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Canciones que no riman: por qué algunas de mis letras son prosa con base

Un punto y aparte. En una canción. Ahí, en mitad de la letra, como en una redacción de cuarto de la ESO o en una carta al banco.

«Me han dicho muchas veces que usar IA no es arte. / Que lo que hago no cuenta. / Que eso lo hace una máquina.»

Así empieza la letra de «Tampoco te escandalices tanto». No hay rima. No hay métrica que se pueda contar con los dedos. Hay frases enteras, con su verbo y su punto final, como las de un periódico. Y es una canción. Está en el primer disco de la trilogía, con su base, su producción y su carátula, y se escucha como cualquier otra.

No es la única. En mi catálogo hay unas cuantas letras que son prosa. Un manifiesto con emojis. Una dedicatoria firmada con mi nombre en mayúsculas. Una denuncia de bañadores robados que empieza con «para empezar» como un escrito al juzgado. Un texto seco sobre el castigo sexual del narcisista que no tiene ni un estribillo.

Este texto va de esas canciones. De por qué algunas letras me salen en prosa, de lo que gano y de lo que pierdo cuando no rimo. La ficha de «Tampoco te escandalices tanto» ya cuenta qué defiende el manifiesto. Aquí hablo de su forma.

La rima como uniforme

La rima es el uniforme de la canción. Cuando oyes algo que rima, tu cabeza dice «esto es una canción», igual que cuando ves a alguien con casco y chaleco naranja piensa «esto es un obrero». Es una señal. Te coloca. Te dice qué esperar.

Y yo rimo mucho, que conste. Rimo hasta la vergüenza. Pinocho con chocho, mito con vómito, Recio con precio. Me encanta la rima fácil, la de patio de colegio, la que se te pega como un chicle en la suela. Hay canciones mías que son casi solo rima.

Pero hay textos que no quieren uniforme. Que si se lo pones, mienten. Un manifiesto que rima parece un anuncio de colonia. Una denuncia que rima parece un villancico. Una explicación del castigo sexual en una pareja, si rima, se convierte en una canción del verano, y eso sería una falta de respeto a quien lo ha sufrido.

Así que, en esos casos, me quito el uniforme. Y escribo como hablo cuando hablo en serio: en prosa.

Cuatro textos sin rima

Para que se vea mejor, te hago un pequeño inventario de cuatro letras mías en prosa, cada una con su motivo.

  • «Tampoco te escandalices tanto» es un manifiesto. Está escrito con emojis, con frases cortas de declaración, con un «Bienvenidos a GAYFOLK» al final. Es prosa porque los manifiestos son prosa: nadie firmaría una declaración de principios en pareados.
  • «Ni con un palo» es un texto sobre el castigo sexual del narcisista. Lo cuento más abajo, y en su ficha. Es prosa porque el tema pide frases secas, de diagnóstico.
  • «El canario que miente» es una dedicatoria. Empieza con «este tema va por todos esos» y termina con mi firma. Es prosa porque las dedicatorias son prosa, como las de los libros.
  • «Un falso amore se ha llevado mis bañadores de marca» empieza en prosa y termina en verso. Es la más curiosa, porque mezcla las dos cosas: primero la denuncia, luego el estribillo.

Cuatro razones distintas para no rimar. Ninguna es pereza. Y si alguien piensa que no rimar es más fácil, que lo intente: sin la muleta de la rima, cada frase tiene que sostenerse sola, como un bebé que da sus primeros pasos por el pasillo sin agarrarse al sofá. Si la frase es floja, se cae, y no hay sonido bonito que la recoja del suelo.

El texto más seco

De las cuatro, la que más me cuesta releer es «Ni con un palo». No por mal escrita, espero, sino porque es la más seria. Es un texto sobre el castigo sexual en una relación con un narcisista: no tocar, no mirar, no acercarse, como forma de control. Y está escrito sin un solo adorno.

Fotogramas del videoclip oficial de «Tampoco te escandalices tanto», de Mike Sain't Louis
«No es rechazo, es cálculo.»

Esa frase es el corazón del texto. Cinco palabras. Si la hubiera rimado, se habría convertido en otra cosa. «No es rechazo, es cálculo, es un mecanismo diabólico», o alguna barbaridad así, con su rima en «-ico» y su cara de estribillo. Y habría perdido lo que tiene, que es la frialdad de un diagnóstico. Suena a médico, a forense, a alguien que ha visto muchos casos y ya no se sorprende.

La prosa me permite eso: escribir frases que suenan a informe. Y cuando el tema es la violencia silenciosa, el informe es más respetuoso que la canción. No convierte el dolor de nadie en una melodía pegadiza. Lo nombra y ya está.

Si quieres leerla entera, la tienes en su página de letras. Te aviso de que no tiene ni un chiste. Es de las pocas.

El riesgo del sermón

La prosa tiene un peligro que conviene confesar, y es el sermón.

Cuando escribes en prosa sobre algo serio, es muy fácil ponerse estupendo. Empezar a dar lecciones. Hablar desde un púlpito, con el dedo levantado, como el cura de la parroquia en la misa de doce. El verso te protege de eso, porque la rima y el ritmo te obligan a ser breve y un poco juguetón. La prosa no te protege de nada. Puedes enrollarte hasta el infinito.

Mi manera de defenderme es la frase corta. Si lees el manifiesto o «Ni con un palo», verás que casi todas las frases son cortas. Una idea, un punto. Otra idea, otro punto. Eso evita que el texto se convierta en una homilía. Es prosa, pero prosa con prisa.

Y la otra defensa es el humor, cuando el tema lo permite. El manifiesto tiene un título de madre y un emoji de máscaras. La denuncia de los bañadores tiene un selfie con la madre recortada. Incluso cuando escribo en serio, intento dejar una ventana abierta para que entre el aire. Excepto en «Ni con un palo», donde la ventana está cerrada a propósito.

Un sermón es prosa que se ha olvidado de que alguien la está escuchando.

La prosa de las redes

Hay una razón más, muy de nuestra época, por la que creo que la prosa entra en las canciones con más naturalidad que antes: las redes sociales.

Hoy todo el mundo escribe prosa a diario. Mensajes, comentarios, publicaciones largas en las que alguien cuenta su ruptura, su despido o su diagnóstico. Los hilos interminables de X, los textos de Instagram debajo de una foto en blanco y negro, los audios transcritos de WhatsApp. Nunca en la historia se había escrito tanta prosa personal, tan expuesta, tan leída por desconocidos.

Y eso ha cambiado el oído de la gente. Ya no extraña que alguien cuente algo íntimo en párrafos. Estamos acostumbrados a leer confesiones en prosa entre una foto de un perro y un anuncio de zapatillas. Así que una canción que suena a publicación larga no desentona tanto como habría desentonado hace treinta años.

Mis letras en prosa, en ese sentido, son hijas de su tiempo. Son publicaciones con base. Textos que podrían estar debajo de una foto y que, en lugar de eso, están encima de una producción musical.

Lo que no tienen es el filtro en blanco y negro. Eso se lo dejo al falso amore.

Lo que se gana: la frase entera

Lo primero que gano cuando escribo en prosa es la frase entera. Con su sujeto y su verbo. Sin cortar donde lo pide la rima, sino donde lo pide el sentido.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «Donde la emoción sigue siendo humana, aunque el pincel sea digital.» de «Tampoco te escandalices tanto»

Mira esta del manifiesto:

«La diferencia es que yo no uso la IA para esconderme, la uso para revelarme.»

Si tuviera que rimarla, la tendría que partir, retorcer, buscar una palabra que acabara en «-arme» para emparejarla. Y probablemente perdería la claridad. En prosa, la frase llega entera, con su coma en el sitio y su contraste limpio entre los dos verbos. Se entiende a la primera. Es un argumento, y los argumentos necesitan frases enteras.

En verso, muchas veces escribes lo que cabe. En prosa, escribes lo que quieres decir.

Lo que se gana: el tono de verdad

Lo segundo que gano es el tono. La prosa suena a verdad de una forma en que el verso no suena.

Piensa en cómo hablamos cuando contamos algo que nos ha pasado de verdad. No rimamos. Nadie llega al bar y dice «anoche en la cena, me dio mucha pena». Llegamos y decimos «tía, para empezar, que ayer me pasó una cosa que no te vas a creer». La prosa es el idioma de la anécdota real, del testimonio, de la confesión.

Por eso, cuando una letra mía quiere sonar a testimonio, a «esto pasó», le quito la rima. Como en el arranque de «Un falso amore», que es puro relato de barra: «para empezar, si ya habíamos roto desde hacía una semana…». Nadie duda de una frase que empieza con «para empezar». Suena a alguien que tiene pruebas.

El verso suena a canción. La prosa suena a que te lo están contando.

Lo que se pierde: el estribillo que se pega

Ahora, lo que se pierde, que también hay que decirlo.

Una canción en prosa se pega menos. No tiene ese gancho de la rima que te hace repetir la frase en la ducha. Es más difícil de recordar, más difícil de corear, más difícil de convertir en un vídeo corto de quince segundos. Si quieres un éxito del verano, la prosa es mala idea. Lo sé. Lo asumo.

Por eso muchas de mis letras en prosa tienen trampas. Pequeños anzuelos que funcionan como estribillo aunque no rimen. En el manifiesto, ese anzuelo es el título, que es una frase de madre y se recuerda sola. En «Un falso amore», el anzuelo es el estribillo en verso que llega después de la prosa, con su «das asco» repetido. En «El canario que miente», el anzuelo es una imagen: el trozo de pan que siempre tiene veneno.

La prosa necesita un gancho que no sea la rima. Una imagen, un título, una frase que funcione como refrán.

Lo que se pierde: el baile

La otra cosa que se pierde es el baile. Es más difícil bailar una frase larga que no tiene acentos regulares. El verso tiene un pulso, como un corazón. La prosa respira como quiere.

En el blog hay un texto sobre escribir para que te bailen y escribir para que te lean, y ahí está la clave. Hay canciones que escribo para la pista y canciones que escribo para la página. Las de prosa son, casi siempre, de página. Están hechas para leerse, o para escucharse con atención, con la letra delante.

Y aquí entra algo que me parece importante de cómo trabajo. Yo escribo las letras, sin IA. La música y las voces de mis canciones están hechas con herramientas de IA, como Suno; soy letrista, compositor y productor, y no pongo la garganta. Eso, en el caso de la prosa, tiene una consecuencia curiosa: la letra en prosa le pide a la producción que se adapte a ella, y no al revés. No escribo para encajar en un ritmo. Escribo, y luego el ritmo se busca la vida alrededor de mis frases.

Los emojis

Una cosa que me hace mucha gracia del manifiesto es que tiene emojis dentro de la letra. Las máscaras de teatro, las chispas, el disco, el arcoíris. Están ahí, en el texto publicado, como parte de la letra.

Collage con un detalle de la carátula de «Tampoco te escandalices tanto» y las carátulas de «Ni con un palo», «El canario que miente»

Los emojis son prosa de móvil. Son la puntuación de nuestra época. Nadie escribe un poema con emojis, pero todos escribimos mensajes con ellos. Y meterlos en una letra es reconocer que esa letra se parece más a un mensaje que a un poema. Es un texto para leer en una pantalla, entre una notificación y otra, como se lee un WhatsApp largo de tu mejor amiga.

Me gusta esa honestidad. El manifiesto no finge ser un soneto. Finge ser un post. Y en realidad es una canción.

La firma al pie

Otra marca de prosa que uso: la firma. En «El canario que miente», el texto termina con mi nombre en mayúsculas, precedido de una raya, como una carta. Y con el título del disco debajo, como el membrete de una empresa.

Firmar una letra es un gesto muy raro en música. Las canciones no se firman dentro de la canción; el nombre va en la carátula, en los créditos, en la plataforma. Pero las cartas sí se firman. Los manifiestos sí se firman. Las denuncias sí se firman. Y cuando una letra mía es eso, una carta o una denuncia, me parece natural que lleve la firma al pie.

Es como decir: esto lo digo yo, con mi nombre, y me hago responsable. No es una canción anónima que flota en el aire. Es un texto con autor. Que, por cierto, es justo lo que defiende el manifiesto sobre la IA: que detrás de cada letra hay alguien.

La puntuación como música

Cuando no hay rima, la música de una letra la pone la puntuación. Es algo que aprendí escribiendo en prosa y que ahora uso también en verso.

El punto es un silencio largo. La coma, uno corto. Los dos puntos son un redoble, el instante antes de soltar la sentencia. Los puntos suspensivos son una respiración contenida, como en el trozo de pan del canario, que se queda colgando antes de revelar el veneno. Y el signo de exclamación es un golpe de bombo.

En el manifiesto casi todo son puntos. Frase, punto. Frase, punto. Eso le da un ritmo de declaración, de alguien que habla despacio y con firmeza, sin dejar que le interrumpan. Es el ritmo de una persona que ha ensayado lo que va a decir delante del espejo del baño y ahora lo suelta sin titubear.

En la denuncia de los bañadores, en cambio, todo son comas. Frases larguísimas que se encadenan con «y», con «además», con «es más», como quien no puede parar de hablar porque tiene demasiadas cosas que contar. Es el ritmo de la indignación, el del vecino que te para en el portal para explicarte lo del contador del agua y no te deja ir hasta que llega el ascensor.

Dos textos en prosa, dos músicas distintas. Y ninguna necesita rima.

Lo bonito es que esta música de la puntuación se ve en la página. Si lees la letra mientras suena la canción, la notas: los puntos donde la producción respira, las comas donde corre. La partitura está escrita con signos que te enseñaron en el colegio para otra cosa.

Cómo sé que una letra quiere ser prosa

Me preguntarás cómo sé, cuando empiezo una letra, si va a ser prosa o verso. No tengo una regla fija y no te la voy a inventar. Pero sí puedo decirte qué señales reconozco cuando releo lo que he escrito.

Ficha de la canción «Tampoco te escandalices tanto» con su carátula: disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Si la frase se resiste a partirse, si cada vez que intento cortarla para rimar pierde el sentido, probablemente quiere ser prosa.

Si el tema es un testimonio, algo que pasó y que quiero contar con pruebas, probablemente quiere ser prosa.

Si el tono es de manifiesto, de carta, de dedicatoria, de denuncia, de diagnóstico, probablemente quiere ser prosa.

Y si al leerla en alto me suena a anuncio de colonia cuando rima, ya no hay duda: prosa.

Al revés, si la frase quiere bailar, si el tema es una fiesta, un ligue, una burla, un chiste de patio, entonces rimo sin piedad. Pinocho, chocho. Que se pegue.

Prosa con base

Me gusta llamarlas así: prosa con base. Porque no son poemas recitados ni monólogos de teatro. Son canciones. Tienen su producción, su ritmo, su música. Solo que la letra que va encima no rima.

En la tradición de la música en español hay antecedentes, claro. Los recitados de la copla, cuando la folclórica deja de entonar y habla, con el pañuelo en la mano, mirando al público. Las intros habladas de las baladas de los ochenta, con su «amor mío, hoy te escribo…». Los monólogos que meten algunos raperos en mitad de un tema. La prosa con base no la he inventado yo. Solo la uso mucho.

Y la uso, sobre todo, cuando tengo algo serio que decir y no quiero que la rima lo convierta en un chiste. O cuando tengo algo gracioso que decir y quiero que la falta de rima lo haga parecer serio, que también funciona. Una denuncia de bañadores robados escrita con la solemnidad de un atestado tiene más gracia que la misma denuncia en pareados.

Para leer con la letra delante

Si quieres probar estas canciones, te recomiendo una cosa que ya conté en el blog, en el texto sobre cómo leer una letra mientras la escuchas. Con las letras en prosa es casi obligatorio. Pon la canción, abre la letra en la página de letras y síguela con los ojos. Vas a ver frases enteras que la música va colocando poco a poco, como quien coloca los muebles en una casa nueva.

Empieza por el manifiesto, que es corto. Sigue con la dedicatoria de «El canario que miente». Termina con «Ni con un palo», que es la más seria. Y si te quedan ganas, ponte «Un falso amore» para ver cómo se pasa de la prosa al verso en una misma canción.

Lo tienes todo en la lista de singles.

Un punto final

Vuelvo al punto y aparte del principio. En una canción, un punto y aparte es casi un acto de rebeldía. Es decir: aquí no hay estribillo, aquí no hay rima, aquí hay una frase que termina y otra que empieza, como en la vida.

El manifiesto lo dice a su manera al final, con su bienvenida a GAYFOLK y su emoción humana aunque el pincel sea digital. Yo lo digo aquí con menos emojis: hay cosas que no se pueden rimar sin mentir un poco. Y para esas cosas está la prosa.

Punto.

Preguntas frecuentes

¿Hay canciones de Mike Sain't Louis que no riman? Sí. «Tampoco te escandalices tanto» es un manifiesto en prosa, «Ni con un palo» es un texto seco sobre el castigo sexual del narcisista, «El canario que miente» es una dedicatoria firmada y «Un falso amore se ha llevado mis bañadores de marca» empieza en prosa y termina en verso.

¿Por qué escribe algunas letras en prosa? Porque hay temas que piden frases enteras y tono de testimonio, como un manifiesto, una carta o una denuncia. La rima, en esos casos, los haría sonar a anuncio o a chiste.

¿Quién escribe las letras? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. Las letras son suyas y están escritas sin inteligencia artificial; la música y las voces se hacen con herramientas de IA como Suno.

¿Dónde se pueden leer estas letras? En gayfolkplanet.com/letras, con una página para cada canción, y la del manifiesto en gayfolkplanet.com/letras/tampoco-te-escandalices-tanto.

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