
Por Mike Sain't Louis ·
No soy portavoz de nadie: cantar la vida LGTB en primera persona sin hablar por todo el colectivo
GAYFOLK lleva la palabra «gay» dentro. No escondida, no en letra pequeña: en mayúsculas y al principio, como quien pone su nombre en el buzón. Lo elegí así a propósito, y no me arrepiento. Pero un nombre así tiene un efecto secundario que tardé en ver. Cuando un proyecto se llama de esa manera, hay quien da por hecho que habla en nombre de todo el colectivo. Que cada canción es una declaración oficial. Que detrás hay una especie de portavoz con micrófono y atril.
No lo hay. Detrás hay un hombre gay de Madrid que escribe letras, las convierte en canciones con herramientas de inteligencia artificial y las publica con su propio sello. Eso es todo. Y me parece importante decirlo en voz alta, no por quitarme responsabilidad, sino justo por lo contrario: porque tomarme en serio lo que hago empieza por saber desde dónde lo hago.
Este texto va de esa frontera. De lo que puedo contar en primera persona, de lo que solo puedo escuchar y de por qué creo que una comunidad tan grande y tan diversa como la LGTB no necesita un portavoz, sino muchas voces distintas, cada una diciendo lo suyo.
«Gay» en el nombre no es un cargo
Hay una tentación muy humana, cuando por fin te sientes parte de algo, de querer hablar por ese algo. Te emocionas, te sientes acompañado, y de repente el «yo» se te convierte en «nosotros» sin darte cuenta. Lo he notado en mí mismo al escribir. Empiezo contando una tarde concreta, una discusión concreta, un mensaje que no contesté, y a la tercera estrofa estoy a punto de escribir «a todos nos pasa».
Y no, no a todos nos pasa. A mí me pasó. Puede que a otros también, y ojalá la canción les sirva. Pero la diferencia entre «me pasó» y «nos pasa» es enorme. La primera frase es un testimonio. La segunda es una afirmación sobre millones de personas a las que no conozco.
Cuando digo que no soy portavoz de nadie no lo digo con desapego. Lo digo con respeto. El colectivo LGTB no es un club con una sola opinión. Hay lesbianas, gays, personas bisexuales, trans, intersexuales, no binarias. Hay quien vive en una gran ciudad y quien vive en un pueblo de doscientos habitantes. Hay quien salió del armario a los quince y quien lo hizo a los cincuenta, o quien no ha podido hacerlo todavía. Hay quien es creyente y quien no, quien vota una cosa y quien vota la contraria. Pretender que un solo cantautor resume todo eso sería, además de imposible, un poco ridículo.
Así que el «gay» de GAYFOLK no es un cargo. Es una descripción. Dice desde dónde escribo, no a quién represento.
Lo que sí puedo contar: un hombre, una ciudad y dos historias que duraron demasiado
Lo que me toca contar es lo mío, y lo mío ya es bastante. Soy un hombre gay que vive y trabaja en Madrid. Durante veinte años estuve atrapado en dos relaciones con parejas narcisistas, y cuando por fin entendí lo que había pasado, las canciones se convirtieron en mi manera de contar mi versión. Lo explico con más calma en mi página de biografía, y no voy a repetirlo entero aquí.
Ese material es el corazón de muchas de mis letras. El amor, el desamor, la vida queer en España tal como yo la he vivido: las calles que conozco, los bares que me imagino, las conversaciones que he tenido y las que me habría gustado tener. Cuando escribo sobre eso, escribo con autoridad, porque no me lo ha contado nadie. Lo he vivido.
Eso no significa que cada canción sea una página de mi diario. Los nombres que aparecen en las letras son personajes inventados, algo que en Planeta Gayfolk está dicho por escrito en la política editorial. La experiencia es mía; los personajes son ficción. Me gusta esa combinación porque me deja contar la verdad sin señalar a nadie. Y también porque me obliga a ser honesto con el punto de partida: la emoción tiene que ser real, aunque el nombre del exnovio de la canción no lo sea.
Cuando me piden que hable de la vida gay, entonces, lo que puedo ofrecer es una vida gay. La mía, con su humor, sus heridas y sus manías. Ni la más típica ni la más representativa. Simplemente la que conozco.
Las letras que no son mías del todo: escribir sobre otras siglas sin quitarles la voz
Ahora bien, en mis canciones no aparecen solo hombres gays. Aparecen otras siglas, otras vidas, otras maneras de ser parte del arcoíris. Y ahí el cuidado tiene que ser doble.
Hay un verso que se me coló casi sin pensarlo en «La dieta del cucurrucho», una comedia de celos del primer disco de la trilogía:
me da igual, si es chica chico trans o neutral
Lo escribí dentro de una fantasía absurda, como un chiste más. Pero luego me di cuenta de que esa frase, dicha por un personaje que imagina a su futuro hijo, decía algo que yo sí pienso de verdad. Le dediqué un texto entero, sobre las infancias trans y las familias que acompañan, y lo escribí sabiendo una cosa: yo no soy una persona trans. Puedo decir lo que pienso como aliado, como alguien del mismo barrio, pero la experiencia de crecer trans la cuentan mejor quienes la han vivido.
Con la bisexualidad me pasa algo parecido. En «El anillo de casado» hay un narrador que habla de la «supuesta heterosexualidad» de un hombre recién casado:
¿Y qué voy a hacer? Si me atrapa / cada día un poco más, su supuesta / heterosexualidad.
Ese verso habla desde el despecho de un personaje, y precisamente por eso me pareció necesario pararme a pensar en él en otro texto sobre la invisibilidad bi. Porque una cosa es que el narrador de una canción, dolido, decida que el otro «en realidad» es gay, y otra muy distinta es que yo, como autor, le diga a una persona bisexual quién es. El personaje puede equivocarse. Yo tengo la obligación de no hacerlo.
Mi regla, si es que tengo alguna, es esta: cuando escribo sobre una vida que no es la mía, la canción puede mirarla, acompañarla, celebrarla o incluso reírse con ella. Lo que no puede es hablar en su lugar.
La palabra marica y el permiso que no reparto
Hay una palabra que aparece por todas partes en mis letras: marica. Y sus parientes. Maricón, mariposón, la Shakira marica, el marica sideral, el marica chill. Ya conté en «Marica, con todas las letras» cómo una palabra que durante mucho tiempo sirvió para señalarnos ha acabado siendo, en mis canciones, casi un trofeo. Ahí está ese final de «Gaslighting» en el que el protagonista gana la pelea y lo celebra con un «I won maricón».
Pero esa palabra la uso sobre mí. La recojo del suelo para mí. Y no pretendo que a todo el mundo le guste, ni que todos los hombres gays se sientan cómodos con ella. Hay quien la oyó tantas veces como insulto que no quiere volver a escucharla nunca, ni siquiera dicha con cariño. Lo entiendo perfectamente. Recuperar una palabra es un gesto personal, no una norma colectiva.
Por eso nunca diría que «nosotros» hemos recuperado la palabra marica. Yo la he recuperado. Otros la han recuperado a su manera. Y otros han decidido dejarla donde estaba. Las tres cosas son legítimas, y ninguna necesita mi permiso.
Esto me parece un buen ejemplo de lo que quiero decir con no ser portavoz. Si fuera portavoz, tendría que decidir qué palabra nos representa a todos. Como no lo soy, puedo hacer algo más honesto: usar la mía y dejar que cada cual use la suya.
Gay y cantautor IA: dos etiquetas y ninguna bandera
Hay otra razón por la que esto me importa, y tiene que ver con cómo hago la música. Me presento como el primer cantautor IA. Escribo todas las letras y dirijo cada canción, y la inteligencia artificial es mi herramienta de producción y arreglos, con la que se crean la música y la interpretación vocal. Lo digo abiertamente y no lo escondo.
Esto me ha traído críticas, y algunas llegan con una mezcla curiosa. Lo conté en el texto sobre los insultos que recibe mi música por estar hecha con IA: a veces el mensaje empieza hablando de la IA y en la segunda frase ya está hablando de que soy gay. Las dos etiquetas se pegan una a la otra, y quien quiere atacar una aprovecha la otra.
Precisamente por eso me niego a que cualquiera de las dos se convierta en bandera ajena. Que yo use IA no significa que los artistas LGTB usen IA, ni que estén de acuerdo conmigo. Hay músicos queer que tocan cada nota con sus manos, que graban en estudios pequeños con mucho esfuerzo, y es muy posible que algunos desconfíen de lo que hago. Tienen todo el derecho. Si una sola persona los leyera a todos a través de mí, les estaría haciendo un flaco favor.
Y al revés: que yo sea gay no convierte mi forma de usar la IA en «la forma gay» de hacerlo. Es mi forma. Punto. Prefiero que me critiquen a mí por mis decisiones a que critiquen a todo un colectivo por algo que solo he decidido yo.
Lo que aprendí de «Tan Cateto» sobre hablar alto
En 2024, «Tan Cateto» se hizo viral en TikTok. Para alguien que trabaja solo, con un sello de una sola persona, aquello fue algo completamente nuevo. De repente, una canción mía llegaba a gente que no me conocía de nada, que no sabía quién era ni de dónde venía.
La viralidad tiene algo engañoso: te da la sensación de que, si mucha gente te escucha, entonces hablas por mucha gente. Y no es así. Que una canción se comparta mucho no la convierte en un manifiesto. Simplemente significa que a más personas les ha hecho gracia, o les ha tocado algo, o les ha servido para un vídeo. Cada una por sus razones.
De aquella experiencia me quedé con una lección sencilla: el volumen no es lo mismo que la representación. Puedo cantar muy alto, puedo llegar lejos, y aun así seguir hablando solo de lo mío. De hecho, creo que es lo único que me permite cantar alto sin vergüenza.
Un planeta, no una sede
Alguna vez me he preguntado a mí mismo por qué inventé un planeta. Por qué Planeta Gayfolk y no, sin más, una carrera de cantautor con mi nombre. Hay varias respuestas, y una de ellas tiene que ver con todo esto.
Un planeta es un lugar, no una institución. No tiene presidente ni portavoz. Tiene paisajes, personajes, calles, playas y pistas de baile. La gente llega, se pasea, se queda en el rincón que le gusta y se va cuando quiere. Yo construyo el planeta, pero no decido quién lo habita ni cómo.
Ese planeta ya es grande. Son 273 singles, la trilogía GAYFOLK y más de 280 videoclips. Hay electropop, copla y camp. Hay canciones en español, en inglés, en francés y en portugués. Hay letras con humor, letras de desamor, letras sobre salud mental y, sí, también letras sexualmente explícitas, porque forman parte de mi manera de contar la vida queer sin filtro. Todo eso cabe porque no tengo que pedirle permiso a ningún comité para meterlo.
Y para que nadie se quede fuera de ese lugar por dinero, toda mi música se descarga gratis, sin registro. No es un gesto de portavoz; es un gesto de anfitrión. La diferencia me parece importante. El portavoz habla en tu nombre. El anfitrión te abre la puerta y te deja hablar a ti.
Hay una advertencia en una de mis canciones que me gusta mucho, la de «Vas a escuchar un disco muy raro»:
Si vienes con prejuicios, échate a un lado.
Es lo más parecido a una norma de admisión que tiene el planeta. No pido que seas de ninguna sigla concreta, ni que pienses como yo. Solo que vengas sin prejuicios. Lo demás, cada cual lo pone.
Hablar de lo que duele sin convertirlo en ejemplo
Hay un terreno donde esta frontera es todavía más delicada: la salud mental. Hablo abiertamente de la mía. A los 41 años me diagnosticaron depresión mayor, fobia social, estrés postraumático, trastorno de evitación y ansiedad, y una buena psicóloga me está ayudando a seguir. Todo eso está ordenado en la serie «Salud mental sin tabú».
Sé que muchas personas LGTB cargan con heridas parecidas. Pero mi historia no es «la historia LGTB de la salud mental». Es una. Cuando la cuento, no lo hago para decir «así nos pasa a todos», sino para que alguien que se reconozca en una parte sepa que no está solo y que pedir ayuda funciona. Si estás pasando por un momento muy difícil, en España puedes llamar al 024, la línea de atención a la conducta suicida, y en caso de emergencia, al 112.
Lo que le debo al colectivo aunque no hable en su nombre
No ser portavoz no significa ir por libre. Le debo muchísimo a la comunidad LGTB. Le debo las palabras que me permitieron entenderme, las canciones de otros artistas que se atrevieron antes, los espacios que otras personas abrieron cuando abrirlos era peligroso. Nada de lo que hago existiría sin ese camino ya andado por gente que nunca conoceré.
Por eso pienso mis canciones, como ya escribí en «Las canciones como diario de una comunidad», como entradas sueltas de un diario colectivo. Pero un diario colectivo funciona precisamente porque cada persona escribe su página. Si yo escribiera todas, ya no sería un diario de la comunidad. Sería mi diario con otro título.
Lo que me toca, entonces, es escribir bien mi página. Con honestidad, con humor cuando lo hay, con cuidado cuando duele. Y dejar sitio en el cuaderno para que otras voces escriban las suyas: lesbianas, trans, bisexuales, gente mayor, chavales que todavía no se lo han dicho a nadie. Si alguna de esas personas encuentra en Planeta Gayfolk una canción que le sirva, me alegra el día. Si encuentra una que no la representa, también me parece bien. No era mi intención representarla. Era mi intención contar lo mío con la puerta abierta.
Un micrófono y muchas sillas
Si tuviera que dibujar cómo me imagino este proyecto, no dibujaría a alguien en un atril hablando a una multitud callada. Dibujaría una mesa larga en una sobremesa de domingo, con un micrófono en el centro y muchas sillas alrededor. Yo estoy sentado en una de ellas. He cogido el micrófono un rato porque tenía algo que contar. Cuando termine, lo dejaré otra vez en el centro de la mesa.
Y quien quiera, que lo coja.