
By Mike Sain't Louis ·
De la sal al fénix: el videoclip de «Soy marica sideral» escena a escena
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Hay canciones mías que nacen como una frase dicha entre dientes y acaban convertidas en un desfile. «Soy marica sideral» es una de ellas. En la letra hay una persona que no levanta el tono, que no pide permiso y que se planta delante de quien la mira mal sin dar ni un paso atrás. En el videoclip, esa misma idea se convierte en una pasarela imposible: un suelo blanco de sal que se agrieta hasta el horizonte, un desierto de dunas bajo un cielo violeta y una procesión de personajes que parecen salidos de una plaza de toros, de un carnaval y de una película de ciencia ficción al mismo tiempo.
He vuelto a verlo despacio, parándolo cada cuatro segundos, como quien hojea un catálogo de moda para quedarse con cada vestido. Dura dos minutos y treinta y un segundos y está publicado en mi canal desde el 1 de agosto de 2025. Aquí cuento lo que aparece en pantalla, plano a plano, y lo que a mí me sugiere. Las lecturas son mías; tú puedes quedarte con otras. Ya escribí sobre la letra y sobre el volumen de la pluma en «Exagerada me llamaron a mí»; este texto va de las imágenes.
El rótulo amarillo
El clip arranca sin preámbulos. Sobre un plano abierto del salar aparecen mi nombre y el título en letras negras gruesas, recortadas como pegatinas sobre franjas de color: un lila suave para «Mike» y para parte del título, un amarillo ácido, casi fosforito, para «Sain't Louis» y para «Sideral». Las letras están algo torcidas, como si alguien las hubiera pegado deprisa en la carpeta de un instituto.
Detrás de ese rótulo camina ya la primera figura. Es una mujer de pelo largo, toda de negro, con botas de tacón y una capa transparente que el aire le despega del cuerpo. El suelo que pisa es blanco y está cuarteado en placas irregulares, como un barro seco que alguien hubiera blanqueado. Al fondo hay una cordillera azulada y un cielo de atardecer con nubes encendidas de naranja y morado.
Me gusta que el título parezca de fanzine y el paisaje parezca de anuncio de perfume. Ese choque ya resume la canción: una letra de barrio, con su «pa'» y su «puto», metida en un decorado de lujo. La marica sideral no viene de un palacio. Viene de la calle, pero camina como si el suelo fuera suyo.
La pasarela de sal
Los primeros segundos son pura pasarela. La mujer de la capa negra sale del encuadre y entra otra figura vestida de blanco y plata: un body brillante y una capa larga, plisada, que se abre como un abanico gigante con cada paso. Va directa hacia la cámara, con gafas oscuras y la barbilla alta. La sombra que proyecta sobre la sal es larguísima, porque el sol está muy bajo.
El vídeo vuelve a ella varias veces a lo largo del clip, siempre en el mismo salar, siempre caminando hacia nosotros. Es como un estribillo visual. Cada vez que la canción regresa a la idea de brillar sin hacer ruido, la imagen regresa a esa mujer que avanza sin correr, sin bailar, sin mirar a los lados.
En la letra lo digo así:
Yo camino sin ruido, y ahora brillo sin stress.
No hay nada más silencioso que un desierto de sal. No hay música de fondo en ese paisaje, no hay coches, no hay público. Solo una persona que camina y una capa que suena, si acaso, como una tela al viento. Esa es la manera de brillar que defiende la canción: no gritar para que te vean, sino ocupar tu sitio con tanta calma que al final es imposible no mirarte.
El chico del abanico
Hacia el segundo doce el decorado cambia por primera vez. Desaparece la sal y aparecen las dunas, de un color arena rosado, bajo un cielo que se ha vuelto lila. En el centro hay un chico joven con una chaqueta negra bordada en plata, de corte militar, con charreteras y botonadura. En la mano lleva un abanico abierto.
Es la primera vez que sale un abanico, y no será la última. En el clip hay abanicos por todas partes: blancos, negros, dorados, de plumas de pavo real, de plumas azules. Para mí el abanico es el objeto perfecto para esta canción. Es un accesorio de folclórica y de cabaret, de señora en misa de doce y de drag en un escenario. Sirve para darse aire, para esconderse y, sobre todo, para cerrarlo de golpe cuando alguien dice una tontería. Es un gesto que no necesita palabras.
Ese chico no hace nada espectacular. Se queda quieto, de frente, con el abanico a la altura del pecho. Es la primera aparición de algo que el clip repite mucho: hombres vestidos con ropa de ceremonia que sostienen un objeto tradicionalmente femenino sin ninguna explicación. No hay chiste. No hay guiño. Simplemente es así.
Toreros en el desierto
Lo que sigue es el núcleo del vídeo: los toreros. El primero aparece hacia el segundo dieciséis, con traje de luces granate y oro y un tocado de plumas doradas en la cabeza, como si al traje de la plaza le hubieran añadido el sombrero de una vedette. A su lado, en fila, avanzan varias figuras envueltas en un resplandor amarillo, como antorchas con forma humana.

Más adelante salen otros: un torero de oro de pies a cabeza con un abanico negro y una pañoleta de encaje; un torero rojo con la chaquetilla cuajada de bordados que pasea de la mano de una mujer con un vestido dorado de sirena; un torero vestido de negro y plata que sostiene un abanico de plumas de pavo real; otro de azul celeste con abanicos de plumas azules en las dos manos, junto a una mujer de rojo con una capa larguísima.
He escrito mucho sobre toros en mis canciones. En el videoclip de «No te vuelvo a mirar más» hay un torero con alas en mitad de una plaza vacía. En la portada de «Barcelona» hay dos toreros besándose en la pista. El traje de luces me fascina porque es la prenda más masculina y más afeminada de España a la vez: medias rosas, bordados, lentejuelas, chaquetilla ceñida, coleta postiza. Durante siglos nos dijeron que eso era el colmo de la hombría. Yo siempre lo he visto como el primer vestido de gala que se le permitió a un hombre.
En «Soy marica sideral» los toreros no torean. No hay toro, no hay capote, no hay sangre, no hay plaza. Pasean. Llevan abanicos en lugar de estoques. Van de la mano de mujeres vestidas de fiesta como quien llega a una boda. Es una plaza sin toro, y eso me parece la mejor manera de enseñar lo que la canción quiere decir: puedes quedarte con el brillo de una tradición y tirar a la basura su violencia.
La mujer de las alas negras
Uno de los planos más potentes llega pronto, hacia el segundo veinte. En primer término hay una mujer pelirroja con un vestido rojo de volantes que le llega al suelo y unas alas negras enormes, abiertas, de plumas largas como las de un cuervo. A su izquierda, un torero con tocado dorado; a su derecha, una mujer de morado con un penacho de plumas en la cabeza. Detrás, otra figura parece flotar unos centímetros por encima de la arena. Y en un extremo, muy pequeño y apartado, un hombre de traje negro y gafas de sol que lo mira todo con los brazos caídos.
El fondo arde. No hay llamas exactamente, pero el cielo detrás de ellos es una explosión de luz blanca y amarilla, como si acabara de estallar algo o como si amaneciera de golpe.
Ese plano lo tiene todo: el rojo de la pasión, el negro del luto, las plumas del carnaval y el fuego de fondo. Si tuviera que elegir una sola imagen para explicar qué es Planeta Gayfolk, quizá sería esta. Un sitio donde lo sagrado y lo festivo, lo trágico y lo kitsch, conviven sin pedirse perdón.
El hombre del traje negro
Ese hombre del traje oscuro merece su propio apartado, porque aparece una y otra vez y es el único personaje del vídeo que no va disfrazado. Lleva traje negro o marrón, camisa abierta o corbata, gafas de sol. Está siempre en un borde del encuadre, nunca en el centro. A veces camina al lado del desfile, como un guardaespaldas. A veces se queda quieto mientras los demás avanzan. En uno de los últimos planos, mientras varias figuras con alas naranjas flotan en el aire, él está abajo, en la arena, mirando hacia arriba.
No sé quién es, y no quiero inventármelo. Pero sí sé lo que me provoca. Es el que mira. El que no participa. El que no se pone plumas ni lentejuelas y observa a los demás como si estuviera evaluando algo. En una canción que dice
Si tu macho se confunde, let him watch my grace.
es difícil no pensar en ese hombre como el «macho» de la letra: el que se queda en el margen, sin saber muy bien qué hacer con lo que está viendo. El vídeo no lo castiga ni lo ridiculiza. Solo lo deja ahí, mirando. Y deja que nosotros miremos cómo mira.
Capas que vuelven
Entre plano y plano de toreros y plumas, el clip regresa al salar. Una figura de capa negra camina de espaldas hacia el horizonte; la tela transparente se le abre a los lados como unas alas de murciélago. Más tarde, la mujer de blanco y plata vuelve a avanzar hacia la cámara. Después aparece otra con un vestido blanco vaporoso y un abanico blanco levantado, con la sal deslumbrante a su alrededor.

Ese ir y venir entre el desierto rosado de los toreros y el salar blanco de las capas le da al vídeo un ritmo de respiración. Las dunas son el ruido: color, fuego, plumas, gente. La sal es el silencio. Y la canción, igual que el vídeo, va alternando entre las dos cosas: un estribillo que suelta todo y unas estrofas que se plantan con calma.
Uno de los versos que más me gustan de la canción es este:
Soy silencio con tacones,
porque junta dos cosas que parecen incompatibles. Los tacones hacen ruido, se oyen por el pasillo, anuncian que llegas. Y aun así, la persona de la canción es silencio. El salar es exactamente eso: una pasarela donde los tacones no suenan.
Plumas de carnaval
Hacia la mitad del clip entra el color en serio. Un grupo avanza por las dunas con tocados de plumas altísimos, en verde, rojo, azul, amarillo, como los de una comparsa de carnaval. Una mujer de dorado con un tocado morado y otra de rojo con plumas rojas caminan al lado de un torero con un penacho rosa chicle en la cabeza. Las plumas brillan contra el cielo morado.
Tengo otra canción que se llama «Mueve las plumas», y la pluma, en todos los sentidos, atraviesa mi trilogía. Cuando digo «pluma» en una letra hablo de esa manera de moverse, de hablar y de gesticular que a tanta gente le molesta. Y en el vídeo, la pluma deja de ser una metáfora y se convierte en plumas de verdad, enormes, imposibles de esconder.
En la canción hay un momento en el que lo digo sin rodeos:
no es mi pluma el problema.
Es una frase que a muchas maricas nos ha costado años poder decir. Durante mucho tiempo nos hicieron creer que sí, que el problema éramos nosotras, que si moderábamos los gestos y bajábamos el tono todo iría mejor. El vídeo, con sus penachos de colores, es la respuesta a esa idea: no hay que recortar las plumas, hay que dejar que crezcan.
La rubia del abanico
Hay un personaje que aparece dos veces y que es puro cine clásico. Una mujer rubia con el pelo en ondas, los labios rojos y un vestido negro ceñido, de manga larga, sostiene un abanico de papel blanco. Tras ella cuelga un velo crema. En otro plano está en mitad de una nube de humo blanco, con un vestido negro de tirantes y una mano enguantada en rojo levantada, como si saludara a un público que no vemos.
Es la diva de toda la vida, la estrella de los años cincuenta, la que tantas maricas han imitado alguna vez delante del espejo del baño. No es nadie en concreto. Es un arquetipo, una de esas figuras que llevamos dentro aunque nunca las hayamos visto en persona.
Cerca de ella aparece otra figura con un corsé negro con cuello de pedrería plateada y gafas blancas, que levanta el dedo índice muy cerca de la cámara, como quien te advierte de algo. No dice nada; no hace falta. Ese dedo levantado es la versión visual de todo el estribillo.
Humo y vestido dorado
En medio del desierto, una mujer con un vestido dorado de hombros abullonados abre los brazos entre dos nubes de humo blanco. En una mano lleva un abanico blanco y en la otra uno de encaje. El humo se mueve detrás de ella como si fuera parte del vestido. Más tarde, la misma tela dorada vuelve a aparecer, al lado de un torero rojo que la lleva de la mano por la arena mientras otros personajes caminan detrás.
El dorado del vestido conversa con el dorado de los trajes de luces. Es como si el clip juntara a la folclórica y al torero, las dos figuras más clásicas de la España de postal, y las pusiera a pasear juntas por un planeta que no es España. Las saca de su sitio. Les quita el tablao y la plaza. Y así, fuera de contexto, se ven por lo que son: dos maneras de vestirse para que te miren.
Las caras de calavera
Hacia el último tercio aparece el grupo más extraño. En fila, sobre la arena, avanzan varias figuras con la cara pintada de calavera: blanca, con las cuencas de los ojos oscuras y adornos de colores en la cabeza. Van vestidas de gala, con vestidos largos de tonos crema y trajes oscuros. En el centro, otra vez, un torero de rojo. Y a un lado, otra vez, el hombre del traje.

Las calaveras pintadas son una imagen de fiesta y de memoria a la vez. Por cómo están colocadas en el plano, me recuerdan a una procesión, pero una procesión en la que nadie llora. Las leo como una manera de decir que lo que fuimos también viene con nosotros. Los muertos de cada uno, los que nos hicieron daño y los que nos quisieron, caminan en ese desfile con la cara maquillada.
Es el único momento del vídeo que se acerca a lo oscuro, y aun así no da miedo. Tiene la misma dignidad tranquila que el resto.
Alas de fuego
El final es una explosión. Un torero de rojo y oro abre los brazos y detrás de él aparecen unas alas inmensas de fuego, rojas, naranjas y amarillas, que ocupan todo el ancho de la pantalla. Detrás, otras figuras también tienen alas encendidas. Hay chispas, hay luz blanca, hay plumas que parecen llamas. En otro plano, un torero lleva unas alas de plumas de colores, como de pájaro tropical. Luego varias figuras flotan en el aire con alas naranjas y azules mientras la arena queda debajo, teñida de violeta por el humo.
Es imposible no pensar en el fénix. En «Tattoo de fénix» escribí sobre un ave fénix tatuada en el pecho, un pájaro que arde y vuelve a salir. Y el final de «Soy marica sideral» parece la versión en movimiento de ese tatuaje: gente que se quema por dentro y, en lugar de desaparecer, echa a volar.
El final en purpurina
Los últimos segundos se deshacen. Vuelven el torero azul de los abanicos dorados y la mujer de la capa roja, y justo entonces la imagen se llena de puntitos brillantes sobre un fondo violeta hasta que ellos también se difuminan, como si todo el desfile se hubiera convertido en polvo de estrellas. Ahí se acaba.
Para una canción que se llama «sideral», no se me ocurre mejor cierre. La marica de la letra no se va andando: se vuelve parte del cielo. Y en mi universo el cielo no es un lugar lejano, es el sitio donde está el planeta al que todos queremos ir. Lo explico mejor en «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», la canción que da título al disco donde está esta.
Lo que no sale en el vídeo
Igual de importante que lo que aparece es lo que no aparece. No hay ciudad. No hay casas, ni bares, ni calles, ni coches, ni teléfonos. No hay nadie riéndose de nadie. No hay ningún personaje que señale ni que insulte. Todo el odio de la letra, el «puto narci de manual», las críticas de «exagerada», «teatral y emocional», se queda fuera del encuadre.
La canción habla de la gente que te juzga; el vídeo, en cambio, no le da ni un segundo de pantalla. Me parece la mejor venganza posible. No contestar. No enseñarles la cara. Dejar que el desfile pase por delante y que ellos se queden, como mucho, en la figura de ese hombre trajeado que mira desde el borde.
El narci de manual
Hay una estrofa de la canción que todavía me remueve cuando la leo, porque es muy mía:
Me han llamado exagerada, teatral y emocional. Pero nadie dice nada del puto narci de manual.
Durante veinte años estuve con dos parejas narcisistas. Cuando por fin se les cayó la máscara, consiguieron que parte de mi gente se pusiera de su lado, y el exagerado, el dramático, el que se lo inventaba todo, pasé a ser yo. Las canciones fueron mi manera de contar mi versión. Hubo un momento en que estuve muy cerca de no querer seguir. Hoy lo cuento desde otro sitio: estoy en tratamiento psiquiátrico y psicológico, tengo diagnósticos que me ayudan a entenderme, y escribo. Si tú estás ahora en ese punto, no estás solo: en España puedes llamar al 024, gratis y a cualquier hora, y en una urgencia al 112. Fuera de España, en findahelpline.com encuentras líneas de tu país.
En el vídeo no hay ni rastro de esa historia, y está bien que sea así. El clip no es la herida; es lo que viene después. Es la persona que ya ha salido y camina por la sal con la capa al viento.
Dónde encaja en Planeta Gayfolk
«Soy marica sideral» pertenece a «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo disco de la trilogía. Es un disco que mira hacia fuera, hacia un planeta imaginario donde las personas como yo no tengamos que explicar nada. En el post sobre el videoclip de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk» conté cómo ese clip funciona como un mapa del planeta. Si aquel vídeo es el viaje, este es la llegada: el primer paseo por la superficie de un mundo nuevo, con su suelo de sal y sus dunas rosas.

La palabra «sideral» también conecta con todo el imaginario espacial de mis letras, del que hablé en «Cohetes, estrellas y un planeta nuevo». Pero lo curioso es que en el clip no hay naves, ni astronautas, ni planetas en el cielo. Lo sideral está en otra parte: en un paisaje tan desnudo que parece de otro mundo y en unos personajes que no encajarían en ningún sitio de la Tierra.
También hay un diálogo con el videoclip de «La primera drag de Benidorm». Allí las reinas están solas en una ciudad dormida, de noche, con el mar al lado. Aquí van acompañadas, de día, en un desierto. Son como dos caras de la misma moneda: la drag que se arrastra por la orilla y la marica que desfila por la sal sabiendo que nadie va a poder pararla.
El espejo que se quiebra
La última estrofa de la canción cambia el punto de vista. Ya no habla de mí; habla de quien me mira:
Es tu espejo el que se quiebra cuando el miedo te envenena.
El espejo es un objeto que aparece muchísimo en mis canciones, sobre todo en «El espejo de enfrente», donde el problema es mirarse y no soportar lo que ves. En «Soy marica sideral» el espejo se rompe del otro lado. El que no soporta lo que ve es el otro.
Y el salar, visto desde arriba, parece un espejo roto en mil pedazos. Esas grietas blancas que dibujan polígonos hasta el horizonte son exactamente la imagen de un cristal estallado. No sé si el vídeo lo buscó, pero para mí es imposible no verlo. Las capas negras y plateadas caminan sobre los trozos de un espejo que ya no refleja a nadie.
Exagerada, otra vez
Me han llamado exagerado muchas veces. Por eso escribí «La ley de la exageración», y por eso esa palabra vuelve en esta canción. El vídeo responde a esa acusación de la forma más directa posible: exagerando. Alas de fuego, capas de diez metros, penachos de plumas más altos que la cabeza de quien los lleva, toreros con abanicos de pavo real.
Lo interesante es que, a pesar de todo eso, ningún personaje hace aspavientos. Nadie grita. Nadie baila de forma frenética. Todos caminan con calma, casi con solemnidad. La exageración está en la ropa y en el decorado, no en los gestos. Es exactamente lo que dice el estribillo: no grito para brillar.
Un vídeo que traduce la actitud
Soy letrista, compositor y productor musical. La música y la interpretación vocal de mis canciones están hechas con IA. En «Soy marica sideral» la letra está llena de frases cortas y rotundas, con mucho inglés mezclado, y el vídeo no las ilustra una a una: crea un mundo donde esas frases tienen sentido.
Por eso no hay escenas que se correspondan exactamente con cada verso. Cuando digo «vine a tomar mi space» no aparece nadie ocupando un espacio concreto; aparece un desierto entero. Cuando digo «I don't shrink» no hay nadie que se encoja; hay capas que crecen con el viento. El vídeo traduce la actitud, no las palabras.
Una ruta para la próxima vez que lo pongas
Si vuelves a verlo, te propongo fijarte en tres cosas. La primera: cuenta cuántas veces aparece el salar y cuántas las dunas, y fíjate en qué momento de la canción cambia el paisaje. La segunda: sigue al hombre del traje negro, que siempre está en algún borde, y mira qué hace mientras los demás desfilan. La tercera: busca todos los abanicos, de todos los colores, y fíjate en quién los lleva. Casi siempre son hombres.
Y después, si quieres, quédate con la última imagen: el desfile convertido en purpurina sobre un fondo violeta. Ese es, para mí, el resumen de la canción entera. No hace falta gritar. Basta con brillar tanto que al final te conviertas en cielo.
Preguntas frecuentes
¿Dónde se puede ver el videoclip de «Soy marica sideral»? En el canal oficial de YouTube de Mike Sain't Louis, publicado el 1 de agosto de 2025. Dura dos minutos y treinta y un segundos, y la letra completa está en su ficha de la web.
¿En qué disco está «Soy marica sideral»? Forma parte de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo disco de la trilogía de Planeta Gayfolk.
¿Qué aparece en el videoclip? Un salar blanco y agrietado y un desierto de dunas bajo un cielo violeta, por donde desfilan figuras con capas negras y plateadas, toreros con abanicos, mujeres con vestidos de gala, tocados de plumas de carnaval, caras pintadas de calavera y, al final, personajes con alas de fuego.
¿Quién es el hombre del traje negro que sale en varios planos? Es un personaje del clip que nunca va disfrazado y siempre se queda en un borde del encuadre, mirando el desfile. El vídeo no dice quién es; Mike lo lee como la figura que observa sin participar.
¿Qué significa «marica sideral»? Es la forma de Mike de nombrar a una persona queer que brilla sin pedir permiso y sin levantar el tono, alguien que parece venir de otro planeta porque no encaja en los moldes de este.