
Por Mike Sain't Louis ·
Un chihuahua dormido en mitad del planeta: «Limón», Pitufo y las nanas de Planeta Gayfolk
En Planeta Gayfolk casi todo es exceso. Hay toreros con alas, cruceros con croquetas, discotecas con láseres, museos llenos de demonios, bodas en salones con un planeta rosa en el techo. Y de repente, en mitad de esa lista, hay un videoclip de cinco minutos y diez segundos en el que no pasa nada más que esto: un chihuahua de color crema duerme sobre un edredón blanco.
Ese vídeo es el de «Limón». Y aunque parece el más pequeño de todo mi catálogo, para mí es de los que más dicen sobre qué es el planeta y para qué sirve. Quiero contar dónde encaja, por qué termina como termina y con qué otras canciones mías habla.
Lo que se ve en cinco minutos
El clip empieza con el título en una tipografía redonda, gruesa, de color verde lima con el borde blanco, «Limón», y encima, en letras más pequeñas del mismo verde, mi nombre. Debajo del rótulo está él: un chihuahua de pelo color crema y hocico oscuro, tumbado panza arriba sobre un edredón blanco, con las patas delanteras dobladas en el aire y la cabeza girada hacia la cámara. Tiene los ojos abiertos, medio dormido.
Lo que viene después es casi lo mismo, durante minutos. Limón tumbado de lado, con la cabeza apoyada en el edredón. Limón con los ojos entornados. Limón estirando una pata. Limón cerrando los párpados poco a poco. A veces la cámara se acerca a su cara y se ven las orejas grandes, translúcidas, y las pestañas claras; a veces se aleja y se ve el cuerpo entero estirado sobre las sábanas arrugadas. Al fondo, siempre, un cojín de punto con dibujos rojos y grises.
Todo tiene un filtro cálido, amarillento, que hace que el blanco del edredón parezca crema y que el propio Limón parezca todavía más dorado. Las imágenes tienen el temblor de una cámara sujeta con la mano, y en algunos momentos se mueven tanto que todo se emborrona un segundo. No hay escenarios, ni luces de colores, ni actores.
Al final vuelve el rótulo verde, con Limón otra vez panza arriba. Y en los últimos segundos el vídeo cambia de color.
El final en blanco y negro: Pitufo
El último plano es en blanco y negro. Limón está tumbado y, pegado a él, casi encima, aparece otro chihuahua, blanco y negro, de orejas enormes, que mira hacia la cámara con cara seria. Sobre la imagen, en letras de neón rosa escritas a mano, aparecen tres nombres: «Limón» arriba, «Pitufo» en medio y el mío abajo.
Pitufo es el protagonista de otra canción, «El abrazo de Pitufo». Me gusta mucho que el vídeo de Limón termine con los dos juntos, porque es como si una canción le pasara el relevo a la otra. La nana de Limón acaba y en la imagen aparece el perro del abrazo. El que duerme y el que consuela, en la misma manta.
Hay un detalle que me hace sonreír cada vez. En la canción de Pitufo, lo que él hace es acercarse, mirar y tumbarse encima, como si supiera exactamente lo que hace falta. Y en ese último plano del vídeo de Limón, Pitufo está justo así: medio tumbado sobre su compañero, con la cabeza levantada, vigilando a la cámara. Sin haberlo planeado como una escena, el final de un videoclip ilustra el estribillo de otra canción.
Y los tres nombres en neón, uno debajo de otro, son lo más parecido a una foto de familia que hay en todo mi catálogo.
Una canción del primer disco, entre «Lai» y «Envejecer»
En la ficha del catálogo, «Limón» pertenece a «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer disco de la trilogía. Es la canción 193 de las 273 de la lista, entre «Lai» y «Envejecer». En la sala de vídeos de Planeta Gayfolk es el 220 de 276, y el siguiente también es «Envejecer». El videoclip se publicó el 23 de enero de 2025, a primera hora de la tarde en Madrid.

Las dos vecinas dicen mucho por contraste. «Lai» lleva el nombre de mi sobrina y es una canción casi sin frases, hecha de sílabas que se repiten, «Lara-li, loora-li, Lai», con palabras sueltas en inglés flotando alrededor. «Envejecer», en cambio, es una de las más amargas del disco: gira alrededor de la pregunta de si te imaginas a los dos de viejitos, cogidos de la mano, hecha por alguien que, según la letra, estaba engañando a la vez.
Así que el orden queda así: primero un nombre querido repetido como un hechizo, después un perro al que se le promete protección sin letra pequeña, y después una promesa de futuro que resultó falsa. Si las escuchas seguidas, «Limón» es el último sitio tranquilo antes del golpe.
El primer disco es el del descubrimiento del planeta, y casi todas sus canciones son de llegada, de mirar alrededor con los ojos muy abiertos. «Limón» es lo contrario: es la canción de cerrar los ojos. Me gusta que esté en el disco del principio, porque recuerda que antes de inventar un planeta entero hace falta un sitio donde dormir tranquilo.
La nana del dueño
La letra es una nana dicha por alguien que se presenta como el dueño de Limón. Empieza dando las gracias, y luego repite, una y otra vez, la petición de que se duerma. Hay un par de versos más largos, casi hablados, en los que el dueño le promete protegerle y hacerle feliz, y explica que entre los dos se entienden sin necesidad de explicarse nada.
Y hay un momento sin palabras, un «Mmmm mmmmm mmmm», que es exactamente el sonido que se hace al acunar.
Lo que más me importa de esa letra es un verso concreto: «tú nunca me vas a fallar». En un catálogo como el mío, esa frase pesa muchísimo. La mitad de mis canciones están escritas sobre gente que sí falló, que mintió, que fingió, que se puso una careta. Que una de ellas esté dedicada a alguien de quien se puede decir, sin ironía, que nunca va a fallar, es casi un manifiesto.
Ya escribí sobre esta letra como si fuera una oda pequeña en «Oda a un perro pequeño». Aquí no quiero volver a eso, sino mirar dónde pone el planeta esta canción.
Una letra que da dos vueltas
Si lees la letra entera, verás que tiene una forma muy simple: todo ocurre dos veces. Primero el agradecimiento, luego el «Duérmete limón», luego el bloque largo de promesas, después el tarareo y tres estribillos seguidos. Y cuando parece que se acaba, vuelve a empezar desde «Muchas gracias por hacerme tan feliz» y repite el recorrido completo, con el tarareo incluido.
Esa doble vuelta explica los cinco minutos del vídeo. No es una canción que avance hacia un clímax; es una canción que da vueltas, como quien pasea por la habitación con alguien en brazos hasta que se queda dormido. Las nanas de verdad funcionan así: no buscan sorprender, buscan que la siguiente frase sea exactamente la que esperabas.
Y eso conecta con el vídeo de una manera muy directa. Las imágenes tampoco avanzan. Limón está al principio igual que al final, panza arriba bajo el rótulo verde. Entre medias cambia de postura, abre y cierra los ojos, pero no hay historia. La canción y el clip dan vueltas juntos.
El color de un nombre
Limón no es amarillo. Es un chihuahua de pelo crema, casi blanco, con el hocico más oscuro. Pero el vídeo entero está teñido de un amarillo cálido, y el rótulo del título es de un verde lima brillante. Al final, cuando todo pasa a blanco y negro, el único color que queda son los nombres en neón rosa.

Me gusta esa pequeña broma visual: el perro se llama como una fruta que no se le parece, y el vídeo se encarga de darle el color que le falta. Es lo que hacemos con los nombres de los animales que queremos. Se los ponemos por una ocurrencia, por un recuerdo o porque sí, y con los años el nombre acaba pareciendo inevitable.
Las nanas de Planeta Gayfolk
«Limón» no es la única nana del planeta. Tiene hermanas.
«Holy Stillness» es una nana de Nochebuena con un videoclip en blanco y negro, de soldados que vuelven a casa y de un niño con su regalo. «Lai», su vecina en la lista, es un arrullo hecho casi solo de sílabas. Y «Dreams Drift Afar» es casi todo murmullo, unos pocos versos en inglés sobre estrellas, luna y sueños que se alejan, con muchos «nanana» entre medias.
Pero «Limón» tiene algo que las demás no tienen: es la única nana en la que quien arrulla y quien es arrullado son de especies distintas. Y al mismo tiempo, y esto es lo que me parece más bonito, no está claro quién calma a quién. El dueño le pide al perro que se duerma, le promete protegerle, le da las gracias. Pero el que se va calmando con la canción, si te fijas, es el que la dice.
Eso es lo que yo llamaría una nana al revés: se le susurra a un animal para que el que se tranquilice sea uno mismo.
Una cama como escenario
Esta semana he estado mirando escena a escena otros videoclips del planeta, y el contraste con «Limón» es enorme. El de «Gaslighting» transcurre en un hangar lleno de humo, con haces de luz y una habitación de espejos amarillos. El de «Me rindo» recorre un pasillo abandonado, una azotea bajo la lluvia y termina con un fénix. En el de «The Great Depression» hay dos hombres de espaldas con las manos escondidas detrás. Son decorados pensados, con sus luces y su atrezo.
El decorado de «Limón» es un edredón. Un edredón blanco arrugado, un cojín de punto con dibujo rojo y gris, y nada más. Ni una lámpara a la vista, ni una ventana, ni un mueble. La cámara nunca se aparta lo bastante como para que se vea la habitación. Todo el mundo del vídeo cabe en un metro cuadrado de cama.
Me gusta pensar en ese metro cuadrado como el sitio más pequeño de Planeta Gayfolk. El planeta tiene discotecas, cruceros, ciudades, cielos con anillos. Y tiene también esto: un trozo de cama donde un perro ha decidido que no va a moverse en un buen rato.
Lo que la cámara no enseña
Hay algo que el vídeo no muestra nunca, y creo que es importante: al dueño. La letra está dicha por alguien que habla en primera persona, que da las gracias, que promete. Pero en la imagen no aparece ni una mano, ni un brazo, ni una sombra. Solo está el perro.

Eso cambia el sentido de la canción. Las palabras son del dueño, pero la mirada es la del perro. Cuando Limón abre un ojo y mira a la cámara, es como si mirara a quien le está hablando. El espectador ocupa el sitio del que acuna. Y quien ve el vídeo entero acaba, sin darse cuenta, haciendo lo mismo que el dueño: quedarse quieto, mirar, esperar a que se duerma.
En un catálogo donde las canciones suelen señalar a alguien, a un ex, a un mentiroso, a una amiga que se fue, este es un vídeo en el que nadie señala a nadie. Solo hay alguien que mira con cariño.
Los animales del planeta
Planeta Gayfolk tiene una pequeña fauna propia, y los chihuahuas son su especie principal.
En «Chihuahua», una canción en inglés del mismo primer disco, el perro es la pareja de baile en una discoteca: bola de espejos, DJ, patitas que golpean la pista al ritmo exacto y ladridos en lugar de gritos. En «Como a mi chihuahua» el perro es una comparación: el corazón acelerado de alguien que está pillado, a mil por hora, como el de ese animal diminuto que siempre parece llevar el pulso disparado. En «El abrazo de Pitufo» el perro es el que consuela. Y en «Limón» el perro es el que duerme.
Fuera de los chihuahuas también hay animales. En «Roar Roar» los rugidos y los sonidos de bichos son casi todo el idioma de la canción, una manera de decir cosas sin frases.
Lo que separa a «Limón» de las otras es lo poco que inventa. En «Chihuahua» el perro baila bajo las luces, cosa que ningún chihuahua hace por su cuenta; en «Como a mi chihuahua» el perro es una imagen para hablar de otra persona. Aquí no. Limón no representa a nadie. No es un amante, ni un ex, ni la forma de nombrar un sentimiento. Es un perro concreto, con un nombre concreto, durmiendo en una cama concreta. Para mí es la canción más literal del planeta.
Y en un catálogo donde casi todo es disfraz, purpurina, personaje y decorado, eso destaca mucho. El videoclip no tiene ni un decorado: lo que aparece en pantalla es un perro de verdad, grabado de cerca, sobre una cama.
Por qué cinco minutos de un perro dormido
Hay quien abre el vídeo esperando que pase algo. No pasa. Ese es el sentido.
Mis videoclips suelen ir cargados: cambios de escena cada pocos segundos, colores saturados, historias con principio y final. «Limón» es el contrapeso de todo eso. Es un vídeo para dejar puesto. Para mirar mientras se respira despacio. Si alguien ha llegado al planeta saltando de canción en canción, de fiesta en fiesta, de drama en drama, este clip le pide que pare un rato.
Yo vivo con mis chihuahuas, y cualquiera que haya vivido con un perro sabe que mirarle dormir es una de las cosas más tranquilizadoras que existen. La respiración lenta, la pata que tiembla un poco cuando sueña, el suspiro antes de quedarse frito del todo. No hace falta añadir nada.
Y la cámara, que tiembla porque está sujeta a mano, también cuenta algo. No es un plano de trípode, frío y perfecto. Es el pulso de alguien que está ahí, al lado, mirando. Cuando la imagen se mueve un poco más y se emborrona, parece que quien graba se ha reído o ha cambiado de postura. Esas pequeñas imperfecciones son lo que hace que el vídeo parezca un recuerdo y no una producción.
El filtro amarillo hace el resto. No es un amarillo chillón, sino un amarillo de lámpara de mesilla, de última hora de la tarde. Y combinado con el rótulo verde lima del principio y del final, el vídeo entero tiene el color de su nombre: un limón.
La canción sin careta
Hay un hilo que recorre buena parte de mi catálogo: la gente que se pone una careta. Narcisistas que seducen al principio y castigan después, mentirosos que juran, amigos que se van cuando ya no les sirves. Muchas de esas canciones nacen de cosas que viví, y escribirlas fue una manera de entenderlas y de dejarlas atrás.

En ese paisaje, «Limón» es un descanso. Un perro no finge. No manipula, no te hace dudar de lo que has visto, no te pide que te disculpes por existir. Si está contento, se le nota. Si está cansado, se duerme. Por eso el verso de que nunca va a fallar no suena ingenuo, sino exacto.
Y creo que por eso también la canción está hecha de repeticiones. «Duérmete Limón» una y otra vez, como quien vuelve a un sitio seguro. Después de muchas canciones sobre engaños, se agradece una en la que lo que dices es exactamente lo que sientes.
Una nana también para quien se está recuperando
Lo digo con cuidado. Pasé veinte años con dos parejas narcisistas, y cuando por fin se les cayó la careta, consiguieron poner a mucha de mi gente en mi contra. Llegué a estar muy cerca de no querer seguir. Hoy estoy en tratamiento psiquiátrico y psicológico, y las canciones fueron, y siguen siendo, mi manera de contar mi versión.
En ese contexto, que en mi catálogo exista una canción cuyo único objetivo es que alguien se duerma en paz no es un detalle menor. Es la prueba de que también cabe la calma. No necesito convertirla en una gran metáfora de la recuperación: basta con que esté ahí, entre las canciones duras, recordando que existen los días tranquilos.
Si tú estás en un momento en el que la noche pesa demasiado, no lo cargues a solas. En España puedes llamar al 024, la línea de atención a la conducta suicida: es gratuita, confidencial y atiende a cualquier hora. Si hay un peligro inmediato, llama al 112. Pedir ayuda no es rendirse; es empezar a dormir mejor.
Dónde ponerla si recorres el planeta
Si estás recorriendo la sala de vídeos de Planeta Gayfolk, mi consejo es este: pon «Limón» justo después de una de las canciones más intensas. Después de un drama, de una fiesta, de una canción de despecho. Funciona como un vaso de agua.
Y si te ha gustado el clima, sigue con «Dreams Drift Afar» o con «Lai», que mantienen la luz baja un rato más antes de que el planeta vuelva a encender la bola de espejos.
Qué me llevo de esta canción
«Limón» es pequeña a propósito. Dura lo mismo que muchas otras, pero no pretende ser un himno, ni un éxito de verano, ni una historia con giro final. Es la canción de un perro dormido.
Y sin embargo, cuando miro el catálogo entero, me doy cuenta de que el planeta la necesita. Un mundo inventado lleno de color y ruido necesita un rincón donde no pase nada, donde la cámara tiemble un poco y lo único que se mueva sea una pata que sueña.
Yo soy letrista, compositor y productor musical. En Planeta Gayfolk la música e interpretación vocal están hechas con IA, y las letras y la producción son mías. En «Limón» la letra es casi una oración de andar por casa, y el videoclip es lo más sencillo que he publicado nunca. Y quizá por eso, de vez en cuando, es el que más vuelvo a poner.
Duérmete, Limón. Ya es hora de dormir.