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Cuando insultan tu música por estar hecha con IA: el desprecio, el ánimo y por qué sigo publicando

Hay mensajes que se leen en tres segundos y se quedan tres días. No hace falta que sean largos ni ingeniosos. Basta con que lleguen en el momento justo, con la guardia baja, después de haber pasado una tarde entera eligiendo entre dos versiones de un estribillo. Abres el móvil para ver si a alguien le ha gustado la canción nueva y lo primero que encuentras es alguien que no la ha escuchado diciéndote que lo tuyo es basura, que no eres artista, que te dé vergüenza.

Hago canciones con inteligencia artificial y lo digo desde la primera línea. Las letras son mías, igual que la composición y la producción; lo que suena, música e interpretación vocal incluidas, lo genero con Suno y lo dirijo yo, versión a versión. Esa transparencia tiene un precio, y una parte de ese precio se paga en comentarios. De cómo los clasifico ya escribí en «Lo que aprendí de los comentarios negativos». Este texto va por otro lado: lo que el desprecio le hace al ánimo, cómo distinguir una discusión legítima de una agresión y las herramientas concretas que me ayudan a seguir publicando sin dejarme la salud en la caja de comentarios.

Hay un debate serio, y no es este

Empiezo por lo que me parece justo reconocer. Sobre la IA en la música hay preguntas importantes, y quien las hace no es mi enemigo. Con qué canciones se han entrenado estas herramientas y si sus autores dieron permiso o cobraron algo. Qué pasa con los músicos que viven de encargos pequeños y ven cómo una empresa decide ahorrárselos. Si las plataformas se llenan de canciones de relleno sin nadie detrás. Cómo se reparte la autoría cuando una parte la pones tú y otra la genera una máquina. Si quien escucha tiene derecho a saber cómo se ha hecho lo que escucha.

Todo eso se puede discutir, y se debe. Yo mismo tengo dudas sin resolver sobre varias de esas cuestiones, y lo he contado aquí más de una vez. Cuando alguien me escribe con una de esas preocupaciones, aunque lo haga con enfado, hay una conversación posible. Puede que no nos pongamos de acuerdo, pero estamos hablando de lo mismo.

Lo que me llega muchas veces no es eso. Es otra cosa que se disfraza de debate. Se reconoce porque no pregunta nada, no apunta a ningún problema concreto y no tiene ningún interés en la respuesta. No dice «me preocupa cómo se entrenan estas herramientas». Dice que eres un fraude, que das asco, que deberías desaparecer. El tema de la IA está ahí como excusa, igual que podría estar cualquier otro. Lo que de verdad se transmite es desprecio por la persona.

Una pista que me sirve: la crítica habla de la obra o del método; la hostilidad habla de ti. «Este estribillo es flojo» es una opinión sobre una canción. «Este proceso me parece injusto con los músicos» es una opinión sobre una práctica. «Eres patético» no es una opinión sobre nada. Es un intento de que te sientas pequeño.

Cuando el insulto trae dos etiquetas

Hay un tipo de mensaje que merece párrafo propio. Empieza hablando de la IA y en la segunda frase ya está hablando de que soy gay. O al revés: se ríe de una canción sobre dos hombres que se quieren y remata diciendo que encima ni siquiera es música de verdad. Las dos etiquetas se sujetan la una a la otra, como si la herramienta sirviera de coartada para decir lo otro sin parecer lo que es.

En «Tan cateto» escribí sobre esa gente que señala desde fuera, y hay un verso que me repito cuando aparece este tipo de comentario: «No voy a aceptar consejos de ningún espectador». No lo digo con soberbia. Lo digo porque alguien que mira tu vida desde la grada, sin conocerte, no está en posición de decidir qué vale y qué no.

Esto importa para la salud mental por una razón concreta. Las personas LGTBI llevamos encima, muchas veces desde la infancia, una costumbre de vigilancia: medir lo que dices, anticipar la reacción, prepararte para el golpe. Los profesionales lo describen como estrés de minoría, un desgaste que viene de vivir esperando el rechazo. Cuando un comentario mezcla el desprecio por cómo haces música con el desprecio por lo que eres, no solo duele por lo que dice. Duele porque toca un sitio que ya estaba sensible. Si a ti también te pasa, no estás exagerando. Hay heridas que reaccionan antes que la cabeza.

Lo que le hace el odio al ánimo

No voy a fingir que soy de piedra. Tengo publicada mi historia: depresión, fobia social, ansiedad, estrés postraumático. Con ese equipaje, un mensaje cruel no se queda en la pantalla. Se nota en el cuerpo. Un nudo en el estómago, el pulso que se acelera, una especie de alerta que tarda en apagarse. Hay tardes en que una sola frase me quita las ganas de abrir la carpeta de letras.

Lo que más me afecta no es el golpe del momento, sino lo que viene después. La mente coge la frase y le da vueltas. La psicología llama a eso rumiación: repasar una y otra vez lo mismo sin llegar a ninguna parte, como un disco rayado que nadie se levanta a quitar. Te descubres respondiendo mentalmente al desconocido mientras friegas los platos, preparando el argumento perfecto que nunca vas a enviar, imaginando qué pensará la gente que lo haya leído.

También está el sesgo de negatividad, que está bien estudiado: el cerebro presta más atención a lo amenazante que a lo agradable. Tiene sentido desde el punto de vista de la supervivencia, porque recordar al lobo era más útil que recordar la flor. Pero en una caja de comentarios esa vieja alarma juega en tu contra. Veinte mensajes amables se leen de pasada; uno hostil se graba con letra grande.

Y hay un efecto más sutil, que me costó ver. El desprecio puede colarse en el propio proceso creativo. Empiezas a escribir pensando en quién te va a atacar. Suavizas un título por si acaso. Dudas de publicar una canción porque sabes qué tipo de mensajes va a atraer. Cuando eso pasa, el insulto ya no está en la pantalla. Está sentado contigo en la mesa de trabajo.

Si notas que lo que lees en redes te quita el sueño de forma habitual, te deja sin ganas de cosas que antes te gustaban o te tiene en tensión durante días, eso no es debilidad ni falta de carácter. Es una señal de que la carga es demasiada para llevarla solo, y vale la pena hablarlo con un profesional.

Mi caja de herramientas

Con el tiempo he ido juntando unas cuantas costumbres, mías o aprendidas de otros. No son una receta y alguna no te servirá, pero ayudan a protegerse sin cerrar la puerta.

  • Silenciar antes que discutir. Casi todas las plataformas permiten ocultar los comentarios que contienen ciertas palabras. Una lista con los insultos de siempre hace que esos mensajes ni siquiera lleguen a la vista. No es censura: nadie tiene derecho a una ventanilla abierta en tu salón.
  • Bloquear sin pedirle permiso a la conciencia. Hay quien siente que bloquear es de cobardes, que hay que aguantar para demostrar algo. No hay nada que demostrar. Bloquear a quien solo viene a humillar es como no abrirle la puerta a alguien que llama a gritos. Si hay amenazas o datos personales, conviene guardar capturas antes y denunciarlo por los canales que correspondan.
  • Una franja sin respuestas. Hace tiempo que no leo comentarios de noche, y la regla sirve también para contestar: nada de responder de madrugada ni recién levantado. De madrugada cualquier frase se agranda como una sombra en la pared. Lo que llega entonces puede esperar a que haya café y la cabeza esté en su sitio. Casi nunca hace falta contestar después.
  • No responder no es perder. Quien busca pelea gana cuando le das escenario. El silencio no es darle la razón; es negarle el público.
  • Delegar a ratos. Cuando una publicación atrae más ruido de lo normal, se puede pedir a alguien de confianza que eche un vistazo y cuente solo lo que merezca la pena. Ver tus comentarios con los ojos de otra persona cambia mucho la temperatura.
  • Guardar lo bueno. Los mensajes de gente a la que una letra le ha acompañado merecen un sitio a mano, una nota o una carpeta. No es para presumir. Es para releerlos los días en que lo malo ocupa todo el plano.

Pedir apoyo no es exagerar

Hay una tentación muy típica de quien trabaja solo, como yo: pensar que esto es parte del oficio y que hay que tragárselo sin molestar a nadie. Que no se puede ir a contarle a alguien que te ha afectado un comentario de un desconocido, porque suena a capricho.

No lo es. Un ataque repetido, aunque llegue en mensajes sueltos de gente distinta, afecta al ánimo igual que otras formas de hostilidad. Contarlo en voz alta a un amigo o a alguien de tu familia que te quiere bien le quita parte del peso, porque te devuelve una mirada de fuera que no está contaminada. Y la terapia es un buen sitio para llevarlo. Un profesional no está para decidir si quien te insulta tiene razón, sino para ayudarte a ver qué parte del malestar es del mensaje y qué parte venía de antes. En mi caso, contar con una buena psicóloga marca la diferencia; algo de eso expliqué en «Gracias a mi psicóloga».

También existe el apoyo que no ves. Debajo de muchos vídeos, cuando alguien suelta su veneno, aparece otra persona que contesta por mí, que defiende la canción o que simplemente deja un corazón. Esas personas no saben lo mucho que importa ese gesto. Si eres de los que lo hacen, gracias. Y si alguna vez ves a alguien recibiendo una avalancha de desprecio, no hace falta entrar al barro: un mensaje privado de ánimo puede valer más que cualquier réplica pública.

Por qué sigo publicando

Me lo he preguntado muchas veces, sobre todo en las semanas malas. La respuesta corta es que las canciones son mías y no voy a dejar que las gestione la parte más ruidosa de internet.

La respuesta larga tiene que ver con una canción. En «El segundo exacto» metí los reproches que más se repiten casi tal cual, y luego les devolví una pregunta: «¿Será que podrá la inteligencia artificial escoger el segundo exacto donde rompiste a llorar?». Esa pregunta sigue siendo mi respuesta. La herramienta no decide qué vida merece una canción, qué recuerdo, qué chiste, qué herida. Eso lo decido yo, con mis letras, y es lo que me hace seguir.

Hay otra razón. Escribo pop queer, con humor y con pluma, para gente que muchas veces ha aprendido a esconderse. Si me retiro cada vez que alguien me desprecia, estoy enseñando lo contrario de lo que cuentan mis canciones. Prefiero publicar con las protecciones puestas que desaparecer para estar tranquilo. Y si un día necesito parar, pararé sin culpa, porque cuidarse también es una forma de seguir.

No he hecho las paces con el odio y no creo que haga falta. Lo que he hecho es moverle la silla: que esté en la sala, si se empeña, pero lejos de la mesa donde escribo.

Si hoy pesa demasiado

Si los mensajes que recibes, por la razón que sea, te están llevando a un sitio muy oscuro, no te lo guardes. Habla con alguien de confianza hoy mismo y busca ayuda profesional, empezando por tu médico de familia si no sabes por dónde.

  • En España, si piensas en quitarte la vida o temes por alguien, llama al 024, la línea de atención a la conducta suicida: no cuesta nada, es confidencial y contesta a cualquier hora, de día y de noche.
  • Si hay un peligro inmediato, el 112.
  • En Latinoamérica y en el resto de Europa, marca el número local de emergencias del país donde estés.

Un comentario dura lo que tarda en cargarse la página. Tú vales mucho más que eso, y pedir ayuda funciona.

Las canciones, con sus letras, siguen en mikesaintlouis.com, donde se descargan gratis, y también en Spotify y Deezer. Y en «Salud mental sin tabú» está la serie completa en la que hablo de todo esto con más calma.

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