
Por Mike Sain't Louis ·
«Le das a un botón y ya está»: la frase que convertí en estribillo
«Eso es inteligencia artificial, le das a un botón y ya está». Me lo han escrito debajo de vídeos tantas veces que ya me lo sé de memoria, y cuando no me lo escribe nadie me lo repito yo solo a las tres de la mañana, que es cuando más duele. Así que hice lo único sensato que se puede hacer con una frase que te persigue: le pagué el alquiler y la metí a vivir en una canción.
La canción es «El segundo exacto» y está en el primer disco de la trilogía, «Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK». En la lista completa de singles de Planeta Gayfolk ocupa el puesto 126 de 273. Arranca con la burla del otro, palabra por palabra, como si yo fuera el notario de mis propios haters.
En la ficha de la canción ya conté lo que dice la letra de principio a fin. Aquí quiero hacer otra cosa, más de taller y más de mala leche: coger la frase del botón y desmontarla pieza a pieza, como quien desarma un mueble de IKEA para ver dónde estaba el tornillo que sobraba. Porque cada palabra de esa frase tiene trampa. Y cada trampa me dio una línea.
Eso
Empiezo por la palabra más pequeña, que es la que más me molesta.
«Eso». No «tu canción», no «lo que haces», ni siquiera «esa música». Eso. El pronombre que usas para el chicle pegado debajo de la mesa, para lo que huele raro en la nevera, para lo que no merece nombre. Quien dice eso es inteligencia artificial ya ha decidido que ahí no hay nadie. Que no hay una persona de Madrid con un cuaderno, sus chihuahuas y unos ex que dan para tres discos. Hay un objeto.
Lo que me hace gracia, y me hace gracia de verdad, es que la frase se contradice sola. Si «eso» no tiene autor, ¿a quién se lo están diciendo? Nadie le escribe un comentario a una tostadora. Te lo escriben a ti, con tu nombre y tu foto encima. O sea, que sí saben que hay alguien. Lo que pasa es que les conviene que no lo haya.
Por eso la letra repite la frase tantas veces. No la puse una vez para contestarla; la puse como estribillo. La dejé sonar entera, con su pregunta de qué gano yo haciendo eso y su remate de que encima no me da dinero, para que se oyera lo que es: una cantinela. Un disco rayado. Cuando una crítica se repite igual mil veces deja de ser una opinión y se convierte en un tic, y los tics, puestos en bucle, dan risa.
Yo me río. A veces tarde. Pero me río.
Inteligencia artificial
Vamos con el diagnóstico. En esto la frase tiene razón y no pienso negarlo: la música de Planeta Gayfolk se produce con inteligencia artificial. Las voces que oyes y los arreglos salen de herramientas como Suno, que yo dirijo. Lo digo en la web, lo digo en las entrevistas, lo digo en mi página de Sobre Mike y me presento como «el primer cantautor IA», así, entre comillas, como quien se pone una chapa en la solapa para que nadie tenga que adivinar.

Lo que la frase no dice es lo otro. La letra es mía. Entera. Sin IA. Cada «mariposón» y cada «cordial saludo» salieron de mi cabeza y de mis dedos, con sus faltas de ortografía y sus rimas de mercadillo. En la propia canción lo dejé escrito en una línea que es casi una tarjeta de visita: la inteligencia artificial, sí, y al lado un corazón real.
Me gusta esa línea porque no discute. No dice «mentira, no es IA». Dice: sí, y además. Es como cuando tu madre te pilla con un novio que no le gusta y tú le contestas «sí, mamá, y además es de Albacete». No niegas el dato. Añades el que importa.
Hay gente que cree que admitir la herramienta es perder la discusión. A mí me pasa al revés. Desde que lo cuento sin pudor, el comentario del botón ha perdido gracia, porque ya no destapa nada. Llegan con la gran revelación y se encuentran con que la puerta estaba abierta y el cartel puesto. Es como gritar «¡esa es una drag queen!» en una gala drag. Pues claro, cariño. Pasa y siéntate.
Le das
Aquí empieza la parte que me hace hervir la sangre, y la escribo despacio para no ponerme feo.
«Le das». Segunda persona, verbo de un solo gesto. Como dar al interruptor de la luz o al botón del ascensor. La frase da por hecho que el trabajo es un movimiento del dedo índice y ya.
Ojalá. Lo dije en otro artículo y lo repito con toda la ironía que me cabe: la IA no me ahorra trabajo, me lo cambia de sitio. Antes de que exista una versión que valga, hay una letra que he escrito, tachado y reescrito. Después hay una tanda de propuestas que escucho y descarto. Luego otra. Y otra. Hay canciones que se quedan en el cajón porque ninguna versión entiende el chiste, y un chiste mal acentuado es un chiste muerto. Lo conté con más calma en el oficio de descartar, que es la parte de mi trabajo que no sale en ningún videoclip.
Y luego está todo lo de alrededor: la portada, el título, el videoclip, la página de la web, el orden en que sale cada single. Doscientos setenta y tres singles en unos dos años, más de doscientos ochenta videoclips. Si eso es «dar», que venga alguien a darle conmigo un martes, que le invito a un café de máquina y le enseño la carpeta de descartes.
Pero no quiero hacerme la mártir, que me sienta fatal. Mucha gente que dice «le das» no lo dice con odio. Lo dice porque no lo sabe. Para esa gente escribí la canción con humor y no con un tratado: la burla llega más lejos que la explicación. Las explicaciones largas, ya lo aprendí, no las lee nadie.
A un botón
El botón. El famoso botón. Llevo dos años oyendo hablar de él y todavía no lo he encontrado.
Me lo imagino rojo, grande, de los de concurso de la tele, de concurso de la tele de toda la vida. Le das y sale una canción entera sobre tu ex canario, con su estribillo, su rima y su chiste de Carmina Barrios. Si alguien lo encuentra, por favor, que me lo mande a Madrid por mensajero. Pago yo los portes.
El botón es una fantasía muy cómoda, y entiendo por qué gusta. Si todo es un botón, nadie tiene que preguntarse por qué una canción le hace gracia y otra le deja frío. No hay criterio, no hay gusto, no hay oficio: hay suerte de máquina. Y la suerte de máquina no hace falta respetarla.
El problema es que el botón no escribe a otra cosa mariposa. El botón no sabe que en Madrid «mariposón» se dice con media sonrisa y una ceja levantada, ni que después de un insulto así queda de lujo un saludo cordial al campeón, como si fuera la despedida de un correo del banco. Eso es mío. Ese giro de lo hortera a lo administrativo, de la verbena a la oficina, es mi manera de devolver un golpe. Con pluma.
«A otra cosa mariposa, a otra cosa mariposón, señor de León, recibe un cordial saludo campeón.»
Esa línea es la que más me gusta de toda la letra, y es la que menos tiene que ver con la tecnología. Es pura barra de bar. Es lo que le contestaría a alguien en la cola del Mercadona si me viniera con el cuento. Lo que hice fue ponerle música, nada más.
Y ya está
La última parte de la frase es la más cruel, porque es la que niega el después.
Y ya está. Como si una canción terminara cuando existe. Como si después del botón no hubiera nada: ni subirla, ni defenderla, ni esperar a que alguien la escuche, ni comprobar que no la escucha nadie.
Y aquí la letra se pone seria, o más bien se pone triste sin avisar, que es lo que más me gusta hacer cuando escribo. Después de toda la burla, después del mariposón y del campeón, viene el recuento:
«20 estados vistos en Whatsapp, mi novio, su madre, mi hermana, mi suegro, mi ex.»
Cinco personas. Cinco caras en la lista de visualizaciones de un estado. El novio, que es lo mínimo exigible. Su madre, que es más de lo que muchos pueden decir de su suegra. La hermana. El suegro, que no se sabe muy bien qué hace ahí pero ahí está, fiel como un reloj de cuco. Y el ex, que mira todo y no comenta nada, como mandan los cánones del ex que se precie.
Ni un «me gusta». Ni un comentario. Y ese día, dice la canción, se cumplía mi primer aniversario en YouTube.
Lo pongo en orden porque el orden es el chiste. Es una lista de cotilleo de patio de vecinos, de las que haría la vecina del cuarto con la oreja pegada a la mirilla, y a la vez es el retrato más exacto que conozco de lo que significa empezar algo sin que nadie te mire. Te miran, sí. Te miran todos. Y nadie dice nada.
Eso, señor del botón, también forma parte del «ya está». La parte en la que una canción ya existe y tú te quedas delante del móvil contando ojos.
Una última cosa sobre esa lista. El ex sale en la lista porque mira los estados, no porque yo lo invite. Es el único de los cinco que no tiene excusa para estar ahí. Y justo por eso es el que más gracia me hace. Al final, el que más mira es el que menos aplaude.
Un corazón real, con factura
Hay una cosa que he aprendido escribiendo canciones como esta: la autocompasión no se vende, pero la autoparodia sí se perdona.

Si yo hubiera escrito «nadie me apoya y estoy muy solo» a palo seco, sería un lamento. Insoportable. Un post de Facebook de las dos de la mañana. Pero la letra lo dice con la misma retahíla de un parte meteorológico: ni amigos ni familiares, ni pareja, ni polvos, ni similares. «Ni similares». Como si después de los polvos hubiera una categoría administrativa que también me hubiera fallado. Primos segundos. Follamigos de temporada. El chico del gimnasio que saluda con la cabeza.
Esa enumeración de tontería me salva de llorar en público. Me río de mí antes de que se rían los demás, que es una técnica muy antigua y muy marica: quien llega primero al chiste se queda con el chiste. No viene en ningún manual. Se aprende a base de patio.
Y luego, por debajo, está lo que no tiene gracia. Que hacer canciones sin público es una forma muy concreta de soledad. Le dediqué un artículo entero a la soledad del artista independiente, así que no me repito. Solo digo que en «El segundo exacto» esa soledad está contada con un número. Veinte estados. Y a mí los números, cuando hablan de soledad, me dan más miedo que cualquier adjetivo.
La única pregunta sin chiste
Todo lo anterior es humor, contraataque, verbena. Pero en mitad de la letra hay una línea que no tiene nada de broma y que, si me obligaran a quedarme con un solo verso de esta canción, sería ese:
«¿Será que podrá la inteligencia artificial escoger el segundo exacto donde rompiste a llorar?»
La canción se llama así por esa pregunta. No por el botón, no por el mariposón. Por el segundo exacto.
Te explico lo que yo leo ahí, que para eso es mi letra. Para mí una canción tiene poco que ver con un montón de sonidos bien puestos. Es una decisión sobre qué momento de una vida merece quedarse grabado. Cuál es el segundo, de los ochenta y seis mil cuatrocientos que tiene un día, en el que algo se rompió por dentro. Ese segundo no lo elige un programa. No lo elige una herramienta, por muy lista que sea. Lo elige quien lo vivió, o quien se atreve a imaginarlo con tanto detalle que acaba siendo verdad.
Cuando escribo, lo que hago casi siempre es buscar ese segundo. En «La playa del Mal Pas» fue una playa pequeña de Benidorm. En otras canciones es un estado de WhatsApp sin respuesta, una caja de fotos en la basura, un «ven aquí, no llores» que con el tiempo se volvió mentira. Una vez que tengo el segundo, lo demás es oficio. Sin el segundo, no hay canción que valga, por mucha producción que le eches.
Esa pregunta la puse en mitad de la burla, sin cambiar de tono, sin anunciarla. Como quien se ríe en una boda y de repente se le escapa una lágrima porque se ha acordado de su abuela. Me gusta que la canción haga eso. Que te pille con la guardia baja.
Y la dejé en interrogativo a propósito. No digo «la IA no puede». Pregunto. Porque no lo sé, y porque las preguntas aguantan mejor el paso del tiempo que las respuestas. Dentro de diez años alguien escuchará esta canción y sabrá la respuesta. Yo, de momento, solo tengo el segundo.
La portada: lágrimas de purpurina rosa
Las portadas de Planeta Gayfolk las dirijo yo, y la de «El segundo exacto» la quería exagerada, porque la letra lo es.

Un hombre moreno, con barba de tres días y el pelo engominado hacia arriba, mira a cámara de frente. Lleva una chaqueta de piel roja con brillo de serpiente y un anillo enorme con una piedra rosa. Con un dedo se señala la sien, como diciendo «aquí, aquí está la cosa». Y de los ojos le caen dos regueros de lágrimas rosa fucsia, como si hubiera llorado purpurina. Detrás, un planeta enorme en magenta, rodeado de nubes del mismo color, que es el planeta de toda la trilogía. El título, en letras gordas blancas y rosas, ocupa la mitad de abajo.
Es una portada de telenovela de las cuatro de la tarde, y a la vez es la canción entera en una imagen. El dedo en la sien es el que piensa, el que elige el segundo. Las lágrimas rosas son el segundo en sí, el llanto convertido en estética, que es lo que hacemos los maricas desde que el mundo es mundo: si vamos a sufrir, que por lo menos combine con el anillo.
Te confieso que me hace gracia pensar en el hater del botón mirando esa portada. Un señor muy serio, convencido de que aquí no hay nadie, y delante un tío con lágrimas fucsia señalándose la cabeza. Hay alguien, cielo. Y además va muy conjuntado.
Dónde vive esta canción
En la lista de singles, «El segundo exacto» está entre «Como a mi chihuahua» y «Mejor que Ben Affleck». No me preguntes por qué me hace tanta gracia ese vecindario, pero me la hace: a un lado los perros, al otro un actor de Hollywood, y en medio yo, contando estados de WhatsApp. Es casi un resumen de mi vida.

Dentro de la trilogía pertenece al primer disco, el del descubrimiento del planeta, que es el disco donde todavía estoy aquí, en la Tierra, con mis ex y mis haters, antes de poder escaparme a ningún sitio. Tiene sentido que esté ahí. Es una canción de antes del despegue. De cuando todavía te importa lo que dice el de la cola del Mercadona.
Tiene además primas hermanas en el catálogo. En «Discutiendo con la IA» la discusión es con la propia herramienta, y quien recibe es la máquina; ahí la frase del botón vuelve, pero dada la vuelta y con mucha más mala uva. En «Tus letras son basura» el insulto ya no es contra la tecnología sino contra lo que yo escribo, que es la parte que de verdad me pertenece y, por tanto, la que más escuece. Si las pones seguidas, las tres, tienes una pequeña trilogía del hater dentro de la trilogía grande. Una matrioska de comentarios de odio.
Lo que haría con el próximo comentario
Ya no contesto como antes. Lo conté en lo que aprendí de los comentarios negativos: las respuestas larguísimas no sirven para nada, y quien no ha escuchado no busca que le convenzas. Busca dejar constancia.
Pues que deje constancia. Yo también la dejo, a mi manera. Cada vez que alguien me escribe lo del botón, tengo la tentación de contestarle con un enlace a esta canción y nada más. Sin texto. Que escuche su propia frase con estribillo, en bucle, y que decida si le hace gracia o no.
Y si le hace gracia, bienvenido. Ya somos uno más.
Uno.
Porque al final esto va de eso: de encontrar a la gente que se ríe donde yo me río y llora donde yo lloro. No necesito un estadio. Me basta con los que llegan, como ya conté en el artículo sobre los mil oyentes fieles. Mejor mil que se saben el chiste del suegro que un millón que pasan de largo.
Veinte estados después
La canción termina en el aniversario. Primer año en YouTube, ni un «me gusta». Lo dejé ahí, sin final feliz, sin «y entonces todo cambió». Porque no sé si cambió, ni me corresponde a mí decirlo en una letra.
Lo que sí sé es que después de ese primer año vinieron muchos más singles y muchos más vídeos, que la web existe y que tú estás leyendo esto. Eso no lo dice la canción. Lo digo yo, ahora, que tengo la ventaja de escribir después.
Si algún día alguien te dice que lo tuyo es dar a un botón, ponte esta canción. Ríete del mariposón. Cuenta tus estados vistos sin vergüenza: mi novio, su madre, mi hermana, mi suegro, mi ex. Y luego busca tu segundo exacto, el tuyo, el que ninguna máquina va a elegir por ti.
Yo ya tengo el mío. Está en una canción con la portada rosa.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «El segundo exacto»? Empieza repitiendo literalmente las burlas de quien dice que hacer música con IA es «darle a un botón», les contesta con humor y termina con una pregunta seria sobre quién elige el momento emocional de una canción, más el recuento de veinte estados de WhatsApp sin un solo «me gusta».
¿En qué disco está? En «Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK», el primer disco de la trilogía GAYFOLK. En la lista completa de singles de Planeta Gayfolk es el número 126 de 273.
¿Quién escribe la letra y cómo se hace la música? La letra es mía, escrita sin IA. La música y las voces se producen con herramientas de inteligencia artificial como Suno, que dirijo yo, igual que el resto de Planeta Gayfolk.
¿Dónde puedo leer la letra completa y escucharla? La letra está en la ficha de la canción y en gayfolkplanet.com. Puedes escucharla en Spotify.