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Alas de mariposa sobre la pirámide: el videoclip de «Louvre», escena a escena

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Hay canciones que nacen de una frase y otras que nacen de una imagen. «Louvre» nació de una imagen: alguien que entra en uno de los museos más solemnes del mundo con alas de mariposa a la espalda y lo convierte en una pista de baile. Todo lo demás vino detrás.

Por eso, cuando me preguntan de qué va esta canción, casi prefiero contestar con el vídeo. El texto que lo acompaña en YouTube, y que en la web figura en el lugar de la letra, lo dice desde la primera línea:

No está grabado en París, pero lo parece, porque el Louvre aquí no es un museo: es un símbolo.

Ya escribí sobre la tradición de los poemas que se escriben delante de un cuadro y sobre los lugares soñados del planeta. Aquí me toca otra cosa, más sencilla y más divertida: contar lo que se ve. Son cuatro minutos y un segundo de imágenes, y casi ninguna se queda quieta. Las voy a recorrer en orden, con los segundos aproximados, para quien quiera ponerlo de fondo mientras lee.

Un museo que no es un museo

Antes de entrar en el vídeo, conviene quedarse un momento con esa idea. El Louvre del videoclip es un decorado imaginado. Tiene la pirámide de cristal en el centro, el palacio de piedra alrededor, las farolas encendidas, la fuente. Todo es reconocible, y a la vez todo está un poco desplazado: el suelo brilla con rayas de luz rosa y azul como si fuera la pista de un club, la fuente echa agua fucsia, en algún plano hay cañones de luz que cruzan el cielo como en un concierto.

Eso es lo que me interesaba. No quería una postal de viaje. Quería un lugar que todo el mundo identifica con lo serio, con el silencio, con las colas, con no tocar, y darle la vuelta. El texto del vídeo lo explica mejor de lo que yo lo haría ahora:

En el fondo, eso es lo que hacemos las personas diferentes: reescribir los lugares donde nunca fuimos invitados.

Con esa frase en la cabeza, el clip se entiende solo.

Las alas del principio

El vídeo arranca con la imagen que dio origen a todo. Delante de la pirámide, a pleno día, con el cielo azul y un poco de gente paseando al fondo, aparece una figura con unas alas de mariposa enormes. Las alas son translúcidas, con tonos rosa, lila, azul y amarillo, como si estuvieran hechas de vidriera o de papel de caramelo. La figura tiene los brazos abiertos y el cuerpo en tensión, a punto de despegar.

Encima, en letras amarillas, mi nombre. Debajo, en rosa fucsia y muy grande, la palabra «LOUVRE». Es la portada en movimiento. Dura apenas tres segundos, pero ya está todo dicho: el monumento detrás, la fantasía delante.

Me gusta que el vídeo empiece de día. Es el único momento luminoso, de luz natural, antes de que caiga la noche y empiece la fiesta. Es como la foto de turista que todo el mundo se hace delante de la pirámide, solo que esta turista ha venido con alas.

La falda rosa

En cuanto acaba el título, se hace de noche. El palacio está iluminado con esa luz cálida de las fachadas antiguas, la pirámide brilla desde dentro y, delante, una chica baila con una falda rosa enorme, de vuelo, con ribetes de luz que la hacen parecer de neón. Lleva un top azul brillante y gira sobre sí misma con una pierna levantada.

Es un movimiento de baile regional, casi de folclore, en mitad de una explanada parisina. Esa mezcla me hace mucha gracia. La falda se abre como una flor y durante un segundo tapa media pirámide. Lo solemne, detrás. Lo festivo, delante y ocupando todo el plano.

La pirámide morada

Sobre el segundo doce la pirámide cambia de color. Se vuelve morada, casi violeta eléctrico, con todas sus aristas encendidas. Delante, otra bailarina con un vestido de volantes verde lima y naranja, y un tocado de plumas del mismo verde. Abre los brazos, se inclina hacia un lado y sonríe.

Fotogramas del videoclip oficial de «Louvre», de Mike Sain't Louis

Aquí el vídeo deja claro que no va a respetar la paleta del museo. El cristal, que en la realidad es transparente y frío, en el clip se tiñe del color que haga falta para la siguiente coreografía. La arquitectura se comporta como una pantalla de discoteca.

La bailarina de negro y las líneas de luz

Hay un personaje que aparece varias veces a lo largo del vídeo y que para mí funciona como hilo conductor: una chica con un vestido negro, sencillo, sin tirantes. La primera vez la vemos de pie delante de la pirámide, con los brazos abiertos, sobre un suelo atravesado por rayas de luz rosa y azul. Parecen las estelas de los coches en una foto de larga exposición, pero aquí salen del suelo y se curvan alrededor de ella.

Después la volvemos a ver bailando con una pierna arriba, en otro momento delante de una fuente de agua rosa, más tarde con el pelo recogido y los brazos levantados mirando a cámara. Siempre de negro. En un vídeo lleno de lentejuelas, plumas y colores imposibles, ella es la única que viste como si viniera de la inauguración de una exposición. Es la visitante del museo, la que ha venido a ver arte y se ha quedado a bailar.

Esa figura me parece la más cercana a quien escucha la canción. No lleva disfraz. Solo se ha soltado.

La fuente rosa

Entre el segundo veinticuatro y el veintiocho, la bailarina de negro gira delante de una fuente. El agua no es blanca: es fucsia, iluminada desde abajo, y sube en chorros que acompañan el movimiento. Al fondo, el palacio con todas sus ventanas encendidas.

Las fuentes de los jardines clásicos están hechas para mirar desde lejos, con las manos detrás de la espalda. Esta parece hecha para meterse dentro. Vuelve a aparecer hacia el minuto y medio, con otra chica de negro bailando delante, y el efecto es el mismo: el agua parece música.

El salón dorado

De repente el vídeo entra. Pasamos de la explanada a un salón de techos pintados, molduras doradas y lámparas de araña. Es un interior de palacio, de los que en un museo se recorren con alfombra y cordón de seguridad. Pero aquí hay una fiesta.

En el centro baila una chica con un vestido corto plateado, de lentejuelas, con los brazos abiertos y el pelo suelto. A su alrededor, un montón de gente vestida de etiqueta: hombres con esmoquin y pajarita, mujeres de largo. Todos bailan. Nadie mira los cuadros, que no se ven. Lo que se ve son focos de colores, rosa y morado, y una nube de movimiento.

Este salón vuelve varias veces, con planos distintos: la chica plateada de cerca, sonriendo; otra chica con un vestido negro de escote recto en mitad de una pista con luces magenta; un grupo de hombres trajeados dando vueltas al fondo. Si el exterior es la pirámide convertida en escenario, el interior es el palacio convertido en discoteca. La solemnidad sigue en el techo. El suelo ya es otra cosa.

El vestido rojo entre espejos

Sobre el segundo cuarenta hay un plano que me encanta. Una chica con un vestido largo rojo, de escote profundo y cinturón dorado, posa en una sala de espejos. Alrededor cuelgan bolas de discoteca, una detrás de otra, multiplicadas por los reflejos hasta el infinito. Los asientos son de terciopelo rojo y las paredes, de dorado y cristal.

Es la imagen que mejor resume la idea del vídeo: una galería de espejos de palacio, de las que se construyeron para que la corte se mirase a sí misma, rellena de bolas de discoteca. Lo antiguo y lo nocturno metidos en la misma habitación. Ella no baila; se queda quieta, con los brazos un poco separados del cuerpo, como diciendo: aquí estoy, mírame.

Los cañones de luz

Hacia el segundo cuarenta y cuatro la cámara se aleja y vemos la explanada entera, con la pirámide en el centro y unos haces de luz azul y blanca que salen de detrás y se abren en abanico hacia el cielo. Es la imagen de un concierto o de un festival, no de un museo.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «Se baila, se llora, se rompe y se comparte.» de «Louvre»

Más adelante, sobre el minuto treinta y seis, aparece otro plano parecido, con más gente a contraluz y los haces cruzándose por encima del palacio. El clip se toma su tiempo para enseñar el sitio desde lejos, como si quisiera recordarnos de vez en cuando dónde estamos, antes de volver a meterse entre los cuerpos.

La cúpula de cristal

Sobre el segundo ochenta hay un cambio de escenario. Una chica con un vestido de gala plateado, de falda enorme y escote de corazón, baila sola bajo una cúpula de hierro y cristal. Es un invernadero o una galería acristalada, de noche, con las luces del edificio reflejadas en el suelo de mármol.

Es el plano más tranquilo del vídeo. Ella levanta un brazo, gira despacio y el vestido se mueve con retraso, como una campana. Si el resto del clip es fiesta, esto es un vals. Me gusta que haya un momento así en mitad de tanta euforia: un respiro bajo el cristal antes del siguiente estallido.

La torre al fondo

Hay un plano breve, hacia el minuto cuarenta, en el que una bailarina de negro baila en una terraza nocturna y al fondo, pequeña e iluminada, se ve la torre de hierro más famosa de París. Es el único guiño explícito a la ciudad aparte del museo.

Tiene gracia, porque el texto insiste en que el vídeo no se grabó allí. Todo es imaginado. La torre está ahí como está en las postales que uno se compra sin haber viajado: para decir «esto es París» sin necesidad de pisarlo.

Los tocados de revista

A partir del minuto cuarenta y cinco el vídeo cambia de tono y se llena de plumas. Aparecen una serie de artistas con tocados enormes, de los que se ven en las revistas musicales y en los cabarés con escalera de luces.

La primera lleva un tocado en abanico de pedrería azul y dorada, con un corpiño de cristales y una falda de tul rosa. Mira de frente, en un salón con lámparas. Después, delante de la pirámide, otra con un tocado de plumas blancas, cejas muy marcadas, labios intensos y un traje de pedrería blanco y negro, con boas de plumas en los brazos. Otra lleva una capa de terciopelo burdeos que abre como unas alas. Otra, un vestido de gasa turquesa que lanza al aire mientras gira en el salón dorado, rodeada de gente que la mira.

Son los planos más teatrales del vídeo y los que más me divierten. Son la exageración hecha vestuario. Un museo guarda los trajes de corte en vitrinas; aquí los trajes salen de la vitrina y se ponen a bailar con todo el brillo. Si el principio del vídeo era una visita, esta parte es la gala.

Las faldas de volantes

Entre medias vuelven las faldas. Hacia el minuto cincuenta y seis una bailarina con un vestido rojo de volantes en capas, como una tarta, posa delante de la pirámide con las manos en la cintura. Más tarde, otra con una falda rosa de neón gira tan rápido que la tela se vuelve un disco de luz. Otra, con un vestido rosa y azul de volantes, se mueve delante de la pirámide iluminada.

La repetición tiene algo de juego. El vídeo vuelve una y otra vez al mismo sitio, la pirámide de noche, y cada vez pone delante a alguien distinto, con otro color, otra falda, otro giro. Como si el monumento fuera un fondo fijo y lo que cambia es quién se atreve a ponerse delante.

La vuelta de las alas

Pasados los dos minutos y cuarenta, el vídeo regresa a la imagen del principio. Otra vez es de día, otra vez la pirámide, otra vez la figura con alas de mariposa. Esta vez la vemos sin letras encima, con las piernas abiertas, como si acabara de aterrizar o fuera a saltar.

Collage con un detalle de la carátula de «Louvre» y las carátulas de «La música me está salvando», «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK»

Es un recordatorio. Todo lo que hemos visto, el salón, los espejos, las plumas, la fuente, viene de esa imagen. La mariposa es el origen. El texto que acompaña al vídeo termina hablando de ella:

Cada canción, cada videoclip, cada mariposa que alza el vuelo en este Planeta GayFolk, es un acto de resistencia y belleza.

Dos chicos de la mano

Justo después llega la parte que más me emociona. Dentro de la pirámide, bajo la estructura de cristal, dos chicos caminan de la mano. Uno lleva una camiseta negra; el otro, una camiseta blanca. Se miran, se ríen, el de blanco levanta el brazo libre como si estuviera a punto de ponerse a bailar.

Es un plano sencillo, sin lentejuelas ni plumas. Dos chicos con ropa de calle dentro de uno de los edificios más fotografiados del mundo, dándose la mano. Después de tanta fantasía, esto es lo más real del vídeo, y para mí lo más importante. El texto lo dice así: que lo queer no es una moda, sino «una manera de ver el mundo con más color y más verdad». Esta escena es la parte de la verdad.

El salto

A partir del minuto tres el vídeo se suelta del suelo. Dos hombres trajeados saltan por encima de la pirámide, al atardecer, cogiéndose de la mano en el aire. Parece una foto de boda de las que se hacen saltando, solo que el salto es imposible: están a la altura del vértice.

Luego, un chico con camisa blanca flota en vertical sobre la pirámide, en el centro de un haz de luz que baja del cielo, como si lo estuvieran abduciendo o como si estuviera a punto de subir al planeta. En otro plano, una chica de negro baila dentro de un aro de luz azul que la rodea como un anillo planetario.

Después, otra pareja: uno con camiseta blanca y otro con camiseta roja saltan juntos dentro de la pirámide, con las piernas dobladas y cara de estar pasándolo en grande. Y otra vez los dos trajeados, ahora de cuerpo entero, dándose la mano en el aire sobre la explanada.

Me gusta que el final del vídeo sea de parejas de chicos y de saltos. Es como si después de ocupar el museo bailando, lo siguiente fuera despegar.

Humo rosa

Los últimos quince segundos son de humo. Sobre el minuto tres cuarenta y cuatro, la pirámide aparece envuelta en nubes rosas, con alguien diminuto subiendo por una de sus caras de cristal. Luego, dos figuras en lo alto, con los brazos abiertos, entre el humo.

El último plano es el que cierra el círculo: dos chicos vuelan en horizontal, como nadando en el aire, delante de una pirámide dibujada con líneas de neón rosa. La pirámide ya no es de cristal. Es un dibujo de luz, un logotipo, casi un cartel de club. El monumento ha terminado convertido en lo que el vídeo quería que fuese desde el principio: un lugar de fiesta.

Lo que no se ve

Hay una cosa que llama la atención cuando se ve el vídeo con calma: en ningún momento aparece un cuadro. No hay ninguna obra colgada, ninguna escultura, ninguna sala de exposición. Del Louvre solo está el envoltorio, la pirámide, el palacio, los salones. El arte que se ve es el que traen los que bailan.

Lo leo como una declaración. El texto lo resume con una frase que me gusta mucho:

En mi universo GayFolk, el arte no se encierra.

El vídeo no visita el museo para mirar lo que hay dentro. Va a decir que lo de fuera, los cuerpos, los trajes, las parejas, también es arte.

Los colores

Si hubiera que quedarse con tres colores del vídeo, serían el rosa, el azul eléctrico y el dorado. El dorado es el del palacio, las molduras, las lámparas: lo que ya estaba. El rosa y el azul son los de las luces del suelo, la fuente, las faldas, el humo: lo que llega.

Ficha de la canción «Louvre» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Esa combinación se repite en casi todo el universo del planeta. El rosa del planeta Gayfolk, el azul de la noche. Aquí se pinta encima de la piedra y del oro, sin borrarlos. El palacio sigue ahí, más bonito que nunca, con la diferencia de que ahora tiene una fiesta delante.

La etiqueta francesa

Un detalle curioso del vídeo es su presentación. El título en YouTube está en francés, «clip officiel» y «Planète GayFolk», y las etiquetas mezclan francés, español e inglés: música disco, pop para bailar, arte queer, fiesta LGTB, orgullo. Se publicó el 7 de julio de 2025, en pleno verano y en plena temporada de orgullos.

No me parece un detalle menor. La canción se viste de París de la cabeza a los pies, también en el envoltorio, y a la vez deja claro que viene de un planeta que no tiene fronteras. El museo es francés; la fiesta es de todos.

Por qué el Louvre

Me han preguntado alguna vez por qué un museo y por qué este. La respuesta está en el texto del vídeo: porque representa «lo que el arte tiene de eterno, pero también de frágil, de humano y de queer».

Hay un tipo de lugar que siempre parece de otros. Los museos, los palacios, las óperas, las cenas de etiqueta. Sitios en los que uno entra con cuidado, hablando bajito, por si acaso. Muchas personas LGTBI hemos sentido alguna vez esa sensación de estar de prestado. El vídeo propone lo contrario: entrar haciendo ruido, con alas, con plumas, de la mano de quien quieras.

Transformar la solemnidad en movimiento, el silencio en ritmo, la mirada en libertad.

Esa es la frase que mejor describe el clip entero. La solemnidad está en cada plano, en las fachadas, en las lámparas, en la geometría perfecta de la pirámide. El movimiento está en todo lo demás.

Dónde está la canción

«Louvre» forma parte de «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el segundo disco de la trilogía. En la lista de canciones de la web aparece justo después de «La música me está salvando», y tiene su ficha propia en «Louvre», con la portada y el texto completo. El disco entero está en su página.

Si te interesa el museo como lugar imaginado, en «Un sitio que todavía no existe» escribí sobre los lugares soñados del planeta, y en «A las que bailaron cuando no se podía» sobre la memoria queer en las letras, que termina precisamente en este museo.

Qué es mío y qué no

Lo cuento siempre, porque me parece justo. Soy letrista, compositor y productor musical, y en este proyecto la música y la interpretación vocal están hechas con IA. Las imágenes del videoclip también se generaron con herramientas de inteligencia artificial a partir de mis ideas: la mariposa delante de la pirámide, la fiesta en el palacio, los chicos de la mano. Las personas que aparecen no son personas reales. Si quieres saber con más detalle cómo trabajo, lo explico en «Qué es mío en una canción hecha con IA».

Para verlo otra vez

Si vuelves al vídeo después de leer esto, te propongo un juego: cuenta cuántas veces aparece la pirámide y fíjate en de qué color está cada vez. Blanca de día, dorada, morada, azul, envuelta en humo rosa, dibujada con neón. Es el mismo edificio y nunca es igual.

Y fíjate en el final. Empezamos con una sola figura con alas, quieta, a punto de despegar. Terminamos con dos chicos volando de verdad. En medio hay cuatro minutos de fiesta. Me parece una buena manera de contar lo que pasa cuando te atreves a entrar en un sitio donde nadie te había invitado.

Que nunca falte el brillo, ni la libertad, ni las ganas de bailar frente a los templos del arte.

Preguntas frecuentes

¿Qué se ve en el videoclip de «Louvre»? Una figura con alas de mariposa delante de la pirámide de cristal, bailarinas con faldas de neón y vestidos de volantes en la explanada de noche, una fuente de agua rosa, una fiesta de etiqueta en un salón dorado, una galería de espejos con bolas de discoteca, artistas con tocados de plumas y pedrería, dos chicos de la mano dentro de la pirámide y varias parejas de chicos que saltan y vuelan sobre ella hasta un final de humo rosa.

¿Está grabado en París? No. El texto que acompaña al vídeo lo dice desde el principio: no está grabado en París, aunque lo parezca, porque el Louvre del clip es un símbolo y no el museo de verdad.

¿Cuándo se publicó y cuánto dura? Se publicó en YouTube el 7 de julio de 2025 y dura cuatro minutos y un segundo.

¿En qué álbum está? En «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el segundo disco de la trilogía GAYFOLK.

¿Las personas del vídeo son reales? No. Las imágenes se generaron con herramientas de inteligencia artificial y las personas que aparecen no existen.