
Por Mike Sain't Louis ·
Se está muriendo la musa: crear cuando quien te inspiraba se va
De todas las cosas que se pierden en una ruptura, hay una que solo preocupa a quien escribe, pinta o compone: la musa. Se va la persona y, con ella, parece que se va también la razón para escribir. Las canciones que salían solas ya no salen. El cuaderno se queda en blanco. Y uno se pregunta si la inspiración era suya o era prestada.
«Montaña rusa» lo dice en el estribillo, estirando las vocales como en una copla:
«Se está muriendo la / muuuuuusaaaaaa».
Y luego, como si no bastara, el remate:
«aparte de estar muriendo la musa / se ha quedado también».
Muda. La musa se muere y, encima, se queda muda. Es una de esas frases que hacen reír y doler a la vez. La ficha de la canción se centra en el usted, en el «hasta hace tres días» y en los cambios de humor del día montaña rusa. Aquí quiero hablar de la musa: de qué es, de por qué tememos perderla y de lo que pasa cuando de verdad se va.
Nueve hermanas
La musa es una de las ideas más viejas de la cultura occidental. En la mitología griega había nueve, hijas de Zeus y de Mnemósine, la diosa de la memoria. Cada una se ocupaba de un arte: la poesía épica, la historia, la poesía amorosa, la música, la tragedia, los himnos, la danza, la comedia, la astronomía. Los poetas antiguos empezaban sus obras invocándolas, pidiéndoles que hablaran a través de ellos.
Me parece precioso que fueran hijas de la memoria. Como si la inspiración naciera siempre de recordar algo. Y me parece significativo que fueran diosas, seres de fuera. La idea de la musa es que la inspiración no te pertenece. Viene de otro sitio, te visita, y te puede abandonar.
Con los siglos, la musa bajó del Olimpo y se convirtió en una persona de carne y hueso. La amada del poeta, el modelo del pintor, el amante del compositor. Alguien a quien se mira y de quien salen las obras. Hay listas enteras de musas famosas en la historia del arte, casi siempre mujeres al servicio de la obra de un hombre.
En mi canción la musa es un hombre, o eso se deduce, y quien la pierde también. Eso ya cambia un poco la tradición. Pero el miedo es el mismo.
Musas de carne y hueso
La historia del arte del siglo veinte está llena de musas con nombre y apellidos. Gala, la mujer de Dalí, fue tan central en su obra que él llegó a firmar cuadros con los dos nombres juntos. Patti Smith contó en «Just Kids» su relación con Robert Mapplethorpe, dos jóvenes artistas en Nueva York que se inspiraban el uno al otro, fotógrafo y poeta, amantes primero y amigos después.
Me interesa mucho más el segundo modelo que el primero. En la tradición, la musa es pasiva: posa, inspira, se deja mirar, y la obra la hace otro. Gala, por cierto, fue mucho más que eso, gestora, compañera, cerebro de muchas decisiones, y es injusto reducirla al papel de modelo. Pero el mito la redujo. En el caso de Smith y Mapplethorpe, en cambio, la inspiración iba en las dos direcciones. Los dos eran musa y artista a la vez.
Creo que en las parejas gais esto pasa a menudo de manera natural, porque no hay un reparto de papeles heredado. No está escrito quién es el genio y quién la musa. Pueden ser los dos, o ninguno. Y cuando la relación se rompe, los dos pierden algo.
El miedo de quien escribe
El miedo es este: que lo que escribes dependa de alguien. Que mientras esa persona está, las palabras salgan, y cuando se va, se sequen.

Es un miedo muy comprensible. Cuando estás enamorado, todo te parece digno de contarse. El color de una camisa, una frase dicha en la cocina, un trayecto en coche. La realidad entera se carga de significado. Y escribir es fácil, porque hay tanto que decir que no sabes por dónde empezar.
Cuando la relación se acaba, el mundo se descarga. Las cosas vuelven a ser solo cosas. La camisa es una camisa. La cocina, una cocina. Y uno se sienta delante del papel y piensa: ya no hay nada. Se ha muerto la musa.
Lo curioso es que el mundo no ha cambiado. La camisa tiene el mismo color, la cocina la misma luz. Lo que ha cambiado es la mirada. Y una mirada se puede reeducar, aunque cueste. Se puede volver a aprender a ver las cosas con interés sin que haya nadie al lado para compartirlas. Es más lento, y al principio parece imposible, pero se aprende.
La canción recoge ese momento con una mezcla de drama y humor que me gusta mucho. Las vocales estiradas hasta el infinito, el «muuuuusaaaa» que suena a lamento de plañidera, son una exageración consciente. Es el duelo por la musa llevado al extremo de la ópera. Y precisamente por exagerado, deja ver que debajo hay algo de verdad.
Muerta y muda
Me quiero detener en el remate: además de morirse, se ha quedado muda.
Lógicamente, es absurdo. Si la musa está muerta, ¿cómo va a hablar? Pero la frase funciona porque no es lógica, es emocional. Expresa una doble pérdida. La musa se muere, es decir, la persona se va. Y se queda muda, es decir, ya no dice nada. Ya no manda mensajes, no contesta, no explica.
Cualquiera que haya vivido una ruptura sabe que el silencio del otro es una de las partes más duras. Peor que una discusión. Peor que un adiós claro. El otro deja de hablar, y tú te quedas con todas las preguntas sin respuesta. Por qué. Desde cuándo. Si alguna vez fue verdad.
Y para quien escribe, el silencio de la musa tiene un doble sentido. La musa era quien te susurraba las canciones. Si se ha quedado muda, ya no te dicta nada. Tienes que inventarte tú solo las palabras.
La rima ayuda: musa, rusa, muda. Tres palabras que se parecen, que suenan casi igual, y que cuentan la historia en tres pasos. El día es una montaña rusa, la musa se muere, la musa se queda muda.
Vocales que se estiran
Hay un detalle formal que no quiero dejar pasar: cómo está escrita la letra. No pone «musa». Pone «muuuuusaaaaaa». No pone «montaña rusa» al final del estribillo, sino «montaña ruuuuuuuuusaaaaaaaa». Y la musa no se queda «muda», sino «muuuuuuuuuudaaaaaa».
Escribir así es una forma de partitura. La letra no solo dice qué palabras van, sino cómo se alargan. Le dice al oyente, y a quien la lea en la web, que esas vocales no se pronuncian, se arrastran.
En el flamenco y en la copla eso tiene nombre: el quejío. Ese lamento que se estira sobre una sílaba, que no es palabra ni grito, sino algo entre los dos. El quejío expresa lo que las palabras no alcanzan. Cuando la pena es demasiado grande para decirla, se alarga una vocal hasta que se acaba el aire.
En «Montaña rusa», el quejío está puesto sobre palabras que, al mismo tiempo, tienen algo de cómico. Alargar «rusa» hasta el infinito tiene gracia. Alargar «muda», que es justamente la palabra del silencio, tiene todavía más. Es un lamento que se ríe un poco de sí mismo mientras se lamenta. Y esa es, me parece, la temperatura exacta de la canción: la pena de verdad, contada con el volumen subido hasta el exceso.
¿Y si la musa era yo?
Hay otra lectura de la canción que quiero dejar apuntada.

El narrador lamenta la muerte de su musa. Pero también dice, en el centro de la letra, que él sí quería y el otro no. Es decir, que el amor era asimétrico. Él amaba. El otro, como mucho, se dejaba amar.
En una relación así, ¿quién era la musa de quién? El que ama mucho suele ser el que mira, el que escribe, el que se inspira. El que ama poco suele ser el que posa. Así que la musa, en esta historia, era el que menos quería. Y quizá por eso se ha quedado muda tan pronto: nunca tuvo mucho que decir.
Esta lectura me consuela, la verdad. Porque si la musa era el que menos quería, perderla no es perder la fuente de las canciones. Es perder un espejo en el que uno se miraba. La fuente estaba en el que amaba, en el que escribía. Y ese sigue aquí.
La trampa de la musa
Ahora quiero decir algo que la canción no dice, pero que se deduce de ella.
La idea de que la inspiración depende de alguien es una trampa. Una trampa romántica, preciosa, muy literaria, pero trampa al fin y al cabo. Porque si tu capacidad de crear depende de otra persona, esa persona tiene un poder enorme sobre ti. Si se va, te deja sin trabajo, sin palabras, sin nada que decir. Y eso, además de injusto para ti, es una carga injusta para el otro, que nunca pidió ser el motor de tu obra.
Y además, no es verdad. La prueba está en la propia canción. «Montaña rusa» es una canción escrita sobre la muerte de la musa. Es decir: la musa se ha muerto, se ha quedado muda, y aun así ha salido una canción. La pérdida misma se ha convertido en material.
Esto pasa constantemente en la historia de la música. Algunas de las mejores canciones de amor se escribieron después de que el amor se acabara. Algunos de los mejores discos son discos de ruptura. La musa muerta inspira tanto o más que la musa viva. A veces más, porque el dolor tiene una intensidad que la felicidad no tiene.
Así que el miedo a perder la inspiración con la persona es, casi siempre, infundado. Lo que se pierde es un tipo de inspiración, la del enamoramiento. Pero aparece otra, la del duelo. Y después, con el tiempo, aparecen otras más.
De dónde salen las canciones
Esto me lleva a una pregunta que me interesa mucho: de dónde salen las canciones.
La respuesta romántica sería: de las musas, de las personas que amamos, de los grandes acontecimientos de la vida. La respuesta real, en mi caso, es mucho más variada y menos glamurosa. Salen de frases que oigo en la calle. De palabras que me hacen gracia. De noticias, de memes, de conversaciones de bar. De la vecina cotilla del rellano. De la tele. De la rabia por algo que he leído. Del aburrimiento. De todo.
He escrito canciones sobre una lavandería, sobre la composición nutricional de un huevo, sobre un ventilador que esparce mierda. Nada de eso tiene musa. O sí: la musa es la vida corriente, que nunca se muere ni se queda muda. Hablo de dónde y cómo apunto todo eso en dónde escribo: libretas, móvil y notas de voz, y de lo que he aprendido llenando cuadernos en mi cuaderno de letras.
Cuando tus fuentes son tantas, perder una no te deja seco. Te duele, claro. Pero sigues teniendo de dónde beber.
El oficio frente a la inspiración
Hay una frase atribuida a Picasso que dice algo así como que la inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando. No sé si la dijo exactamente así, porque las frases célebres viajan mucho y cambian por el camino, pero la idea me parece certera.

La inspiración, la musa, el momento mágico en que las palabras salen solas, existe. Pero no puedes depender de ella. Si solo escribes cuando te visita la musa, escribirás muy poco. Lo que sostiene a quien crea a largo plazo es el oficio: sentarse cada día, aunque no apetezca, aunque no salga nada bueno, aunque la musa esté muerta y muda.
Llevo años sacando canciones con regularidad, y la constancia me ha enseñado más que cualquier musa. Lo cuento en dos años sacando singles y videoclips. No todos los días salen cosas buenas. Muchos días salen cosas que hay que tirar, y de eso, de descartar, también he escrito en el oficio de descartar. Pero el hábito hace que, cuando la musa vuelve, o cuando aparece una nueva, me encuentre preparado.
La montaña rusa
El título y el estribillo hablan de un día montaña rusa. Un día de subidas y bajadas, en el que uno se despierta bien y a mediodía está llorando, en el que todo va bien hasta que algo te lo recuerda.
Esa imagen es perfecta para el duelo, y también para la creación en los días de duelo. Hay ratos en los que escribes con una facilidad que te sorprende, porque el dolor te da palabras. Y ratos en los que no puedes ni mirar el cuaderno. La montaña rusa no avisa. Sube y baja a su ritmo.
Lo que me gusta de la montaña rusa como metáfora es que, a pesar del miedo, es una atracción. La gente paga por subirse. Grita, se agarra a la barra, cierra los ojos, y al bajar quiere repetir. Hay algo en la sacudida emocional que, visto desde fuera, tiene su gracia. Y la canción lo trata así: como un día terrible y a la vez casi divertido de tan exagerado.
Contenerse a todas horas
Otra cosa que dice la letra es que el narrador intenta contenerse a todas horas. Que no quiere llorar, que lo intenta evitar, que se aguanta. Y no puede.
Esto también tiene que ver con la creación. Hay quien piensa que escribir sobre una ruptura es una forma de no contenerse, de soltar. Y es verdad, pero solo en parte. Porque escribir una canción exige forma, ritmo, rima, estructura. Exige contener la emoción dentro de un molde. Una canción no es un llanto. Es un llanto con métrica.
Por eso creo que escribir ayuda tanto en los momentos de pérdida. No porque te deje desahogarte sin límite, sino porque te obliga a darle forma a lo que sientes. Y al darle forma, lo puedes mirar desde fuera. Lo que era un caos se convierte en un estribillo. Y un estribillo se puede repetir, repetir en la ducha, tararear en el metro, hasta que deja de doler.
Sobre el llanto y el permiso para llorar tengo una canción entera, «Llorar». «Montaña rusa» es su prima: aquí también se llora, pero intentando no hacerlo.
Usted, la musa
Un detalle más sobre el usted, que la ficha ya comenta pero que quiero leer desde otro sitio.

El narrador trata de usted a quien le ha roto el corazón. Y si esa persona era su musa, el usted tiene un sentido añadido. A las musas, en la tradición, se las invocaba con respeto, con solemnidad. Oh musa, cántame. Tratarlas de usted es, en cierto modo, devolverlas a su sitio de diosas lejanas.
Pero también es lo contrario: es echarlas del sitio íntimo. A la musa viva se la tuteaba, se la tenía en la cama. A la musa muerta se la trata de usted, como a un desconocido. El pronombre marca la distancia entre lo que era y lo que es. Y en esa distancia ya se puede escribir.
Otra pérdida, otro tono
En mi catálogo hay otra canción sobre el final de una relación larga que me gusta poner al lado de esta: «París restera gris». Las dos hablan de lo mismo, de lo que queda cuando se va alguien que lo llenaba todo. Pero lo hacen en tonos opuestos.
«Montaña rusa» es ruidosa, exagerada, de vocales estiradas y llanto que no se contiene. Es el duelo en caliente, el de los primeros días, cuando todo sube y baja. «París restera gris» es lo contrario: su propio texto la describe como una tristeza elegante, el punto exacto en el que el amor deja de doler pero sigue pesando. Es el duelo en frío, el de mucho después.
Las pongo juntas porque creo que cuentan dos fases de lo mismo. En la primera, la musa se muere y uno grita. En la segunda, la musa ya está muerta y uno pasea por una ciudad donde nunca estuvo con ella, en silencio. Las dos fases dan canciones. Distintas, pero canciones.
Y eso refuerza lo que decía antes. Si de la misma pérdida pueden salir canciones tan diferentes, es que la pérdida no seca la fuente. La cambia de color. Primero rojo, luego gris. Pero sigue manando.
Las musas resucitan
La ficha termina con una frase que suscribo: las musas se mueren mucho, pero también resucitan.
A veces resucita la misma, en forma de recuerdo, años después, cuando ya no duele y se puede escribir sobre ella con ternura. A veces aparece una nueva, otra persona, otro amor, que vuelve a cargar el mundo de significado. Y a veces la musa resucitada no es una persona, sino una ciudad, un perro, una amiga, una causa, una rabia.
Lo importante es no confundir la muerte de una musa con la muerte de la capacidad de crear. Son cosas distintas. La primera pasa muchas veces en la vida. La segunda, si uno sigue trabajando, casi nunca.
Un consejo, si me lo permites
Si estás leyendo esto porque se te ha ido la persona que te inspiraba y llevas semanas sin escribir, sin pintar o sin componer, déjame decirte lo que me diría a mí.
Escribe sobre eso. Sobre la musa muerta. Sobre lo que no te sale. Sobre el cuaderno en blanco. Sobre las ganas de llorar y el intento de contenerte. Aunque te salga mal, aunque sea exagerado, aunque estires las vocales como una plañidera. La pérdida es un tema. Y es tuyo.
Después, cuando hayas escrito eso, mira alrededor. La vida corriente sigue ahí, con sus frases de bar, sus vecinas, sus noticias absurdas. Coge cualquier cosa. Escribe una canción sobre un huevo si hace falta. La musa grande se ha muerto, pero las musas pequeñas están por todas partes, y ninguna se queda muda.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «Montaña rusa»? De un día de subidas y bajadas después de una ruptura, en el que el narrador llora a su pesar porque, a diferencia del otro, sí quería. La letra completa está en gayfolkplanet.com/letras.
¿Qué significa que la musa se muera y se quede muda? Que con la persona amada parece irse también la inspiración, y que además el otro deja de hablar. Es una doble pérdida contada con humor.
¿Se puede seguir creando después de perder a la musa? La propia canción es la prueba de que sí: está escrita precisamente sobre esa pérdida.
¿Quién hace la canción? Mike Sain't Louis escribe la letra, compone y produce. La música y las voces se hacen con inteligencia artificial.