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Un toro con ametralladoras en la plaza: lo que pasa en el videoclip de «La música me está salvando»

Hay canciones que se escriben con la cabeza fría y canciones que salen como un portazo. Esta es de las segundas: la del toro, la de la música que salva. La letra empieza con un «Lo estoy flipando» y un «¡Patán!» lanzado a la cara de alguien, y no baja el volumen en ningún momento. El videoclip se estrenó en YouTube el 26 de febrero de 2025, dura tres minutos y cincuenta y nueve segundos y, si lo ves sin saber nada, lo primero que te llevas es una imagen difícil de olvidar: un toro negro con ametralladoras montadas en el lomo, disparando en mitad de una plaza.

Ya escribí sobre esta canción desde la gramática, sobre la diferencia entre «me está salvando» y «me ha salvado», y desde la forma de lista de su estribillo. Hoy quiero hacer otra cosa: meterme en el clip, contar lo que se ve de verdad y explicar por qué esas imágenes, que parecen un disparate, tienen todo el sentido del mundo al lado de la letra.

El arranque: un hombre a oscuras y un cartel rosa

El vídeo no empieza con fuegos artificiales. Empieza con un hombre de camiseta oscura, de perfil, en una penumbra azulada, mirando hacia abajo. No hay nada alrededor. Es un plano casi de antes de la tormenta, el momento en que alguien todavía no sabe que se va a levantar.

Enseguida llega el cartel. El título aparece en mayúsculas, en letras rosas, gruesas, en la parte de arriba, y mi nombre, también en rosa, abajo a la derecha. Detrás, pequeño, un chico sin camiseta. Ese rosa chillón funciona como una firma: avisa de que lo que viene es mío, aunque durante tres minutos parezca una película de acción.

Después, dos primeros planos casi seguidos de un hombre con gafas de aviador. El primero está bañado en rosa; el segundo, en verde. Está ladeado, con media sonrisa, mirando a cámara como quien acaba de enterarse de algo que al otro le va a sentar fatal. Es el plano perfecto para los primeros versos:

Lo estoy flipando Y tú lo estarás mucho, mucho más.

La canción no pide permiso. Arranca con una noticia que todavía no se ha contado pero que ya se disfruta. Y ese hombre de las gafas tiene exactamente esa cara: la de alguien que sabe que la sorpresa le va a llegar al otro, no a él.

La plaza de toros al revés

Y entonces, la plaza. Una plaza de arcos blancos, con dos pisos de galerías, la arena dorada y un toro negro. Lleva encima un armazón con armas que disparan. Salen fogonazos, humo, chispas. En otros planos el toro aparece en el centro del ruedo, quieto, con los capotes rosas y rojos tirados en la arena a su alrededor, como si alguien los hubiera soltado al salir corriendo.

Lo que más me gusta de esta imagen es que da la vuelta a todo lo que esperamos de una corrida. En una plaza el toro es el que no tiene opción. Sale por la puerta, le esperan, le cansan, le engañan con un trapo, y el final ya está escrito antes de empezar. Aquí no. Aquí el toro sale armado, y los que estaban preparados para ganar acaban por los suelos.

Porque eso es lo que se ve: en varios planos hay toreros tendidos en la arena, con el traje manchado, y una mancha roja en el suelo, mientras el toro se pasea entre el humo. No hay ni un plano en el que el torero esté de pie dominando la situación. El clip le quita al torero su momento de gloria y se lo da al animal al que le tocaba perder.

Y ahí está la letra:

¡La música me ha llevado al cieloooooooooooooooooo, Y a ti te está dejando por los ¡suelos!

La palabra «suelos» se queda colgando al final de la frase, separada, con su propio signo de exclamación, como quien deja caer algo pesado. En el vídeo, «por los suelos» no es una metáfora: es la arena de la plaza, y quien está tirado en ella es el que había planeado la faena.

Por qué un toro

Si te fijas, en mi universo hay toros y toreros en más de un sitio. Hay una canción que se llama «Cada cornada» y otra, «Ya sale el asesino», cuya portada es un torero de espaldas. Lo taurino es, para mí, un lenguaje que en España todo el mundo entiende: el traje de luces, el tendido que aplaude, el pañuelo, la vuelta al ruedo. Es un teatro de poder. Hay uno que brilla y otro que sangra, y el público suele aplaudir al que brilla.

Fotogramas del videoclip oficial de «La música me está salvando», de Mike Sain't Louis

En esta canción el teatro se rompe. El que sangraba se planta, saca algo que nadie esperaba y deja al de los brillos en el suelo. Ese «algo» en la letra es la música. En el clip son unas ametralladoras absurdas, casi de dibujo animado, montadas en el lomo de un toro. Me hace gracia porque es una exageración enorme, y la exageración es la forma en que mi mundo cuenta las cosas serias sin que te hundan.

No es una canción a favor de disparar a nadie, claro. Es una fantasía de revancha, igual que cuando alguien te ha hecho mucho daño y te imaginas la cara que pondrá el día que te vea bien. El toro armado es esa fantasía hecha imagen: no hace falta que ocurra de verdad para que te dé fuerzas.

La reina llena de barro

Hay un plano muy corto, que casi se escapa, y que a mí me parece una de las claves. Una mujer con una corona dorada, el pelo revuelto y la cara salpicada de barro. Detrás se ve un campo verde y una orilla desenfocada. Le salta tierra por los lados, como si acabara de caer en un charco o como si alguien le hubiera tirado algo encima. Tiene la boca entreabierta y cara de no entender qué ha pasado.

No es nadie real. Es un personaje del clip, como todos los nombres de mis letras son personajes. Pero dice mucho. La corona habla de alguien que se creía por encima, que mandaba, que decidía quién era bueno y quién malo en la historia. Y el barro es el «por los suelos» de la letra, otra vez, solo que ahora sin plaza de toros. Una reina que pierde la corona en el lodo, o que la conserva pero ya con la cara manchada.

En la canción, la persona a la que le hablo no es una reina, es un «patán» y un «Pinocho». Pero el gesto es el mismo: alguien que iba de majestad y que, de repente, ve que el guion ya no le obedece.

Los que corren

Si el toro es la mitad del vídeo, la otra mitad son hombres corriendo. No es siempre el mismo chico, y eso me gusta: es como si el clip quisiera decir que no se trata de una persona concreta, sino de un movimiento.

Primero aparece un chico con una camiseta blanca de manga larga, corriendo por una azotea mojada, con la ciudad a la espalda y un cielo encapotado. Luego corre por una avenida entre rascacielos, una calle ancha con bolardos rojos y blancos y un cielo azul con nubes. Más tarde, otro hombre con un polo blanco corre bajo una lluvia muy fuerte, con las luces de una ciudad de noche detrás, y la cara de quien no se va a parar por mojarse.

Hay un plano en un bosque oscuro, de árboles altos y troncos finos, donde un chico con una camiseta verde azulada corre hacia la cámara. Y otro en un pasillo blanco, muy luminoso, donde un hombre sin camiseta, con barba, corre como si llegara tarde a algo importante.

Pero la secuencia que más se repite, la que vuelve una y otra vez en la segunda mitad, es la del chico de blanco corriendo por la orilla, con el agua salpicándole hasta las rodillas, mientras detrás se levanta una ciudad de edificios altos con un letrero de neón rosa encendido. Corre hacia nosotros. El agua le golpea las piernas, pero él no se cae. Hay incluso un plano suelto de un torrente, una cascada enorme de agua blanca cayendo entre rocas, que funciona como un recordatorio de lo que tiene detrás.

Cuando lo veo me acuerdo de tres verbos del estribillo:

¡La música me está salvando! ¡La música me está elevando! ¡La música me está subiendo!

Salvar, elevar, subir. Todos hablan de salir de algo que te arrastra hacia abajo. El chico que corre por el agua es eso: alguien que no se ahoga porque sigue moviéndose. No está a salvo todavía, pero va hacia la orilla. Ya expliqué en otro artículo que esta canción está escrita en gerundio por una razón: la salvación está ocurriendo, no ha terminado. El clip lo enseña sin palabras. Nadie llega a ningún sitio. Todos están en camino.

El niño bajo la lluvia

Entre tanto ruido, hay dos planos que bajan el volumen de golpe. Un niño pequeño, con una camiseta clara, sentado en el suelo mojado de noche, bajo la lluvia, con unas luces de farola desenfocadas detrás. No llora. Solo está ahí, sentado en un charco, mirando hacia delante.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «¡La música me está elevando!» de «La música me está salvando»

Es el plano más tierno del vídeo y, a la vez, el que más me remueve. Porque en una canción tan furiosa, aparece de repente alguien que no tiene nada que ver con la pelea. Yo lo leo como el niño que uno fue antes de que todo se torciera, el que sigue ahí sentado aunque el adulto esté corriendo por la orilla o saliendo de la plaza a tiros. La rabia de la canción es la de un adulto, pero quien necesita que le salven es ese crío.

La letra tiene una lista larga de cosas y personas que no lo consiguieron, y entre ellas, de repente, aparecen los médicos de niños. Siempre me ha parecido una palabra rara en esa lista, porque los pediatras son médicos de niños. Puesta al lado del niño de la lluvia, se entiende mejor: hay heridas que vienen de muy atrás.

La lista de los que no llegaron

El corazón de la letra es esa enumeración que se repite tres veces, igual, sin cambiar ni una coma. Empieza por la consulta y por la familia, pasa por los médicos de todo tipo y por los novios, se cuela hasta los veterinarios, sigue con los rezos de rodillas en un barrio de Madrid y con los ayunos milagrosos, y remata con los políticos, a los que la canción despacha con un «Ya lo sabemos» que no admite réplica.

Es una lista hecha a propósito para que no quepa en una sola respiración. Mezcla lo serio con lo absurdo: los psiquiatras al lado de los veterinarios, los hermanos al lado de los políticos. Cuando la escribí no quería hacer un inventario razonable, quería vaciar el bolso entero encima de la mesa. Todo lo que alguien te dice que te va a arreglar la vida, todo junto, y al final una sola cosa que sí funcionó.

En el clip esa lista no se ilustra punto por punto, y me alegro. Sería aburridísimo ver un psicólogo, luego un amigo, luego un hermano. En su lugar, el vídeo pone imágenes que no se explican: un panda sentado en un prado verde, mordisqueando una rama de bambú, con unas casas de colores al fondo. Un retrato en blanco y negro de un hombre con barba y tupé, muy serio, que aparece dos veces mirando a cámara. Y uno de mis planos favoritos: un plato blanco con una crema naranja, unos pétalos de cebolla morada alrededor y, colgados encima de un hilo, dos calcetines azules, como si estuvieran tendidos sobre la cena.

El panda me hace sonreír porque en Planeta Gayfolk hay un panda con canción propia, «El panda del acoso sexual». Y los calcetines me hacen sonreír todavía más, porque «El calcetín» es otra de mis canciones sobre un ex. No sé si quien vea el clip sin conocer el resto de mi mundo los relacionará, y no hace falta. Pero para quien lo conoce, esos objetos son guiños. El planeta entero se cuela en el vídeo de refilón.

Lo que la canción no dice: hoy sí tengo ayuda

Sé que la lista puede leerse mal. Si alguien la escucha deprisa, puede pensar que la canción dice que los psicólogos y los psiquiatras no sirven. No es eso. Es una canción escrita desde un momento muy concreto, el de sentir que nadie te había creído y que lo único que te sostenía era sentarte a escribir letras y a producir canciones. En ese momento, la música fue lo que me sacó de la cama.

Collage con un detalle de la carátula de «La música me está salvando» y las carátulas de «Cada cornada», «Ya sale el asesino», «El panda del acoso sexual», «El calcetín»

Lo cuento porque es verdad y porque lo he contado otras veces: pasé veinte años con dos parejas que me hicieron mucho daño, y cuando por fin se les cayó la máscara, consiguieron poner a parte de mi gente en mi contra. Hubo un tiempo en que estuve muy cerca de rendirme del todo. Hoy estoy en tratamiento psiquiátrico y psicológico, con diagnósticos que tienen nombre (estrés postraumático, depresión mayor, ansiedad, fobia social), y esa ayuda me está sirviendo. La música no la sustituye. Lo que hace es otra cosa: me deja decir lo que siento con mis propias palabras, a mi manera, con humor y con rabia.

Si te reconoces en esa sensación de que nada te sostiene, no te quedes solo con la canción. En España puedes llamar al 024, la línea de atención a la conducta suicida, gratis y a cualquier hora. En una emergencia, el 112. La línea de la Fundación ANAR para niños y adolescentes es el 900 20 20 10. Y si estás fuera de España, en findahelpline.com puedes encontrar el teléfono de tu país. La música puede acompañarte mientras llamas.

El giro: «Mentiroso cabrón»

Hay un momento en la letra en que se para la lista y se dirige directamente a alguien:

¿Te esperabas esto en tu plan de acción, Mentiroso cabrón? Pues ve improvisando, que las cosas van cambiando.

Para mí es el centro de la canción. La persona a la que le hablo tenía un plan. Lo tenía todo pensado: cómo contar la historia, a quién convencer, cómo quedar bien. Y lo que no estaba en su plan es que la otra persona se levantara y empezara a contar su versión. «Pues ve improvisando» es lo más parecido a una venganza que tiene la letra: no hay golpes, hay un cambio de guion.

En el vídeo, ese giro se ve en la plaza. El plan de acción de una corrida es siempre el mismo. Tercios, capote, banderillas, muleta. Todo está escrito. Y de repente el toro aparece con armas y los que iban a lucirse tienen que improvisar en el suelo. Hay un plano en el que el toro embiste contra un hombre vestido de rojo, junto a la barrera, mientras salen llamaradas de los cañones y el público mira desde el tendido. Es exactamente el «ve improvisando» de la letra.

Y hay otro, que se repite al final, en el que el toro sale por un arco de piedra rodeado de fuego. Las llamas ocupan todo el hueco de la puerta. A los lados hay varias figuras vestidas de negro, quietas, mirando cómo sale. Es la imagen de la puerta grande, la que se abre para el torero triunfador, pero quien la atraviesa es el toro. Ese plano lo repito en mi cabeza muchas veces cuando pienso en salir de una relación que te ha hecho daño: no sales por la puerta de atrás, sales por la grande, aunque sea entre llamas.

El hombre del abrigo de hebillas

Hay un personaje que aparece varias veces y que no corre, no dispara y no está en la plaza. Un hombre con gafas de sol, un abrigo largo gris oscuro con hebillas metálicas cruzadas en el pecho, de pie en un balcón junto a una pared de ladrillo rojo. Detrás se ve una barandilla negra, vegetación y, a lo lejos, el mar. Camina despacio hacia la cámara.

Es la versión tranquila del protagonista. El que ya no tiene que demostrar nada. En una canción que va a toda velocidad, él es el único que se mueve con calma, como quien ha salido del lío y lo mira desde fuera. Me gusta imaginarlo como el final de la historia que la canción todavía no ha alcanzado: el día en que la rabia se ha convertido en una especie de elegancia. Todavía no estoy ahí del todo, pero cada vez que vuelve ese plano, pienso que existe.

«Hasta nunca, Pinocho»

La tercera parte de la letra cambia de tono y se vuelve más cómica y más cruda. Aquí la canción se ríe del otro con toda la mala leche:

Hasta nunca pinocho Se acabo la crisis

Pinocho es el mentiroso de los cuentos, el muñeco al que le crece la nariz. «Se acabo la crisis» es casi un anuncio: se terminó, cerramos la temporada. Después llegan unos versos picantes sobre el «cruising» y un consejo con retintín:

Hazte las pruebas nene Tu ya me entiendes morbosete

Es el humor de Planeta Gayfolk en estado puro. Una mezcla de pulla de barrio, de chiste de bar y de verdad incómoda. Esos versos no son para analizarlos con lupa. Son la carcajada después del llanto, el momento en que te ríes del que te hizo daño porque por fin puedes.

En el vídeo, esta parte coincide con más plaza, más humo y más carreras. El clip no se pone explícito. Prefiere seguir con el toro y la orilla. Me parece bien: la letra ya dice bastante, y las imágenes acompañan la energía sin necesidad de ilustrar cada palabra.

El estribillo que no cambia

Una cosa que me importaba al hacer la canción es que el estribillo volviera tres veces exactamente igual. Ni una palabra distinta. Esto, que en papel parece una repetición, al escucharla se convierte en un mantra. Cada vez que vuelve la lista y el grito del título, llega con más fuerza porque ya sabes lo que viene y lo esperas.

Ficha de la canción «La música me está salvando» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

En el clip, cada vuelta del estribillo trae una variación de la plaza: primero el toro disparando con los capotes en el suelo, luego el toro entre el humo con toreros caídos, y en la última, el toro saliendo del arco en llamas y plantándose en el centro del ruedo frente a los capotes vacíos. Es como si la corrida avanzara por tercios mientras la letra se queda quieta. La canción repite. El vídeo cuenta una historia.

Y el estiramiento de «cieloooooooooooooooooo», con todas esas oes, es mi forma de escribir en una letra algo que solo se entiende al oírlo. La palabra se alarga y se eleva igual que dice el verso. Es un pequeño truco de letrista: la letra hace en el papel lo que la música hace en el oído. La música e interpretación vocal de esta canción están hechas con IA, pero la letra, la producción y la idea del toro armado son mías.

El final: el título sobre la arena

Los últimos segundos vuelven al ruedo. Un torero con traje de luces, ya en pie pero lejos, y el toro negro en el centro, entre nubes de polvo. Aparece de nuevo el título, ahora en letras rojas, y mi nombre debajo en amarillo, encima de la arena. Rojo y amarillo, en una plaza de toros. No hace falta decir más.

Me parece un cierre perfecto porque no hay una gran resolución. No sabemos qué pasa con el toro después. No hay vuelta al ruedo ni orejas. Solo el animal en el centro, de pie, sin que nadie pueda con él. Y la frase de la canción encima, como un letrero.

Dónde encaja en Planeta Gayfolk

En el mundo gayfolk hay muchas canciones dedicadas a la misma figura: el narcisista, el mentiroso, el que te usa y luego se hace la víctima. Tengo «El narcisista», tengo canciones de bichos y de ex, tengo secuelas que se responden unas a otras. Esta es la más eufórica de todas. No es una canción de duelo ni de tristeza. Es la canción de cuando por fin te das cuenta de que tienes algo que el otro no puede quitarte.

Para quien llega nuevo a este universo, recomiendo empezar por el primer disco, «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», y luego seguir la guía para escuchar la trilogía de principio a fin. Esta canción ya tiene sentido sola, pero se entiende mejor cuando sabes de dónde viene la rabia.

Si quieres ver más vídeos del planeta, están todos reunidos en la página de videoclips. Y si te interesa leer la letra entera mientras lo ves, la tienes en la sección de letras.

Lo que me llevo del clip

Este vídeo tiene detalles que se escapan a la primera: el toro lo ves enseguida, pero los toreros por el suelo, la reina del barro o los calcetines del plato pasan muy deprisa. Ahora, cuando lo pongo, lo que más miro es al niño sentado bajo la lluvia y al chico que corre por el agua sin caerse.

Creo que esas dos imágenes juntas resumen lo que quería decir con la canción. Hay alguien pequeño que necesitaba que le salvaran, y hay alguien adulto que sigue corriendo para conseguirlo. Entre los dos, una plaza donde, por una vez, el que iba a perder no pierde. La música no hace milagros, pero me ha dado un sitio donde la historia la cuento yo.

Preguntas frecuentes

¿Qué pasa en el videoclip de «La música me está salvando»? Alterna una plaza de toros donde un toro negro con ametralladoras en el lomo dispara y deja a los toreros en la arena con varios hombres que corren: por una azotea, por una avenida, bajo la lluvia, por un bosque y por una orilla frente a una ciudad con neón rosa. También salen una mujer con corona salpicada de barro, un niño sentado bajo la lluvia, un panda y un plato con dos calcetines.

¿Cuándo se estrenó el videoclip? El 26 de febrero de 2025 en YouTube. Dura tres minutos y cincuenta y nueve segundos.

¿Por qué hay un toro armado? Porque la canción da la vuelta a una historia de poder. En una corrida, el toro es el que pierde. En el clip sale armado y los que iban a lucirse acaban «por los suelos», como dice la letra. Es una fantasía exagerada de revancha, no una invitación a la violencia.

¿La canción dice que la terapia no sirve? No. Está escrita desde un momento en que sentía que nadie me había creído y que solo la música me sostenía. Hoy estoy en tratamiento psiquiátrico y psicológico y me está ayudando. Si lo estás pasando mal, en España tienes el 024, gratis y a cualquier hora.

¿Quién es el «mentiroso cabrón» de la letra? Un personaje. La canción nace de mi historia, pero no identifica a nadie. Es la figura del que tenía un plan para quedar bien y se encuentra con que la otra persona por fin cuenta su versión.

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