
Por Mike Sain't Louis ·
Rugidos bajo un planeta con anillos: «Roar Roar» y el idioma sin palabras de Planeta Gayfolk
Cada planeta tiene su idioma. En el mío se habla castellano de barrio, inglés de discoteca, spanglish de toalla y alguna palabra canaria que se cuela sin pedir permiso. Pero hay una canción en la que no se habla ninguno de esos idiomas. En «Roar Roar» se ruge, se maúlla, se grazna, se croa, se mugen cosas y se zumba. Es la canción de Planeta Gayfolk que habla como hablan los animales, y su videoclip escribe esos sonidos en letras de neón por encima de un planeta con anillos.
Este post no repasa el clip plano a plano ni cuenta otra vez de qué va la canción. Lo que quiero es colocarla en el mapa: en qué disco vive, por qué su vídeo termina con el cartel de otro disco, qué familia de canciones sin palabras tiene dentro del catálogo y por qué un rugido tiene tanto sentido en un planeta inventado por un marica que durante años no se atrevió a subir el tono.
Dos discos para una misma canción
En la ficha del catálogo, «Roar Roar» pertenece a «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía, el de las salidas, las rupturas celebradas y los portazos con purpurina. Tiene todo el sentido: es una canción de soltarse, de romper algo que te tenía atado. El texto que la acompaña lo dice con todas las letras: nace del silencio y se convierte en grito.
Sin embargo, si ves el videoclip hasta el final, el último plano no es del tercer disco. Es el cartel de «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primero: tres hombres con esmoquin, uno de ellos con la chaqueta estampada de flores, juntos delante de un fondo rosa con un planeta, y debajo el título del disco en letras grandes. Lo cuento tal cual porque es lo que aparece en pantalla, y porque me parece un detalle bonito más que un error.
El primer disco es el del descubrimiento: el momento en que alguien mira por el telescopio y ve que existe un planeta donde podría vivir. El tercero es el de la liberación: el día en que por fin se muda allí. «Roar Roar» está colgada entre los dos como un puente. La canción está en la ficha del último, pero el vídeo se despide con el primero, como si quisiera recordarte de dónde viene ese grito. Nadie ruge el primer día. Primero descubres que hay otro sitio posible; mucho después, te atreves a hacer ruido.
Y en medio de los dos está «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el disco del deseo, el del viaje imaginado. Si la trilogía fuera una frase, sería algo así: hay un planeta, ojalá pudiera ir, ya estoy aquí. «Roar Roar» es el sonido que haces al llegar.
Un idioma sin diccionario
La canción no tiene letra en el sentido habitual. En la página de la web, en lugar de versos, está el texto con el que la presenté. Lo que se oye, según los subtítulos automáticos de YouTube, es una cadena de onomatopeyas y palabras sueltas en inglés: «roar», «zoom», «zigzag», «meow», «quack», «moo», «oink», «neigh», «woof», «tweet», «hiss», «buzz», «hoot», «bark», «cuckoo», «gobble», «squeak», «grunt», «honk», «screech». Entre sonido y sonido aparecen parejas de palabras que suenan a ciencia ficción: «glitch galaxy», «fractal frolic», «spiral spectrum», «cosmic cluster», «stellar strobe», «time tapestry».
Los subtítulos automáticos se equivocan muchísimo, y en una canción así más todavía, así que no los tomo como letra oficial. Pero el patrón está clarísimo: un animal, una palabra cósmica, un zigzag, un rugido. Otro animal, otra palabra cósmica, otro zigzag, otro rugido. Es un catálogo de ruidos del zoo cruzado con un catálogo de estrellas.
El videoclip lo confirma escribiendo esos sonidos en pantalla. Al principio, el título «ROAR-ROAR» aparece en neón rosa con un guion en medio, sobre olas de luz turquesa. Después salen «YIP-YIP» sobre una pasarela de cristal, «MOO-MOO» en un caleidoscopio de flores rosas y turquesa, «ZWOOM-ZWOOM» encima de una ola con surfista, «MEOW-MEOW» y «QUACK-QUACK» en anillos de neón alrededor de varias personas y «CROAK-CROAK» flotando bajo el agua entre peces. Cada onomatopeya va escrita dos veces, con guion, igual que el título.
Me hace gracia esa insistencia en repetir. En castellano los animales también hablan a pares: guau guau, miau miau, cuac cuac, croac croac, pío pío. Es como si los sonidos no se fiaran de sí mismos y necesitaran decirse dos veces para existir. «Roar Roar» hace lo mismo con el rugido: uno solo podría ser un accidente; dos ya son una decisión.
La familia de las canciones sin palabras
En Planeta Gayfolk hay una pequeña familia de canciones que no cuentan una historia con frases, sino con sonidos. «Roar Roar» es la más extrema, pero no está sola.

«Sunshine» es casi un tarareo: «Mm-hmm, mm-hmm, Sunshine, mm-hmm, feel the warmth». Sol, luna, río, latido, susurro. Palabras sueltas que se ordenan como piedras en un jardín, separadas por murmullos. «Dreams Drift Afar» va todavía más lejos con el murmullo: líneas enteras de «Mmmmmmm mmmmm» y de «Nananana» hasta llegar a cuatro palabras, «dreams drift afar». Ya lo conté en «Palabras que no dicen nada»: a veces el tarareo dice más que la frase.
Y «Mood» es la versión urbana de la misma idea: una lista de palabras en inglés de discoteca, «Party, baby, booty, flow, sexy, cool, check, beat», sin verbos que las unan, hasta que todo se condensa en una sola palabra repetida cuatro veces: «MOOD».
Las cuatro canciones tienen algo en común. Ninguna explica nada. Ninguna tiene un narrador que te cuente qué le pasó con quién. Son canciones para el cuerpo antes que para la cabeza. Si «Sunshine» es el murmullo de la mañana, «Dreams Drift Afar» el de la noche y «Mood» el de la pista, «Roar Roar» es el de la selva. Y en un catálogo tan lleno de letras largas, de reproches, de cartas que no se envían y de nombres de exnovios que no se pronuncian, estas cuatro son como ventanas abiertas: un respiro sin argumento.
El zoológico del planeta
Si te fijas en el videoclip, los animales no solo se oyen: también aparecen, aunque nunca de forma realista. Hay caballos y perros dibujados con líneas de luz azul, como constelaciones con patas, que corren por encima de una pasarela de hielo. Hay pájaros de cristal, transparentes y tornasolados, con las alas abiertas alrededor de varias caras. Hay peces de luz que nadan junto a una chica bajo el agua, y unos peces rosas que flotan en el aire por encima de otra figura, en un plano donde se lee «CROAK-CROAK» a medio borrar.
No hay un solo animal de carne y hueso. Todos son de neón, de cristal o de luz. En Planeta Gayfolk los animales son más una idea que una especie: la idea de que ahí se puede hacer un ruido que no sea humano, que no tenga que justificarse con palabras, que no se pueda corregir con gramática.
Eso conecta con algo que me pasa con el lenguaje de siempre. Durante muchos años me corrigieron cómo hablaba, cómo me movía, cómo me reía, el tono de mis frases. A un rugido no hay quien lo corrija. Un maullido no tiene pluma o deja de tenerla. Un graznido no se puede decir «bien» o «mal». En ese idioma de animales, por fin, nadie te puede decir que exageras.
El planeta con anillos
El otro gran protagonista del clip es el propio planeta. En uno de los primeros planos aparece un planeta rosa con anillos de luz blanca suspendido sobre una explanada inmensa llena de gente diminuta, todos mirando hacia arriba, como en un concierto o como en una peregrinación. Más adelante sale un planeta gigante de rayas naranjas y crema, parecido a Júpiter, sobre una multitud con los brazos en alto y haces de luz violeta. Hay una chica metida en el mar hasta la cintura delante de ese planeta enorme, de espaldas, mirándolo. Y casi al final, bajo el mismo planeta de rayas, una fila larguísima de siluetas cogidas de la mano.

Esa última imagen es para mí la clave de todo el vídeo. Ya escribí sobre los cohetes, las estrellas y el planeta nuevo de la trilogía: el espacio en mis canciones no es frío ni vacío, es un sitio al que se va a buscar compañía. En «Roar Roar» el planeta no está solo en el cielo. Debajo tiene a su gente.
Me gusta que el rugido de la canción no sea el de un león solitario en lo alto de una roca. Es el rugido de una multitud. Primero lo hace una sola figura, en el rótulo inicial, con los brazos abiertos sobre el agua luminosa. Al final lo hace una fila entera de personas cogidas de la mano bajo un planeta. Esa es, creo, la diferencia entre rugir para asustar y rugir para reconocerse: en el segundo caso, alguien te contesta.
El caleidoscopio y las caras entre pájaros
Hay dos tramos del vídeo que funcionan casi como interludios. El primero es el del caleidoscopio. Detrás de una bailarina con un vestido rosa de gasa y los brazos en alto se abre un fondo simétrico de flores y remolinos en rosa, turquesa y naranja, como el estampado de un mantón visto a través de un espejo de feria. Encima se lee «MOO-MOO». En el plano siguiente otra figura vestida de blanco gira tan deprisa sobre un disco naranja que la falda se convierte en una nube, y alrededor, en letras de neón, vuelven los mugidos.
Me hace mucha gracia que el sonido de la vaca, el más de pueblo de todos, sea el que acompaña a la imagen más sofisticada del clip. En Planeta Gayfolk siempre pasa eso: lo rural y lo glamuroso se mezclan sin pedirse perdón. Es el mismo principio del nombre del proyecto, gay y folk a la vez, la verbena y la discoteca en la misma plaza.
El segundo interludio es el de las caras. Durante un buen rato el vídeo se acerca a varios rostros, uno detrás de otro: una chica de melena negra y lisa, un chico con una camiseta oscura rodeado de un remolino turquesa, otro chico con una túnica clara y el pelo revuelto, una mujer de pelo largo que mira de perfil. Alrededor de casi todos vuelan pájaros de cristal con las alas abiertas, brillando en rosa y azul. Nadie abre la boca. Nadie ruge en esos planos. Están quietos, serios, escuchando.
Es el contrapunto perfecto al resto del clip. Si todo el vídeo es ruido, estos planos son el instante previo: la cara de alguien justo antes de decidirse a hablar. El rugido de la canción no se entiende sin ese silencio de antes, y el vídeo tiene la delicadeza de enseñarlo.
Espirales y círculos
Hay una figura geométrica que se repite muchísimo en el clip: el círculo. Al principio hay espirales de neón rosa y azul alrededor de dos chicas que bailan, una de negro y otra de blanco, como si estuvieran dentro de un túnel de luz. Luego una pareja, ella de blanco y él con traje oscuro, baila en el centro de otra espiral violeta. Después, otra pareja se coge de las manos dentro de un círculo dorado, como en el centro de un reloj.

Más adelante los círculos se convierten en anillos de neón que encierran a tres personas por separado, cada una en su propio aro, cada aro con su propia onomatopeya: «MEOW-MEOW» a un lado, «QUACK-QUACK» al otro. Y en otro plano tres chicas llevan aros de luz alrededor de la cintura, como si fueran planetas pequeños con sus propios anillos.
En Planeta Gayfolk el círculo es la pista de baile, la ronda de amigas, la verbena. Es también la forma del planeta. Que el vídeo encierre a cada persona en su propio anillo de neón, con su propio sonido, me parece una manera preciosa de decir que en ese planeta cada uno tiene su idioma y aun así todos caben en la misma imagen. Nadie tiene que maullar como los demás.
El agua, otra vez
El agua aparece en «Roar Roar» de tres formas muy distintas. Hay una mujer con un vestido rojo que flota bajo el agua, con el pelo suelto y los brazos abiertos, rodeada de trazos de luz. Hay un surfista, o una surfista, que cabalga una ola enorme mientras encima se lee «ZWOOM-ZWOOM». Y hay un plano muy breve y muy raro: una mano que sale de un agua turquesa y tranquila, con los dedos abiertos, salpicando gotas.
Esa mano me hace pensar en «Tangled Light», otra canción del mismo disco, cuyo texto dice: «You tried to drown me, and I learned to glow.» En «Roar Roar» no sabemos de quién es la mano ni si alguien la está ahogando o si está saliendo. Pero viene justo después de la parte de los planetas y la multitud, y yo la leo como la mano de alguien que sube a la superficie. En el mismo disco está también «Flow / We Glow», que se pasa tres minutos a la orilla del mar en calma. Son tres maneras de estar en el agua: hundirse, flotar y salir rugiendo.
El cuerpo de cristal
De todos los planos, el que he elegido para la portada es el que mejor resume la canción. Sobre un fondo azul oscuro aparece una figura humana hecha de cristal o de hielo, transparente, con un brazo en alto y el otro abierto, y el cuerpo atravesado por trazos de luz turquesa, como si dentro tuviera un río. A los lados, en letras de neón lila, se lee «ROAR-ROAR» varias veces, en fila, como un cartel que no termina. Alrededor flotan pequeñas figuras de cristal, como animales o como chispas.
No tiene cara. No tiene ropa. No es nadie en concreto, y por eso puede ser cualquiera. Es un cuerpo que ha dejado de esconderse hasta el punto de volverse transparente. Si el texto de la canción habla de transformación, esta es la imagen de alguien a medio transformarse: todavía con forma humana, pero ya hecha de luz.
Callarse y rugir en el mismo planeta
Hay una canción mía que parece decir justo lo contrario que esta. En «Soy marica sideral» el estribillo dice: «Don't confuse my light with noise, / yo no grito pa' brillar.» Y más adelante: «Soy silencio con tacones.» Es la reivindicación de brillar sin hacer ruido, de ocupar tu sitio con calma.
¿Cómo puede el mismo planeta tener una canción que dice «yo no grito» y otra que es un grito de principio a fin? Para mí no se contradicen. Son dos momentos de la misma persona. Hay días en que la fuerza está en no levantar el tono delante de quien te desprecia, y días en que la fuerza está en hacer todo el ruido que te habían prohibido. La pluma también es eso: a veces un abanico que se cierra en silencio y a veces un grito en mitad de la pista.
Lo que no cambia en ninguna de las dos es el permiso. En Planeta Gayfolk nadie te pide que bajes el volumen ni que lo subas. Puedes ser silencio con tacones el martes y rugido de neón el sábado. La cultura queer que me interesa es la que te deja elegir el volumen.
Para quien se tuvo que callar
El texto que escribí para presentar la canción termina con una dedicatoria: «This piece belongs to those who have been silenced, judged, or erased». A quienes fueron silenciados, juzgados o borrados. Sé de qué hablo. Durante veinte años viví con dos parejas narcisistas, una detrás de otra, y aprendí a medir cada palabra para no provocar nada. Cuando por fin se vio lo que había detrás de ellas, una parte de la gente que yo quería se puso de su lado y me tocó a mí ser el raro, el que lo contaba mal.

Mis diagnósticos tienen nombres largos: estrés postraumático, depresión mayor grave, fobia social, trastorno de la personalidad por evitación y ansiedad. Hubo una época en la que estuve tan hundido que llegué a no querer seguir. De ahí salí con tratamiento, que sigo haciendo, con ayuda profesional y con estas canciones, que fueron la forma de sacar lo que no me salía por la boca. Para alguien con fobia social, una canción hecha de rugidos no es una pose: es la primera vez que hace ruido sin pedir perdón.
Si te reconoces en ese silencio y te pesa demasiado, no te lo guardes. En España el 024 atiende a cualquier hora, sin coste y sin que nadie te juzgue, a quien piensa en hacerse daño o está preocupado por alguien. Ante una emergencia, el 112. También está el Teléfono de la Esperanza, en el 717 003 717, y para niños, niñas y adolescentes la Fundación ANAR, en el 900 20 20 10. Fuera de España, findahelpline.com reúne las líneas de cada país. Pedir ayuda también es rugir.
Cómo encaja en mi manera de trabajar
Soy letrista, compositor y productor musical, y en mis canciones la música e interpretación vocal hechas con IA ponen el sonido a lo que escribo. En «Roar Roar» mi trabajo no fue escribir estrofas, sino decidir qué clase de canción tenía que ser: una canción sin relato, hecha de sonidos, con un texto que la presenta y un vídeo que convierte esos sonidos en letreros. Las imágenes del clip también son generadas, por eso las personas que salen no existen; son figuras inventadas para el planeta.
Me interesa mucho esa forma de trabajar porque me obliga a pensar en el catálogo como en un mundo y no como en una lista. Cada canción tiene que tener su sitio. «Roar Roar» ocupa el sitio del ruido. Sin ella, el planeta sería demasiado educado.
Por dónde seguir el viaje
Si quieres escuchar Planeta Gayfolk siguiendo este hilo, te propongo un orden. Empieza por «Dreams Drift Afar», que es casi silencio con murmullo. Sigue con «Sunshine», que añade palabras sueltas. Pasa a «Mood», que convierte las palabras en lista y en ritmo. Y termina con «Roar Roar», donde las palabras se rinden y gana el rugido. Es un pequeño viaje del susurro al grito, y funciona al revés si lo que necesitas es calmarte.
Después, si te apetece, pon «Soy marica sideral» para escuchar la otra cara: el brillo sin ruido. Y para cerrar, «Flow / We Glow», en la orilla, cuando ya no hace falta ni gritar ni callarse.
Preguntas frecuentes
¿En qué disco está «Roar Roar»? En la ficha del catálogo de Mike Sain't Louis figura en «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía de Planeta Gayfolk. El videoclip, sin embargo, termina con el cartel del primer disco, «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk».
¿Tiene letra «Roar Roar»? No tiene una letra publicada con versos. En su página está el texto con el que Mike la presentó, y lo que se oye es una cadena de onomatopeyas de animales y palabras sueltas en inglés.
¿Qué palabras aparecen escritas en el videoclip? Onomatopeyas en letras de neón, siempre repetidas con guion: «ROAR-ROAR», «YIP-YIP», «MOO-MOO», «ZWOOM-ZWOOM», «MEOW-MEOW», «QUACK-QUACK» y «CROAK-CROAK».
¿Con qué otras canciones de Mike se relaciona? Con las canciones de Planeta Gayfolk que cuentan con sonidos más que con frases, como «Sunshine», «Dreams Drift Afar» y «Mood», y por contraste con «Soy marica sideral», que reivindica brillar sin gritar.
¿Cuándo se publicó el videoclip? El 4 de noviembre de 2025 en el canal oficial de YouTube de Mike Sain't Louis. Dura tres minutos y veinticuatro segundos.