
By Mike Sain't Louis ·
«El concurso literario»: el Trivial de Navidad, los concursos de la tele y el arte de perder con dignidad
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Rosa sobre rosa, con letras altas y estrechas de cartel antiguo. La portada de «El concurso literario» parece arrancada de una pared de los años setenta, con el papel algo gastado en los bordes. En la imagen aparezco a la derecha, con el pelo revuelto, barba de varios días, un pendiente y una camisa rosa claro abierta. No miro a cámara: miro de reojo hacia un lado, con una expresión entre la sospecha y la paciencia. Es la cara de alguien que espera el veredicto de un jurado y ya intuye que no le va a gustar.
La canción forma parte del segundo disco de la trilogía, «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», y el videoclip oficial está en YouTube desde el 5 de junio de 2026. Su letra todavía no se ha publicado, así que no la cito. Pero esa mirada de reojo me sirve para hablar de algo que todos hemos vivido: la competición doméstica. No los grandes premios literarios, sino los concursos pequeños de la vida diaria. El Trivial de Navidad. El programa de la tarde al que le gritas las respuestas. El juego de mesa que acaba con dos hermanos sin hablarse hasta Reyes.
Escribo como letrista, compositor y productor musical, que en la práctica significa alguien que se pasa el día buscando palabras. Lo cual debería darme ventaja en los juegos de palabras. No me la da. En el Scrabble familiar he perdido contra gente que solo sabía palabras de dos letras.
Esa mirada de reojo
Me hace gracia la cara de la portada porque la reconozco en todas las mesas de juego. Es la cara de quien acaba de oír la respuesta correcta y sabe que la tenía en la punta de la lengua. La de quien sospecha que el que lee las tarjetas está haciendo trampas. La de quien observa al cuñado que se sabe todas las capitales de Asia y se pregunta en qué momento de su vida decidió memorizarlas.
Los concursos sacan lo mejor y lo peor de nosotros. Gente adorable se transforma en estrategas despiadados. Gente tranquila empieza a dar golpes en la mesa. Gente que nunca ha mentido empieza a esconder billetes del Monopoly debajo del cenicero. Un concurso, por pequeño que sea, es un laboratorio del carácter. Y casi siempre el experimento sale regular.
El Trivial de Navidad
No hay concurso más temido en España que el Trivial de Navidad. Se saca la caja después de la comida, cuando todo el mundo está lleno y medio adormilado. Alguien propone jugar «una partidita». Esa partidita va a durar tres horas, va a provocar dos discusiones y va a dejar al menos a una persona herida en su orgullo.
El juego lo inventaron dos periodistas canadienses a finales de los años setenta, y se convirtió en un éxito mundial. Lo que no sabían es que estaban creando un instrumento para medir tensiones familiares. Porque el Trivial no mide cuánto sabes. Mide cuánto aguantas que tu tía te corrija la pronunciación de un río ruso.
Y suele competir con otra tradición sagrada de la sobremesa: la cabezada. Dejé escritas las normas no escritas de la siesta, y una de ellas debería ser que nadie saque el Trivial mientras alguien de la familia ya está roncando en el sofá.
Las cajas de Trivial de las casas españolas tienen una particularidad: suelen ser antiguas. Muy antiguas. Las tarjetas preguntan por países que ya no existen, por récords que se batieron hace décadas, por el último disco de alguien que ya ha sacado veinte más. Responder bien exige no saber la respuesta actual, sino la de hace treinta años. Es un concurso de arqueología.
Hablé de las familias y sus espinas en el texto sobre familia de sangre, suegras, madres y hermanos. El Trivial es una de esas espinas, pero de las simpáticas. Y tiene una ventaja: mientras discutimos sobre la capital de Australia, no discutimos sobre otras cosas.
Los quesitos y la justicia
En el Trivial no se gana con puntos, sino con quesitos. Seis quesitos de colores que hay que conseguir contestando bien en las casillas especiales. Y alrededor de los quesitos se desarrolla una forma muy particular de justicia.

Están las preguntas fáciles, que siempre le tocan al otro. Están las preguntas imposibles, que siempre te tocan a ti. Está la categoría que dominas, que nunca sale cuando la necesitas. Y está la categoría que odias, que sale una y otra vez como si el dado tuviera intenciones. Yo tengo una relación complicada con Deportes. Ya escribí sobre fingir que sabes quién ganó la liga, y en el Trivial ese fingimiento no sirve de nada: o sabes quién ganó el Mundial de no sé qué año o te quedas sin quesito naranja.
Luego están las respuestas aproximadas. «¿Quién pintó tal cuadro?» «Uno italiano.» «No, hay que decir el nombre.» «Pero era italiano, ¿no?» «Sí.» «Pues medio quesito.» No existe el medio quesito. Pero la negociación por el medio quesito es uno de los grandes momentos de la Navidad española.
El Monopoly que rompe familias
Si el Trivial produce discusiones, el Monopoly produce rupturas. Es un juego diseñado para que todo el mundo acabe arruinado menos uno, y ese uno suele ser la persona más insoportable de la mesa. Dura horas. Nadie se acuerda de las reglas exactas. Y siempre hay alguien que hace de banca y que, misteriosamente, termina con más dinero que los demás.
Lo curioso es que el juego tiene un origen irónico. A principios del siglo veinte, una mujer estadounidense, Lizzie Magie, creó un juego de tablero para mostrar lo injusto que era el sistema de los grandes propietarios. Con el tiempo, aquella idea crítica se convirtió en un juego en el que el objetivo es justamente ser el propietario más grande y desplumar a los demás. Si alguna vez te has sentido mal por cobrar el alquiler de un hotel en la calle más cara a tu sobrino de nueve años, ahora sabes que no es culpa tuya: es la historia la que te ha puesto en esa posición.
En mi experiencia, las partidas de Monopoly se terminan de tres formas. Una: alguien gana de verdad, cosa que ocurre muy pocas veces. Dos: alguien se aburre, recoge sus fichas y se va a ver la tele, lo que convierte la partida en una guerra de desgaste. Tres: alguien tira el tablero, accidentalmente o no, y los billetes vuelan por el salón. La tercera es la más frecuente.
Gritarle a la tele
Hay un concurso que se juega en casi todas las casas sin necesidad de tablero: el programa de la tarde. «Saber y ganar», que lleva desde 1997 en la televisión pública. «Pasapalabra», que lleva desde el año 2000 en distintas cadenas. «Cifras y letras», para los nostálgicos. Y antes, mucho antes, el «Un, dos, tres», con su calabaza Ruperta y sus tacañonas.
La relación del espectador español con los concursos de la tele es apasionada. Gritamos las respuestas al aparato como si el concursante pudiera oírnos. Nos indignamos cuando falla una pregunta que nosotros sabíamos. Y cuando no sabemos la respuesta, guardamos un silencio digno y comentamos que esa pregunta era muy rebuscada.
En el sofá, todos somos campeones. Sabemos la palabra del rosco, la capital, el año de la batalla. Sin presión, sin focos, sin reloj, el cerebro funciona de maravilla. Yo he resuelto mentalmente roscos enteros desde el sofá y luego, en una partida con amigos, me he quedado en blanco con la letra A. El concurso de la tele es el único en el que nunca perdemos, porque nadie nos pide cuentas.
El que se sabe todas
En toda familia y en todo grupo de amigos hay una persona que se sabe todas las respuestas. Es una figura que inspira admiración y fastidio a partes iguales. Sabe la altura del Everest, el nombre del primer astronauta, la fecha de la Revolución francesa, la composición química del agua oxigenada y el nombre completo de los siete enanitos. Y no se calla ninguna.

Esa persona tiene un problema: nadie quiere jugar contra ella. Así que acaba siempre en un equipo con los más flojos, para compensar. Y aun así gana. Lo cual produce un ambiente parecido al de un partido en el que uno de los jugadores es profesional y el resto lleva chanclas.
Hay una versión todavía peor: el que se sabe todas pero se equivoca con seguridad. Contesta rapidísimo, con aplomo, mirando a los demás por encima del hombro. Y falla. Pero como lo ha dicho tan convencido, nadie se atreve a comprobarlo hasta que alguien saca el móvil. Y entonces llega la discusión sobre si consultar el móvil está permitido. Ya escribí en el texto sobre discutir por mensajes que hay discusiones que empiezan con poco. La del móvil en el Trivial empieza con una pregunta de Geografía y acaba con viejos agravios de 1998.
El concurso de redacción del colegio
El título de la canción me lleva también a otro tipo de concurso, más tierno: los concursos de redacción del colegio. Esos certámenes en los que había que escribir sobre «el árbol», «la paz» o «mi pueblo», y en los que el premio era un diploma y un libro con dedicatoria del director.
Recuerdo esa sensación de escribir para un jurado invisible. Uno intentaba adivinar qué querían leer los profesores: ¿algo bonito? ¿algo serio? ¿algo con muchas palabras difíciles? Y casi siempre ganaba quien había descubierto la fórmula exacta: una redacción correcta, emotiva y sin sorpresas. Las redacciones raras, las que se salían del tema o se reían de él, solían quedar fuera.
Me parece que la mirada de reojo de la portada tiene algo de eso. Es la mirada de quien sabe que el jurado prefiere lo previsible. Y que, aun así, decide no escribir lo previsible. Esa pequeña rebeldía de colegio es, para mí, el principio de cualquier vocación de escribir. Ganar el concurso está bien. Escribir algo propio está mejor.
El quiz del bar
En los últimos años se han puesto de moda en muchas ciudades los concursos de preguntas en los bares. Una noche a la semana, equipos de amigos se reúnen alrededor de una mesa con un papel, un bolígrafo y un nombre de equipo que intenta ser ingenioso y casi nunca lo es. Un presentador con micrófono lee preguntas de cultura general, música y actualidad, y al final se reparten premios modestos: una ronda gratis, una camiseta, un vale.
Me parece un plan estupendo, porque combina tres cosas que nos gustan mucho: estar con amigos, presumir de saber cosas y quejarnos del jurado. Es una versión pública del Trivial de Navidad, pero con la ventaja de que el que se sabe todas puede ser de otro equipo, y por tanto se le puede odiar sin culpa.
También tiene su lado social. Ya escribí sobre el tardeo y la fiesta con luz de día: no todo el mundo quiere pasar la noche bailando, y los concursos de bar ofrecen otra forma de estar juntos. Hay asociaciones LGTBI y bares de ambiente que organizan sus propias noches de preguntas, y me parecen una de las maneras más simpáticas de conocer gente sin necesidad de gritar por encima de la música.
Los juegos de mesa como prueba de pareja
Si quieres saber si una pareja va a durar, obsérvala jugando a un juego de mesa en equipo. Es una prueba más fiable que cualquier test de compatibilidad. En pocos minutos descubrirás quién manda, quién se enfada, quién se rinde y quién sigue animando aunque vayan perdiendo por diez puntos.

Están las parejas que juegan como una máquina engrasada, terminando las frases del otro. Están las que se reprochan cada error por lo bajo, con una tensión que se corta. Y están las que no pueden jugar juntas en el mismo equipo porque acaban discutiendo sobre algo que pasó hace meses. Para estas últimas, la solución es sencilla: equipos separados. A veces el amor sobrevive mejor como rivalidad deportiva.
Hay juegos especialmente peligrosos para las parejas: los de mímica, donde uno tiene que adivinar lo que el otro representa sin palabras. Es imposible no frustrarse cuando tu pareja lleva dos minutos imitando una película y tú solo ves a una persona agitando los brazos. «¡Pero si es obvio!» No, no es obvio. Nada es obvio cuando alguien hace de pingüino en el salón.
Jugar solo también cuenta
No todos los concursos necesitan rivales. Hay gente que compite cada mañana contra un crucigrama, contra un sudoku o contra ese juego de adivinar una palabra de cinco letras que se puso de moda hace unos años y que convirtió los grupos de amigos en un desfile diario de cuadraditos verdes y amarillos. Es la competición más pura: tú contra ti mismo, y nadie a quien echarle la culpa.
Quien vive solo conoce bien estos placeres. Lo conté en el texto sobre la soltería elegida: las rutinas propias, sin testigos, tienen su encanto. Hacer el crucigrama del periódico con el café, sin que nadie te sople la respuesta ni te corrija la ortografía, es una forma pequeña de felicidad. Y cuando no sale una palabra, puedes dejarla para luego sin que nadie te llame tramposo por mirar el solucionario.
Lo único peligroso del juego en solitario es que no hay nadie que te pare. Te prometes una partida de solitario en el móvil antes de dormir y a la una de la madrugada sigues allí, intentando superar tu récord. Si encima compartes cama, tu pareja te mirará con el mismo desprecio con el que se mira al que deja la luz del móvil encendida. Lo expliqué en el manual para dormir en pareja: las pantallas a deshoras son un delito menor, pero delito.
La noche de juegos con la familia elegida
Para muchas personas LGTBI, las sobremesas familiares no siempre han sido un lugar cómodo. Por eso las noches de juegos con amigos tienen algo de recuperación. Una mesa llena de gente que te quiere tal como eres, una caja de juego con las esquinas rotas, algo de picar comprado a última hora y una competición que nadie se toma demasiado en serio. Bueno, casi nadie.
Ya escribí sobre la familia que se elige, y creo que pocos rituales la definen tan bien como estas noches. En ellas se inventan reglas propias, se crean chistes internos que duran años y se reparten apodos según el estilo de juego de cada uno: la estratega, el tramposo, el que siempre se olvida de que le toca. Son tradiciones pequeñas que hacen de un grupo de amigos algo parecido a un hogar.
Y tienen una ventaja logística: el picoteo. Nadie va a una noche de juegos sin llevar algo. El que lleva patatas, el que lleva hummus, el que se presenta con una bolsa del súper con lo primero que encontró en el pasillo de ofertas. Lo de comprar con prisa ya lo conté en el texto sobre odiar hacer la compra. En una noche de juegos, eso da igual: lo importante es que el cuenco nunca esté vacío cuando alguien está a punto de perder.
Saber perder
Todo lo anterior nos lleva a la gran asignatura pendiente de muchos adultos: saber perder. En teoría, todos sabemos que es solo un juego. En la práctica, perder al parchís contra tu sobrino puede sentar fatal. Hay gente que se enfada, gente que se ofende, gente que se niega a jugar nunca más. Y gente que, simplemente, hace trampas para no perder.

Saber perder no es fingir que no te importa. Es aceptar que te importa y aun así felicitar al que ha ganado. Es reírte de tu propia torpeza en lugar de culpar al dado. Es pedir la revancha con una sonrisa y no con los dientes apretados. Es dejar que el niño gane alguna vez, pero no siempre, para que también aprenda a perder.
Y saber ganar es igual de importante. El que gana y se regodea, el que celebra con bailes humillantes delante de los perdedores, el que recuerda su victoria durante meses, también tiene un problema. La victoria elegante es discreta. Se dice «buena partida» y se recoge el tablero. Lo demás sobra.
Concursos en el pueblo
En muchos pueblos de España, las fiestas patronales tienen sus propios concursos: de tortillas, de disfraces, de paellas, de dibujo, de poesía. Ya hablé del pueblo en el texto sobre crecer LGTBI en un pueblo. Los concursos de fiestas son un mundo aparte, con jurados formados por el alcalde, la farmacéutica y el cura, y con veredictos que se discuten durante todo el año siguiente.
En esos concursos, la calidad importa, pero no tanto como la diplomacia. Quién ganó el año pasado, de qué familia es, si conviene que gane alguien nuevo. Es la política local en estado puro. Y es una maravilla observarla desde fuera. Yo he visto a señoras de ochenta años competir por la mejor tortilla con una intensidad que ya quisieran muchos deportistas olímpicos.
El jurado siempre se equivoca
Hay una ley universal de los concursos: el jurado siempre se equivoca, salvo cuando ganas tú. Si pierdes, el jurado era incompetente, estaba comprado o no entendía tu propuesta. Si ganas, el jurado tenía un criterio impecable. Esta ley se cumple en los premios de cine, en los concursos de la tele, en el Trivial y en el concurso de disfraces de carnaval del barrio.
La portada de «El concurso literario» captura justo ese momento previo al veredicto, cuando todavía no sabes en qué lado de la ley vas a quedar. Esa sospecha mezclada con paciencia es la expresión de alguien que ha participado en muchos concursos y ha aprendido a desconfiar de los jurados. O de alguien que espera que el jurado, por una vez, acierte.
Pequeño reglamento para jugar en casa
Para terminar, propongo un reglamento básico para que los concursos domésticos no acaben en tragedia. Uno: las reglas se leen antes de empezar, no a mitad de la partida cuando conviene. Dos: el móvil solo se usa para comprobar respuestas, y lo usa una persona neutral. Tres: el que se sabe todas va en el equipo de los que no saben ninguna. Cuatro: no se juega al Monopoly después de las once de la noche. Cinco: los medios quesitos no existen, pero se pueden negociar. Seis: el que pierde puede pedir revancha, una sola vez. Siete: el que gana recoge el tablero. Ocho: lo que pasa en el Trivial se queda en el Trivial. Y nueve: si alguien se enfada de verdad, se para el juego y se saca el turrón. Ninguna partida vale más que una familia que se habla.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «El concurso literario»? Es una canción del segundo disco de la trilogía, «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», con videoclip oficial en YouTube desde el 5 de junio de 2026. Su letra todavía no está publicada. La portada es un cartel retro rosa en el que miro de reojo, entre la sospecha y la paciencia.
¿Quién inventó el Trivial? Dos periodistas canadienses lo crearon a finales de los años setenta, y en los ochenta se convirtió en un éxito internacional.
¿Es verdad que el Monopoly nació como una crítica? Sí. Su antecedente es un juego creado a principios del siglo veinte por Lizzie Magie para mostrar los abusos de los grandes propietarios.
¿Cómo enseñar a un niño a perder? Jugando a menudo, dejando que gane algunas veces pero no siempre, y dando ejemplo: felicitar al ganador y reírse de los propios errores.
¿Qué hacer si alguien se enfada jugando en familia? Parar el juego, rebajar la tensión con humor o con algo de comer y retomar más tarde, o cambiar de juego. Ninguna partida merece una discusión seria.