Saltar al contenido
← Canción a canción«¿Y tú quién eres?»: la pregunta de La Veneno que me sigo haciendo

Por ·

«¿Y tú quién eres?»: la pregunta de La Veneno que me sigo haciendo

«¡Yo soy La Veneno, y tú quién eres, maricón!»

Esa frase la cito en el texto de «Kaaa miga», mi canción homenaje a La Veneno, con un «como diría ella» delante. Y cada vez que la leo me pasa lo mismo: me quedo con la segunda mitad. La primera es una afirmación. La segunda es una pregunta. Y la pregunta va dirigida a ti.

Este texto va de esa pregunta. De por qué una mujer que se plantó delante de las cámaras de los noventa con su cuerpo, su acento y su descaro sigue preguntándonos, desde una frase, quiénes somos.

Lo que ya está contado

La ficha de «Kaaa miga» en mi web y el texto que acompaña la canción en gayfolkplanet.com/letras cuentan la intención del homenaje. Lo resumo en una frase del propio texto: La Veneno «fue escándalo, humor, coraje y espejo de una época que intentó silenciarla». No voy a repetir eso. Voy a quedarme con la frase final, la de la pregunta, y darle vueltas.

Quién era

Para quien llegue aquí sin saberlo, un poco de contexto, sin adornos.

Cristina Ortiz Rodríguez, La Veneno, nació en Adra, Almería, en 1964. Mujer trans, se hizo famosa en 1996 en un programa nocturno de Telecinco, «Esta noche cruzamos el Mississippi», presentado por Pepe Navarro. La habían encontrado trabajando en el Parque del Oeste de Madrid y la llevaron al plató. En pocas semanas era un fenómeno: sus frases, su manera de hablar, su risa, su forma de enseñar el cuerpo sin pedir perdón y de contestar a todo con una frase que parecía improvisada y se quedaba grabada.

Después vinieron los años malos. La fama se apagó, hubo problemas económicos, una estancia en prisión en un centro de hombres, que ella misma contó como una de las peores experiencias de su vida. En 2016 publicó sus memorias junto a la periodista Valeria Vegas, «¡Digo! Ni puta ni santa». Ese mismo año, en noviembre, murió en su casa de Madrid.

Y luego, en 2020, llegó la serie «Veneno», de Los Javis, que la devolvió al centro de la conversación y la presentó a una generación que no la había visto en la tele.

Todo eso está documentado. Lo cuento aquí porque es la base de cualquier homenaje honesto: saber a quién se homenajea. Un homenaje que no conoce la vida de la homenajeada es un disfraz de Carnaval: peluca rubia, aros dorados y nada debajo. Y La Veneno merece algo más que una peluca. Merece que quien la nombra sepa por qué la nombra, lo bueno y lo malo, el plató y la cárcel, la risa y el final.

Yo soy

La primera mitad de la frase es la más fácil de entender, y la más difícil de decir.

«Yo soy La Veneno.» Así, con artículo, como quien dice el nombre de una marca o de una institución. No «me llamo Cristina», no «me dicen La Veneno». Yo soy. Es una afirmación de identidad sin matices, sin explicaciones, sin pedir permiso a nadie.

Para una mujer trans en la España de los noventa, decir «yo soy» en televisión era un acto enorme. En una época en que a las personas trans se las llamaba con insultos en los mismos programas que las invitaban, en que se reían de ellas en los sketches de humor, en que no tenían derechos reconocidos ni papeles que dijeran su nombre, plantarse delante de una cámara y decir «yo soy esto, y lo digo yo» era una revolución en miniatura.

Y lo hacía con humor. Esa es la parte que a mí más me interesa como letrista. La Veneno no soltaba discursos. Soltaba frases. Rápidas, cortantes, con gracia de barrio. Esas frases decían más sobre la dignidad que muchos manifiestos.

Y tú quién eres

La segunda mitad es la que me persigue. «Y tú quién eres, maricón.»

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «fue escándalo, humor, coraje y espejo de una época que intentó silenciarla» de «Kaaa miga»

En su boca, la pregunta era un contraataque. Alguien la juzgaba, la miraba raro, se reía de ella, y ella le devolvía la pelota. ¿Tú quién eres para mirarme así? ¿Qué has hecho tú? ¿Con qué derecho? El «maricón» final no es un insulto homófobo: es el remate de patio de vecinas, el insulto cariñoso y feroz que usábamos y seguimos usando entre nosotras.

Pero si le quitas el contexto, la pregunta se vuelve otra cosa. Se vuelve una pregunta de verdad. ¿Y tú quién eres? No para atacarte, sino para obligarte a mirarte. Ella ya sabe quién es. Lo ha dicho en voz alta. ¿Y tú? ¿Lo sabes? ¿Te atreves a decirlo?

Para mucha gente que la vio en la tele, aquella pregunta fue la primera vez que alguien les planteaba eso. Chicos de pueblo que veían el programa a escondidas, cuando los padres ya estaban dormidos, y que de repente veían a alguien que decía «yo soy» sin miedo. La pregunta les llegaba directamente: ¿y tú quién eres?

Mi respuesta

Me tomo la libertad de contestarla, porque para eso me la ha hecho.

Yo soy Mike Sain't Louis. Letrista, compositor, productor, director artístico de mis canciones, dueño de un sello de una sola persona. Escribo letras sobre la vida queer en España con mucho humor y muchos nombres propios. Uso la inteligencia artificial como herramienta para la música y las voces, y las letras son mías. Hago pop alternativo, copla, electropop, rumba, lo que la canción pida. He publicado más de doscientos setenta singles y una trilogía de discos que imaginan un planeta donde cada cual puede vivir tal y como es.

Lo de antes es el currículum. Lo de verdad, lo que La Veneno preguntaría, es otra cosa. Y eso no cabe en una ficha de prensa. Está en las canciones. En las de reírme de mis ex, en las de llorar, en las de homenaje, en las de cabrearme con los haters. Si alguien quiere saber quién soy, que las escuche todas. O que lea sobre mí, que ahí lo cuento más corto.

Una viñeta de cómic

La portada es puro pop art, de los que se colgarían en una galería de Nueva York en los sesenta si Roy Lichtenstein hubiera nacido en Almería.

Una mujer rubia, con flequillo recto, pestañas enormes, labios carnosos muy pintados, un lunar junto a la boca y unos aros dorados gigantes. Mira hacia arriba, con cara de sorpresa o de desafío, como quien acaba de oír algo que no le ha gustado y está preparando la respuesta. El fondo es fucsia, con la trama de puntitos de las viñetas impresas, rayos de cómic y estrellas amarillas. A la izquierda, un bocadillo de explosión, de esos de «¡BANG!» y «¡POW!», con el título dentro en letras gordas: «KAAAA MIGA». Abajo, mi nombre en una franja amarilla y verde.

Me encanta que sea una viñeta. La Veneno era, en cierto modo, un personaje de cómic hecho carne: exagerado, inmediato, de frases que parecían escritas para un bocadillo. Sus apariciones en la tele tenían el ritmo de una tira cómica, con su golpe final en cada intervención. La portada la devuelve a ese formato y la convierte en superheroína de barrio.

El texto de la canción habla de mezclar la memoria queer con el pop art, la crítica y la ternura. La portada es la parte del pop art. La ternura está en la mirada.

La tele de madrugada

Hay que entender cómo era la televisión de aquellos años para entender lo que supuso.

Collage con un detalle de la carátula de «Kaaa miga» y las carátulas de «Sí, soy una puta», «Los Javis», «Veneno», «Camela»

A mediados de los noventa, las cadenas privadas españolas estaban descubriendo la noche. Programas larguísimos, en directo, que empezaban pasadas las doce y se alargaban hasta las tantas, con una mezcla de humor, entrevistas, actuaciones y personajes estrafalarios. Era una televisión sin red, donde cualquier cosa podía pasar y a menudo pasaba. Y en esa televisión, los personajes LGTB aparecían sobre todo como atracción de feria. Como el número raro que hacía subir la audiencia.

La Veneno entró por esa puerta, la de la atracción. Y la reventó desde dentro. Lo que el programa quería que fuera un número cómico se convirtió en otra cosa: una mujer que se reía de los que se reían de ella, que contaba su vida con una franqueza que nadie esperaba, que tenía más gracia y más rapidez que el presentador. Del número de feria salió una estrella. Durante unos meses, media España se quedó despierta para verla.

Esa inversión, la de convertir el chiste que te hacen en un chiste que haces tú, es para mí el corazón de la cultura camp. Y ella la hizo en directo, sin guion, a la una de la madrugada.

La deuda

Toca decir algo que no tiene gracia, una vez.

El movimiento LGTB tiene una deuda enorme con las mujeres trans, y casi nunca la paga. En los disturbios de Stonewall, en Nueva York, en 1969, estaban en primera fila mujeres trans y drag queens como Marsha P. Johnson y Sylvia Rivera. Durante décadas, la historia oficial las dejó en segundo plano, mientras los hombres gais blancos y de clase media se quedaban con la foto. Aquí pasó algo parecido: las mujeres trans pusieron el cuerpo en la calle y en los platós cuando nadie más se atrevía, y luego se las dejó fuera de muchas conversaciones.

La Veneno es parte de esa historia. No se proponía ser activista, pero lo fue, a fuerza de existir en la pantalla. Y vivió las consecuencias en carne propia, con la burla, la pobreza y la cárcel.

Un homenaje en forma de canción no paga esa deuda. Pero la reconoce. Y reconocerla es el primer paso para que alguien, algún día, empiece a pagarla.

Lo que no hago en un homenaje

Una última precisión sobre cómo hago estos homenajes, porque es fácil equivocarse.

En el texto de «Kaaa miga» digo que es una canción hecha desde el cariño, desde el respeto y desde el orgullo. Eso marca un límite claro: La Veneno no es el chiste. Las risas, si las hay, son con ella, no de ella. La imito como se imita a una tía querida en una cena familiar, exagerando su forma de hablar para que todos se acuerden de ella y sonrían. No como la imitaban algunos humoristas de la época, para que el público se riera de una mujer trans.

La diferencia es sutil y es enorme. Está en la intención, en el contexto, en quién cuenta el chiste y para qué. Lo explico en de la risa ajena a la risa propia: el humor queer ha tardado décadas en pasar de ser objeto a ser sujeto. Un homenaje mal hecho puede devolverlo al punto de partida en tres minutos.

Por eso cuido tanto las palabras de estas canciones. Y por eso el texto termina con un «viva» y no con un chiste.

Por qué un homenaje

El texto de la canción dice que La Veneno merecía una canción que gritara su nombre con el mismo descaro con el que ella se plantó frente al mundo. Lo mantengo. Y añado algo.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «fue verdad. Y este videoclip es mi forma de devolverle parte de esa verdad,» de «Kaaa miga»

Los homenajes son una forma de genealogía. Cuando nadie te enseña de dónde vienes, tienes que construirte tu propio árbol familiar a base de referentes. Los hombres gais y las personas trans de mi generación no tuvimos un libro de historia que nos contara nuestro pasado. Lo fuimos armando con lo que encontrábamos: una folclórica aquí, un poeta asesinado allá, una mujer trans en un plató de Telecinco a la una de la madrugada.

La Veneno está en ese árbol. Es una de las abuelas raras, de las que no salen en las fotos oficiales de la familia pero de las que todo el mundo habla en las sobremesas. Hacerle una canción es colgar su foto en el salón, en lugar de guardarla en un cajón.

La forma de hablar

El texto dice que el videoclip es un guiño a su mítica forma de hablar, y el título lo confirma: «Kaaa miga», con esa vocal alargada que imita una entonación. No voy a explicar el título palabra por palabra, porque los guiños, si se explican, dejan de serlo. Quien la recuerde, lo reconocerá al instante.

Lo que sí quiero decir es por qué me interesa tanto esa forma de hablar. La Veneno tenía un idioma propio. Vocales larguísimas, frases que empezaban en un sitio y acababan en otro, palabras inventadas, exclamaciones que parecían latigazos. Era un habla de barrio, de calle, de mujer que ha tenido que defenderse con la lengua toda su vida. Y en la tele, donde todo el mundo hablaba igual, sonaba a otro planeta.

Ese idioma tiene mucho que enseñar a cualquiera que escriba letras. Que alargar una vocal puede ser más expresivo que una metáfora. Que una exclamación bien puesta vale por un párrafo. Que el habla de la calle tiene un ritmo propio que ninguna academia enseña. Cuando en mis letras se alarga un «infiernoooooos» o un «frozeeeeen», algo de esa escuela hay.

Ni puta ni santa

El título de sus memorias merece un párrafo propio, porque es una pequeña obra maestra: «¡Digo! Ni puta ni santa».

«¡Digo!» es una exclamación muy suya, de las que rematan una frase como quien da un golpe en la mesa. Y luego, la negación doble. Ni lo uno ni lo otro. Ni la etiqueta con la que la insultaban ni la etiqueta con la que algunos querían redimirla. Ni la mujer perdida de las crónicas de sucesos ni la víctima angelical de los reportajes compasivos. Ella, a secas.

Me hace pensar en mi propia canción «Sí, soy una puta», que hace justo lo contrario: coge la etiqueta y la asume con un «sí». Son dos estrategias distintas ante la misma palabra. Ella la rechaza junto con su contraria; yo la abrazo para desactivarla. Las dos funcionan, y las dos dicen lo mismo en el fondo: la palabra no la eliges tú, pero lo que haces con ella, sí.

Y en las dos hay un «digo» implícito. Un «lo digo yo». Esa es la diferencia entre que te nombren y nombrarte. La Veneno se nombró a sí misma desde el primer día en el plató, con artículo y todo. Sus memorias, al final de su vida, son la última vez que lo hizo. Ni puta ni santa. La Veneno.

Si te interesa su historia, ese libro es el mejor sitio para empezar. Está contado con sus palabras, con sus frases, con su manera de mirar. Valeria Vegas tuvo la inteligencia de no pulirla demasiado, de dejar que se oyera su forma de hablar en cada página, con sus exclamaciones y sus saltos. Ninguna canción, ni la mía, puede sustituir eso.

Escándalo y verdad

El texto de la canción termina con una idea que me parece la más importante: que La Veneno fue muchas cosas, pero sobre todo fue verdad.

Ficha de la canción «Kaaa miga» con su carátula: disco «Single fuera de la trilogía», letra y producción de Mike Sain't Louis

Esa palabra, verdad, es la que más me cuesta usar, porque se ha gastado mucho. Pero en su caso es exacta. En una televisión de los noventa llena de impostura, de famosos de cartón piedra, de presentadores con sonrisa de anuncio, ella era lo único que no fingía. Se reía cuando le hacía gracia. Contaba lo que le había pasado sin maquillarlo. Enseñaba lo que quería enseñar. Era escandalosa porque era verdad, no al revés.

Eso es lo que intento en mis canciones, a mi manera, con mucha menos valentía. Contar las cosas como son, aunque escandalicen. No fingir que mis ex eran mejores de lo que eran. No fingir que no lloro. No fingir que no uso IA. La verdad, dicha con humor, es la única herramienta que tengo.

La serie y la memoria

Lo que hicieron Los Javis con la serie «Veneno» merece una mención aparte, porque cambió la forma en que mucha gente la recuerda.

Antes de la serie, para muchos La Veneno era un personaje de la tele de madrugada, un recuerdo cómico de los noventa, alguien de quien reírse. Después de la serie, se convirtió en lo que siempre fue: una mujer con una historia durísima, con una dignidad enorme, que abrió camino a otras sin proponérselo. La serie contó su vida con actrices trans, con cariño, con rigor y con una estética que no tenía miedo al exceso.

En mi catálogo hay una canción que lleva el nombre de Los Javis, «Los Javis», con una portada de tres chicos de la mano en un escenario de neón. Y hay otra que se titula simplemente «Veneno». Todas forman parte de la misma conversación: la de una cultura que por fin se cuenta a sí misma.

Una galería de homenajes

«Kaaa miga» no es mi único homenaje. Tengo una pequeña galería de canciones dedicadas a personas que han marcado la cultura popular española, sobre todo la que miramos los maricas con más cariño.

Está «Camela», para el grupo de tecno-rumba que suena en cada coche y en cada pueblo. Está «Lola Flores», para la Faraona. Está la de Carmina Barrios, a quien me habría encantado tener de suegra. Está la de Paco León. Cada una es un retrato distinto, pero todas tienen algo en común: son personas que ocuparon un espacio que no les estaba reservado, con descaro y con gracia.

Lo explico mejor en las canciones como diario de una comunidad. Los homenajes son las entradas de ese diario donde apuntamos a quién le debemos algo.

La pregunta sigue

Vuelvo a la frase del principio, porque no se acaba nunca.

«¿Y tú quién eres?» Me la hago a menudo. Cuando publico una canción, cuando leo un comentario de alguien que me desprecia, cuando me miro en el espejo después de una semana mala. Y cada vez la respuesta cambia un poco. Esa es la gracia de las buenas preguntas: no se contestan una vez y ya.

La Veneno se la hizo a todo un país desde un plató. Hoy me la hace a mí desde una canción. Y yo te la paso a ti, que has llegado hasta aquí.

¿Y tú quién eres, maricón?

Con cariño. Como lo diría ella.

Preguntas frecuentes

¿A quién homenajea «Kaaa miga»? A La Veneno, Cristina Ortiz Rodríguez, mujer trans que se hizo famosa en 1996 en el programa «Esta noche cruzamos el Mississippi» de Telecinco. El texto de la canción está en gayfolkplanet.com/letras.

¿Qué significa el título? Es un guiño a la forma de hablar de La Veneno, con su vocal alargada. El texto de la canción lo presenta como un homenaje a su mítica forma de hablar.

¿Qué otras canciones homenaje tiene Mike Sain't Louis? Entre otras, «Camela», «Lola Flores», «Los Javis», «Ojalá hubiera tenido de suegra a Carmina Barrios» y «Qué polvo tiene Paco León».

¿Quién hace la canción? La letra, la composición y la producción son de Mike Sain't Louis. La música y las voces se hacen con inteligencia artificial.

Compartir