía un selfie y le añadía un efecto. En el último día en la casa, el narrador escuchó llantos forzados. Esa expresión me parece terrible y exacta. Un llanto forzado es una emoción falsificada, una lágrima de mercadillo.

Impostor es una palabra muy precisa. No es el que miente sobre algo, sino el que se hace pasar por quien no es. Suplanta. Ocupa un lugar que no le corresponde. En una relación, el impostor es alguien que hizo el papel de pareja enamorada sin serlo.

En «El castigo más duro» la imagen va todavía más lejos, hacia la ciencia ficción: el moreno guapete de siete años resulta que era un holograma. Una pareja que era pura proyección, pura luz sin cuerpo. Es una broma, claro, pero una broma que dice mucho. Cuando descubres que alguien te ha mentido durante años, la sensación es exactamente esa: que lo que tenías delante no era sólido.

Mentir en otro idioma

Como muchas de mis canciones mezclan español e inglés, a veces el vocabulario de la mentira cruza también de un idioma al otro.

El inglés tiene sus propias palabras para esto, y algunas se han colado ya en el español de la calle. Fake, por ejemplo, que se usa para cualquier cosa falsa, de una noticia a una sonrisa. Two-faced, que es literalmente de dos caras, y que es casi la doble careta de «Bareback» con otra ropa. Phony, que suena a teléfono y significa farsante. Y en el patio de colegio anglosajón existe una cancioncilla de burla, liar, liar, pants on fire, mentiroso, mentiroso, se te queman los pantalones, que es el equivalente infantil a la nariz de Pinocho: la idea de que la mentira acaba notándose en el cuerpo, aunque sea en forma de incendio.

Me hace gracia comprobar que en todas las lenguas que conozco el mentiroso se describe con imágenes parecidas. Caras dobles, máscaras, narices que crecen, ropa que arde. Es como si en todas partes hubiera hecho falta inventar una señal visible para algo que, por definición, no se ve.

No voy a mentir

Hay otra cara del asunto que también aparece en mis letras: el narrador que presume de decir la verdad.

Ficha de la canción «Doña Rogelia» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Ese «no voy a mentir, tú sí» de «Ese Pinocho» es una toma de posición. Quien escribe la canción se coloca del lado de la sinceridad, y eso le da derecho a acusar. Es una postura muy de canción de desamor. El que habla es el honesto; el otro, el mentiroso. Y muchas veces es justo así.

Pero me gusta no fiarme del todo de esa postura, ni siquiera en mis propias canciones. En español hay una frase que todos hemos oído, es que yo soy muy sincero, que muchas veces sirve de excusa para decir algo cruel. La sinceridad también puede ser una careta. Por eso me gustan las canciones en las que el narrador no es perfecto, en las que exagera, se contradice o reconoce que también ha mentido para protegerse. Un narrador que solo dice verdades es tan poco creíble como un mentiroso que solo dice mentiras. Lo que suena real es la mezcla.

Gente falsa

A veces la mentira no viene de una persona, sino de un ambiente entero.

En «Judith Becker» el estribillo dice que es mejor estar solo con mis animales que rodeado de gente falsa, y la palabra falsa se estira en la letra publicada como un lamento largo. La misma canción habla de parejas farsantes que siempre te engañan. Aquí ya no hay un mentiroso concreto, hay un mundo que se percibe como falso, y la reacción es retirarse.

Entiendo esa reacción, y la canción la cuenta con humor y con verdad. Pero quiero decir algo que no está en la letra. Cuando alguien ha vivido mucho tiempo rodeado de mentiras, puede llegar a desconfiar de todo el mundo, a aislarse, a sentir que no hay nadie en quien apoyarse. Eso pesa mucho. Si te reconoces ahí, no es culpa tuya, y no tienes que cargarlo solo. Hablar con alguien de confianza o con un profesional ayuda. Y si en algún momento sientes que no puedes más o piensas en hacerte daño, en España puedes llamar al 024, gratuito y disponible a todas horas, o al 112 si hay un peligro inmediato. Si estás fuera de España, llama al número de emergencias de tu país.

Una mentira que dice la verdad

Termino con una paradoja que me acompaña cada vez que escribo.

Mis canciones están llenas de personajes inventados. Los nombres son ficticios, las situaciones están exageradas, las frases se ponen en boca de gente que no existe. Por las reglas de cualquier diccionario, una canción es una invención. Y sin embargo, cuando alguien escucha una canción sobre un mentiroso y reconoce a su ex, a su jefe o a su amigo falso, lo que siente es que la canción dice la verdad.

Picasso dijo una vez una frase que se ha repetido mucho: que el arte es una mentira que nos acerca a la verdad. No sé si estaría de acuerdo con todo lo que pensaba Picasso, pero esa frase la entiendo muy bien. Una letra puede ser un noventa por ciento inventada y un diez por ciento real, como el personaje de «Doña Rogelia» pero al revés. Lo inventado es la forma. Lo real es lo que se siente.

La diferencia entre una canción y una mentira está en el pacto. Quien escucha sabe que es una canción. Nadie le está intentando engañar para sacarle algo. Por eso el farsante del teatro y el farsante de la vida, aunque compartan palabra, son cosas opuestas. Uno finge para que veas algo. El otro finge para que no lo veas.

Preguntas frecuentes

¿Qué canciones de Mike Sain't Louis hablan de la mentira? Entre otras, «Doña Rogelia» (liante, farsante, diez por ciento verdadero), «Ese Pinocho nunca me comía el chocho», «Carta de recomendación» (miente, miente y miente), «Gaslighting», «El impostor», «Extravaganza» (la careta) y «Judith Becker» (la gente falsa).

¿De dónde viene la palabra farsante? Del teatro: el farsante era el actor que representaba farsas, piezas breves y cómicas. Con el tiempo pasó a significar alguien que finge lo que no es. Hipócrita, del griego, también designaba al actor.

¿Qué es el gaslighting? Una forma de manipulación en la que alguien te hace dudar de tu propia memoria o percepción. El nombre viene de la obra «Gas Light» de Patrick Hamilton (1938) y de su adaptación al cine de 1944.

¿Quién escribe estas canciones? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid, que se presenta como el primer cantautor IA. La música y las voces de sus canciones se hacen con inteligencia artificial.

¿Dónde pedir ayuda si me siento aislado después de una relación así? Habla con alguien de confianza o con un profesional. Si sientes que no puedes más, en España llama al 024 (gratuito, 24 horas); en peligro inmediato, al 112. Fuera de España, al número de emergencias local.

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