
Por Mike Sain't Louis ·
«Me desangro… y bailo»: «La primera drag de Benidorm» y el gesto mínimo de los días más bajos
Hay una hora en Benidorm que no sale en los folletos. Es esa franja entre las seis y las siete de la mañana en la que los bares de la zona guiri ya han bajado la persiana, los camiones de la limpieza todavía no han llegado y en la acera quedan los restos de la noche: un vaso de plástico, una pestaña postiza, una sandalia sola. El semáforo sigue cambiando de color para nadie. Rojo, ámbar, verde. Rojo otra vez. Es una hora sin público, y por eso es la hora más honesta de la ciudad.
En esa hora vive «La primera drag de Benidorm». No en la gala, no en el escenario con focos y confeti, sino en el regreso a casa, con los tacones en la mano o, peor, todavía puestos y rotos. La canción empieza así:
Aquí me arrastro, con tacones rotos, escupiendo sueños por cada semáforo.
Lo que sigue son apuntes de diario sobre esa letra. No sobre la ciudad ni sobre la historia del drag, que eso ya lo he contado en otros sitios, sino sobre lo que me pasó a mí escribiéndola: que por fin me permití contar un día malo sin arreglarlo, sin moraleja, sin la frase final de taza de desayuno. Y que, aun así, al final de todo, apareció un verbo pequeño que no esperaba. Bailo.
Un día que no tiene arreglo
Hay días que no tienen arreglo. Lo escribo así, tan seco, porque durante mucho tiempo me costó aceptarlo. Es muy tentador, cuando estás hundido, intentar sacar algo positivo de inmediato, como quien busca la sorpresa del roscón antes de haberlo partido. «Bueno, al menos he aprendido». «Bueno, mañana será otro día». «Bueno, hay gente peor». Todas esas frases son verdad a veces, pero dichas demasiado pronto funcionan como una tapa. Tapan el cazo y el cazo sigue hirviendo debajo.
Uno de los cinco nombres que recibí a los 41 fue depresión mayor de gravedad elevada. La lista completa está en ponerle nombre a lo que pesaba y no hace falta copiarla aquí. Solo diré una cosa que entendí después: la depresión no es un mal día que se alarga. Es otra cosa. Pero dentro de ella hay días que son el fondo del fondo, días en los que no hay nada que rescatar, y yo no sabía qué hacer con ellos más que esconderlos.
En mi catálogo hay muchas letras de desamor que acaban en victoria. El ex es un patán, el narrador sale brillando, la última línea es un portazo con purpurina. Y está bien, esas canciones existen y las quiero. Pero ganar siempre en el último verso no cuenta toda la verdad. En la vida real no se gana en el último verso. En la vida real, muchos días, uno se arrastra. Esta letra es la que se atreve a quedarse ahí.
La lista del fondo
«La primera drag de Benidorm» es, básicamente, una lista. Una lista de todo lo que está mal, dicha en primera persona y en presente, sin ninguna prisa por arreglarla. Sangro. La falda arde. El pecho abierto. El nombre deshecho. Y luego el estribillo, que es como una enumeración a gritos:
¡Aquí me desangro, aquí escupo al suelo, aquí vendo heridas, aquí pierdo el pelo!
Lo curioso es que una lista así no hunde más. Ordena. Y creo que sé por qué.
Creo que la clave está en que una lista tiene bordes. Cuando el malestar está dentro, no tiene forma: es una niebla que lo ocupa todo, que se mete en la comida, en el sueño, en las ganas de contestar un mensaje. Cuando lo escribes en líneas cortas, una cosa detrás de otra, la niebla se convierte en objetos. Tacones rotos. Uñas quebradas. Fotos censuradas. Son cosas terribles, sí, pero son cosas. Se pueden contar. Se pueden mirar una por una. Y lo que se puede mirar, por lo menos, ya no te persigue por la espalda.
Hay una tradición entera detrás de esto, aunque yo no la conocía cuando escribí la letra. En los años ochenta, un psicólogo estadounidense llamado James Pennebaker empezó a estudiar qué pasaba cuando la gente escribía sobre sus experiencias más dolorosas durante unos minutos al día, varios días seguidos. Lo llamó escritura expresiva. Sus estudios, y muchos otros que vinieron después, sugieren que poner por escrito lo que duele, con sus emociones y sin censura, puede ayudar a algunas personas a ordenarlo. No a todas, no siempre, y nunca como sustituto de un tratamiento. Pero ayuda a que lo que estaba suelto encuentre un sitio. Yo, sin saberlo, estaba haciendo eso con rima y con base de pop.
Escupir sueños por cada semáforo
Me gusta mucho la imagen de los semáforos. La leo como lo que se siente al volver a casa cuando todo ha salido mal: cada cruce es una parada obligatoria, un momento en el que tienes que quedarte quieta, con los tacones rotos, esperando a que cambie la luz delante de desconocidos. Y en cada parada se te escapa un sueño. Lo escupes, como quien escupe un chicle que ya no sabe a nada.

Eso es para mí la depresión en sus días peores: un trayecto corto que se hace eterno porque está lleno de paradas. Ir a la cocina. Paradón. Ducharse. Otro semáforo en rojo. Contestar un mensaje. Rojo, ámbar, rojo. Desde fuera parece que no estás haciendo nada, y por dentro estás cruzando una ciudad entera.
Mucha gente cree que, cuando alguien está deprimido y no sale de casa, es porque está descansando. Y muchas veces es justo al revés. A veces quedarse en casa es lo único que se puede hacer después de haber gastado toda la energía del día en tres cruces.
La primera de algo que nadie recuerda
El título de la canción es una broma y no es una broma. Todas las historias tienen una primera. La primera que se subió a unos tacones en una ciudad de sol y apartamentos, cuando nadie lo hacía. La pionera. Y casi nunca sabemos su nombre. La letra termina el estribillo con una frase que me sigue dando escalofríos: «aquí nadie me recuerda».
En el plano de la ficción, es la drag a la que la historia se olvidó de apuntar. Pero en el plano del diario, esa frase era mía. Uno de los síntomas que más me pesaban era la sensación de ser invisible, de no dejar huella en nadie, de que si desaparecía de una habitación nadie iba a notar el hueco. No lo digo para dar pena. Lo digo porque mucha gente con depresión conoce exactamente esa sensación y cree que es la verdad, cuando es parte del síntoma.
La depresión miente. Es una de las frases más útiles que me han dicho nunca. Te dice que nadie te recuerda, que no importas, que siempre vas a estar así. Y como te lo dice desde dentro, con tu propia letra, la crees. Escribir «aquí nadie me recuerda» en una canción me permitió hacer algo raro: sacar esa frase de mi cabeza y ponerla en boca de un personaje. Y al verla fuera, en la boca de una drag con la falda ardiendo, pude por primera vez dudar de ella. ¿Seguro que nadie? ¿O es lo que se dice a las seis de la mañana en un semáforo?
Rezos de plástico y caricias prestadas
La segunda estrofa es la que más me cuesta escuchar:
Aquí me deshago, entre uñas quebradas, entre rezos de plástico y caricias prestadas.
Los rezos de plástico son las frases hechas que te ofrecen cuando estás mal y que no llevan nada dentro. El «todo pasa por algo», el «tienes que poner de tu parte», el «sal a que te dé el aire». Algunas se dicen con cariño, de verdad. Pero cuando estás en el fondo suenan a rosario de bazar: brillan, hacen ruido al moverse y no te sostienen.
Las caricias prestadas son otra cosa, más triste. Son el cariño que buscas en sitios donde no lo hay, el contacto que no es para ti sino que te dejan un rato, como un abrigo de otro. Yo viví dos relaciones con personas que entendí después que eran narcisistas, y lo he contado en la serie de salud mental. No voy a dar nombres ni escenas. La canción no habla de ellos, porque es ficción y la protagonista es una drag inventada. Pero cuando leo «prestadas» entiendo esa palabra desde lo que viví: el cariño que se recibe como un préstamo con fecha de devolución.
Hambre de barrio y lengua cortada
Luego viene una línea que siento muy de Madrid aunque la canción esté en Benidorm: «mi hambre de barrio, mi lengua cortada». El hambre de barrio es esa ambición de quien viene de abajo y quiere comerse el mundo, la que te hace subirte a unos tacones aunque te tiemblen. La lengua cortada es lo contrario: todo lo que no te dejaron decir.

De niño sufrí acoso escolar. Está contado en este texto sobre las heridas de la infancia y no voy a entrar en detalles aquí. Lo que sí quiero decir es que a un niño acosado se le enseña, sin palabras, a cortarse la lengua. A no decir, a no llamar la atención, a no dar motivos. Y sospecho que eso es parte de por qué mis letras salen tan bestias ahora. Es como si la lengua, cuando por fin pudo, quisiera recuperar todo el tiempo perdido de golpe.
Escribir «mi lengua cortada» dentro de una canción a gritos tiene su ironía. La lengua está cortada, dice la letra, y lo dice a pleno pulmón. Esa contradicción me parece el resumen de lo que me han dado las canciones: un sitio donde decir que no puedo decir.
Romper espejos y tragar lo que no se traga
El estribillo tiene una segunda mitad que es pura rabia:
¡Aquí rompo espejos, aquí trago mierda, aquí sigo jodida, aquí nadie me recuerda!
Lo de tragar mierda es literal en el sentido coloquial: aguantar lo que no se debería aguantar. En los días malos uno traga. Traga comentarios, traga silencios, traga la propia rabia porque no tiene fuerzas para sacarla. Y romper espejos es el gesto contrario, el día en que no aguantas verte.
Pero la palabra que más me importa de esos dos versos es «sigo». Aquí sigo jodida. No dice «aquí me rindo» ni «aquí se acaba todo». Dice «sigo». Jodida, sí. Pero sigo. Releyendo mi catálogo con calma, me doy cuenta de que muchas de mis canciones más oscuras tienen escondido un verbo de continuar: seguir, volver, bailar, respirar. Una buena psicóloga me está ayudando a seguir adelante, y eso tiene su propio texto, gracias a mi psicóloga. Las letras no sustituyen a ese trabajo, pero a veces llevan dentro, sin querer, la misma palabra que se trabaja en consulta.
Aquí… aquí… me desangro… y bailo
Y entonces llega el final. La música se va quedando sola, las palabras se espacian, y la letra termina así:
Aquí... Aquí... me desangro... y bailo.
Ese «y bailo» no es una victoria. Quiero dejarlo muy claro, porque sería muy fácil leerlo como el final feliz que critiqué antes. No es «me desangro pero salgo adelante». No es «me desangro y me convierto en reina». Es solo que, mientras se desangra, se mueve un poco. Un paso. Un balanceo. Lo mínimo.
Para mí ese es el gesto más importante que aprendí de los días más bajos: no hace falta salir del fondo para hacer algo dentro de él. No hace falta estar bien para moverse un centímetro. A veces el gesto mínimo es lavarse la cara. A veces es abrir la ventana. A veces es poner una canción y dejar que el pie lleve el ritmo debajo de la mesa aunque el resto del cuerpo no quiera. Eso también cuenta.
En psicología se habla de la activación conductual, una técnica que se usa en el tratamiento de la depresión y que, explicada de forma muy general, consiste en hacer pequeñas actividades con sentido aunque no apetezcan, en lugar de esperar a que vuelvan las ganas para hacerlas. Las ganas, muchas veces, vienen después del gesto y no antes. Yo no soy profesional, y si te interesa, es algo que hay que trabajar con alguien que sepa. Pero cuando leí sobre ello pensé en ese «y bailo». La drag no espera a sentirse bien para bailar. Baila, y quizá después, solo quizá, se siente un poco menos mal.
Lo que la canción no promete
Me parece importante decir lo que esta letra no hace. No promete que mañana todo vaya a estar mejor. No dice que el dolor tenga sentido. No ofrece una lección. La primera drag de Benidorm acaba la canción exactamente donde la empezó: en la calle, rota, sangrando. Lo único que ha cambiado es que ahora, además, baila.

Durante mucho tiempo pensé que una canción sobre el dolor tenía la obligación de curar. Que si alguien la escuchaba en un mal momento, tenía que salir de ella animado. Ahora creo que hay canciones que no curan, que acompañan. Que lo que hacen es sentarse a tu lado en el bordillo y decirte: yo también estoy aquí, con los tacones rotos. Y eso, cuando estás en el fondo, a veces vale más que cualquier himno de superación.
Por eso esta canción vive en el disco «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», al lado de canciones mucho más luminosas. El planeta no es un sitio donde todo el mundo esté bien. Es un sitio donde estar mal no te expulsa.
Benidorm como decorado del alma
¿Por qué Benidorm? Benidorm es para mí una ciudad que lo tiene todo a la vista: el lujo de cartón piedra, los rascacielos frente al mar, las despedidas de soltera, los jubilados del norte de Europa, el ambiente LGTBI del casco antiguo, la resaca. Es una ciudad que no disimula. Y en ese decorado, una drag con la falda ardiendo no desentona. Encaja.
En otras canciones Benidorm es la fiesta, la escapada, el sitio adonde se huye. En «Madrid to Benidorm» es casi una promesa. Aquí es la cara B de esa promesa: lo que pasa cuando la fiesta se acaba y tienes que volver al apartamento sola. Me gusta que mi planeta tenga las dos caras de la misma ciudad. Porque los lugares que nos salvan también son, a veces, los lugares donde nos hundimos, y no pasa nada por reconocerlo.
La familia drag del planeta
Esta drag no está sola en mi catálogo. Está «La primera drag», que es la versión de fiesta, la que quiere que la vista Ana Locking y salir de copas. Están los tacones de otras canciones, las pelucas, las pestañas. El drag aparece mucho en lo que escribo porque es un lenguaje que conozco y que me encanta: exagerar para decir la verdad.
Pero esta, la de Benidorm, es la hermana pequeña y triste. La que se quedó después de la fiesta. Me gusta pensar que en Planeta Gayfolk conviven: que una sale a comerse la noche y la otra vuelve arrastrándose, y que las dos son la misma persona en días distintos. Así me siento yo muchas veces. No hay un Mike fuerte y un Mike roto. Hay días.
Escribir el fondo tal cual
Si tuviera que resumir lo que me enseñó esta canción, diría esto: escribir el fondo tal cual, sin maquillarlo, es un acto de respeto hacia uno mismo. No es regodearse. No es quedarse a vivir ahí. Es reconocer que ese día existió y que merece ser contado con su nombre.
Es muy fácil maquillar los días malos. Para los demás, con un «bien, bien, liado» cuando te preguntan, y para uno mismo, con frases de superación que no te crees. Y el maquillaje, como sabe cualquier drag, se corre con las lágrimas. Al final del día tienes la cara hecha un cuadro y encima te sientes un fraude.
Escribir «aquí trago mierda» es quitarse el maquillaje. Lo que hay debajo no es bonito, pero es de uno. Y desde la cara lavada es más fácil pedir ayuda, porque por fin puedes explicar lo que te pasa sin adornos. Escribir, para mí, siempre ha sido eso: sacar fuera lo que sentía para poder mirarlo.
Cuatro cosas que hace esta letra
No voy a dar instrucciones, porque cada persona es un mundo y no soy terapeuta. Pero sí puedo señalar cuatro cosas que hace esta letra, por si a quien lee le dan una idea para su propio cuaderno.

Está en presente. «Aquí me arrastro», no «ayer me arrastré». El presente obliga a estar en el momento y no a contarlo desde fuera, como si fuera la historia de otro.
Dice cosas concretas. Nada de «me siento fatal». Tacones rotos, uñas quebradas, la falda ardiendo. Lo concreto tiene bordes, y lo que tiene bordes se puede sostener con la mano.
No se obliga a terminar bien. Termina en el fondo, con un verbo pequeño al final. Podría no haber aparecido ese verbo, y la letra seguiría siendo verdad.
Y, sobre todo, está hecha para que la escuche alguien. Una letra guardada en un cajón alivia un poco. Una letra compartida devuelve compañía, en las dos direcciones: a quien la escribe y a quien la escucha y se reconoce.
El llanto como lenguaje
En mis canciones se llora mucho. Lo conté en «Llorar en infinitivo», donde hice un catálogo de lágrimas. «La primera drag de Benidorm» casi no tiene lágrimas, curiosamente. Tiene sangre, escupitajos, vómito y fuego. Es un dolor más físico, más de cuerpo.
Creo que eso tiene que ver con algo que he aprendido sobre el estrés postraumático, que también forma parte de mi diagnóstico: el cuerpo guarda lo que la cabeza no puede procesar. Lo escribí en «Lo que el cuerpo recuerda». Hay días en los que el dolor no sale como lágrimas sino como cansancio, como dolor de espalda, como una opresión en el pecho. «Mi pecho abierto», dice la letra. Cuando el dolor es así, físico, el gesto mínimo también tiene que ser físico. Por eso, supongo, la canción termina bailando y no pensando.
Lo que me dejó la canción
Una canción así funciona como un diario de un día que no quieres recordar. Y, como pasa con los diarios, llega un momento en que la relees y ya no duele igual. Escuchas la lista de horrores y piensas: mira, esto lo sobreviví. No lo superé, que es otra palabra, más de anuncio. Lo sobreviví. Y la canción está ahí para demostrarlo, como una foto de un mal día que ya no es hoy.
Ese es otro regalo de escribir el fondo tal cual: que luego, cuando ya no estás ahí, tienes la prueba de que estuviste y saliste. No del todo, quizá. Pero un poco más arriba. Como dice el título de una de mis canciones, «La música me está salvando». En gerundio, porque no ha terminado.
Para quien hoy se arrastra
Si estás leyendo esto en uno de esos días, no te voy a decir que mañana será mejor, porque no lo sé. Lo que sí te digo es que no hace falta que hoy arregles nada. Si hoy lo único que puedes hacer es un gesto mínimo, con eso vale. Lavarte la cara. Llenar un vaso en el grifo. Mandar un mensaje de una palabra a alguien. Dejar que el pie se mueva un poco con una canción.
Y si los días malos se juntan, si llevas semanas así, si notas que no puedes más, no lo lleves solo. Pide cita en tu centro de salud y cuéntalo tal cual, o busca a un psicólogo sanitario. Yo recibí mi diagnóstico a los 41, y la ayuda profesional es una de las cosas que hoy me sostienen.
Si estás en el fondo
Lo aclaro antes de despedirme: escribo letras, compongo y produzco música, pero no tengo formación sanitaria y este diario no es un tratamiento.
Hay sitios donde te escuchan sin juzgarte. Para personas LGTBI, el servicio de información de COGAM, en Madrid, contesta en el 91 523 00 70 por las tardes, y la Línea Arcoíris de FELGTBI+ responde en el 91 360 46 05 entre semana por la mañana.
Y si la noche se te hace demasiado larga, marca un número. No molestas:
- 024: línea pública, gratuita y confidencial, abierta todo el día y toda la noche, por si sientes que ya no puedes sostenerlo o te vienen ideas de quitarte la vida.
- 112: cuando hay una emergencia o alguien está en peligro en este momento.
- 717 003 717: el Teléfono de la Esperanza, donde alguien se queda contigo al teléfono el rato que haga falta.
- 900 20 20 10: la Fundación ANAR, si eres menor o te preocupa un chaval o una chavala.
- Fuera de España, findahelpline.com te dice qué línea gratuita tienes cerca.
Toda la serie sobre mi salud mental, con más recursos, está en salud mental sin tabú.
Preguntas frecuentes
¿Qué cuenta la letra de «La primera drag de Benidorm»? Es una letra en primera persona de una drag inventada que vuelve a casa al amanecer, con los tacones rotos y todo saliendo mal. Es una lista del fondo, dicha sin maquillaje, que termina con un gesto mínimo: «me desangro… y bailo».
¿Por qué dices que escribir el fondo ayuda? Porque convierte un malestar sin forma en cosas concretas que se pueden mirar. Hay estudios sobre la escritura expresiva que apuntan en esa dirección, aunque no sirve a todo el mundo y nunca reemplaza a un profesional.
¿Qué es el «gesto mínimo»? Es lo más pequeño que puedes hacer en un día muy malo: lavarte la cara, abrir la ventana, mover un pie con una canción. No arregla nada, pero cuenta. Si los días malos se repiten, habla con tu médico.