
Por Mike Sain't Louis ·
De siete a ocho en el súper: odiar hacer la compra, la lista que se olvida y la piña bocabajo
«Voy a acabar / como todos los demás / de siete a ocho / en mercadona / y eso que odio hacer la compra / y cuando voy al super no soy persona»
Esta estrofa es de «El productor de Madonna no compra en Mercadona», y de toda la canción es la parte que más gente me comenta con una sonrisa cómplice. No por el resto de la letra, sino por esa confesión tan doméstica: odio hacer la compra. Y cuando voy al súper no soy persona.
Creo que hay pocas frases más universales. Se puede discutir de política, de fútbol o de música, pero casi nadie defiende con pasión el acto de empujar un carrito un viernes por la tarde. Hacer la compra es una de esas tareas que todos hacemos y casi nadie disfruta. Y precisamente por eso da para tanto humor.
Escribo como letrista, compositor y productor musical, y como alguien que ha salido muchas veces del súper con tres cosas que no necesitaba y sin la que había ido a buscar. Este texto no va de marcas ni de precios. Va de la experiencia en sí: el pasillo, la cola, la lista, la gente. Y de una fruta tropical colocada en una posición muy concreta.
No soy persona
Empecemos por el verso más sincero: «cuando voy al super no soy persona». ¿Qué le pasa a uno en el supermercado para dejar de ser persona?
Para empezar, la luz. Esa luz blanca, plana, sin sombras, que hace que todo el mundo parezca recién salido de una gripe. Después, la música de fondo, que nunca es la que pondrías tú. Luego, el ruido de los carritos, los pitidos de las cajas, el anuncio por megafonía de que alguien vaya a la caja tres. Y, sobre todo, la gente. Mucha gente. Toda con prisa. Toda con la misma idea que tú: entrar, coger lo justo y salir cuanto antes.
En ese ambiente, hasta la persona más educada se transforma. Hay quien se vuelve estratega militar, calculando qué cola avanzará más rápido. Hay quien se convierte en detective, examinando fechas de caducidad con lupa. Y hay quien, como el protagonista de mi canción, simplemente se apaga y empuja el carrito con la mirada perdida, como un zombi con bolsa reutilizable.
No ser persona en el súper no es mala educación. Es supervivencia.
La lista que nunca está
Toda compra empieza con una lista. O debería. En la teoría, uno revisa la nevera, apunta lo que falta y va al súper con un plan. En la práctica, la lista pasa por tres fases muy reconocibles.
Primera fase: la lista existe, pero se ha quedado en casa, pegada a la nevera con un imán. Segunda fase: la lista está en el móvil, pero el móvil no tiene cobertura dentro del súper, o se ha quedado sin batería justo en la sección de lácteos. Tercera fase: la lista está en tu mano, la sigues al pie de la letra y al llegar a casa te das cuenta de que lo más importante no estaba apuntado.
Porque la lista tiene un problema de base: la escribes cuando no tienes hambre. Y luego vas al súper con hambre. Y esas dos personas, la que escribe y la que compra, no se parecen en nada. La que escribe pone «fruta, verdura, legumbres». La que compra vuelve con patatas fritas, un bizcocho y un queso que no sabe pronunciar.
Hay un consejo clásico que dice que nunca hay que ir a la compra con el estómago vacío. Es de los pocos consejos que todo el mundo conoce y casi nadie sigue.
El carrito con la rueda loca
Cualquiera que haya hecho la compra sabe que en cada supermercado hay un carrito maldito. Uno que tiene una rueda que gira sobre sí misma, que va hacia la izquierda cuando quieres ir a la derecha, que hace un ruido de tren de mercancías por todo el pasillo. Y siempre, siempre, es el que te toca a ti.
Me hace gracia pensar en ese carrito como una metáfora de los días torcidos. Hay días en que todo va recto y días en que todo tira hacia un lado. En los días torcidos, el carrito también se tuerce. Y entonces uno se ve haciendo fuerza con todo el cuerpo para que avance en línea recta, mientras los demás clientes le miran con una mezcla de lástima y alivio por no ser ellos.
La alternativa es la cesta. La cesta parece una buena idea al entrar. Ligera, manejable, ágil. A mitad de recorrido, con dos botellas de agua, un paquete de detergente y una sandía, la cesta se convierte en una pesa de gimnasio. Nadie ha ido nunca al súper solo a por pan.
La cola, ese deporte
Si hacer la compra fuera una disciplina olímpica, la cola sería la prueba reina. Hay toda una ciencia popular alrededor de la elección de cola. Que si la del cajero que va más rápido. Que si la que tiene menos gente aunque lleven los carritos llenos. Que si la de la señora con el monedero lleno de monedas, que es mejor evitar. Que si la que parece corta pero esconde a alguien que ha ido a por algo olvidado y vuelve con diez cosas más.

Y luego está la ley no escrita más cruel: la cola en la que te pones siempre se para. Da igual cuál elijas. En cuanto te colocas, alguien necesita una devolución, un código que no pasa, un cambio de un billete grande o un precio que no coincide.
En los últimos años han llegado las cajas de autocobro, que prometían liberarnos de la cola. Y en parte lo hacen. Pero han traído su propio drama: la báscula que detecta un «artículo inesperado en la zona de embolsado», la etiqueta que no se lee, la fruta que hay que buscar en una pantalla entre cuarenta fotos de manzanas. Al final siempre aparece una persona del personal para salvarte con una tarjeta mágica. Y uno se siente como un niño al que han tenido que ayudar a atarse los cordones.
De siete a ocho
Llegamos al verso que da título a este texto. «Voy a acabar como todos los demás, de siete a ocho, en mercadona.» Y un poco después: «encima no me gusta la piña, así que tendré que ir atento por si alguien me guiña».
Para quien no lo sepa, hace unos años se hizo viral en redes sociales en España una idea curiosa: ir al supermercado entre las siete y las ocho de la tarde con una piña colocada bocabajo en el carrito para indicar que estabas soltero y abierto a conocer a alguien. Si otra persona llevaba también la piña bocabajo, podía ser una señal. Durante una temporada, mucha gente lo comentó, lo grabó y lo convirtió en chiste. Hubo quien fue a probar, quien fue a mirar y quien fue solo a comprar piña y se encontró en mitad de una fiesta que no esperaba.
En la canción, el protagonista se resigna: si todo el mundo va a acabar ligando de siete a ocho entre los lineales, él también. Pero tiene un problema: no le gusta la piña. Así que no puede llevarla. Y entonces tendrá que ir atento, mirando a ver si alguien le guiña. Es decir, ligar a la antigua, con los ojos, sin código de fruta.
Me gusta mucho esta idea porque resume algo muy de nuestra época. Hemos llegado a necesitar señales externas para atrevernos a hablar con alguien. Un emoji, un filtro de aplicación, una piña. Y a la vez sigue existiendo el guiño de toda la vida, ese gesto pequeño que ninguna aplicación ha conseguido sustituir.
Ligar en el súper, antes y ahora
Lo de ligar en el súper no lo inventó ninguna red social. Desde siempre se ha dicho que el mercado era un buen sitio para conocer gente. Los puestos del barrio, la cola de la carnicería, el pasillo de los vinos. Es un lugar donde coincide gente de todo tipo, a horas parecidas, haciendo algo que da conversación sin esfuerzo: «¿Sabes si este está bueno?», «Perdona, ¿dónde está la levadura?», «¿Tú también vienes siempre a esta hora?».
Para las personas LGTBI, el súper tiene además una ventaja que no tienen otros sitios: es neutro. No es un bar de ambiente ni una aplicación. Nadie va con expectativas. Así que cualquier mirada tiene algo de sorpresa. Pero también tiene su riesgo: nunca sabes si el chico guapo de los yogures está mirando la fecha de caducidad o te está mirando a ti.
Ya hablé de las primeras citas en quién paga en la primera cita y del flechazo con alguien famoso en el crush de famoso dentro de la pareja. El súper tiene algo de las dos cosas: la posibilidad de una cita y la fantasía de un flechazo. Con la diferencia de que, si sale mal, al menos te llevas la compra hecha.
El ex en el pasillo de las conservas
No se puede hablar de la vida en el súper sin hablar del momento más temido: encontrarte a tu ex. Siempre pasa en el peor momento. Cuando vas en chándal, despeinado, con un carrito lleno de comida basura y un rollo de papel higiénico de treinta y seis unidades.

Él, en cambio, va arreglado. Con una cesta pequeña, con productos sanos, con su nueva pareja o, peor, con su nueva perfección. Y los dos fingís no veros durante tres pasillos, hasta que en el de las conservas ya no hay escapatoria y os cruzáis de frente. «Hola.» «Hola.» «¿Qué tal?» «Bien, aquí.» Aquí. Como si hubiera otro sitio donde estar en un supermercado.
Este encuentro tiene algo de prueba de madurez. Si sales de él sin tirar una pirámide de latas de atún, ya has ganado. Si además consigues sonreír de verdad, es que el duelo ya está bastante avanzado.
La compra para uno
Hay un tipo de compra que tiene su propia melancolía y su propio humor: la compra de quien vive solo. Ya conté algo de eso en un extraño en mi cocina, al hablar de la nevera de soltero.
En el súper, la persona que vive sola se reconoce enseguida. Compra media barra de pan. Busca la bandeja más pequeña de carne y comprueba que la más pequeña es para tres. Coge una lechuga y piensa con resignación en la mitad que acabará en la basura. Mira con envidia los packs familiares de oferta y con ternura los yogures de dos unidades.
Pero también tiene sus ventajas. Nadie le discute la marca del café. Nadie le pregunta por qué ha comprado otra vez helado. Nadie le hace volver a por lo que se le olvidó al otro. Comprar para uno es, en cierto modo, la forma más pura de libertad doméstica. Lo conté desde otro ángulo en «Soltero y bien».
La compra en pareja
La compra en pareja es otro género. Aquí ya no hay un solo estratega, sino dos, con estrategias opuestas. Uno quiere seguir la lista. El otro quiere improvisar. Uno compara precios por kilo. El otro coge lo que tiene el envase más bonito. Uno quiere ir rápido. El otro se para en cada pasillo como quien visita un museo.
Y luego está el reparto de tareas: quién empuja el carrito, quién busca los productos, quién elige la fruta. Hay parejas que lo tienen tan coordinado que parecen un equipo de fórmula uno en boxes. Y hay parejas que salen del súper sin hablarse por una discusión sobre si hacía falta o no otro bote de tomate.
En «Le ha sentado fatal mi comentario» hablé de las discusiones por mensajes. Las del súper son en directo, en tono contenido, delante de desconocidos. Y suelen acabar igual: con una risa en el aparcamiento, cuando los dos se dan cuenta de lo absurdo del drama.
El súper de vacaciones
Hay un súper que sí me gusta: el de vacaciones. El de un pueblo de costa, una ciudad desconocida o un país donde no entiendes las etiquetas. Ahí la compra deja de ser una obligación y se convierte en turismo. Uno pasea por los pasillos como por un museo de costumbres. Qué marcas hay, cómo se llama aquí el pan de molde, por qué tienen veinte tipos de yogur y ninguno natural.
En vacaciones, además, la compra tiene otra lógica. Se compra para la playa, para la terraza del apartamento, para la cena improvisada con amigos. Nadie hace lista. Todo el mundo coge de más. Y siempre hay alguien que vuelve con una botella de un licor local que nadie se beberá y que acabará en el mueble del salón durante años.
Y claro, a veces el súper de vacaciones también sale mal. El apartamento sin sal, sin aceite y sin sartén. La tienda que cierra a las dos y no vuelve a abrir hasta las cinco. La caja que solo acepta efectivo. Lo conté, con otras desgracias, en las vacaciones que salen mal. El súper también es parte de ese catálogo.
La compra cuando viene alguien
Hay una compra especial que todos reconocemos: la de cuando viene alguien a casa. Una visita, una cita, un novio que vive lejos y llega el fin de semana. Esa compra no se parece a ninguna otra.
De repente, la persona que vive de táperes y pasta con tomate se pasea por la sección de quesos con aire de experto. Compra flores. Compra un vino que no sabe elegir y que elige por la etiqueta. Compra fruta que normalmente no compra, como si la visita fuera a revisar la nevera. Y, por supuesto, compra papel higiénico del bueno, el de doble capa, porque hay cosas con las que no se juega.
Cuando el novio viene de lejos, la compra es todavía más emocionante. En el amor a distancia hablé de las cinco horas de carretera. La compra previa es la otra mitad de la espera: el ritual de preparar la casa, de pensar qué le gusta, de imaginar el desayuno del domingo. Hay pocas listas de la compra más tiernas que la de alguien que espera a otra persona.
El súper a última hora
Y luego está el súper a última hora. Ese que pillas cinco minutos antes de cerrar, con las luces medio apagadas y el personal deseando que te vayas. Ahí ya no hay estrategia. Hay pánico. Cogemos lo primero que vemos, sin mirar precios, sin mirar fechas, corriendo entre pasillos como en un concurso de televisión.

Esa compra suele tener una cara muy reconocible: la de alguien que vuelve de trabajar tarde, o de una tarde de terraza que se alargó más de la cuenta. En la fiesta con luz de día hablé del tardeo. Pues el súper de las nueve y media es su epílogo natural. Pan, algo para la cena, una bolsa de patatas y, si sobra tiempo, un helado para el disgusto.
Hay algo casi cómplice en esas compras de última hora. Todos los clientes saben que están en falta. Todos se miran con una mezcla de vergüenza y solidaridad. Y la persona de la caja, que lleva todo el día de pie, cobra con una paciencia infinita que no siempre agradecemos lo suficiente.
Quien te atiende
Ya que hablo de la caja, quiero dedicar un momento a las personas que trabajan en el súper. Reponen, cobran, cortan fiambre, limpian lo que alguien tiró, responden por enésima vez dónde está la levadura. Y lo hacen mientras medio barrio pasa por delante con prisa y, a veces, con malos modos.
Si odiamos hacer la compra durante media hora, imagina pasar ocho horas en ese escenario. Por eso me parece que la mínima educación en el súper es una forma de justicia cotidiana. Un «buenas tardes», un «gracias», no dejar el carrito en mitad del pasillo, devolver a su sitio lo que al final no vas a llevar. Son gestos pequeños que hacen que el «no soy persona» de la canción no se convierta en una excusa para tratar mal a nadie.
La compra y la soledad
Por último, una nota más seria. Para algunas personas, el súper es una de las pocas conversaciones del día. El intercambio con el cajero, el comentario con la vecina en la cola, la pregunta al chico de la frutería. Lo comenté al escribir sobre la soledad no deseada de los adultos LGTBI: a veces, los vínculos más pequeños son los que sostienen más de lo que parece.
Así que, si en la cola alguien te da conversación, aunque tengas prisa, quizá merezca la pena contestar. No sabemos qué día lleva la otra persona. Y una charla de dos minutos sobre lo caro que está el aceite puede ser, para alguien, la mejor parte de su tarde.
Pequeños trucos para odiarlo un poco menos
Como no todo puede ser queja, dejo algunas ideas que a mí me hacen la compra un poco más llevadera. No son revolucionarias, pero funcionan.
Ir a horas tranquilas, si se puede. Las primeras de la mañana o las de después de comer suelen tener menos gente, aunque eso depende de cada barrio. Comer algo antes de salir, aunque sea una pieza de fruta, para no comprar con el estómago. Escribir la lista ordenada por pasillos, en el mismo orden en que recorres el súper, para no ir y volver diez veces. Llevar auriculares y una buena lista de música. Con ritmo, el carrito avanza solo, incluso el de la rueda loca. Y aceptar que siempre se olvida algo. Siempre. Asumirlo de entrada ahorra mucho disgusto.
Y si eres de los que odian hacer la compra con toda su alma, también existe la compra a domicilio. Tiene sus propios dramas, como el plátano que llega verde o el yogur que sustituyen por otro sabor, pero te ahorra la cola.
Lo que me dice esta estrofa
Escribí esta estrofa medio en broma, como un respiro dentro de una canción que hablaba de otras cosas. Pero me gusta mucho porque baja todo a tierra. Por mucho que uno sueñe, cree, escriba y produzca, al final tiene que ir al súper como todo el mundo. Y eso me parece una forma de humildad muy sana.
Me gusta pensar que la vida pasa menos en los grandes momentos que en los pasillos del súper un martes cualquiera. Ahí se encuentran vecinos, se cruzan exnovios, se insinúan ligues, se discuten marcas de tomate. Es un escenario pequeño, pero lleno de historias.
Si alguna vez me ves en el súper de siete a ocho, ya sabes: no llevo piña. Pero si me guiñas, quizá te devuelva el guiño. O quizá esté mirando la fecha de caducidad de un yogur. Nunca se sabe.
La letra completa de la canción está en la sección de letras, por si quieres leerla entera.
Preguntas frecuentes
¿Qué significa la piña bocabajo en el supermercado? Es una moda que se hizo viral en redes sociales en España: llevar una piña bocabajo en el carrito entre las siete y las ocho de la tarde como señal de estar soltero y abierto a conocer a alguien. Se tomó sobre todo como un juego.
¿Qué dice la letra sobre hacer la compra? El protagonista confiesa que odia hacer la compra, que en el súper «no es persona» y que, como no le gusta la piña, tendrá que ir atento por si alguien le guiña.
¿Cómo hacer la compra más llevadera? Ayuda ir a horas tranquilas, comer algo antes, ordenar la lista por pasillos y llevar música. Y asumir que casi siempre se olvida algo.
¿De qué disco es esta canción? Forma parte del catálogo de canciones publicadas de Mike Sain't Louis dentro del universo Planeta Gayfolk.