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Oda a un perro pequeño: Neruda, las «Odas elementales» y «Limón», la nana de las cosas sencillas

La primera frase de «Limón» no es una orden ni una petición. Es un agradecimiento:

Muchas gracias por hacerme tan feliz

Cuando escribí esa línea no estaba pensando en ningún género literario. Pero con el tiempo, releyéndola, me di cuenta de que esa manera de empezar, dando las gracias a algo pequeño y cotidiano, tiene un nombre muy antiguo: es una oda. No una oda de las de mármol, de las que se escribían a los reyes, a los dioses o a los vencedores de las carreras de carros, sino una oda de las otras, de las que un poeta chileno se atrevió a escribir a mitad del siglo pasado a las cosas de todos los días: la cebolla, el tomate, los calcetines, el limón. Y a su perro.

En este artículo quiero contar cómo la oda bajó del pedestal y se metió en la cocina, qué hizo Pablo Neruda con ella y por qué creo que una canción de cuna dedicada a un compañero chiquitín puede leerse como una oda elemental. Y, de paso, quiero proponerte un ejercicio que me parece de lo más sano que se puede hacer un martes cualquiera: escribirle una oda a algo que no se la ha merecido nunca, según los manuales.

Una oda no siempre fue algo pequeño

La palabra oda viene del griego y significa, sencillamente, «canción». En la Grecia antigua las odas eran poemas pensados para ser acompañados de música y, muchas veces, de danza. El gran maestro del género fue Píndaro, que en el siglo V antes de Cristo escribió odas para celebrar a los vencedores de los juegos atléticos: Olimpia, Delfos, Corinto, Nemea. Eran poemas larguísimos, complicados, llenos de mitos, de genealogías y de dioses, y servían para que la gloria de un corredor o de un auriga no se perdiera con el polvo de la pista.

Roma tomó el género y lo hizo más íntimo. Horacio escribió odas que hablan de vino, de amistad, de amores, de la brevedad de la vida. De una de ellas sale el famoso «carpe diem», aprovecha el día. Con Horacio, la oda empieza a mirar un poco más abajo: ya no solo celebra hazañas, también celebra una tarde con amigos o un trago de vino viejo.

En castellano, el gran ejemplo clásico es fray Luis de León, que en el siglo XVI escribió la oda que empieza «¡Qué descansada vida / la del que huye del mundanal ruido!». Es un elogio del huerto, del silencio, del agua que corre, de lo pequeño frente al ruido de la corte. Pero incluso fray Luis, que ama lo sencillo, lo celebra con un tono elevado, serio, casi litúrgico. La oda seguía siendo un traje de gala.

Luego vinieron los románticos, que llenaron la oda de emoción. Keats escribió una oda a un ruiseñor y otra a una urna griega; Shelley, una al viento del oeste. Pero el objeto seguía siendo noble, poético, digno: un pájaro en la noche, una pieza de museo, un viento que arrastra hojas. Nadie se había atrevido todavía a escribir una oda a una cebolla.

Un periódico de Caracas y un poeta en la sección de noticias

A principios de los años cincuenta, Miguel Otero Silva, escritor y director del diario venezolano «El Nacional», le propuso a Pablo Neruda una colaboración semanal: un poema cada semana en el periódico. Neruda aceptó con una condición que a mí me parece genial. No quería que sus poemas salieran en el suplemento literario, donde solo los leería quien ya leía poesía. Quería que salieran en las páginas de información, entre las noticias, al lado de lo que pasaba en el mundo. Quería que los leyera la gente que compraba el periódico para enterarse del precio del pan.

De esa colaboración nacieron muchas de las odas que en 1954 se reunieron en el libro «Odas elementales», publicado en Buenos Aires por la editorial Losada. Después vendrían las «Nuevas odas elementales» (1956), el «Tercer libro de las odas» (1957) y «Navegaciones y regresos» (1959), que siguen el mismo camino.

La palabra «elementales» lo dice todo. Neruda, que acababa de publicar en 1950 un libro enorme sobre la historia de América, decidió de repente mirar lo que tenía delante de la nariz. Escribió una oda al caldillo de congrio, que es una sopa chilena. Una oda a la cebolla. Una oda al tomate. Una oda a los calcetines que le regaló una amiga. Una oda al diccionario, a la cuchara, a la manzana. Y en el «Tercer libro de las odas», una oda al limón.

Cómo es una oda elemental

Si abres cualquiera de esas odas, lo primero que llama la atención es la forma. Los versos son cortísimos, a veces de una o dos palabras, y se ordenan en una columna muy estrecha que cae por la página como un hilo. Hay quien dice que esa forma tenía algo que ver con el espacio de las columnas del periódico; sea como sea, el efecto es que el poema se lee despacio, palabra a palabra, como quien pela una fruta.

Fotogramas del videoclip oficial de «Limón», de Mike Sain't Louis

Lo segundo es el tono. Neruda trata a la cebolla con la misma solemnidad con la que Píndaro trataba a un campeón olímpico, pero sin perder nunca la ternura ni el humor. La compara con planetas, con joyas, con lámparas. Le da las gracias. Le habla de tú. Es como si dijera: si la oda servía para celebrar lo importante, vamos a demostrar que lo importante es esto, lo que está en la mesa, lo que sostiene la vida de cada día sin que nadie le haga caso.

Y lo tercero es la gratitud. Muchas odas elementales son, en el fondo, actos de agradecimiento. Al pan, al vino, al fuego, al aire. Neruda se pone de rodillas, figuradamente, delante de lo humilde. Y eso me lleva directamente a esa primera frase de la canción, la de las gracias.

El perro que pregunta y no recibe respuesta

En «Navegaciones y regresos», el libro de 1959, Neruda incluyó una oda dedicada a su perro. Empieza así: «El perro me pregunta / y no respondo». Es un poema precioso sobre un paseo por el campo, el hombre y el animal caminando juntos entre los árboles, oliendo el mundo. El perro le mira con ojos que el poema describe como dos preguntas húmedas, y el poeta confiesa que no sabe contestar. Y al final, hombre y perro se funden en una sola criatura que camina con seis patas y una cola con rocío.

A Neruda le acompañaron muchos perros a lo largo de su vida, y la Fundación Pablo Neruda recuerda varios de sus nombres. Escribió también otro poema, muy distinto, que se publicó después de su muerte en «Jardín de invierno», en 1974: «Un perro ha muerto». Es una elegía. El poeta cuenta que lo enterró en el jardín y, siendo un materialista que no cree en ningún cielo para los humanos, confiesa que para su perro sí cree en un cielo donde él no entrará, pero donde el perro le esperará moviendo la cola.

Leí esos dos poemas uno detrás de otro y me impresionó la diferencia. La oda es un paseo, presente, luz, preguntas. La elegía es una ausencia. Y en el medio de los dos está todo lo que significa convivir con un animal: la alegría diaria y el saber, desde el primer día, que su vida es más corta que la tuya.

«Limón» como oda que se queda dormida

Ahora vuelve a la canción. «Limón» tiene forma de nana, eso es evidente: se repite, se mece, termina con ese tarareo que se va apagando. Pero si la lees como leerías una oda de Neruda, aparecen todos los rasgos del género.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «Muchas gracias por hacerme tan feliz» de «Limón»

Primero, el objeto humilde. No se trata de un héroe ni de un dios. Es un pequeñín, alguien chiquitín, un compañero que no sale en ninguna noticia. Segundo, la gratitud: lo primero que se dice es gracias. Tercero, el elogio, que en una oda clásica sería la lista de virtudes del homenajeado y que aquí es directísimo: «eres amor de verdad», siempre leal, alguien que nunca falla. Y cuarto, el humor, ese que Neruda nunca perdía:

Limón. Tú y yo tenemos una conexión telepática estoy seguro, lo he consultado con hasta un gurú de eso.

Esa línea es pura oda elemental. Exagera, como exageraba Neruda cuando comparaba un tomate con un sol. Y a la vez se ríe un poco de sí misma. Es el mismo gesto: tratar con solemnidad algo que el mundo considera pequeño y, a la vez, guiñar un ojo a quien lee.

La diferencia es que la canción, en lugar de despertar al objeto para celebrarlo, lo arrulla para que se duerma:

Duérmete limón , ya es hora de dormir Que tú eres chiquitín

Me gusta pensar en «Limón» como una oda que, en vez de ponerse de pie, se tumba en el sofá. Si te interesa la tradición de las nanas para gente que no es un bebé, la exploré desde otro sitio en «La nana del chico de cuero».

La conexión telepática y lo que dice la ciencia

Esa idea de la conexión telepática me hace mucha gracia, porque es exactamente lo que siente cualquiera que vive con un perro. Yo vivo con mis chihuahuas, y no hace falta que nadie me convenza de que me entienden. Pero me picó la curiosidad: ¿hay algo de verdad detrás?

Telepatía, no. Pero algo hay. En 2015, un equipo japonés dirigido por Miho Nagasawa publicó en la revista «Science» un estudio que se hizo bastante famoso. Midieron la oxitocina, una hormona relacionada con el apego, en la orina de perros y de sus dueños antes y después de que pasaran un rato juntos. Observaron que, cuando el perro y la persona se miraban a los ojos durante más tiempo, la oxitocina subía en los dos. Y que eso no pasaba igual con lobos criados por humanos. Los autores propusieron que la mirada mutua forma una especie de círculo de cariño que se retroalimenta, y que eso pudo influir en la domesticación.

Conviene decir que el estudio recibió críticas: otros investigadores señalaron problemas de diseño, como el número pequeño de animales o las diferencias en la manera de criar a los lobos, y pidieron prudencia con la parte evolutiva. Pero la idea de fondo, que mirarse con un perro tiene efectos medibles en el cuerpo, se ha convertido en una de las imágenes más bonitas de la ciencia reciente. No es telepatía. Es algo quizá mejor: una química compartida que se activa con una mirada.

Neruda, sin estudios de por medio, ya lo había escrito: el perro le pregunta con los ojos.

Flush, el perro que tuvo biografía

En la tradición literaria hay otro perro famoso que merece estar aquí. Se llamaba Flush y era el cocker spaniel de la poeta inglesa Elizabeth Barrett Browning. Ella pasó años enferma, encerrada en su habitación de Londres, y Flush fue su compañía constante. Le dedicó un poema, «A Flush, mi perro», donde elogia su belleza y, sobre todo, su fidelidad junto a la cama de una enferma. Es casi una oda, en el sentido más clásico: una lista de virtudes de alguien que lo merece.

Casi un siglo después, en 1933, Virginia Woolf escribió un libro entero sobre él: «Flush: una biografía». Contó la vida de Elizabeth Barrett, su historia de amor con el poeta Robert Browning, su fuga a Italia, todo, pero desde los ojos y la nariz del perro. Es un libro juguetón, más ligero que las grandes novelas de Woolf, y a la vez muy serio en lo que dice: que hay una forma de conocer el mundo que no pasa por las palabras.

Me gusta tenerlo en mente cuando escucho «Limón», porque la canción también le habla a alguien que no va a entender las palabras, pero sí el tono. Por eso es una nana: porque lo que importa no es lo que se dice, sino cómo se dice.

Los compañeros pequeños y los días difíciles

Aquí tengo que tener cuidado, porque no quiero vender a ningún animal como una cura. Convivo con un diagnóstico de depresión mayor grave, entre otros, y sigo un tratamiento psiquiátrico y psicológico. Eso es lo que me sostiene en primer lugar, junto a una psicóloga que me ayuda mucho; lo conté en «Gracias a mi psicóloga». Ningún perro sustituye eso.

Collage con un detalle de la carátula de «Limón» y las carátulas de «Un invitado VIP cortando cebolla», «Ni un pimiento», «Chihuahua»

Pero sí puedo decir, sin inventarme nada, que hay días en que lo único que tiene sentido es una rutina pequeña: dar de comer a quien depende de ti, salir a la calle porque alguien necesita salir, sentarte en el sofá porque alguien se ha dormido encima y no lo quieres despertar. Esas cosas pequeñas son, a su manera, odas elementales. No resuelven nada grande, pero ordenan la tarde.

Si en algún momento sientes que la tristeza ha dejado de ser tristeza y se ha convertido en algo que no puedes llevar, no esperes. En España puedes llamar al 024, la línea de atención a la conducta suicida, que es gratuita, funciona día y noche y también atiende a familiares y amigos preocupados. En una emergencia, al 112. Y si eres menor de edad, la Fundación ANAR atiende en el 900 20 20 10.

Otras odas escondidas en mis canciones

Cuando empecé a pensar en «Limón» como una oda, me di cuenta de que en mis canciones hay más odas elementales de las que creía. Hay una dedicada a la croqueta y al queso malo de un crucero, y conté quién es quién en ese barco en «Reparto a bordo». Hay una cebolla que hace llorar en «Un invitado VIP cortando cebolla», que Neruda habría aprobado, porque él también escribió a la cebolla y a sus lágrimas sin pena. Y hay un pimiento que no vale nada en «Ni un pimiento», aunque ahí el pimiento sirve más bien de insulto que de homenaje.

Los perros, en concreto los chihuahuas, también aparecen más de una vez. En «Chihuahua» el perro es casi una excusa para hablar de bailar, y lo desarrollé en «El único que no te juzga en la pista». En «Como a mi chihuahua» la comparación con el perro mide cuánto duele algo, y lo conté en «Del telediario a la parada de la guagua».

Todas esas canciones tienen algo en común con las odas de Neruda: miran hacia abajo, hacia lo que hay en el plato o en el suelo, y deciden que eso también merece música.

A quién se le habla en una oda

Una cosa que tienen en común casi todas las odas, desde Píndaro hasta Neruda, es que hablan de tú. «Oh, cebolla». «Oh, viento del oeste». El poema no describe desde lejos, se dirige a alguien. Es lo que en retórica se llama apóstrofe: hablarle directamente a algo o a alguien que no puede contestar.

En «Limón» pasa lo mismo. Todo está dicho en segunda persona: tú eres chiquitín, tu dueño está aquí, tú nunca me vas a fallar. Y esa elección no es inocente. Cuando le hablas a algo de tú, lo conviertes en alguien. Por eso los niños hablan con sus muñecos y por eso hablamos con los perros como si fueran a contestarnos. Le doy muchas vueltas a ese tú en mis letras, y lo expliqué en «A quién le hablo: el tú de mis canciones».

Lo curioso es que hablarle de tú a un animal, a un objeto o a una ciudad dice mucho de quien habla. Neruda le hablaba de tú a la cebolla porque quería romper la distancia entre el poeta y la cocina. La canción le habla de tú a Limón porque quiere que se sienta acompañado. En los dos casos, el tú es un gesto de cercanía.

Escribir una oda elemental, un ejercicio para cualquier día

Y ahora la propuesta. Te animo a escribir una oda elemental. No hace falta que sea buena ni que la enseñes a nadie. Las reglas, si quieres seguirlas, son estas.

Ficha de la canción «Limón» con su carátula: disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis
  • Elige algo pequeño que tengas cerca: una taza, una planta, las zapatillas de casa, el perro, la tostadora, el banco del parque donde te sientas.
  • Háblale de tú. Empieza dándole las gracias por algo concreto.
  • Usa versos muy cortos, de una a cuatro palabras, como hacía Neruda. Te obligará a ir despacio.
  • Exagera sin miedo. Compáralo con algo enorme: un planeta, una catedral, un océano.
  • Termina con una petición sencilla, como hace la canción: duérmete, quédate, sigue aquí.

Lo interesante de este ejercicio es lo que pasa después. Durante unos días miras ese objeto de otra manera. La taza deja de ser una taza y se convierte en la taza a la que le escribiste una oda. Y eso, en los días grises, es muchísimo. Es una forma de entrenar la atención hacia lo que funciona, hacia lo que sí está, en lugar de hacia lo que falta.

Si quieres compartirla, me encantaría leerla. Y si no, guárdala. Las odas elementales también pueden ser secretas.

La lealtad como tema poético

Hay una palabra en la canción que no quiero pasar por alto: leal. «Siempre tan leal», dice. En un proyecto lleno de canciones sobre gente que engaña, que miente, que traiciona, una canción dedicada a la lealtad pura tiene algo de manifiesto.

La lealtad de los perros es uno de los temas más viejos de la literatura. Ya en la «Odisea», cuando Ulises vuelve a Ítaca disfrazado de mendigo después de veinte años, el único que le reconoce es su viejo perro Argos, tumbado sobre un montón de estiércol, abandonado y lleno de pulgas. Argos levanta las orejas, mueve la cola, no tiene fuerzas para acercarse, y muere en ese momento, después de haber visto volver a su amo. Es una de las escenas más tristes y más bellas de toda la literatura antigua, y dura apenas unos versos.

Neruda la habría entendido. Y la canción también. Porque lo que se agradece en «Limón» no es solo la compañía, sino la certeza: alguien que nunca va a fallar. Para quien ha vivido relaciones en las que esa certeza no existía, una nana así no es una tontería. Es un pequeño refugio. Si quieres saber más de las ideas de refugio y flotación en mis canciones, te dejo «Hacer el muerto en una nube».

Lo elemental no es lo menor

Neruda decía, más o menos, que quería escribir para que la gente sencilla entendiera, y que el poeta no debía estar en una torre, sino en la calle. Las «Odas elementales» fueron su manera de demostrarlo: pusieron la poesía entre las noticias y la sopa en el centro del poema.

Cuando escribo canciones intento algo parecido, a mi manera y con mis medios. Hablar de lo grande a través de lo pequeño. Una croqueta, una cebolla, un perro dormido. Y es curioso, porque a veces la gente piensa que esas canciones son las menores, las de broma, las que se escriben en una tarde. Y puede que sí, que se escriban en una tarde. Pero eso no las hace menores. Una nana a un perro puede ser tan seria como una oda a un campeón olímpico, solo que en lugar de celebrar una victoria celebra que alguien te espera en la puerta.

Si te apetece verla, el videoclip de «Limón» está en la página de vídeos. Ponla por la noche, con tu compañero dormido encima, y piensa qué oda elemental le escribirías tú.

Preguntas frecuentes

¿Qué son las «Odas elementales» de Neruda? Son poemas de Pablo Neruda dedicados a cosas cotidianas, como la cebolla, el tomate, el caldillo de congrio o los calcetines, escritos con versos muy cortos y un tono de celebración. Muchas aparecieron primero en el diario venezolano «El Nacional», en las páginas de información y no en el suplemento literario, y se reunieron en 1954 en el libro «Odas elementales» (Losada, Buenos Aires).

¿Escribió Neruda una oda a su perro? Sí. «Oda al perro» está en «Navegaciones y regresos» (1959) y empieza con los versos «El perro me pregunta / y no respondo». También escribió «Un perro ha muerto», una elegía publicada después de su muerte en «Jardín de invierno» (1974). Neruda tuvo muchos perros a lo largo de su vida.

¿Existe la conexión telepática con los perros? No en sentido literal, pero hay estudios sobre el vínculo. En 2015 un equipo dirigido por Miho Nagasawa publicó en «Science» que la mirada mutua entre perros y dueños se asociaba a un aumento de oxitocina en ambos. El estudio ha recibido críticas metodológicas, pero la idea de un vínculo químico compartido se ha hecho muy popular.

¿De qué trata la canción «Limón»? Es una nana dedicada a Limón, un compañero pequeño al que se le dan las gracias, se le promete protección y se le pide que se duerma. Puede leerse como una oda elemental: celebra con ternura y humor algo cotidiano que el mundo no suele celebrar.

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