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Seis versos y cinco vueltas: la repetición como argumento en «Discutiendo con la IA»

Seis versos. Una pregunta. Un estribillo que gira. Y luego, otra vez lo mismo. Y otra. Y otra. Cinco vueltas completas, como la lavadora del piso de estudiantes que no sabía parar en el centrifugado.

Eso es «Discutiendo con la IA», por dentro. Si la imprimes, ocupa un folio y medio. Si quitas las repeticiones, cabe en un pósit amarillo de los que se pegan en la nevera. Y, sin embargo, es probablemente la canción mía que más claro dice lo que pienso sobre el tema que más me ha hecho discutir en los últimos años: si lo que hago vale o no vale porque uso inteligencia artificial para la música.

Este texto va de esa forma. De por qué, para el tema más largo, escribí la letra más corta, y la repetí hasta el mareo.

El pósit

Empiezo por lo que cabe en el pósit, para que sepamos de qué hablamos.

La letra arranca con una frase que parece un trabalenguas de feria: «Sin abanicos y sin más lavatomías». Luego viene el golpe, que es la contestación a todos los que me han dicho lo mismo: «Hija mía si usar IA es / dar a un botón / hazlo tú maricón». Después, un retrato del que critica, que va de artista, que reparte besos y saludos efusivos, y que no ha abierto un libro en su vida. Luego la pregunta. Y luego el estribillo, que es una escena: alguien discutiendo a todas horas con la IA mientras suena Locomía.

Ya está. No hay más. No hay segunda estrofa con argumentos nuevos, no hay puente donde se ponga filosófico, no hay final apoteósico con modulación. Lo que hay es eso, cinco veces.

Cuando la escribí sabía que era poco. Lo que no sabía es que ese poco iba a ser lo más eficaz que he escrito sobre el asunto.

Lavatomías

Antes de la repetición, una palabra que me preguntan mucho. Lavatomías.

No está en el diccionario. No la vas a encontrar en la RAE ni en el Wordreference ni en el corrector del móvil, que te la subraya en rojo y te propone «lobotomías» con cara de pena. Es una palabra mía, de esas que salen cuando escribes deprisa y con mala leche, mezcla de lavado de cerebro, de lobotomía y de algo de lavativa, que tiene su gracia escatológica.

Me gusta dejarla así. En mis letras hay erratas y palabras inventadas que no corrijo, porque forman parte de cómo hablo y de cómo escribo cuando estoy enfadado. Si la cambiara por «lobotomías», la frase sería más limpia y menos mía. Y además perdería el chiste, que es que el que critica viene a lavarte la cabeza para que pienses que lo tuyo no vale, y tú le contestas que sin más lavados, gracias, que ya vienes duchado de casa.

Y los abanicos, claro. Sin abanicos. Eso va por Locomía, que aparece en el estribillo, y por todo el imaginario de abanico gigante, hombrera y chaqueta de colores que tenemos grabado los que crecimos viendo la tele de los ochenta y los noventa. Guardar los abanicos al principio es decir: ahora no vengo a hacer el número. Vengo a hablar.

Y luego, claro, hago el número durante cinco vueltas.

Hazlo tú

La frase central de la canción es una invitación. Educada no es, pero es una invitación.

Fotogramas del videoclip oficial de «Discutiendo con la IA», de Mike Sain't Louis

«Hazlo tú.» Si es tan fácil, si de verdad es darle a un botón, hazlo tú. Siéntate, abre el programa, dale al botón y enséñame tu canción. Enséñame tu letra. Enséñame tu portada, tu vídeo, tu ficha, tus doscientas setenta y tres canciones organizadas en una trilogía con su planeta inventado y su mapa.

Esa frase la llevo en la cabeza desde mucho antes de escribirla. Es lo que pienso cada vez que leo un comentario de esos que ya me sé de memoria, los mismos que metí tal cual en otra canción, en «El segundo exacto». Allí los dejé hablar a ellos, con sus palabras, y les contesté con una burla. Aquí no les dejo hablar. Les mando a hacerlo.

Y la remato con «maricón», que en mi boca es casi siempre cariño y casi nunca insulto, pero que aquí tiene un poco de las dos cosas. Hija mía, maricón. Es como lo diría una amiga en la barra del Black and White a las cuatro de la mañana, con el cubata en la mano y los ojos en blanco. Es una forma de decir: te quiero, pero estás diciendo una tontería.

El artista de los besos

En el retrato del crítico hay un detalle que me hace mucha gracia y que creo que todo el mundo reconoce.

El que va de artista y saluda a todo el mundo llamándolas tías y diciéndoles que las quiere mucho. En la letra va con su exclamación y sus comillas, porque así es como lo dice: entrando en la fiesta con los brazos abiertos, repartiendo besos a todo el mundo, llamando «tía» a cualquiera que tenga delante, haciéndose la foto con todos. Esa persona existe en todas las escenas artísticas que conozco. Existe en la de Madrid, existe en la de Instagram y existe en la de TikTok. Es la persona que más habla de arte y la que menos arte hace.

No voy a decir quién me inspiró esa figura, porque la letra no lo dice y porque no es una persona: es un tipo. Lo he visto en tantas versiones que ya no sé si es uno o son doscientos.

Y luego viene el remate, que es la pulla más fina del tema, o eso me parece a mí. Que no ha leído un libro en su vida. Lo escribí así, a lo bruto, con su palabrota en medio. Pero lo que quiero decir es algo bastante serio: que a mí, que tengo cuadernos y cuadernos de letras, me venga a dar lecciones sobre lo que es crear alguien que no tiene el hábito más básico de cualquier persona que escribe, me parece de una desfachatez que solo se puede contestar con humor.

Hija mía

Antes de la pregunta, me quiero parar en cómo le hablo al crítico, porque ahí hay mucho de mí.

Le llamo «hija mía». Le llamo «maricón». Y le pongo en la boca un «tías». Tres maneras de dirigirse a alguien que en el fondo son la misma: el femenino de patio, el trato de loca a loca, el idioma que se usa en los camerinos de las drags, en los baños de las discotecas de Chueca y en los grupos de WhatsApp de amigos gais con nombres de emoticonos de purpurina.

Ese idioma tiene una regla que me encanta. Puedes decirle a alguien la cosa más dura del mundo si se la dices en femenino y con cariño. Hija mía, estás fatal. Ay, maricón, qué pena das. Suena a insulto y es casi una caricia. O suena a caricia y es un puñal. Depende del tono, de la ceja, de cuánto alargues la vocal.

En esta canción lo uso como un guante de seda con una piedra dentro. No le odio. Le hablo como a una amiga pesada que dice tonterías en la cena de Nochevieja. Y eso, creo, le molesta más que si le insultara de verdad. Porque el insulto le daría importancia. El «hija mía» le pone en su sitio, que es el de alguien a quien no hace falta tomarse en serio.

También es una forma de reírme de mí. Porque yo hablo así. Todo el rato. Y si la canción le habla así al crítico, también me está retratando a mí, con mis cejas levantadas y mis manos en el aire, discutiendo con una máquina a las tantas de la noche.

La pregunta

En medio de todo hay una pregunta. Es lo único de la letra que no es afirmación ni insulto.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «Sin abanicos y sin más lavatomías» de «Discutiendo con la IA»

«¿Por qué decías que como lo mío era / IA / no valía?»

Fíjate en la partición. La IA va sola en su verso. Aislada, como si fuera una cosa que se puede coger con pinzas y mirar al trasluz. Eso lo hice para que se notara cómo la usan los que critican: como etiqueta, como mancha, como sello de «no apto». Lo mío era IA. Punto. Ya no hay que escucharlo, ya no hay que leer la letra, ya no hay que mirar la portada. Era IA, luego no valía.

Y la pregunta queda en el aire. No la contesto en la canción. La contesta el estribillo, que no es un argumento: es una escena.

Discutiendo

Este es el centro de todo, y por eso se repite tanto.

«Si estoy a todas horas discutiendo con la / IA / mientras escucho a Locomía».

La palabra elegida es «discutiendo». No «trabajando», no «creando», no «componiendo». Discutiendo. Porque es lo que se parece más a lo que de verdad pasa cuando haces música con estas herramientas, al menos como lo hago yo.

Lo he contado en lo que tengo claro y lo que no sobre la inteligencia artificial y la autoría y en el texto sobre el oficio de descartar: la máquina te propone y tú le dices que no. Le dices que no muchas veces. Le dices que eso no, que eso tampoco, que esa melodía es la de siempre, que ese tempo no tiene nada que ver con la letra, que esa versión le ha cambiado una palabra y entonces ya no vale. Es una conversación con alguien muy terco que te contesta a todo con entusiasmo y que no se cansa nunca. Y tú sí te cansas.

Por eso es discusión. Porque tiene algo de pelea, de tozudez, de no dar el brazo a torcer. Los que creen que es darle a un botón se imaginan una máquina expendedora: metes la moneda, sale la lata. Pero se parece más a discutir con tu madre sobre cómo se hace la tortilla. Al final sale la tortilla, sí. Pero después de cuánto.

Locomía de fondo

¿Y por qué Locomía? Me lo han preguntado, y la respuesta es menos profunda de lo que parece.

Porque es lo que suena. Porque mientras discutes con la máquina a las dos de la mañana, con el café frío al lado del teclado, necesitas algo que te levante el ánimo, y pocas cosas te lo levantan como un grupo de chicos con abanicos enormes y hombreras de colores bailando como si no hubiera mañana. Locomía es pura alegría de plató, purpurina de la tele de antes, una manera de ser excesivo que a mí me ha enseñado más que muchos libros sobre estética.

Y porque la escena me hacía gracia. Alguien muy serio, peleándose con una inteligencia artificial sobre si un compás tiene que ir más rápido o más lento, con Locomía de fondo. Es una imagen de sitcom. Podría ser una escena de «La que se avecina», que es una serie que cito más de lo que debería.

Y porque Locomía también tuvo lo suyo con eso de si eran auténticos o no, si era todo imagen, si detrás había más o menos. No me voy a meter en esa historia porque no la conozco a fondo y no quiero inventarme nada, pero me gusta la idea de que el patrón de mi estribillo sea un grupo al que también miraron por encima del hombro.

Cinco vueltas

Y ahora, la forma. Por qué cinco veces.

Collage con un detalle de la carátula de «Discutiendo con la IA» y las carátulas de «El segundo exacto», «Me Rindo»

Podría haber escrito dos estrofas distintas. Podría haber añadido argumentos: que la fotografía también fue criticada cuando apareció, que los sintetizadores también, que la caja de ritmos también. Todo eso es verdad y lo he escrito en prosa, en el texto sobre la IA como instrumento. Pero en la canción no quería argumentos. Quería un mantra.

Hay discusiones que no se ganan con razones. Se ganan con insistencia. Cuando alguien te ha dicho veinte veces que lo tuyo no vale, no le vas a convencer con la vigésimo primera razón. Le vas a cansar. Vas a repetir tu frase hasta que suene a eslogan, a consigna de manifestación, a canción de fútbol en el Calderón. Y llega un momento en que la repetición se convierte en argumento por sí misma. Si lo digo cinco veces, es que lo pienso de verdad.

Además, la repetición es una venganza muy fina contra quien dice que la máquina lo hace todo. Porque la máquina, si la dejas, te repite cosas sin sentido. Y aquí la repetición tiene todo el sentido. La he elegido yo. La he contado yo. Cinco vueltas, ni cuatro ni seis.

La lavadora

Vuelvo a la imagen del principio, la lavadora del piso de estudiantes.

Cuando la escuchas entera, la canción tiene algo de electrodoméstico. Da vueltas. Hace ruido. Te mete dentro. Al principio te parece que es la misma vuelta que la anterior, pero no lo es, porque tú ya no eres el mismo que la escuchó la primera vez. La primera vez te ríes con el «hazlo tú». La segunda te fijas en lo de los libros. La tercera empiezas a tararear lo de Locomía. La cuarta te cabrea un poco tanta repetición. La quinta ya estás dentro, y te da pena que se acabe.

Así funcionan las discusiones largas también. Las que tienes con alguien durante años sobre lo mismo. Y las que tienes con una máquina durante horas sobre una canción.

Lo que se lava

Hay algo que no dije al principio, cuando hablaba de las lavatomías, y que ahora creo que encaja.

Lo que el crítico quiere es lavarte la cabeza. Que pienses que lo tuyo no vale, que te avergüences, que lo escondas. Muchos músicos que usan estas herramientas lo hacen así, a escondidas, sin decirlo, por miedo a lo que les van a llamar. Yo he decidido lo contrario y lo he explicado en por qué digo abiertamente que uso IA.

La canción es eso, cantado a voces por la propia máquina. Que no me lavas nada. Que llevo el sello de la IA en la frente y no me lo voy a quitar. Que mi letra es mía, que la música la hago con herramientas de inteligencia artificial y que decido yo qué se queda. Y que si eso te molesta, el botón está ahí. Dale tú.

Hay una cosa más que me gusta, aunque sea un poco retorcida. La propia canción, sus voces y su música, las ha hecho la IA, siguiendo mis decisiones. Así que la máquina, en cierto modo, está defendiéndose a sí misma con mis palabras. O defendiéndome a mí con su sonido. Nunca he sabido muy bien cuál de las dos cosas es.

El pósit y las horas

Vuelvo al pósit amarillo del principio, porque hay una paradoja que me hace mucha gracia y que quiero dejar escrita.

Ficha de la canción «Discutiendo con la IA» con su carátula: disco «El día de la liberación», letra y producción de Mike Sain't Louis

La letra cabe en un pósit. Pero la canción no. Entre ese pósit y lo que suena hay horas. Horas de probar, de descartar, de volver a probar, de escuchar la misma frase con veinte acompañamientos distintos hasta que uno encaja con el tono que yo tenía en la cabeza cuando la escribí. Eso es lo que el crítico no ve. Ve el resultado, que dura lo que dura, y supone que el camino ha sido igual de corto.

Pasa con todo, ¿eh? Pasa con la tortilla de patatas de tu tía, que parece fácil hasta que la intentas hacer tú y te sale una plasta. Pasa con los peinados de las drags, que parecen naturales hasta que ves el bote de laca vacío en el camerino. Pasa con los monólogos de humor, que parecen improvisados y llevan meses de ensayo. Nadie le dice a una drag que lo suyo es darle a un botón de la laca.

Con la música hecha con IA hay una tentación muy grande de creer que el camino no existe. Que el pósit y la canción son la misma cosa. Y por eso el estribillo no habla de la letra, ni del resultado. Habla del camino. Discutiendo. A todas horas. Es la única palabra de la canción que describe el trabajo, y la repito tanto porque es la que nadie quiere oír.

Si alguna vez te preguntas cuánto cuesta una canción mía, no mires lo que dura. Mira cuántas veces sale la palabra «discutiendo» en la letra. Esa es más o menos la cuenta.

El tercer disco

«Discutiendo con la IA» está en el tercer disco de la trilogía, «El día de la liberación». Y no creo que sea casualidad que esté ahí y no en el primero.

En el primero, «Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK», todavía me defendía con burla y con cierta herida. «El segundo exacto» es de ese disco, y tiene una pregunta sin chiste en medio que todavía me encoge el estómago. En el tercero ya no hay herida en este tema. Hay cansancio y mucho humor. Es el disco de cuando ya te has liberado de lo que pensaban de ti, y lo celebras repitiendo cinco veces que te da igual.

En la lista completa de singles de Planeta Gayfolk ocupa el puesto 212. Si quieres oírla al lado de sus hermanas, en la lista de singles están todas.

Quién pone qué

Lo dejo claro como en todos mis textos. La letra de «Discutiendo con la IA» es mía, sin IA, con su lavatomía incluida. Yo no interpreto las canciones: soy letrista, compositor y productor musical. La música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial, entre ellas Suno, y lo que suena es lo que yo he decidido que suene después de discutir mucho.

Y esta vez la discusión es literal. Es el título.

Para la próxima

Si alguna vez alguien te dice que lo tuyo no vale porque lo has hecho de una manera distinta a la suya, no le contestes con un tratado. No le mandes enlaces, no le cites a nadie, no le expliques la historia de la fotografía.

Repite tu frase. Cinco veces, si hace falta. Con Locomía de fondo, si la tienes a mano.

Y cuando se canse, que se cansará, saca el abanico. Que para eso lo guardaste al principio.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Discutiendo con la IA»? Es una contestación a quien dice que la música hecha con inteligencia artificial no vale porque es «dar a un botón». La letra le invita a hacerlo él y describe la realidad del trabajo: discutir a todas horas con la máquina mientras suena Locomía.

¿Por qué se repite tanto la letra? Porque es un mantra. Son seis versos, una pregunta y un estribillo que dan cinco vueltas completas. La repetición funciona como argumento: hay discusiones que no se ganan con razones sino con insistencia.

¿Qué significa «lavatomías»? Es una palabra inventada, mezcla de lavado de cerebro y lobotomía, que aparece en el primer verso. Se dejó tal cual porque forma parte del habla de la letra.

¿En qué disco está? En «El día de la liberación», el tercer álbum de la trilogía GAYFOLK. En la lista completa de singles de Planeta Gayfolk es el número 212.

¿Quién escribe la letra y cómo se hace la música? La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, escrita sin IA. La música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial como Suno. La letra completa está en gayfolkplanet.com/letras/discutiendo-con-la-ia.

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